Para: Serena M. Lupin.
Pareja: Ezio/Lucrecia.
Advertencia: post-Hermandad, leves spoilers de La desaparición de da Vinci y de Project Legacy.
No era consuelo lo que buscaba cuando acudió de incógnito, oculta tras una capa oscura, a la taberna de ése al que llamaban La Volpe. Pero sí encontró lo que quería mientras notaba la madera fría contra su espalda y el mentón áspero del asesino rozando el nacimiento de sus pechos. Ezio cumplía con sus expectativas. Los labios subían y bajaban por su cuello y Lucrecia se acomodó contra una de las pilas de barriles para poder dejar paso a las manos bajo su falda. Él la levantó entonces con más fuerza de la que aparentaba tener, sosteniéndola contra aquella esquina del cuarto trastero de la taberna. Había algo sucio y sudoroso en el ambiente de aquel lugar, pero a Lucrecia no le importó.
La parte delantera de su vestido se abrió, dejando a la vista los pechos blancos. Las manos de Ezio la acariciaron con suavidad, deslizando las mangas por sus hombros hasta que la mitad del traje quedó colgando desde su cintura. Lucrecia acercó más su rostro con un empujón, pues sus manos seguían atadas tal y como él lo había dispuesto desde el comienzo. Sin embargo, había asegurado el agarre de tal forma que Lucrecia le rodease con los brazos. Porque no tengo intención de escapar, le había susurrado al oído. Ella le había dedicado una sonrisa ladina.
Cuando le notó dentro, aferró las piernas alrededor de su cadera con tal de evitar una caída. Ezio la mantenía bien sujeta, casi estampada contra los barriles que despedían un olor dulzón; y con cada embestida parecía que fuesen a derribarse. Lucrecia buscó su rostro, oscuro por la penumbra del cuarto y oculto tras la capucha, y acercaron sus bocas sin llegar a tocarse. Apenas un roce leve que dejaba constancia de los gemidos mutuos que ambos proferían. Al terminar, Lucrecia se desplomó contra la pared, respirando con fuerza mientras su pecho subía y bajaba desnudo. De alguna extraña forma, sintió que nadie la había tratado con tanto cuidado desde hacía mucho, mucho tiempo.
Escondido tras las sombras de su capucha blanca, Ezio le recordó vagamente a Pedro; y encontró en aquella taberna algo más de lo que había esperado: un pequeño brote de la felicidad olvidada desde muchos años atrás.
-fin-
