Capítulo 1: TERRA RECUERDA.
Amanecía cuando abrió los ojos. El sol entraba de lleno por la ventana, iluminándolo todo y desde ya, presagiando que sería un día caluroso, abotagante, como solía ser, día con día, en pleno desierto. Los ruidos y el aroma que se enseñoreaban del ambiente le señalaban a gritos que había dormido más de la cuenta. En minutos, se presentaría la amable Nodriza, para entreabrir la ventana y preguntarle cómo había amanecido, y tras ella, una joven, sonriente y bonita doncella entraría con el desayuno en una bandeja de plata y lo pondría en la mesilla de noche junto a la cama. A pesar del dulce sopor reconfortante de esta rutina, sentía que algo faltaba. Algo decoloraba y enfriaba este despertar, como cuando hojeaba los viejos libros de grabados para buscar lecciones para los niños en la gran Biblioteca del Castillo, la mañana le parecía carente de sentido, de vida…
Hizo un esfuerzo por recordar. Alicia. Hermosa en su traje de corte. Su fina cintura de avispa, encorsetada y perfecta, sus ojos negros y húmedos de gacela, su piel ligeramente moruna, aceitunada, su larga coleta negro azabache. ¿Era Alicia la que producía su desazón? Y los comentarios de los cortesanos y cortesanas, alabando su exótica belleza, proveniente del más puro Linaje Real de Doma, como contrastaba bellamente con los ojos azul profundo y el cabello dorado de su prometido… ¡Una unión digna de las Diosas!, había escuchado al pasar…
Y él. Tan serio. Tan poco sonriente, tan protocolar. Ni un guiño de sus ojos pícaros. Todo un Rey de tomo y lomo, nada de Edgar, el día de ayer. ¿Era eso acaso lo que le molestaba? Se dio fuerzas para ponerse de pie. Era eso o soportar miradas indiscretas. El personal del servicio la encontró acodada en el vanitorio, cepillando su cabello ondulado color verde brillante.
Escondió la cara entre las manos… y en medio del sopor, tras haber vaciado el tazón de excelente té y haber mordisqueado un par de pastelillos de dátiles rememoró esos días cuando comenzó todo…
Setzer la había abrazado, como todos, para celebrar el triunfo… Luego, muy seriamente, se había ofrecido a llevarla a cualquier parte del mundo que ella quisiera. Tal vez, le dijo, le tomes el gusto a volar y quieras convertirte en la nueva señora de mi aeronave, ¡piénsalo querida, podríamos pasar la luna de miel en cualquier punto del planeta!
-Ejem, había dicho Cyan, cuya negra coleta estaba deshecha y el bigote parcialmente chamuscado, creo que lo que más desea la Señorita Terra es volver con sus niños, no lo tome a mal, Señor…
Había reído bastante.
-Creo que el Señor "Blackjack" entiende que eso es lo que deseo, había aclarado en su momento, pero no sería Setzer si no lo intentara, no puede resistirse a apostar, ¿no? Y ya que Celes sólo tiene ojos para cierto ladrón…
-¡"Cazador de tesoros"! había aclarado la hechicera, cuya capa estaba raída, y su largo cabello rubio, estaba a la sazón enredado y no demasiado limpio. Su oportuna acotación, le había valido una larga mirada de adoración de los ojos grises del príncipe de Zozo, quien lucía radiante, a pesar de su chaqueta desgarrada y la bandana (sol de sus ojos) embarrada y torcida.
Edgar la había sorprendido. Con la cara tiznada, llena de pequeños rastros de sangre seca y la ropa y el larguísimo cabello a la ruina, había hincado la rodilla en la tierra, y quitándose los guantes, mientras cogía su mano, había ofrecido cobijar en el castillo, por tiempo indefinido, a ella y a los niños.
-¿No será una estrategia para ganarse el corazón de la jovencita? Había insinuado el venerable y anciano Strago, mientras el reyezuelo enrojecía.
-Porque soy un caballero, y respeto sus canas, anciano, no le concertó una cita con mi Ballesta… Que Terra pase una temporada en el castillo, no quiere decir que vaya a dedicarme a acosarla, mi Reino es enorme, y muchas las ocupaciones que competen a un soberano como yo… terminó Edgar orgullosamente y con leve despecho.
-Eso sin contar tus hobbies, que también te quitan tiempo, acotó Sabin con retintín.
-¿Cuál de todos? ¿Perseguir a las chicas? Peguntó la pequeña pero incisiva Relm con fingida inocencia. La salida del hermano gemelo y la pequeña niña provocó una batahola de hilaridad en todos los presentes, incluidos los gorjeos de Mogle, los bramidos de Umaro, los gruñidos de Gau y los ladridos alborozados de Interceptor, que a pesar de no alejarse de los pies de Shadow, participaba del buen humor reinante. Éste último, con una pierna malherida y todo, y aún con la capucha puesta, destilaba más buen humor que en todo el largo tiempo que pasaran juntos. Fingía estar limpiando y aceitando rigurosamente sus armas, pero la verdad es que estaba atento a todo y más relajado de lo habitual.
¿Y quién no lo estaría? Habían derrocado a un Dios loco que deseaba destruir el mundo y rehacerlo a su gusto sin importar lo que fuera necesario, aún si esto significaba matar toda criatura viviente en el proceso…
Ella o Celes podrían haber sido un Segundo Kefka… pero gracias al cielo ambas habían conservado la pureza y la cordura y habían elegido el buen camino al fin y al cabo.
Luego de reflexionar unos minutos (mientras todos seguían riéndose en segundo plano), el Rey de Fígaro, había propuesto que Setzer los llevara a todos al Castillo (recogerían a los hijos adoptivos de Terra de camino), para lavarse, cambiar de ropas y hacer una gran fiesta… luego, descansarían y después de un par de días, si deseaban marcharse, la aeronave los llevaría sanos y salvos a su destino. El gesto grandilocuente fue aceptado por todos con alborozo, mientras Edgar recuperaba sus colores y suspiraba aliviado de dejar atrás el vergonzoso impasse.
La alegría reinaba a bordo del mientras sobrevolaban el paisaje devastado. No había espacio para el desaliento. Gracias a su lucha habían conquistado la esperanza, y la oportunidad de reconstruir, en paz, armonía y sin graves amenazas que se cernieran sobre ellos.
Cuando aterrizaron en Fígaro, la Nodriza, que esperaba ansiosamente en la puerta del castillo, con la mirada perdida en lontananza, dio un grito de alegría, y mientras desembarcaban, perdido todo protocolo, se arrojó en brazos de Sabin.
-¡Mi niño! Sabía que lo lograrías… el destino no podía ser tan cruel de alejarte de nuevo de nosotros.
Edgar parecía picado.
-Sí nana, yo también regresé con bien, estoy perfectamente, gracias por preguntar…
La anciana se volteó a mirarlo y le pellizcó la mejilla.
-¡Oh! Eso lo doy por descontado; un pilluelo guapo y que tiene que velar por una nación completa tiene la obligación de cuidar su pellejo, agregó.
El rey se pasó la mano por la coleta, ordenando su cabello, y suspiró.
-En fin… por favor, guía a los chicos a las habitaciones, yo iré por un largo baño… y luego quiero que tengan todo preparado para cenar, algo digno de varios soberanos, ¡la celebración lo amerita!
La Nodriza iba a decir algo, pero se mordió el labio. En el desierto la comida no abundaba, pero sólo por esta vez, merecía la pena el derroche. Realizó una pequeña genuflexión, volviendo al papel protocolar que correspondía a sus funciones. Con resignación, vio como ingresaban al castillo en estampida, una cantidad ingente de variopintos personajes, entre ellos, un curioso enanito alado, una criatura peluda de más de dos metros, y hasta un perro… ¡Ah, los amigos de Edgar!
-¡Como ordene, alteza!
Desde que la reina Cristal, tan bella, joven e indefensa, muriera antes de cumplir los 16 años, ella había sido de todo para sus hijos. Había hecho todo lo que estaba en su mano para ayudar al Rey Stuart a criar a los revoltosos gemelos. No fue una tarea fácil, el Rey, encerrado en su dolor, se había volcado con frenesí en las tareas del Reino para no sufrir. Pese a sus consejos, no había querido volver a casarse. Sólo sabía de sus pequeños por la noche, al ir a acostarlos personalmente, conversaba con ellos y les contaba alguna historia o los preparaba para cuando se hicieran cargo de Fígaro.
Cuando sugirió que pasara más tiempo con ellos, pudo ver con claridad que en el alma también era un niño aún.
-¡Sus ojos, Aya, tienen sus ojos… es como ver a la pequeña Cristal el día que la conocí en el orfanato! …
-Tiene que amarlos por esto, mi señor, no alejarse de ellos. Usted es la persona que mejor puede enseñarles el Gobierno de una nación libre y soberana.
-Es cierto, como siempre tienes razón Aya...
De ahí en adelante, había pasado mucho tiempo con ellos, montaban en chocobo juntos los tres, salían a la cacería de pequeños monstruos, observaba atentamente las clases de arquería y esgrima de Edgar y Sabin… había reído mucho cuando su inquieto hijo mayor, a la sazón de cinco años le había sugerido:
-Esto es muy poco efectivo, padre, ¿te imaginas un arma que pudiera disparar 30 flechas por segundo? Podríamos acabar con un ejército de Crawlers en dos rondas o menos…
-¡Qué cosas dices, Edgar! El rey le había desordenado el flequillo y reído creyendo que sólo eran niñerías. Pero el pequeño se lo había tomado muy en serio, y todos los inventos que vinieron después fueron mejorando la calidad de la vida de su pueblo.
Sí estaba orgullosa de él. Pero prefería que le cortaran los dedos de una mano que decírselo. Ya tenía bastante vanidad como para suplir la de él y su hermano. Sin quererlo, había ido dejando de lado las ternezas con él, para volcar su preocupación mayoritariamente en Sabin, más callado, más silencioso, menos chispeante, a ratos parecía eclipsarse y ella iba porfiadamente a sacarlo de estos "retiros".
Habían puesto en su falda dos lactantes indefensos y ahora volvían convertidos en hombres. Al faltar el Rey había tenido que ingeniárselas para que entre ella y el Chancellor redondearan la educación de los príncipes y tuvieran una imagen de la adultez completa. Mi tarea casi está hecha, ronroneó. Ahora sólo hay que casarlos. Se daba perfecta cuenta que esta labor sería difícil, pero haría como siempre, se arremangaría y se aprestaría para la pelea. Casi podía soñar con nuevas generaciones de pequeños pelirrubios pululando por ahí, haciendo travesuras… qué de dolores de cabeza le darían, pero cómo los disfrutaría. Los niños llenarían de alegría su bondadoso y anciano corazón. Una voz algo cascada vino a sacarla de sus felices ensoñaciones.
-¿Señorita matrona? Era ese viejo medio loco, medio brujo que habían traído de Thamasa…
-¿Sí, señor?
-Strago, mago de profesión, azote de monstruos…
-Dígame que necesita, Sr. "Estragos"…
El anciano enrojeció. Pero prefirió continuar con el discurso que tenía preparado.
-Me pareció que la bañera tenía muy poca agua… intenté rellenarla con "Aqua rake" pero creo que exageré un poco. ¿Podría pedirle que me llamara alguna doncella para que me ayudara a secar?
Definitivamente este viejo debiera llamarse "Estragos" se dijo la matrona moviendo la cabeza.
-No es necesario Señor, yo le ayudaré. Las habitaciones ya están preparadas y el personal de Servicio no necesita de mí en este momento. Resignadamente, siguió al carcamal a su cuarto para ayudarle a deshacer el estropicio.
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Terra, a pesar de haber pasado tantas noches en palacio, seguía sin acostumbrarse a la blancura de las sábanas, la suavidad de las mantas, lo mullido de la alfombra que refrescaba sus adoloridos pies descalzos, fatigados de tanto caminar de acá para allá… Aún no recordaba su vida anterior en otro castillo, al mando de Gesthal y Kefka, y hoy por hoy, lo consideraba una bendición. Realmente no deseaba recordar la forma en que habían ensuciado sus manos y robado su inocencia a tan tierna edad. Quería creer que su vida había empezado el día que Jun le había sacado la tiara de esclavitud… Una bella cinta de acero delicadamente labrada y engarzada, pero con el poder maligno de quitarle toda voluntad, y dejarla a merced del que le diera órdenes.
Habían dejado un vestido limpio y hermoso a los pies de la cama. Acarició la seda brocada con delectación. No tenía sentido que se negara a usarlo, cuando sus ropas estaban rasgadas y sucias. Para consolarla le había prometido hacerle unas parecidas. Se enfundó la delicada corsetería, se metió en el vestido, se calzó unos zapatitos (nada de botas de viaje por hoy) y se tomó el cabello aún húmedo y perfumado en un moño.
-¡Te ves linda! Se permitió decirle a la niña que le devolvía la mirada en el espejo. Tan sólo esperaba que este nuevo aspecto no despertara la galanura romántica de Edgar y Setzer… Aún no podía comprenderlos.
Le producía una enorme curiosidad ver como todos parecían secretamente confabulados para dejar solos a Celes y Locke, y como ellos disfrutaban de este privilegio y parecía avergonzarlos pero hacerlos profundamente felices. ¿Era acaso eso el amor? ¿Quién sabe? Tal vez algún día ella también lo sentiría. Pero de momento, no quería pensar en esas cosas. Aspiró el profundo olor a flores y a tapicería fina y maderas del cuarto. Hoy sólo quería disfrutar y celebrar la recién estrenada paz. Tenía un largo camino de autoconocimiento por delante. Una larga lucha para aceptarse tal como era. Pero por hoy, habría ¡fiesta!
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El calor del desierto, no permitía llevar demasiadas ropas de momento. Refrescados por el baño, los gemelos se daban a la tarea de vestirse unas frescas y satinadas camisas, sobre amplios y confortantes pantalones. Les gustaba la idea de compartir cuartos contiguos y baño como cuando pequeños. Cada vez que uno le iba a pedir algo a otro, se encontraba con que éste tenía la mano estirada con el objeto en cuestión. Su comunicación se había restablecido cálida y fluidamente.
Ahora eran distintos, era imposible jugar a confundir a los guardias y al personal del palacio, como en esos tiempos en que sólo su padre y la Nana los podían diferenciar. ¡La de bromas y trastadas que hicieron en su momento a tutores y profesores! Nadie los confundiría en el momento presente, aunque vistieran ropas iguales. El rostro de Sabin, curtido con la vida al aire libre, estaba más moreno, su cabello más corto y una masa de músculos pugnaba por escapar de su ropa, algo estrecha para su actual condición. Edgar, más delgado y con el cabello más largo, más que endurecido en las tareas físicas, se había desgastado en los "juegos de salón", en la política, el lobby y largas noches de investigación tecnológica. Como resultado, finas arrugas comenzaban a surcar su atractivo rostro, delatando a ratos que no era un joven tan imberbe aunque por su conducta lo pareciera.
-¡Bien hermanito! ¿Matamos o no? La atractiva pareja de mocetones que les devolvía la mirada desde el espejo decía que sí. Sólo les faltaba una mano en el cabello. El monje culturista sólo necesitaba recoger una pequeña coleta en su espalda. El Rey debía desenredar su largo y dorado cabello y amarrarlo con arte en dos puntos para mantenerlo ordenado.
-¡Te dejo con tu tocado, Princesa! Dijo alegremente Sabin saliendo al tejado por la amplia ventana. El aire fresco ya comenzaba a sentirse. La noche estaba cerca. Aspiró con delectación el aroma familiar del Castillo, mezclado con los perfumes del desierto. Sentado en posición de loto, se preguntó que iba a hacer ahora con su vida.
Tal vez volviera con Duncan, pero la nostalgia del palacio lo arrastraba como una Ancla de Aire… Los olores del cuarto de sus padres, los recuerdos de su infancia. El dolor lo había alejado de todas esas cosas, pero ahora parecían atraerlo como nunca. Al menos, se prometió, vendré más seguido, tan sólo para comprobar que Edgar no ha volado algún pedazo del palacio con sus inventos, y aprovecharé de hacer alguna comida decente, ahora tengo un apetito de oso, se dijo al sentir una dolorosa opresión en el estómago. La vida en la montaña era dura, debías cazar tu propio alimento y a veces extrañaba con fruición un alimento más refinado, de aquellos a los que su vida en el Castillo lo había acostumbrado: un trozo de tarta, unos dulces de dátil, una terrina de granadas o al menos un sorbo de dulce vino de la Cava Real.
Cuando golpearon a la puerta, Edgar estaba terminando de contemplar su aspecto y se daba el visto bueno, junto con unas gotas de perfume de Cactus. La Nana entró para avisarles que todo estaba preparado.
-¿Cómo ha ido todo?
-Sin contar que el Magicucho ha inundado el baño, el Yeti y los niños han dado guerra para bañarse, y el mudo se ha negado a hacerlo hasta tener la puerta completamente cerrada, ha salido bastante bien.
¿Y esa parejita, están casados? Parecían decepcionados de que les asignaran cuartos separados… El hombre bigotudo se sonrojó cuando entré a pasarle más toallas je, je, je… le dije que los había criado a ustedes y que él no tenía nada que yo no hubiera visto ya, pero estaba dentro del barreño, sólo le vi la cabeza.
El Rey rio, no sin envidia. Sus amigos parecían bien encaminados. El condenado ladrón era un tipo afortunado, no cabía duda, el muy maldito se quedaba con una preciosidad de armas tomar. ¿Y yo? Se dijo, ¿Cuándo tendré una digna reina para mi castillo? Sacudió la cabeza, alejando pensamientos que no abandonaban su cerebro desde hace días. Debía portarse como un caballero… como siempre, se recordó.
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Locke se ajustó el elegante y liviano atuendo frente al espejo con una faja bordada. Sentía la cabeza desnuda sin su bandana. Una prenda tan útil y noble que servía para restañar el sudor, la sangre, para embozarse el rostro y para guardar monedas de oro en caso de necesidad, y tal vez si estaba resfriado, sonarse la nariz… total los caminos de la vida siempre le acercaban a algún río donde lavarla, darle un estrujón y volver a ponérsela.
Salió al dintel de la habitación algo tímido, mirando para todos lados y pensando a quién se encontraría primero… hasta que una visión "Celestial" lo dejó sin aliento. Del cuarto contiguo se asomaba el objeto de sus amores, vestida con un bellísimo vestido cortesano del color del cielo, todo drapeado y bordado de perlas, las que también adornaban su fina garganta. Suspiró. El largo cabello de oro de su amada estaba recogido en un gracioso moño, que finas cintas de brocado azul mantenían en su lugar. Regresó corriendo al cuarto y volvió con una flor…
Nunca creí, dijo Locke, que podrías verte aún más hermosa que el día de la Ópera, "María".
Celes enrojeció.
-Sabes que nunca uso vestido… me siento como "un chocobo enredado en sus arreos".
-Pero pareces una Princesa, tendré que cuidarte de cerca, o vendrán Edgar o Setzer a robarte. La bella guerrera sonrió.
-En el palacio de Gesthal nunca se hacían celebraciones de alegría, sólo comidas con fines políticos y casi siempre los invitados terminaban envenenados, cortesía de Kefka, rememoró. Ustedes se salvaron de milagro, gracias a las habilidades de Edgar de conquistar chicas.
-¿Cierto? Es una pena que la única que le interesa realmente le sea tan esquiva… murmuró para sí el ladrón. ¡Pero basta de recordar cosas tristes! ¿Cuál es la consigna hoy?
-¡Celebrar! Sonrió Celes. Locke tomó su brazo y juntos se dirigieron al gran salón.
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Cuando Terra salía de su cuarto, se encontró a boca de jarro con el soberano del Castillo.
-Querida, le dijo estás adorable… Sus ojos la recorrieron ávidamente desde los brillantes cabellos verdes ensortijados hasta los piececitos calzados en rojos zapatitos engastados de rubí, haciendo una larga pausa para contemplar su aspecto en el vestido que había elegido especialmente para ella… color arena dorado, bordado de pequeñas ágatas con forma de flor que recorrían caprichosamente su anatomía. El efecto era el deseado, Terra parecía envuelta en un abrazo por las arenas del desierto, cuando brillaban bañadas por el Sol, lo que hacía resaltar más la delicada y pálida piel de la muchacha medio Esper. Una faja roja bordada hacía juego con los zapatos y el lazo del Cabello, haciendo un armonioso contraste. Su garganta estaba más seca que el desierto reinante, y para él, la chica era un oasis saturado de líquidos deliciosos y refrescantes, y frutas exquisitas para comer… pero que le estaba terminantemente vedado.
-¿Terminaste de mirar o vas a traer a Relm para que me pinte? Realmente ella no sabía si estar muy molesta o resignadamente divertida.
-Oh, My lady, sólo me distraje un segundo, como, ves sólo veníamos para ver que estuvieras bien y escoltarte al salón.
-¿Veníamos? Terra parecía confundida. Detrás de Edgar, se asomó un sonriente Sabin.
-Oh, muchas gracias Sabin René, dijo ella, y tomando el brazo del gemelo musculoso, partió alegremente… dejando atrás al Rey, quien mascullaba algunas maldiciones no muy santas por lo bajo, contra "los muy condenados monjes santurrones de la montaña". De todas formas no podría entrar al salón tan gloriosamente como había imaginado. Miró con pena el hermoso gillete drapeado, del mismo dorado del vestido de ella, y la corbata carmesí.
-De todas formas, se dijo resignado, es una bonita corbata y no tiene la culpa.
Cuando entró, el Salón más espacioso del palacio, estaba iluminado totalmente por candelabros de velas aromáticas de sándalo y cactus. La platería Real brillaba furiosamente y las flores frescas decoraban el magnífico mesón, atravesado por delicados manteles bordados con el escudo de armas de Fígaro. Soberbios tapices de siglos pasados decoraban las paredes con reproducciones de los momentos más importantes de la historia de la Familia. Tomó nota mental que debía encargar uno que representara la Gran Batalla contra el dios loco Kefka. Sería "su" aporte personal al Salón.
Pero más importante que todo aquél boato, allí estaban sus amigos. Caras felices de personas valiosísimas, que habían confiado en él, y en las que él podía confiar ciegamente, y con quienes había logrado el triunfo. Cyan se veía menos triste. Umaro menos bestial con su cuello y corbata que debían picarle. Mog menos solitario. Gau menos tímido. Shadow un poquitín menos huraño, Interceptor saltaba indecorosamente jugando con los chicos de Terra y Relm… las chicas, hermosas y relajadas. Locke menos nervioso. Strago menos anciano. Cuanta gente maravillosa con quienes había hecho alianza en tiempos de necesidad, pero que estarían juntos quizás por última vez. Luego se repartirían por el mundo para reconstruir, casas, palacios, cercos, comunidades, vidas… pero no era un momento de pena. Todos lo miraban esperando que dijera algo.
-Amigos, sé que el cansancio y el hambre son muchas… je, je, je, como estamos en confianza no daré un gran discurso, pero quiero al menos agradecer, que honren mi mesa con su presencia, que alegren mi casa con sus sonrisas, que hayan compartido conmigo un sueño de libertad y que juntos hallamos alcanzado esa meta que parecía imposible. Luchamos contra una armada poderosa y derrotamos a un Imperio, así que les doy mil veces las gracias, por el mundo, por mi Reino, por mi familia (miró a Sabin y la Nana que forzosamente habían logrado que se uniera a la celebración junto con el Consejero Real) y por mi alma (sus ojos se detuvieron en Terra, que bajó los suyos) ya que podemos celebrar la Paz Mundial, al menos por Hoy. Luego me imagino que muchos querrán volver a sus Pueblos y reconstruir... bajó la cabeza con algo de pesar. Pero ahora, compartamos y disfrutemos de la Vida, la Victoria y este banquete, ¡por ustedes! Culminó el soberano levantando la copa de oro. Todos le imitaron.
-Al menos no está Kefka por aquí, podemos beber con confianza, comentó Locke.
-Es un exquisito vino dulce, dijo Strago, relamiéndose y buscando un servidor que rellenara su copa. Mimo había decidido emularlo y copiaba sus gestos al detalle.
-Creo que tendremos dos borrachos que cargar en vez de uno, rio el Mogle a su amigo Yeti por lo bajo.
Las mejillas de Celes se colorearon.
-Tienes que comer algo, preciosa, o se te subirá a la cabeza, exclamó el ladrón acercando una bandeja de ostras a la curtida guerrera.
-Ah, que conveniente, le pasas ostras para encender su pasión, comentó Edgar…
-¿Qué? No es lo que piensas, yo sólo no quería que se mareara, Locke se puso pálido y luego enrojeció violentamente. Fue la primera bandeja que tenía a la mano, y no tengo porque dar explicaciones, se enfurruñó. Hubo risas generales.
-Bueno, dijo el Rey para cambiar el tema, como ven, mi Nación no es muy próspera, ni mis tierras fértiles. (Nuevas risas). Así que aprovecho de decirles que tengo interés en establecer un comercio de intercambio con los que estén interesados. Cyan, si van a reconstruir Doma, sería bueno que me vendieran algún bosque y yo les entregaría metales o maquinaria a cambio.
-Es una idea excelente, Señor, Doma posee terreno fértil en abundancia, pero está quebrada y hay que reparar el castillo. Además, la nueva familia Real llegará en cualquier momento a hacerse cargo, odio decir esto, pero debo partir lo antes posible para empezar a prepararlo todo, Señor…
-¿Nueva familia Real? ¡Qué injusticia! Exclamó Sabin. ¡Creí que tú serías el nuevo Rey!
-¿Yo? Cyan abrió mucho los ojos. Sólo soy un General. Me encargo de la seguridad y las tropas, sólo un heredero legítimo puede ocupar el trono…
-Hay sangre real, sí, pero está algo podrida, - comentó Setzer, moviendo su copa con suaves giros concéntricos - el primo del Rey fue desterrado por un asunto de malversación o robo al tesoro Real, y ese pillo y su familia son los que heredarán el reino. Creo que son dos hermanos, la esposa del mayor, quien sería el heredero del trono, ha fallecido recientemente, pero le dejó una hija… Muy hermosa, tengo entendido. -Dio un sorbo generoso para acabar de beberse el contenido de la copa - Aunque nadie ha pedido la mano de la bella Alicia, por no poseer heredad ni dote.
-Estás muy bien informado, lo felicitó Edgar, ¿o hay algún interés en la Princesa? ¿Tal vez un posible rapto aéreo? Setzer enrojeció.
- Oh, sólo simple curiosidad la mía. En todo caso, la princesa Alicia y su familia deben estar algo resentidos. Cuando fueron desterrados debieron trabajar la tierra para sobrevivir… Sus manos Reales tuvieron que encallecerse para conseguir el sustento en una modesta granja, no se les permitió llevar casi nada, ¿No es así Cyan?
-Traicionar a Doma es el peor crimen que se puede cometer, dijo el aludido con un dejo de brillo fanático en sus ojos castaños, agradecidos deberían de haber conservado la vida… Aunque ahora la situación es por entero diferente, mi misión es protegerlos con mi vida.
Los ojos de la Nana brillaban. Una Princesa es una Princesa. Y si ha tenido que valorar el trabajo es mejor aún. Y si está soltera… se dijo fascinada, mientras se volvía hacia el Chancellor, y siguió hablando en susurros con él por el resto de la velada.
-Sólo espero que esta vez pueda cuidar mejor de la familia Real… Terminó el samurái con sencillez.
-Si te parece, amigo, puedes traerlos a Fígaro un par de meses, mientras reparan el Castillo, para que estén cómodos, invitó el Rey, y así facilitar tu tarea; un castillo agujereado es difícil de proteger contra los monstruos…
-No tengo palabras para agradecer, dijo Cyan con una reverencia.
-¿Qué clase de fieshta es eshta? ¡Másh vino! Strago golpeaba la copa dorada contra la mesa.
-Ay, este anciano tonto, que vergüenza, dijo Relm tocándose la frente.
-De todas formas es hora que los pequeños se vayan a dormir. La Nana se llevó a los niños, a Gau y a Relm a regañadientes para que no vieran el espectáculo de algunos mayores que habían abusado algo de los líquidos espirituosos.
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Algo más tarde, sin Strago, Mimo y los niños, el resto disfrutaba un café con pastelillos en la enorme biblioteca del castillo. Umaro y Mog también se retiraron, alegando que querían partir temprano a Narshe. Edgar meneó la cabeza con tristeza.
-Creo que quieres mantenernos unidos lo más posible, pero no resultará, dijo Locke tomando su hombro consoladoramente. Cada quien debe partir en busca de su destino. Yo recorreré el mundo y te traeré noticias de todos, se ofreció.
-¿Celes se irá contigo?
-No lo creo. Dice que debe ir a Vector para reagrupar las tropas y reconstruir la ciudad. Sospecho que tal vez hasta se haga su nueva gobernante… de todas formas, siempre ha sido un General, lo lleva en la sangre, concluyó, meditabundo.
-Pero en ese caso…
-Es cierto, no estaremos juntos, pero supongo que era demasiado pedir que quisiera marcharse con un pobre "cazador de tesoros". Pero no se librará de mí, dijo con una pícara sonrisa, iré a verla a menudo…
-¡Esa es la actitud! Esta vez fue Edgar quien dio una palmada en la espalda de su camarada. Por lo visto, tenemos debilidad por las muchachas ingobernables.
-Y con magia en la sangre, dijo Locke, mirando con arrobo a Celes, que conversaba animadamente con la chica medio Esper. ¿Y qué hay de ti y Terra?
-Voy a ofrecerle que se quede aquí mientras los niños son pequeños. Tendrán profesores, seguridad y sustento asegurado. Serían buenos ciudadanos para Fígaro, pero sospecho que apenas pasen la adolescencia querrán marchar a Moblitz, a recuperar la heredad de sus padres, terminó con un suspiro.
-¡y Sabin podría darles clases de defensa personal! Sugirió el cazador de tesoros.
-Incluso podría traer a Duncan algunas veces, se entusiasmó con la idea el musculoso.
-¿Traer? ¿Acaso tú tampoco vas a quedarte? Había desilusión en la voz del Monarca de Fígaro.
-No, pero vendré mucho si voy a ser profesor, guiñó Sabin, de todas formas mi casita queda cerca.
-Gracias, hermano, Edgar lo abrazó con emoción. Yo mismo daré clases de esgrima y uso de Armas. Incluiremos a Terra entre el alumnado, agregó con una sonrisa, ahora que su magia es la sombra de lo que fue, necesita más entrenamiento físico. Al escuchar su nombre, las chicas se habían acercado imperceptiblemente.
-Sí, supongo que necesito defenderme de ciertos Reyes de coquetería insufrible, dijo la aludida, mirando hacia el cielo para ponerlo como testigo de sus problemas.
-No te apenes ¡yo mismo te enseñaré a protegerte con un Suplex o un Aura Bolt! Dijo el monje, en la energía espiritual del Chi, hay más poder que en la misma magia, culminó con entusiasmo.
-Otra vez, gracias, hermanito, dijo el Rey con los dientes apretados. Hubo risas generales. Todo mundo empezó a retirarse a la cama.
-Supongo que también te marchas mañana temprano, Shadow, le dijo con pesar al ninja que estaba acodado en una esquina del cuarto.
-Supones bien, tú sabes que voy como el viento… pero también, vengo.
-Creo que es inútil luchar por mantenernos unidos. Los extrañaré a todos. Aunque al menos tendré visitas.
-Es cierto, sobre todo cuando me falten algunos giles para comida de perro. Interceptor irguió las orejas, su fino oído y su intuición le decían que hablaban de él, quien hasta el momento había estado severamente ocupado mordisqueando un suculento hueso rodeado de abundante carne.
-Buenas noches, amigo.
De pronto, todo el cansancio mortal de la Odisea pasada se cernió sobre los hombros de Edgar. De momento sólo quería dormir, mañana sería otro día en el Reino del Desierto.
