Disclaimer: Nada es mío. Yo sólo juego un ratito con ello :)

Una noche, un recuerdo.

Más tarde, mucho más tarde, cuando estaba acurrucado contra un cálido cuerpo en la pobre excusa de rompe-espaldas que el motel llamaba cama, la piel enfriándosele lentamente en al brisa nocturna, Dean no podía recordar quién había el que había dado el primer paso.

De todo cuanto Dean era consciente era que se había encontrado envuelto en una calidez tan repentina que le había sacudido hasta lo más hondo, arañándole en el centro de su ser, intentando infiltrarse en su alma y reclamar su posesión.

Y él había cedido dicha posesión. Con ganas. Y sin un pensárselo dos veces.

Dean se apretó contra la espalda del ángel dormido y como aquel que tuviera un secreto, escondió una sonrisa contra la curva del hombro de Castiel y se perdió en los recuerdos de la noche.

Tenía recuerdos de una calidez tan intensa que había quemado su piel, como si sinuosas lenguas de llamas hubieran decidido marcarle nuevamente con la señal de su ángel personal. O quizás había sido simplemente la lengua de Castiel, que había grabado dibujos líquidos de su afecto mientras llevaba a cabo la misión de descubrir cada uno de los recovecos escondidos en el cuerpo de Dean.

También recordaba manos temblorosas (¿las suyas? ¿las de Castiel?) y sudor pintando en sus cuerpos caminos de resplandeciente pasión. Manos que habían trazado un mapa de su cuerpo (descansando un segundo de más sobre su cadera, ágiles y curiosas al trazar el contorno de un pezón) como si se lo estuvieran aprendiendo a través del tacto con una reverencia que Dean jamás antes había asociado con el sexo. Manos que habían envuelto la dureza de su carne (un tanto torpes y tan ardientes) y habían aprendido, y aprendido y aprendido a disolverle la mente con placer. Manos que habían guiado a un ángel desde el alejamiento emocional del paraíso hasta llevarlo al aterradoramente dulce dolor de la realidad.

En la mente de Dean los recuerdos de haberse hundido en carne imposiblemente apretada eran casi incandescentes, recientes y nuevos. Y oh, tan amados. Nunca hubiera creído a Castiel capaz de emitir gemidos tan rasgados que parecían arrancados de lo más profundo de la garganta del ángel. Gemidos que se deslizaron por la piel de Dean tan parecidos a una bendición que sólo pudo cerrar los ojos e intentar estar más cerca aún, ir más profundo aún, olvidándose del control y las consideraciones y empujando dentro de Castiel sin pensar, hasta el momento en que se dejó ir y todo el mundo a su alrededor desapareció. Menos su ángel.

Ángel que se retorcía y gemía bajo su cuerpo, que se mordía los labios hasta la insinuación de sangre y que buscaba fricción y que, finalmente, había encontrado el precipicio y se había dejado caer, vaciándose sobre el estómago de Dean, con ojos muy abiertos y sorprendidos.

Al final todo se veía reducido a las más simples de las cosas: a manos y bocas y gemidos y carne sobre carne (carne en carne) y palabras susurradas ásperamente ("Dean. Dean. Lo que quieras." Y entonces "Oh, Dios. Cas. Qué bueno. Tan Bueno." Y aún "Te quiero. Te quiero.")

Sintiendo satisfacción mezclarse con gratitud y con no poco afecto, Dean deslizó una mano sobre el cuerpo de Castiel, dejándola posarse sobre el ángulo de su cadera, dedos enroscándose posesivos, y se dejó arrastrar a un sueño sin sueños junto a su amante, sintiéndose seguro y satisfecho.