Para: mileya.
Pareja: Desmond/Lucy.
Advertencia:durante La Hermandad. Leve angst.


—Desmond —susurró Lucy; su voz resonó levemente entre las paredes de piedra del santuario.

Esperó. Desmond mascullaba en sueños, a veces lanzaba gritos y parecía retorcerse de dolor. Lucy ni siquiera entendía lo que decía, ya fuera porque hablaba demasiado rápido… o peor, porque realmente estaba hablando en otro idioma. Distinguía la cadencia del árabe, pero a veces se entremezclaba con la musicalidad del italiano; aunque todo lo que salía de su boca sonaba a dolor.

—Desmond, por favor —insistió, temerosa. No estaba segura de que aquello fuese lo correcto. La mente de Desmond a veces pendía de un hilo, y Lucy empezaba a agobiarse. ¿Serían pesadillas pasajeras, fruto del efecto sangrado; o realmente Desmond estaba más cerca de irse? Le zarandeó con suavidad una vez más y, para su tranquilidad, Desmond abrió los ojos de repente. Parecía asustado y asombrado.

—Argh, joder —gimió. Se irguió, saliendo del saco de dormir y limpió el sudor que le caía por las sienes—. ¿Lucy? Lo-lo siento… ¿qué haces aquí?

—Parecía que tenías una pesadilla y estabas bastante inquieto. Sólo me aseguraba de que estuvieras bien.

—No te preocupes. Una mala noche la tiene cualquiera —añadió, con una sonrisa que trataba de ser tranquilizadora. Pero Lucy no se inmutó, y aún lo observaba con mirada pensativa.

Le habría dicho que estaba mintiendo descaradamente, que sabía que tenía pesadillas cada noche y que no sólo Rebecca le había oído gritar en sueños. Sin embargo, Lucy sólo le devolvió la sonrisa y le acarició el antebrazo, intentando borrar el gesto circunspecto.

—Intenta descansar, ¿vale? —dijo ella, e hizo ademán de levantarse. Para su sorpresa, Desmond la sujetó de la mano con fuerza, impidiéndole marchar.

—Eh... ¿sería muy raro si te pido que te quedes? —Lucy pudo notar la indecisión de sus palabras; como si tratase de parecer atrevido, pero sólo se quedase a medio camino.

—Claro. Y te acunaré también si quieres —respondió ella con tono sardónico, pero sonriéndole. Necesitaban relajar el ambiente tenso, y Lucy no quería tener que enfrentarse al hecho de que el deterioro de Desmond era en gran parte culpa suya.

—Vaya, yo estaba pensando más en ti. Ya sabes, por si atacan los murciélagos.

Lucy dejó escapar una carcajada y se acomodó a su lado con el saco de dormir, espalda contra espalda. La respiración pausada la alertó de que Desmond había retomado el sueño de nuevo; sin embargo, ella apenas cerró los ojos en toda la noche. La idea de los murciélagos le seguía perturbando más de lo que estaría dispuesta a reconocer; pero era un pensamiento agradable comparado con todos los que la inundaban cuando veía lo que le estaban haciendo a Desmond.

-fin-