Guardián
Por Ángel Nocturno
Capítulo 1: El libro en blanco
Terminé de colocar la última caja de cartón sobre el viejo y polvoriento piso del que ahora sería mi nuevo hogar. No es que lo hubiera planeado antes, o tal vez sí, pero no de esa manera. Claro que las cosas nunca suceden de la forma en que deben ser. Después de una despedida tortuosa por parte de mi madre, la idea de vivir sola no parecía tan apetecible como al principio. Era claro que luego de la partida de mi hermano menor, un año atrás, a esa cara universidad de la que tanto hablaba ella no estaba de muy buen ver para ese tipo de cosas, mucho menos cuando le conté mi plan de independencia, entonces casi se desmaya. Se había acostumbrado por tantos años a ver por nosotros que ahora le costaba hacerse al hecho de que por fin habíamos crecido y debíamos volar.
Viéndolo de otra forma no podía quejarme. La casa era lo bastante pequeña para no sentirme desolada pero lo suficiente grande como para alojar a tres almas; y sobre todo viviría sola, con mis reglas y mi puntos. No tendría que respetar un horario y la libertad tan anhelada me sería permitida en bandeja de plata. Aunque conociéndome sabía de antemano que mi subconsciente no me dejaría tranquila si no estaba en cama antes de las once, pero me conformaba con alargar un poco mi horario de llegada por las tardes antes de hacer los quehaceres del hogar. Un precio razonable para una chica tan mezquina.
Después de que los de mudanza me ayudaran a bajar mis cosas del camión me había propuesto dejar ese espacio tan libre de polvo como fuera posible, pero en lugar de eso observaba por la ventana y miraba el vecindario. Parecía un lugar tan solitario y calmo, como era de esperarse a tan tempranas horas de la mañana. Siempre me había gustado la puntualidad, como que a mi hermano, Sota, parecía picarle en las entrañas con un picahielo. No es que me agradara el desvelo tampoco. Me consideraba una chica normal, con familia normal y actitudes normales. Mi vida era calma sin rayar en lo excéntrico, tal y como me gustaba.
Mis ojos se apartaron del cielo naranja que comenzaba a formarse gracias al crepúsculo para darle un vistazo al departamento. Me había dedicado esa última semana a detallar con ojo quisquilloso cada rincón y esquina del lugar. La cocina se encontraba a la derecha, resguardada por una puerta blanca de vaivén y una ventanilla circular a la altura de mi cabeza; a la izquierda se localizaba la sala de estar, donde seguro colocaría mi equipo de sonido tan pronto como mis recursos económicos aumentaran un poco; al fondo se encontraban mi habitación y un amplio baño de azulejos un poco gastados, pero que seguían tan fuertes y resistentes.
Al final terminé desempacando lo necesario y dejando las cajas restantes apiladas en el rincón. Mis ánimos no estaban muy altos y seguro afectarían mi concentración para el examen de mañana. No quería bajar de calificaciones ahora, no cuando había logrado que mi madre me dejase mostrar mi madurez y conservarla hasta que me pudiera calificar digna de vivir sola. Estaba arriesgando demasiado ya habiendo llegado tan lejos.
Aun así las cosas no podrían avanzar de mal manera. Estudiaba lo que me gustaba y tenía un trabajo agradable de medio tiempo; amigos divertidos y una familia cariñosa.
Definitivamente las cosas comenzaban a ir mejor.
-.-
Me encontraba un poco cansada, aun así no me quejé. Los exámenes finales no eran más que un premio para profesores sádicos que no se conformaban con la tortura aplicada en clase. Aunque tampoco podía decir que me había ido mal.
Yuca, Eri y Ayumi, amigas de la facultad, habían ofrecido una "salida de chicas" para festejar el casi concluido ciclo; lo que para ellas significaba ir a la plaza a babear por cualquier tipo bonito que pasara por el frente, y aunque no estaba muy relacionada con el tema, evidentemente admirar lo que las hormonas provocaba en unas adolescentes era un espectáculo que me daba el lujo de presenciar. Aunque ese tipo de "atracciones" no llamara mucho mi atención, como se supone debería ser en una sacerdotisa como yo, y, sin importar cuan absurdo me pareciera el título, no me lo perdía por nada del mundo.
Se suponía que los Higurashi descendían de una especie de monjes a los que encargada había sido la tarea de cuidar un templo que almacenaba los restos de algunos demonios antiguos, y por ser la hija mayor me había sido otorgado el cargo. Sinceramente nunca había prestado demasiada atención a ese tipo de cuentos, aunque me abstuviera de hacer cualquier comentario por respeto a mi abuelo (el ser más supersticioso de la tierra). Claro que en mi mudanza, además de independizarme, dejaba atrás el cargo de descendiente del templo, que aunque nunca cumplí, siempre se encargaban de recordarme.
Estábamos frente a una heladería en el centro de la plaza. Eri no dejaba de alardear sobre su reciente encuentro con el chico que juraba ser el más lindo y especial de todos. Ya sabía que su pensamiento sería distinto la semana entrante.
-Su voz era tan suave…y su brillante cabello era el más sedoso que jamás toqué- comentaba extasiada, y de vez en vez, daba un pequeño saltito para hacer notar su regocijante alegría.
-Vaya, debo decir que tuviste suerte esta vez- admitió Yuca. Había cierto recelo en su voz, como lo había en alguna de las dos cuando la otra encontraba mejor partido. A pesar de eso todas eran incondicionales.
-Estupendo, al menos ahora no tengo que fingir emoción con ese otro chico… ¿Cómo dijiste que se llamaba?...oh si, Ben- dije algo escéptica y sarcástica
-Ni me lo recuerdes. Era un completo patán-
Todas asintieron y brindaron por ello, yo solo las observaba.
No me importaba que malinterpretaran mis palabras como la de una chica bromista cuando eran ciertas: en realidad nunca me había alegrado por el anterior romanticismo de mi amiga; así como tampoco me importaba ser la chica en el grupo con menos historial amoroso que las tres juntas. Simplemente no había tenido suerte, o en términos más complicados, el amor era un tema tan desconocido como un túnel oscuro que nadie se anima a atravesar. En conclusión, no estaba interesada en la materia tanto como cupido me había borrado de su lista desde hace años.
Después de terminar mi malteada me disculpé con las chicas y me retiré a mi casa. Tenía mucho que desempacar y tan pocas ganas de encontrarme con cajas y cajas de tiliches que apenas usaría en mi vida. Después de todo no me quejaba, la mayoría habían sido regalos.
Llegué a mi casa pasadas las cinco de la tarde, un poco después de lo habitual.
Había prometido a mi madre llamarle tan pronto como llegara a mi nueva casa, y seguro que ahora estaría hecha un mar de nervios, terminando por replicarme como pude haberlo dejado hasta el final. Ella siempre me reprochaba por ser tan despistada que llegue a creérmelo, no sería la primera en decirlo. Aunque, claro, nunca me había gustado aceptar mis errores. Seguía siendo una chica.
Después de llamar a mamá me sentí un poco más tranquila. Ella seguía preocupada por mí, pero era un gran avance no haberme pedido que regresara al momento en que escuchó mi voz…ésta vez había esperado un par de minutos. Me contó sobre sus planes de remodelación ahora que tenía una habitación libre y pensaba ocupar como cuarto de huéspedes tan pronto como se hiciera de más mobiliario. Comentó algo sobre una llamada de mi hermano menor, su estadía en ese colegio lejano y lo abrumadoras que le parecían las clases. Claro que él siempre lo había tenido en mente, pero era estaba bien agregar que no era de los chicos que se quejaban por cualquier cosa. En verdad se las estaba viendo difíciles.
Fue casi una maniobra cortar la llamada. El poco proceso con el arreglo de ese lugar había sido mi pretexto del día.
Después de eso me había puesto en acción. Mi avance con las habitaciones fue considerable, y sin duda podía sentirse en el aire una pequeña liberación de polvo y partículas de pelusa. Luego seguí con la cocina y la sala. Ya había decidido dejar el pequeño cuartito que serviría como espacio personal al final; parecía ser el más olvidado de todos, sin contar el más apartado y sombrío. No entendía como no había logrado percatarme de él, y sobre todo como la mujer que me rentó la casa no lo mencionó en ningún momento de mi recorrido.
Tal vez podría deberse a que se encontraba al final de un pasillo de 3 metros.
Cuando entré me recibió una oleada de polvo y telarañas. Aunque no era muy grande el espacio, las cortinas sobre algunos artículos que seguro había dejado la anterior familia, el polvo sobre todo el suelo y la escasa luz que se filtraba por la ventana totalmente obstruida ayudaba a darle un aspecto lúgubre y siniestro, casi fatídico. Parecía como si la habitación hubiera sido apartada del resto del mundo, excluida de todo. Cierto era que no sabía con precisión cuanto tiempo había estado la residencia sin dueño.
Primero me empeñé en quitar las molestas tablas en la ventana que obstruían el paso de luz. Ya mejor aclarado podía conjeturar que la habitación se había usado anteriormente de almacén o sótano. Era de esperarse para encontrarse al final de todo lo demás.
Había una especie de armario con una sábana mal acomodada sobre él, un montón de cajas viejas y roídas en un rincón, y frente a ellas un sillón gastado y sucio que parecía haber sido marrón en sus momentos de gloria. Pero lo que más llamó mi atención fue un baúl que fácil podría llegarme a la mitad de la pierna, con lo bordes de metal trillados por el tiempo y madera que aun parecía mantenerse resistente. Quise abrirlo pero el cerrojo mantenía un candado en forma de corazón mal formado. Sin importar cuanta fuerza aplicara el candado no cedía.
Seguí con mi labor de dejar libre de polvo el pequeño cuartito, revisando con cautela por si alguna casualidad me hiciera encontrarme con la llave del baúl. Debía admitir que el enigma que presentaba había despertado en mí cierta curiosidad extraña, pero más que eso, una especie de atracción absurda que estaba segura no saciaría hasta saber que existía adentro.
Me había recogido el cabello con un listón blanco y arremangado mi blusa larga hasta los codos. Saqué con esfuerzo el enorme armario y un espejo de cuerpo completo con una fractura a la mitad. No encontré en las cajas más que velas con aroma, inciensos y libros de botánica, ciencias y otras artes, lo que me hacía pensar que mi antecesor residente era un amante del conocimiento. Terminé conservando esos ejemplares que no habían sido comidos por las termitas.
Me pasé el antebrazo por la frente una vez que culminé con mi labor. Hasta ahora no había notado que las paredes estaban pintadas de un color azul pastel, y el piso sin un rastro de polvo, tenía un diseño único que no compartía el resto de la casa. El espacio perfecto para poner una pequeña biblioteca o estudio. La ventana era demasiado extensa y dejaba pasar una corriente de luz solar que llenaba cada rincón y abertura. Debía recordar comprar algunas cortinas.
Había sacado todo lo que creí inservible a la basura, dejando algunos libros, velas e, indudablemente, el baúl que tanto había llamado mi atención.
Me acerqué hasta la cocina arrastrando el pesado objeto, esperando encontrar algo con que abrir el candado. Encontré un picahielos perfecto para la tarea, y después de algunos frustrantes intentos al fin cedió con un ronco crack. Me apresuré a retirar el polvo que lo cubría por encima y lo abrí cuidadosamente, temiendo que los remaches fueran tan viejos que terminaran decayendo. Era evidente mi emoción cuando me senté en el suelo frente al baúl, y aunque no sabía de dónde demonios provenía, tampoco me importaba mucho.
Dentro encontré un pañuelo cubriendo una caja que contenía algunas botellas de perfume que en mi vida vi, de olores extraños pero dulces. La dejé en el suelo y proseguí con mi búsqueda. Me topé con un par de broches para el cabello y accesorios que más bien parecían del siglo pasado. Me dediqué a inspeccionarlos con sumo cuidado, pues parecían un poco frágiles; encontraba las joyas de una delicada hermosura, y las piedras que adornaban algunas de ellas parecían estar tan lejos de ser fantasía. También había algunas cartas abiertas con estampillas postales de otros lugares del país. Fue hasta que mi vista se topó con un retrato de madera. El vidrio que lo protegía estaba un poco roto, pero la fotografía era completamente clara.
Era una chica, de cabello liso y oscuro, complexión delgada y tez blanca. Su rostro mostraba una belleza pura que en el momento no pude comparar con ninguna otra, y su esencia irradiaba tanta calma que no parecía ser humana. No sonreía, en realidad no parecía hacer ningún gesto ni mostrar emoción, como si se tratara de una muñeca de porcelana, y en verdad pensé en la posibilidad de que así fuera, pero sus ojos fijos parecían atravesarme y mirar mi interior. Era claro que no posaba, pero la sencillez con la se encontraba sentaba en aquel sillón marrón que reconocí al instante le daba un aire de fineza y porte.
Pasé después mis ojos al último objeto dentro. Un gran libro de portada gruesa y café, con extraños garabatos dorados en la parte superior y hojas amarillentas. En realidad era un libro muy bien conservado a comparación con todo lo demás. Solo pude reconocer una palabra entre las demás inentendibles: "guardián". Ayumi solía mencionarla muy a menudo cuando hablaba sobre sus investigaciones y progresos en historia feudal de Japón.
Escogí una página cualquiera que encontré en blanco. Al ojear todo el libro me di cuenta que no eran más que hojas blancas llenas de nada. Pasaba una tras otra con la ansiedad de encontrar apenas una línea o garabato, pero mi decepción fue grande al encontrarme siempre con lo mismo. Nada. En verdad desee que hubiera algo, y me esforcé en observarlo con precaución, por si el contenido fuera de un color casi inteligible, pero no encontré absolutamente nada.
-¿Qué buscas, Kagome?- me dije a mi misma
Con un suspiro me dediqué a pasar las yemas de los dedos por el papel con sumo cuidado, sintiendo su rugosa textura como si de algo sirviera.
Después todo fue diferente.
La gravedad se invirtió y sentí estar flotando en un espacio indefinido, aunque podía sentir el frio del suelo calar contra mi cuerpo, era como estar y no estar. La habitación dio vueltas y me sentí mareada, débil, pero por alguna inexplicable razón no podía despegar la mirada del libro, como si fuera él quien robaba mi energía y me hacía sentirme tan extraña. Mi corazón latió más fuerte cada vez y de un momento a otro sentí desvanecerme, pero no podía siquiera despegar la mirada de ese pedazo de papel.
Todo se quedó en un profundo silencio, y sólo el retumbar de mi corazón contra el pecho me decía que continuaba despierta…o al menos viva. No pensaba ni sentía, sólo permanecía, atada a un hilo del que ahora colgaba mi condura, presa del grave y vil hipnotismo que genera el vaivén de un péndulo. Mordazmente ultrajada y corrompida, inconsciente de todo lo que no fueran las páginas blancas de mi captor…que esperaba en realidad fuera él.
Y de un momento a otro, regresé a la tierra.
Parpadee un par de veces, confundida, como quien despierta con una patada cuando no sabe que dormía. Sabía que no fue un invento de mi imaginación, pero ahora me parecía tan falso que me costaba creer que tan extraña sensación se había apoderado de mi tan solo unos segundos atrás. Y por más que en el interior lo negara, terminé culpando a la falta de sueño. Si, bien, no estaba del todo conforme con mi deducción y pretensiosa conclusión.
Guardé las demás cosas en su lugar aún mareada, a excepción de la fotografía, pensaba encontrarle un buen lugar. Metí el libro con una rapidez extrema y poco característica de mí, debajo de todo lo demás, asegurándome no encontrarlo ni por casualidad.
No es que fuera una chica supersticiosa, pero mi instinto me advertía que lo reciente no era mera casualidad como había querido creer. Cerré el baúl y lo dejé en un rincón, ya después encontraría que hacer con él. Por el momento quería mantener un poco de distancia hasta que mis sentidos se normalizaran y supiera cual es cual.
Bebí un poco de agua casi con desesperación y palmeé mis mejillas antes de salir a la sala de estar.
Me quedé petrificada.
En un sillón, descansando abiertamente, un hombre me daba la espalda, que al percatarse de mi presencia se giró y me miró de una manera altanera. Su cabello era largo y plateado, y sus facciones parecían jóvenes y duras a la vez. Pero, lo que más me impactó fueron sus extraños ojos dorados, suaves y magistrales, con un brillo extraño que no pude reconocer. Y, como si fuera a propósito, su rostro los enmarcaba dándole serenidad desmedida que me hacía temblar y dudar si ese hombre frente a mí era real.
Entonces habló…
-Comenzaba a creer que permanecerías todo el día ahí dentro…Kikyo- dijo con aire sarcástico y altanero. Su voz era suave y fuerte…hermosa.
No supe que hacer, en realidad ni siquiera sabía si seguía respirando o no. Ese hombre tenía un aspecto tan salvaje y civilizado a la vez que parecía irreal.
Lo pensé de manera instantánea. Había dejado cada puerta y ventana completamente cerrada, a causa de mi ignorancia sobre el vecindario, cada una con llave. No encontraba modo alguno por el que hubiera podido entrar. ¿Hoyo en el techo? ¿Ventana de la que no estaba enterada?
¿Aberrante estupidez mía? Mi corazón bombeó fuerte y temí en el momento que lo vi levantarse tan grácilmente. Era más alto y robusto que yo, lo que sería un problema, en realidad no parecía ser un hombre débil. Vestía unos pantalones negros, una camiseta blanca con una chaqueta oscura encima y el cabello alborotado cayéndole por la espalda.
Caminó algunos pasos hacia mí mientras me miraba fijamente. Yo no podía dejar de temblar, pero estaba consciente de que debía hacer algo. Parecía querer hablar de nuevo, y yo solo esperaba un descuido. Pero él se veía todo menos descuidado.
-¿Qué sucede? Parece que has visto un fantasma- soltó una carcajada –y me ofende… sabes que soy mucho peor que eso - se encogió de hombros con aire sombrío- ...pero hagamos las cosas rápidas ¿quieres?- masculló con esa voz de pana, su semblante rudo no parecía alterarse al mover los labios. Sus ojos fieros escrutaban cada parte de mi rostro y lanzaban azotes de miradas cuando más ingenuo mi semblante se mostraba. Yo sólo podía pensar en que hizo aquella mujer para lograr tal enfado en él.
No sabía quién era esa chica de nombre Kikyo, pero estaba segura de que definitivamente no era yo…tampoco recordaba a ese chico, aunque su sonrisa osada de dientes curiosos me pareciera de lo más familiar.
Me quedé sin habla, tartamudeando en mi fuero interno. No sabía exactamente a qué se refería con eso de hacer las cosas más rápidas, y dudaba que quisiera explicármelo. Lo miré por un momento, incapaz de hacer otra cosa.
-Y ya que te veo tan indispuesta, comenzaré yo- carraspeó un poco para aclararse la garganta, luego continuó antes de enviarme una última mirada –regla número uno- levantó el dedo índice y se dio la vuelta tan despacio que pareció irreal. Era ahora o nunca, pensé.
Con todo lo que mis pies podían me eché a correr en busca del teléfono, era una suerte que hubiera pensado desempacarlo para llamarle a mamá. Casi resbalo en un pasillo pero pude recobrar el equilibrio tan rápido que pareció record. Voltee un par de veces. Aunque no era mucho el espacio que recorrí estaba jadeante, más por la impresión que por la carrera. Marqué con dedos hábiles el número y esperé que contestara. Mi corazón latía a mil por hora, y más que nunca odié ese hosco sonido de espera.
-Emergencias ¿puedo ayudarla?- respondieron por la otra línea.
-Sí, escuche, un hombre ha entrado a mi casa- dije tan rápido que la voz murió en mi garganta. Después de todo no sabía explicarlo porque apenas sabía lo que pasaba
-Dígame dónde se encuentra, seño…
-¿Hola? ¿Hay alguien ahí?- farfullé casi sin aliento, apretando el teléfono en mis manos tan fuerte como si mi vida se fuera en ello.. Salte de improvisto cuando delante de mí encontré al mismo hombre, escudriñándome duramente con la mirada. Recorrí mi vista hasta su mano izquierda en la que daba vueltas una y otra vez el cable de línea del teléfono.
Retrocedí asustada. ¿Por qué si quería algo no lo hacía y ya?
-¿Qué demonios crees que haces?- preguntó alzando la voz, pero sin dejar ese timbre hermoso y sutil.
Tomé lo primero que mis manos tocaron. Un jarrón color celeste y blanco con el que había decidido adornar una de las repisas del pasillo. Agradecí en el momento su gruesa porcelana. Aun así no me sentí del todo confiada, había algo en su mirada que me hacía sentirme intimidada, y de cierta manera sumisa, como presa del sopor. Lo tomé entre ambas manos y lo puse frente a mí, como defensa. Y sacando fuerzas de quien sabe dónde hablé…
-No sé quién es esa mujer de la que habla- dije temerosa- y se lo advierto, no se acerque más o va a arrepentirse- apreté el adorno ente mis manos cuando vi que levantaba una ceja confianzudo. Creí ver un deje de burla en sus labios color cereza.
Pareció no intimidarse ni un poco por mi amenaza, y con pasos seguros caminó hasta dónde me encontraba. Me quedé helada, en verdad no había pensado en lo que haría si mi amenaza no surtía efecto alguno. Gran error. No era una larga distancia la que nos separaba, pero sentí eternos los segundos transcurridos. Lo veía tal y como una presa ve a su depredador antes de ser devorado, y si comparábamos fuerza y tamaño, seguro yo debía ser un pequeño ratoncito al lado de un enorme tigre. No llevaba mucho las de ganar, pero tampoco iba a ser un blanco fácil, estaba dispuesta a dar batalla.
Él siguió avanzando. Cada paso era un eco interminable en mi cabeza. Sentí la adrenalina correr por cada rincón de mis venas, y mi corazón se aprensaba contra mi pecho con cada latido tortuoso de espera y congoja. Retrocedía de vez en vez, pero cuando me dio alcance, preparada y completamente lista impacté el duro jarrón en su cabeza. Esperaba al menos dejarlo medio inconsciente en el suelo, le había dado justo encima de la oreja izquierda. Mi sorpresa fue grande cuando la figura de gruesa porcelana se rompió en pequeños fragmentos y solo la boquilla quedó segura entre mis temblorosas manos, pero él solo agitó la cabeza un par de veces para mirarme después con ojos fieros y amenazantes.
-¡Pero qué diablos!- ladró con desdén – ¡Tonta, eso me ha dolido!
Yo lo miré atónita unos segundos. No pareció haber afectado en lo más mínimo mi ataque, era como si sólo le hubiera causado cosquillas. Lo miré boquiabierta. Ahora sí que estaba en problemas. No solo era un chico con carácter fuerte, era un chico con carácter fuerte muy enojado. Mis esperanzas de encontrar una salida se desvanecieron tan pronto como un suspiro. Mi corazón latió desenfrenado. No era posible que una persona normal siguiera como si nada después de tremendo golpe. Algo andaba mal con él, lo sabía, y eso acrecentaba en cierta manera mi miedo hacía su persona.
-¿Quién eres?- pregunté casi sin habla. El extraño chico abrió ligeramente los ojos, sorprendido, para después responder con la voz más ronca y grave…
-Tu guardián.
Entonces, inesperadamente, me desmayé.
Continuará…
¡Por fin he regresado!
Después de una larga espera, estoy de vuelta con ésta nueva historia. Ésta vez he preferido hacer algo más a mí estilo, y debo decir que me tomé mi tiempo para darle los últimos arreglos ¡He aqui el resultado!
Éste fic promete tener diversión, y sobre todo, una buena dosis de demencia que hasta el momento no sé de dónde saqué. Así que espero lo disfruten de sobremanera, y que nos estemos leyendo seguido.
Ángel Nocturno…
