Prólogo


¿Nunca te ha pasado?

Que lo único que necesitas es un minuto a solas. Tomar las llaves, el carro de mamá y escapar de todo lo que te rodea, desechando la mentira y la verdad.

Te estás ahogando y pides un escape. Quieres gritar, pero la vida te roba la voz. Sólo quería un minuto a solas, y terminé ganando casi un centenar de años. Es tan escalofriante de tan solo pensarlo, pero sé que pensarán que debe ser una maravilla poder tener tantos años.

Quiero decir que una cosa es vivir muchos años y otra tener una vida. Siento que esta excitante y rara bendición ha sido el deseo de mi padre antes de que muriera, su deseo de haber podido permanecer más tiempo con mamá y conmigo. Por alguna extraña razón eso no sucedió, y me veo en la rara obligación de llevarlo a cabo.

Ya no quiero vivir así.

Ya no quiero escapar de una ciudad a otra, saltar de país en país escondiéndome. Estaba por comenzar de nuevo la universidad, temía enamorarme y tener que huir otra vez, así que no quería hacerlo.

Caminé entre los pasillos escuchando la música pop sonar y repasaba aquel nombre en mi cabeza para que no se me olvidara. Adrianne, Florentina, olvidaré mi nombre original algún día, el cual por cierto es Clarie, pero no creo que eso importe ahora.

Recuerdo las sonrisas, los movimientos de baile, sentí una rara opresión en el pecho. Ladeé la cabeza, las emociones no tenían tanto sentido para mí, sin embargo, bastó mirarlo entrar para que entrara en pánico. Su sola presencia, su sonrisa, la forma en la que mete sus manos en los bolsillos de su pantalón. Desvié la mirada y negué rotundamente. Era sólo la fiesta de bienvenida y ni llevaba cinco minutos para comenzar a ocasionarme problemas. No quería sentirme presionada, no soporto las despedidas, así que me veo aquí, sentada en la cama de tu habitación pensando qué es lo que debo hacer.

Gabriel Agreste, ¿quién diría que serías el hijo de mi primer amor? ¿Cómo puedo yo enfrentarme a eso?

Sólo imagino decirte la verdad y siento tu odio y repudio hacía mí, lo único que quieres es ser feliz, yo puedo comprenderlo. Pero no es algo que yo te brindar, no de esta manera tan... inusual. Comienzas tu carrera, ¿cómo interferir yo en ella? Luego de tu ardua batalla, no quiero echarte todo a la borda por una simple rareza de la vida como yo.

Sigo debatiendo, están las llaves del auto a metros de mí.

No soporto las despedidas, pero no sé cómo quedarme.

Lo siento tanto. Siento tanto no poder envejecer y formar una vida a tu lado. Ojalá algún día lo entiendas.