Saludos, lectores.
Esta es una historia que escribo desde el año pasado y cuya primera versión publiqué antes en fanfiction. Actualmente la estoy editando y republicando, con intenciones de traducirla también al inglés. Somos dos personas corrigiendo los capítulos anteriores y planeando las continuaciones, mientras que la traducción está a cargo del usuario Luf5.
El fanfic ya cuenta con 13 capítulos escritos en proceso de corrección (varios detalles de la trama han sido alterados respecto a la publicación anterior), más otros dos en proceso de escritura. La lista de capítulos es la siguiente:
Capítulo I: El escuadrón Schrödinger
Capítulo II: De tsunderes y científicos locos
Capítulo III: Herencia genética
Capítulo IV: ConejoSaltarín2036
Capítulo V: Charla de mujeres
Capítulo VI: El soldado de medio tiempo
Capítulo VII: Enviado del caos
Capítulo VIII: Reading Steiner
Capítulo IX: Decoherencia cuántica
Capítulo X: El escuadrón Schrödinger II
Capítulo XI: El intruso
Capítulo XII: Gato encerrado
Capítulo XIII: Convivencia
Capítulo XIV: La paradoja del mentiroso
Capítulo XV: El test de ADN
y más...
Esperamos no tardar mucho en publicar el nuevo material.
La historia se sitúa dos años después del final de la primera novela visual o anime Steins;Gate. Contiene también referencias a personajes de Steins;Gate 0 y otras obras spinoff.
Advertencias varias:
-Este fic puede contener OoC y deformación de las interpretaciones canónicas sobre la mecánica de las líneas temporales y campos atractores.
-Este fic usa conceptos científicos no validados aún.
-Este fic toca temas socialmente delicados.
-Los eventos históricos reales pueden verse alterados.
-Los nombre de marcas comerciales reales son desformados por motivos de derechos.
-Los personajes originales NO buscan ser realistas, ni la escritura estrictamente seria.
-Este fic utiliza estereotipos propios del género manga/anime.
-En esta línea de eventos, el OVA "Egoistic Poriomania" y la película "Load Region of Déjà Vu" nunca sucedieron.
-Esta historia no tiene relación alguna con la continuación canónica de los personajes mostrada en Robotic;Notes, Robotic:Notes DaSH ni ninguna otra obra de las series de Science Adventure.
-Este fanfic puede ser catalogado como un "futuro alternativo de la Steins;Gate hecho por un fan para otros fans".
-Por último, esto NO es una historia OkaKuri. Si bien Okabe Rintarou y Makise Kurisu podrían compartir momentos románticos, no es el propósito de este fanfic.
Sin más, declaro que escribí esto para entretenerlos y espero que disfruten leyéndolo tanto como yo disfruto escribiéndolo.
¡Saludos!
IBM5100
Disclaimer: Steins;Gate y sus personajes son exclusiva propiedad de 5pb/Nitroplus.
EPISTASIS DE LA DECOHERENCIA
Capítulo I
El escuadrón Schrödinger
Sábado 27 de septiembre del 2036
El joven se colocó el largo abrigo negro, y mirando su reflejo en la superficie metálica, acomodó su cabello castaño rojizo.
Dio tres pasos atrás y se dedicó a observar mejor el gran artefacto en el que había trabajado. Pensó que, ahora que la máquina era completamente funcional, merecía alguna clase de nombre. Siguiendo la tradición, le correspondía llevar el número consecutivo al aparato futurista anterior. Pese a sus intenciones de arrebatársela a sus verdaderos creadores, no quiso abandonar del todo aquella costumbre. Así que la denominaría "K204 (nombre provisional)", hasta que se le ocurriera otro mejor.
La similitud de la máquina con un antiguo satélite, sumada a la apariencia cyberpunk del abrigo que eligió, hicieron sentirse al joven como el protagonista de una vieja serie SciFi. Como si estuviera por vivir una aventura al estilo Space Opera con tintes de ficción histórica; o quizás sería más apropiado esperar una especie de thriller, con acción, drama, comedia y por último —pero no menos importante—, romance. Eso estaría bien para él.
Sólo faltaba comenzar la narración. Entonces, inspirándose en un programa que recordaba haber visto de niño, empezó a recitar en su mente la gran introducción:
«El tiempo: la verdadera frontera final».
Superando límites que se creían infranqueables ¿importaba ya si el hombre conquistaba o no Marte? Llegar al espacio era sólo una cuestión de tiempo, y vencer este último sería su propósito.
«Nuestra misión: explorar el pasado para corregir el entramado de líneas temporales, viajando a donde nadie ha llegado antes».
Quien controle el tiempo puede decidirlo todo: pasado, presente y futuro son una sola cosa. Todo podía cambiarse, nada era inalterable. La realidad que transitaba y que sus padres bautizaron como "Steins;Gate" podía corregirse: para ello usaría ese invento.
«Eso es. ¿No dijiste que era un tonto por querer viajar en el tiempo?»
Le dijo a la figura que irrumpió en su mente.
«Quizás tú quisiste intentarlo y fracasaste, pero he demostrado que soy mejor. Terminé tu invento y me lo llevaré sin tu permiso. Iré a corregir lo que no te atreves. ¿Qué nadie debe meterse con la Steins;Gate? ¿Qué debemos aceptar la realidad tal cual es? No me hagas reír».
Sintió el repentino deseo de emular aquella malévola risa que escuchó muchas veces en su infancia. Cruzó los brazos al frente y tomó una gran cantidad de aire.
—¡Fuajajajajajaja! —retumbó su voz a lo ancho y largo del salón.
Sí, la imitación era muy buena; podría recibir un premio por ella. Pero pronto escuchó unos pasos cruzando el recinto, y entró en estado de alerta.
¿Él también estaba allí? ¿Lo había descubierto? El joven estuvo trabajado en secreto todo el tiempo, pero nunca movió el aparato del lugar donde lo abandonaron. Quizás se habría dado cuenta de su labor. Quizás él intentaría impedir su viaje.
Cerró los puños. No dejaría que lo detuvieran. Se daría la vuelta, y lo enfrentaría de ser necesario: no importa todo lo que le dijera. Iría al pasado, corregiría todo, no le interesaba nada más, él...
—¿Qué es tan gracioso Keitarou?
A su lado se encontraba una joven de dos largas trenzas y vestimenta deportiva color verde oscuro.
—¡Hashida-san! —exclamó Keitarou, sintiendo un gran alivio—. Menos mal que eres tú.
—Claro que soy yo ¿o esperabas a alguien más? —contestó ella, ladeando la cabeza—. Dime ¿en qué estabas pensando? Parecía ser algo gracioso y yo también quiero reírme.
—En nada especial. ¿Trajiste tus cosas para el viaje?
Quizás la pregunta era innecesaria, pues la chica llevaba en su espalda una gran mochila de entramado militar. En lugar de responderle, ella se quedó mirándolo fijamente. Notaba que su amigo quería desviar su curiosidad.
—Si no quieres contármelo, voy a intentar adivinar. —Y poniendo la mano en el mentón, se dispuso a meditar el asunto—. Sí, ¡ya entiendo! Debe haber sido eso.
Keitarou la miró intrigado. A su preciada amiga de la infancia le gustaban esa clase de juegos. Se preguntó, si realmente esta vez, ella había podido descifrar con éxito sus pensamientos.
La mirada de Hashida se veía seria.
—¡Sé que estabas pensando en algo pervertido y por eso no lo quieres decir! —dijo ella, señalando con un dedo acusador.
Luego de la sentencia, siguió un breve silencio, en el que ella bajó su dedo y tomó una mirada risueña.
—Es más, por tu risa podría asegurar que era algo muy pero muy perverso, como una historia netorare o quizás algo con tentáculos ¿no es así?.
—¡Claro que no, Hashida-san! —respondió finalmente Keitarou—. ¿¡Por qué siempre tienes que hacer esa clase de suposiciones!?
—¿Eh? ¿No era eso? Bueno, parece que me equivoqué otra vez, así que no te ofendas —agregó ella manteniendo su sonrisa y frotando su cabeza con la mano—. Pero por tu reacción cuando llegué, juraría que estabas pensando en alguien. Me pregunto en quién sería...
Mientras pensaba en el nombre de la persona en la mente de su amigo, Hashida se dedicó a pasear alrededor del imponente aparato.
Keitarou no pudo apartar la mirada de la atractiva figura atlética dando vueltas por el salón. Él sabía que, detrás de esa apariencia femenina, se encontraba oculto un gran luchador que podía derrotar a mil hombres en una pelea. Sin embargo, pese a considerarse a si misma un "soldado en entrenamiento", Hashida mantenía su carácter alegre y trataba con amabilidad a todos los que la rodeaban.
A todos con excepción de Keitarou, claro estaba. Solía burlarse de él siempre que podía, pero ¿realmente eso importaba ahora? Ella era su mejor amiga y estaba allí para acompañarlo como su leal mano derecha. Valoraba su presencia por sobre todas las demás.
—La única persona en la que puedo pensar ahora es Hashida Suzuha.
Él lo dijo de forma leve; pensó que ella no lo escucharía por la distancia que los separaba. Pero tras haberlo pronunciado, la referida volteó hacia él y lo miró.
—¡Espera! ¡No pienses que lo hago de forma pervertida! —exclamó nervioso—. Lo que quise decir es que yo, yo de Hashida-san estoy...
—Ya entiendo porque estás tan contento Keitarou —lo interrumpió ella—. Se ve fenomenal ahora que está completa. Me sorprende que nuestros padres la diseñaran, es un invento increíble.
La creación de la máquina del tiempo era idea de los padres de Keitarou, con la colaboración del padre de Suzuha. Aquellas tres mentes brillantes unidas habían logrado planificar un dispositivo tan magnífico que podía viajar tanto al pasado como al futuro, sin gastar grandes cantidades de combustible en el proceso.
Sin embargo, antes de que el aparato estuviera finalizado y los últimos detalles técnicos resueltos, dejaron el proyecto abandonado y la máquina quedó depositada en un galpón alquilado junto a otros aparatos futuristas incompletos o defectuosos. Sus hijos supieron de su existencia por casualidad.
Keitarou decidió apoderarse del prototipo, y sin avisarle a sus antiguos dueños, se empeñó en la empresa de completar y poner en funcionamiento el aparato. Luego de siete meses de trabajo, logró finalmente su objetivo. El resultado lo llenó de la mayor autosatisfacción que sintió en su vida.
—Escucha Hashida-san —llamó la atención de su amiga—. Pronto viajaremos al pasado en esta máquina. Agradezco que hayas respondido a mi pedido de ayuda para la misión que me propongo a emprender. Como recompensa yo, Okabe Keitarou, te prometo en el día de tu cumpleaños número diecinueve, que, luego de terminar nuestra labor en el año 2012, te llevaré al momento de la historia que desees visitar.
—¿En serio? ¿Puedes llevarme a dónde yo quiera? —preguntó Suzuha alegre.
—Así es —confirmó él—. Los jardines de Babilonia, las pirámides Mayas, o el primer Kinkaku-ji. Ninguno de ellos será un gran desafío, porque esta máquina está calibrada para viajar tanto en el tiempo, como en el espacio. Ese fue mi mejora personal al diseño original, que solo podía moverse en una de las cuatro dimensiones.
Hizo una breve pausa para arreglar el cuello su abrigo y siguió su discurso con un aire de confianza.
—Desde ahora, nuestro equipo se hará llamar "el escuadrón Schrödinger". Con ese nombre pasaremos en la historia como los primeros viajeros del tiempo de la humanidad. Yo sé que a ti te gusta liderar Hashida-san, pero creo que yo debo mandar sobre esta expedición.
—Te dejaré, pero solo por esta vez —respondió ella, todavía sonriendo.
La emoción de Keitarou iba en aumento con cada palabra que pronunciaba y ante la respuesta de su amiga, esta ya no se detendría. Subiendo por las escaleras de la máquina, empezó a proclamar:
—Nosotros lo haremos. ¡El escuadrón Schrödinger irá al pasado y descubrirá todos los secretos de la historia! ¡El mundo ya no podrá ocultarnos nada! —exclamó, llegando al máximo entusiasmo—. Con tu fuerza y mi intelecto, superaremos todos los obstáculos y nadie ni nada podrá detenernos mientras estemos juntos. ¡Te prometo que viviremos una gran aventura tú y yo, Hashida Suzuha!
Él dijo esas palabras con abierta sinceridad, confiando en que ella lograría darse cuenta de sus verdaderos sentimientos. No era la primera vez que ponía en manifiesto sus intenciones, mas esperaba que esta vez, ella las percibiera.
Pero en su lugar, Suzuha empezó a reírse sin parar. Sus carcajadas fueron tan fuertes y tan largas, que tuvo que agarrarse el estómago con una mano, mientras que y con la otra se sacaba las lágrimas que salían de sus ojos color ámbar.
Okabe Keitarou se sintió humillado. Bajó de las escaleras y sus rodillas tambalearon, queriendo hacerlo caer al suelo. Pero no quiso entregar lo último que quedaba de su, ya herida, masculinidad.
No importaba las veces Suzuha lo destrozara con sus reacciones inesperadas, aún no iba a rendirse.
—¿Acaso soy sólo una burla para ti, Hashida-san? —preguntó, manteniéndose firme.
—No es eso Keitarou, por favor no te enojes —respondió ella, mientras intentaba detener su risa—. Es que tú… tú estabas...
Sin éxito, volvió a largar otra carcajada más, lo que molestó a Keitarou.
—¿Yo qué? ¡Ya dime que tengo de gracioso! —exigió.
Ella logró contenerse y se dispuso a hablar, manteniendo su sonrisa habitual, pero con un tono más serio en la voz.
—Verás, primero está el nombre que nos pusiste, luego ese discurso que pronunciaste, y por último el abrigo que llevas puesto.
—¿Qué tiene de malo mi abrigo? —preguntó él—. Yo creo que se ve bien.
—¿Esa cosa? No creo que la gente use eso ni siquiera en el 2012, aunque siempre te gustó vestirte de forma rara.
Pero Keitarou consideraba que no había nada malo con su sentido de la moda: confiaba en haber heredado el buen gusto de su madre. Así que cruzó los brazos y levantando una ceja, esperó que ella expusiera su verdadero punto.
—Lo intuí apenas te escuché al entrar —confesó Suzuha—. Lo que tú hiciste antes fue, nada más ni nada menos que, ¡actuar como el tío Okarín!
Él no se tomó el comentario de buena gana y la miró extrañado, como si no entendiera lo qué quería decirle.
—Pero lo más gracioso fue que lo hiciste a tu propia manera, ¿lo entiendes ahora, bebé futurista? —aclaró ella.
—Sí, estaba imitándolo antes, pero solo en esa risa tonta que tiene —refutó él—. Además, sabes bien que no me parezco a ese tipo, así que no nos compares.
—Vamos, Keitarou, deja de ser tan gruñón y admítelo de una vez, después de todo se trata de tu padre —reprochó ella—. No deberías avergonzarte, es más, creo que es muy adorable que intentes parecerte a él.
¿Adorable? ¿Ella realmente había elegido esa palabra?
Suzuha podía ser unos meses mayor, pero él tampoco era un niño para ser tratado de esa forma. Además, cuando se trataba de ser comparado con su padre, Okabe Keitarou no quería admitir similitudes. Hacerlo era inconcebible.
—No, Hashida-san, te equivocas —negó—. Deja ya de imaginar que quiero ser como ese perdedor de Hououin Kyouma.
—Papá no es un perdedor.
Una voz se escuchó del otro lado de la sala y llamó la atención de los dos jóvenes, que voltearon hacia el sitio desde donde provino.
—Buenos días Shizuka-chan —saludó Suzuha—. No te había visto.
—Buenos días —fue la respuesta.
En un rincón, junto a su bolso y un gran conejo de peluche como equipaje, se encontraba Okabe Shizuka. Ella no era más que una adolescente de grandes ojos marrón claro y un largo cabello negro. Se podría decir que su apariencia aniñada le daba un cierto encanto; pero, como su nombre delataba, su mayor característica era ser poco conversadora. Rara vez se expresaba por cualquier medio y su presencia solía pasar desapercibida, sino fuera por los comentarios que realizaba las pocas veces que deseaba intervenir en lo que sucedía a su alrededor.
Keitarou miró a su hermana menor con disgusto. Sabía que ella odiaba malgastar las palabras sin motivo, pero aún así, elegía defender a su padre. No podía comprenderla.
—¿Ya terminaste con eso Shizuka?
Ella movió la cabeza en señal de afirmación y le entregó a su hermano los tres teléfonos celulares que hasta hace momentos, se encontraban en su poder. Todo el rato anterior estuvo trabajando en ellos.
—¿Qué es eso? Se ven muy antiguos ¿para qué los necesitas? —preguntó Suzuha.
—Esta será la forma en que nos comunicaremos cuando lleguemos al pasado, son modelos de esa época. Logré hacerlos funcionar y le pedí a Shizuka que los cifrara para que nadie pueda interceptarnos.
El cifrado de la adolescente sería infalible. Después de todo, Okabe Shizuka era la discípula predilecta de Hashida Itaru, quien la había entrenado en el arte de todos los códigos de programación desarrollados desde la década de 1980. También era una experta en seguridad informática y una hacker experimentada para sus 14 años de edad, pudiendo burlar cualquier barrera de seguridad con una monstruosa facilidad.
Incluso a su padre le gustaba admitir que ella era "una niña genio de la informática, amante del caos, la destrucción, y sobre todo, de los conejos saltarines". Lo último era innegable.
Suzuha sintió incomodidad. No le gustaba la idea renunciar a su tecnología habitual, pero entendía que el camuflaje era una virtud necesaria para cualquier soldado activo, por lo que no era ese el motivo. Su principal inseguridad recaía en la compañía de la menor.
Keitarou insistía en que Shizuka podría ser de utilidad en el pasado, pero la joven de trenzas no podía confiar en las personas capaces de traicionar a otros. Dado que su hermano no era capaz terminar a tiempo la máquina sin ayuda de los planos originales, fue Shizuka quien los tomó sin permiso de la computadora de su maestro. Un hacker había hackeado a otro.
Aún así, Suzuha decidió dejar pasar el asunto y no dijo nada al respecto.
Y sin nadie más que esperar, el escuadrón Schrödinger se dispuso a partir.
Aseguraron el equipaje en un asiento vacío de la máquina. Originalmente estaba diseñada para transportar a cuatro personas, pero ellos solo serían tres.
—¿Me dejas pilotearla? —preguntó Suzuha acomodándose al lado del panel de mandos—. Tengo la sensación de que sé cómo hacerlo.
Su amigo le dio el visto bueno. A pesar de las posibles complicaciones, él sabía que la máquina era segura. La había probado con viajes cortos, tanto hacia el pasado como al futuro, siempre intentando no arribar a fechas que podían ocasionar problemas. La peor parte de los experimentos era tener que evitar encontrarse consigo mismo, o permanecer mucho tiempo ausente. Ir y volver inmediatamente no era recomendable, porque el uso intensivo podía sobrecalentar el aparato. Así que debía esperar un mínimo de horas entre sus testeos. Estos nunca sobrepasaron unos pocos días de desplazamiento temporal.
Si bien existía la posibilidad de riesgos inesperados al intentar volver 24 años en el tiempo, el protocolo era el mismo que para otras medidas. Sólo había que introducir la fecha en el reloj y el lugar deseado, en el mapa de coordenadas: este último ya había sido prefijado. Si había funcionado antes, funcionaría en aquel momento.
Sólo Shizuka era la única que no se encontraba a bordo y se dedicaba a mirar desde la entrada sin moverse.
—Ya sube, ¿o no quieres conseguir esa computadora vieja? —insistió Keitarou a su hermana desde adentro—. ¿Cómo es que se llamaba? ¿N3Xt Computer?
—IBN5100 —respondió ella.
—Esa misma. Tendrás más posibilidades de encontrarla en el pasado que allí parada.
Sin mediar más palabras, la última tripulante se colocó en su asiento. En su regazo se encontraba el conejo.
Hashida Suzuha acomodó la fecha en el panel y tiró de una palanca. La puerta se cerró y la maquinaria se puso en funcionamiento. Sin embargo, el viaje no sería instantáneo, por lo que tenían que esperar un breve lapso para llegar a su destino. El silencio se tornaba más profundo a medida que atravesaban las dimensiones.
—Repíteme ¿por qué quieres ir específicamente al año 2012? —preguntó Suzuha, queriendo romper el vacío.
—Los cálculos teóricos indican a ese año como el comienzo de la superposición de líneas temporales. Además, tengo una pista sobre la fecha en que mis padres pudieron haber trabajado juntos en lo que estoy buscando.
—¿Seguro que con esto solucionarás tus amnesias? Porque no entiendo que tiene que ver una cosa con la otra. Es decir, en ese año aún no habías nacido.
La pregunta era complicada de responder. Las amnesias que sufría Keitarou eran tan peculiares, que ni siquiera su madre, una gran neurocientífica reconocida y experta en el campo de la memoria humana, había encontrado una solución efectiva para luchar contra ellas. Sin embargo, el joven sabía que su causa no era ningún error fisiológico que pudiera tratarse, sino más bien un efecto secundario de los desperfectos en la física temporal.
—Estoy seguro —respondió él.
—Esta bien, solo espero que volvamos a casa antes de la tarde. Mamá prometió hacerme un pastel gigante.
—No te preocupes Hashida-san, mi prioridad será que ustedes dos puedan vuelvan a salvo. Además, si las cosas llegan a salir mal y estuvieras en peligro, yo...
—Si pasa algo malo yo te protegeré Keitarou, para que no te largues a llorar —interrumpió Suzuha alegre—. Recuerda que tenemos que ir a jugar airsoft la semana que viene. Ya vi en Shinjuku una M870 de Marucen que podrías comprar con tus ahorros.
Antes de que su amigo pudiera empezar a manifestar su poco interés en invertir su dinero en marcadoras y acompañarla a los juegos de supervivencia organizados por la Resistencia Valkyria, Suzuha tanteó su bolsillo en busca de un objeto.
—A propósito, traje esto para ti. —Le tendió un paquete—. Eran de papá. Mamá iba a deshacerse de ellos, pero pensé que a ti te gustarían. Ya sabes, irán bien con ese abrigo raro.
Keitarou se sentía muy extraño teniendo un objeto que pertenecía a Hashida Itaru. Usualmente evitaba encontrarse con el hombre, quien pese a ser el mejor amigo de su padre, lo acusaba de cosas irracionales, como darle mucha atención al mundo 3D, o de pertenecer a una generación masculina que había perdido el hábito de los sagrados juegos eroge. Pero debía admitir que los guantes negros de dedos cortados tenían un estilo que le agradaba.
Mientras conversaban, unas extrañas luces blancas comenzaron a parpadear alrededor. Aquellos brillos eran solo un efecto secundario de viajar a través de un agujero negro de Kerr, pero el detalle era impresionante a la vista. Incluso Shizuka, quien usualmente era desinteresada, se esmeraba en intentar atrapar los destellos que se cruzaban por su cabello.
A medida que se acercaban a su destino, la fuerza de gravedad empezó a aumentar súbitamente y la fase final se sintió como una gran caída vertiginosa, que solo pudieron aguantar agarrándose de sus asientos. Cuando la sacudida terminó y la máquina quedó inmóvil, el primero en desprenderse del cinturón de seguridad fue Keitarou, quién abrió la puerta y salió al exterior, seguido detrás por Suzuha.
Ambos se dirigieron hacia una baranda cercana.
—¡Lo logramos Hashida-san! —exclamó él mirando a su alrededor—. ¡De verdad lo logramos!
—¿Pero dónde nos encontramos ahora?
Parecían hallarse en la azotea de una construcción de uno pisos, aproximadamente. La perspectiva no era muy amplia y arriba de sus cabezas sobresalían algunos rascacielos. Pese que habían salido de su época por la mañana, el Sol ya estaba descendido.
—En Akihabara, elegí este lugar porque en el futuro está abandonado.
Al ver hacia abajo, comprobaron que el lugar seguía en funcionamiento. La gente entraba y salía de la entrada principal; algunas personas se desplazaban por la calle y otras dirigían la vista hacia el cartel que coronaba la fachada del edificio.
Hashida Suzuha temió que el aparato pudiera llamar la atención de los transeúntes. Volteó para verificarlo, pero detrás, solo pudo ver a Shizuka, junto a las maletas que habían traído para la expedición y que ahora se encontraban en el suelo.
—Cubierta de capas de invisibilidad por tecnología plasmónica con activación automática al abandonarse —aclaró Keitarou—. Creo que es la mejor característica de esta máquina.
—Pero si los botones son invisibles, ¿cómo vamos a abrirla de nuevo? —preguntó su amiga.
—Es un poco molesto, pero ya me lleva menos de media hora encontrar el reconocedor de huella digital —respondió él, admitiendo que la idea de la invisibilidad era mejor en teoría que en práctica—. Lo importante es que no nos descubran.
—¡Oigan ustedes!
Un hombre de mediana edad abrió la puerta de la escalera.
—No tienen permiso para subir aquí. Además, acaba de temblar. Así que retírense ahora antes de que se metan en problemas.
Dada la situación, no tenían más opción que agarrar sus cosas y bajar. La máquina del tiempo tendría que quedarse allí, en espera de descubrir un lugar mejor para ocultarla.
—Disculpe señor, pero ¿qué es este edificio? —preguntó Suzuha al entrar a las escaleras.
—¿¡Cómo!? ¿Qué clase de pregunta es esa, niña? —reclamó el sujeto—. ¿Me van a decir que no reconocen el legendario Super Potatoes? ¡Los blasfemos no son bienvenidos! ¡Ahora lárguense!
Cuando se encontraron adentro, entendieron que no se trataba de una tienda común. Estaba atestada con una parafernalia de videojuegos antiguos, todos ellos descontinuados en su fabricación. Solo reconocían su existencia por fotos que habían visto en internet de niños.
Pese al anterior movimiento sísmico, los visitantes no dejaron de comprar el entretenimiento contenido en imprácticos cartuchos de 8 y 16 bits, en CD sensibles a la ralladuras, y en consolas portátiles que parecían muy pesadas para sostener largas horas. Mientras, en el quinto piso, otros jugaban con duros botones y palancas de anchas máquinas, con monitores de tubos sin ninguna función táctil.
Pero pese a lo poco práctico que podía resultar el pasado, nadie se atrevería a cuestionar lo inquebrantablemente sagrado que contenía aquel museo.
El escuadrón Schrödinger sintió ganas de participar de esa fiebre retro, y olvidando momentáneamente su misión, se dispuso a jugar. Suzuha ganó a Keitarou varias veces en los juegos de peleas, aunque él logró obtener una victoria luego de múltiples intentos. Incluso Shizuka consiguió una puntuación alta en una de las máquinas y se rodeó de un séquito de personas que la animaban, aunque ella no intercambió palabra.
Pronto anocheció y fue hora de abandonar la tienda.
Ya en la calle, los tres estaban listos para separarse. Las chicas se mantendrían juntas y buscarían un lugar donde alojarse en la ciudad; él se iría más lejos para efectuar su plan.
Se dieron las últimas indicaciones de sus tareas, intercambiaron saludos, y antes que el escuadrón se dividiera definitivamente, una voz interrumpió a Keitarou.
—Onii-chan.
Al voltearse, sintió como su hermana lo miraba fijo. Él supo que tenía una última cosa que decirle.
—¿Tienes miedo? —preguntó ella.
—¿A qué te refieres, Shizuka? ¿A qué le debería temer?
—Cambiar la historia.
Él dio un suspiro. Entendía bien la preocupación que ella quería expresarle, aunque no moviera un ápice de su rostro para manifestarla.
—Sabes bien el porqué de esto. Será lo mejor para todos nosotros —él apoyó su brazo sobre su cabeza, dándole un suave golpe—. Así que no te preocupes por mí, hermanita tonta. Sólo hazme el favor de no revelar tu identidad y meterte en problemas.
Shizuka no dijo nada más.
Ellas observaron como su compañero dirigía rumbo a la estación de trenes, y luego emprendieron su camino hacia la dirección opuesta de Chuo Dori, perdiéndose entre la multitud.
