Habían pasado años desde que abandonó Storybrooke. Ahora tenía un nuera, una nieta, era amiga de Tiana, se volvió la maestra de magia de una hechicera oscura por accidente, derrotó a esa misma hechicera oscura gracias a la magia de sangre...
Las cosas no podrían ir mejor. Estaba todos los días al lado de su hijo, de su familia, vivía en paz, como parte de la nobleza. Su hijo era un hombre diferente, ese mundo era diferente, su vida era diferente, pero, más importante, ella era diferente.
Ya no necesitaba rogar con redención. Después de tanto tiempo, logró perdonarse a sí misma, y vivir una vida en la que no sea una villana, ni una heroína, sino una persona.
Se encontraba frente al portal, pensando en lo que era antes de haberlo atravesado hace tantos años, y en lo que era en ese momento, antes de cruzarlo nuevamente, hacia una visita a su pasado.
Volvía a Storybrooke.
Un temblor de emoción atravesó su cuerpo ante la idea de volver a uno de los lugares donde más avanzó, creció, vivió... El lugar donde consiguió ser quién era ahora, el lugar donde conoció a su hijo—el amor de su vida— y a ella. Aún su recuerdo era capaz de llenarla de felicidad, nostalgia y decepción de igual manera.
Tomó todo el aire que pudo y lo exhaló temblorosa mientras se abalanzaba hacia el portal.
Un segundo después, con un rastro de náuseas de decidió ignorar, allí estaban: las calles nunca vacías, pero tampoco desbordadas como en una gran ciudad; Granny's a su derecha, y un poco más adelante la biblioteca con su famosa torre del reloj; había mucha más gente que en la primera maldición paseando por el pueblo, eran de la Tierra de las Historias No Contadas.
Respiró profundamente. Ese lugar olía a hogar. Aunque también lo hacía junto con Henry, en el Bosque Encantado 2.0. Lo único que debía hacer ahora era encontrar a sus amigos.
Miró a su derecha, hacia Granny's, y sonrió con nostalgia. Era obvio cuál sería su primera parada. Además, si no encontraba a quién buscaba, visitaría su antiguo pueblo. No lo extrañaba, pero eso no quería decir que tampoco lo apreciara.
Entró a la cafetería y un silencio sepulcral se estableció, todas las miradas se posaron en ellas. Sí, esto era el hogar.
«¿Regina?» dijo una voz familiar. Era Snow.
La mujer se acercó a ella, seguida por un joven de no más de catorce años, y, sin pensarlo dos veces, la abrazó. A pesar de la rareza del acto, y la sorpresa en la que se vió. Regina respondió.
«Hola».
«¿Qué haces aquí?» preguntó con su enfermiza amabilidad mientras se separaba. Hogar.
«Una visita» se limitó a decir y se dirigió a Neal, detrás de Snow. «¡Hey, Neal! Mira qué grande estás. Me recuerdas a Henry a tu edad».
«Hola» dijo tímido.
«Mmm, no sé si me recuerdas, pero seguro que no. Soy tu tía Regina».
«Sí, sé quién eres» se atrevió sorprendiendo gratamente a la morena. «Pero no sabía si eras real».
«¿Cómo?» Regina frunció las cejas, confundida.
«Mis padres me cuentan historias, sobre ti, pero eran de lo más extrañas. Digo, ¿una villana, que se vuelve heroína, y se alía con sus ex némesis? Es bastante disparatado».
«¡Neal!» lo regañó su madre, pero Regina se rió.
Tenía razón. A veces, hasta a ella misma le daba gracia su propia historia.
«Está bien, Snow. No dijo nada malo. ¿Cómo va todo por aquí?» cambió de tema mientras tomaba asiento en un taburete.
«Ajam» asintió con inseguridad.
Regina arqueó una ceja. A Snow nunca se le dió bien guardar secretos, pero eso era demasiado obvio. La mujer claramente intentaba ocultar algo, y lo hacía mal.
«¿En serio? Snow, encontré el camino a la redención, no a la ceguera, ¿qué sucede?».
«Nada de lo que debas preocuparte».
Ahora se le ocurre ser buena guardando secretos. «Vale» se resignó, pero no pensaba dejarlo así como así. «¿Sigue bien la vida de casada?».
«Estamos en nuestro mejor momento» respondió radiante.
«Bien, bien» musitó, y su amiga advirtió el trasfondo triste en su voz, pero decidió dejarla tranquila. «¿Y Emma? ¿Cómo está?».
«Sigue casada y con una hija, si a eso te refieres».
«Snow...» dijo con advertencia.
«Ok, lo siento».
«Eso fue hace mucho tiempo atrás. Yo seguí adelante. Solo quiero saber si ella es feliz» dijo dubitativa, pero serena.
«Lo sé, lo siento. No debí tratarte así».
«Una disculpa era lo menos que esperaba de Blancanieves» replicó con un tono bromista.
«Y yo, al menoa una llamada de Su Majestad» escuchó tras ella esa voz que nunca sería capaz de olvidar.
Emma.
Pensó y repitió en voz alta con ese tono de voz cautivador. Seguía tan hermosa como siempre. Pero se encontró con algo sorprendente. Cuando le dijo a Snow que siguió adelante, estaba diciendo la verdad, y ahora lo había comprobado. Ya no dolía verla.
«Regina» fue tono lo que salió de su boca, sin voz, su mente quedó en blanco. «¿Qué haces aquí?».
«Extrañaba el wi-fi» bromeó.
«Uff, no te culpo, aún no puedo entender como haces para vivir en el Bosque Encantado».
La morena le sonrió con sinceridad. «¿Cómo va todo?».
«Bien. Genial. Alice está a punto de llegar a los 11. Deberías verla. Tiene la barbilla de Snow» habló de su hija con ese brillo que Regina reconocía en ella misma cuando hablaba de Henry.
«La herencia Charming, ¿eh? Espera, ¿Alice? ¿Así la llamaron?».
«Sí, ¿por qué?»..
«Nada grave. Solo... en el Bosque Encantado 2.0 la hija de Nook también se llama Alice, por su madre».
«¿Te contó sobre su madre?» preguntó incrédula. Él nunca hablaba de su madre, no con cualquiera.
La mujer rió entre dientes. «Lo creas o no, el otro Hook y yo nos llevamos bastante bien».
«Oh. ¿Y Henry? ¿Está todo bien?».
«Nació la pequeña Lucy» dijo con una tierna sonrisa. «Somos abuelas, Emma».
El rostro de Emma se inundó en lágrimas y orgullo, se acercó a abrazarla. «Te extrañé» le susurró para que nadie más pueda escuchar.
Una vez fuera de sus brazos, compartió una mirada con Snow, que reconoció que la morena sí que había pasado sus sentimientos por Emma. Pero eso le recordó algo.
«Emma, ¿sucede algo malo en el pueblo? Tu madre piensa que puede ocultarme cosas».
«Mmm, nada de lo que debas preocuparte».
«¡Pueden dejar de decir eso!» exclamó. «Por si no lo recuerdan, yo cree este lugar. Estoy irremediablemente atada a Storybrooke y sus habitantes. Así que creo que merezco saber si Snow estuvo siendo una deplorable alcaldesa, o perdimos a otro de los enanos, o la era de paz se acabó y hay otra maldición».
«Ok, ok... Cálmate» le dice haciendo señas con las manos para que se detenga. «Pasó algo, pero no queremos que te quedes más tiempo del que planeabas por algo que ya no es tu responsabilidad».
«¿Qué sucedió?».
«Hay un mago, engañoso, hace voodoo y tiene un ridículo sombrero» se burló y Regina levantó una ceja incrédula a su estupidez. «¿Te suena?».
«Dr. Facilier» susurró con ojos amplió, el pánico plantados en ellos.
«Es un placer verte de nuevo, Regina» escuchó esa voz detrás de ella. Se giró abruptamente.
«Me gustaría poder decir lo mismo» su amigable voz se volvió más regia, una voz que Snow podía reconocer en la Reina Malvada, pero que fue modificada con la Regina que conocía.
«Los rumores dicen que te has vuelto blanda, Regina».
«Vete ahora» ordenó molesta. «O te enseñaré que tan equivocado estás».
«Oh» rió levemente. «Tal vez sí lo estoy» dijo viendo a la imponente mujer con una sonrisa de satisfacción.
Se acercó a ella lentamente, sin separar el contacto visual, la tensión era palpable en el aire, y las luces de la cafetería empezaban a fallar, pero no captaban la atención de la clientela, muy ocupada en la escena que se presenciaba frente a sus ojos.
«Siempre te favorecieron las ropas de nuestro mundo» dijo observando su corsé.
Regina lo ignoró, pero no lo logró cuando el hombro acarició la logitud de su mandíbula con un dedo. Se movió alejándose del contacto.
«No me toques» se molestó. «¿A qué viniste?».
«Tal vez sólo vine a tomar un café».
«¿Crees que puedes caminar por mi pueblo, y pretender que eres como cualquier otro? Te olvidas que conozco todos tus trucos» dijo riendo secamente.
«Sin duda lo haces» musitó sugerente. «Sin embargo, el por qué de esta visita, será para una discusión en otra ocasión».
Y ambos sabían a qué se refería, mientras el resto de la cafetería se perdieron en el rumbo la conversación. Esa discusión sería para ellos dos, sólos, como siempre lo fue.
Dr. Facilier desapareció en una nube roja y negra, dejando el misterio en la atmósfera, y no iba a ser desvelado por Regina. Ya había revelado más de lo que debería, más de lo que solía dejar que descubran sobre ella y Facilier. No pensaba cometer esa estupidez de nuevo. No, nadie debía saber lo que sucedió con ese hombre, nunca.
