Para: kirscheh.
Pareja: Altaïr/Maria.
Advertencia: post Bloodlines.


Era noche cerrada. A lo lejos se oía el silbido del viento que corría entre las paredes rocosas y las ramas de los árboles. Maria permanecía apoyada contra el tronco grueso de un olivo, cobijada del frío nocturno con una escueta manta de viaje algo deshilachada. Tenía sueño y estaba cansada, pero no podía conciliar el sueño. Cerca de ella Altaïr dormía en la misma posición, aunque la espada permanecía a su alcance. Sin embargo, Maria pensó que pocas veces lo había visto tan… tranquilo. Respiraba con suavidad, apenas sin hacer ruido, y su pecho se movía lentamente.

Cuando Maria se dio cuenta, ya había estado contemplando al hombre durante un rato considerable. La piel oscura, los labios gruesos partidos por aquella cicatriz blanquecina, el rostro lleno de sombras resguardado tras la capucha blanca. Después de la muerte de Roberto, la razón por la que se había mantenido fiel a los caballeros del Temple, Maria se había sentido perdida por primera vez en mucho tiempo. Tenía más de treinta años y todo lo que había construido a lo largo de su vida con esfuerzo se desmoronó en cuestión de segundos. Irónicamente, gracias al hombre que dormía junto a ella.

Pero después de lo sucedido en Chipre, Maria empezó a plantearse las cosas de un modo distinto. Un nuevo comienzo la aguardaba, y tenía el presentimiento de que estaba ligado a él. Se acercó hasta Altaïr y observó su rostro dormido desde una distancia cautelosa.

Maria no sabía cómo explicarlo, ni si ella misma era capaz de entenderse; pero de lo que estaba segura era de que quería quedarse allí, junto a él.