Adivina quién viene a cenar
1932
-Los invité a cenar, querida; espero que no te moleste.
Ella se sonrojó casi imperceptiblemente; él, que estaba de espaldas, no notó que a ella le temblaron un poco las manos.
-¿Sí? Me parece buena idea. Creo que pediré que preparen pollo. A todos les gusta el pollo – respondió ella, tratando de mantener un tono normal de voz y repelándose mentalmente por ese absurdo ataque de nervios.
-Hace años que no veo a Terry – dijo Albert, terminando de firmar unos cheques -. Bueno, no lo veo en persona, pero siempre hay fotos de él dando vueltas por ahí. A Constance le encanta, y parece que Bettina también quiere ser de su club de admiradoras. ¿Por qué no les cuentas que lo conociste?
-No creo que sea adecuado; a ninguna niña le gustaría saber que su mamá conoció a otros hombres antes de casarse – repuso Candy, arreglando un ramo de rosas.
Albert sacó el diario y se puso a leer.
-Me alegra que al fin vengan a Chicago; tenían muy abandonada esta ciudad. Su representación será un gran éxito. Lo mejor es que viene con mujer e hijos. Debe ser terrible tener que andar de gira por el país y no ver a tu familia. Yo me moriría lejos de ti y de las niñas, Candy.
Albert se levantó del escritorio, le dio un beso en la frente a Candy y salió del estudio.
-Espérame, Albert, quiero que me lleves al hospital.
Ella se arregló rápidamente el peinado y partió tras él. Se despidieron de sus hijas y se metieron en el auto.
-Olvidé avisarle a la señora Gunn que preparara pollo para la cena de esta noche – murmuró Candy.
-Yo le avisaré, no te preocupes, la llamaré desde la oficina – dijo Albert, guiñándole un ojo. La dejó en el hospital y se fue lanzándole un beso.
Ella se quedó mirando cómo se perdía entre los otros autos y entró al hospital. Todos comentaban de la visita de los actores Terry y Susana Granchester y de la representación especial a beneficio. Candy, cansada, se fue a encerrar a un baño para huir de esa gente obsesionada con los actores.
La tarde se le pasó demasiado rápido. Llegó antes que Albert a la casa, saludó a sus hijas, a los empleados, y se fue a supervisar cómo iba el famoso pollo para la cena. No sabía si arreglarse o no. Por una parte, no quería que ellos la vieran fea o poco elegante, y por otra temía que Albert o Susana pensaran que estaba coqueteando si se arreglaba demasiado.
-Debería fingirme enferma – bromeó consigo misma.
Terry salía del baño en ese instante, tratando de no mostrarse nervioso frente a su esposa. Ella, silenciosamente, peinaba sus largos y lisos cabellos que había teñido de negro recientemente para un papel nuevo.
-Querido, olvidaste enjuagarte el pelo – dijo ella, cariñosamente, al ver la cabeza llena de shampoo de su esposo.
-¡Papá tiene la cabeza blanca! - dijo uno de los gemelos, riéndose del espectáculo. El otro permanecía absorto en su construcción de un castillo de naipes.
Terry se tocó la cabeza, sonrió y volvió a entrar al baño. Susana rió quedamente y luego contempló su reflejo.
-Él ha sido feliz. Estoy segura – murmuró.
Terry volvió al baño, repelándose mentalmente por el error cometido. Ahora Susana jamás le creería cuando él le asegurara que no estaba nervioso.
Albert salió de la oficina y le compró unas rosas a la florista de siempre. Todos los días le llevaba un ramo a su esposa. Pero el de hoy debía ser distinto: más grande, de distintos colores, quizás unas maravillas o unas hortensias entre medio, para que ella se riera y no se viera tan preocupada como en la mañana.
"Quizás cometí un error", pensó, "hay cosas que no se pueden remover". Pero la invitación estaba hecha y aunque él sabia que Candy era una esposa ideal, también había conocido la trágica historia de amor entre ella y Terry.
Se mordió los labios y luego desechó todo pensamiento con un movimiento de hombros.
Las manos le temblaban tanto que era imposible hacerse la línea debajo de los ojos ni pasarse máscara de pestañas. Enojada consigo misma, fue a la cocina a buscar algo de agua con azúcar. Las chicas, con su niñera, estaban ahí jugando con harina. Albert les había pedido que hornearan un kuchen para el desayuno del día siguiente. Bettina se acercó a su madre en busca de un abrazo y le llenó la falda de harina. Constance la regañó. Candy de buena gana le hubiera dado una paliza, pero se contuvo, les sonrió cariñosamente y después de darles un par de consejos, las dejó solas con la niñera y subió a cambiarse.
Los gemelos habían descubierto un pote de talco poco custodiado y lo convirtieron en el tesoro del pirata. Susana no se había dado cuenta. Kirk luchaba con Kurt y de pronto el pote se abrió, derramando el contenido sobre el traje nuevo de papá. Susana se dio cuenta y se acercó en su silla, tomando el traje y tratando de limpiarlo mientras regañaba a los gemelos. Terry salió del baño y encontró la terrible escena. Silenciosamente, tomó una bata y abandonó la habitación, volviendo al poco rato con un traje nuevo que acababa de comprar en el primer piso del hotel.
Candy lloraba desesperadamente con la cabeza entre las rodillas, Albert entró y, alarmado, la tomó entre sus brazos para consolarla.
-¿Qué pasa, amor?
-Yo... yo... - Candy hipaba y no podía hablar.
-Nada puede ser tan terrible. ¿No te he dicho que te ves más linda cuando ríes que cuando lloras?
Ella sonrió y se serenó un poco.
-Es que ¡el vestido nuevo me queda estrecho! ¡Sólo hace un mes me quedaba bien!
Albert la miró con atención y sonrió indulgente.
-Candy, es que llevas puesta una bata abajo.
La niñera acababa de llegar para hacerse cargo de los gemelos. Susana les dio muchos besos (que ellos recibieron con estoicismo masculino) y Terry los abrazó. Les recomendaron que se portaran bien, que obedecieran a la niñera y que no rompieran nada. Por fin se fueron y Terry y Susana se quedaron solos.
Ella le tomó la mano y se la besó suavemente, notando que estaba muy sudada, cosa desacostumbrada en él. Terry, entonces, la levantó de la silla de ruedas, la depositó suavemente en la cama y comenzó a besarle el cuello.
-Debemos irnos, Terry – murmuró ella, hundiendo sus dedos en el cabello de su marido. Por toda respuesta, él acarició su cintura y comenzó a bajar las manos por la curva de su cadera.
-Este color no me queda. No sé cómo pude comprármelo – dijo Candy, mirándose al espejo.
-Yo encuentro que te queda perfecto – repuso Albert, arreglándose la corbata - ¿Y si usas el azul?
-Las chicas lo mancharon con harina – dijo ella. Él lanzó una risita burlona.
-Entonces usa el negro.
-Demasiado formal.
-El rojo.
-Muy atrevido.
-El amarillo.
-Muy informal.
-Bueno, entonces, señora Andley, no me queda más que... ¡darle ahora su regalo de aniversario!
Albert, sonriente, sacó una caja del armario y se la pasó. Ella, sorprendida, abrió la caja y sacó... un hermoso vestido blanco, vaporoso y sencillo.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
-Siempre me salvas, Albert, mi príncipe de la colina – susurró ella, conmovida. Se lanzó a sus brazos y lo besó, tirándolo a la cama y arrugándole el traje.
La cena estuvo a tiempo, pero los invitados se atrasaron. No hubo problema, pues los dueños de casa también tuvieron inconvenientes. De modo que todo empezó una hora más tarde.
Fue como todas las cenas. Rieron, recordaron viejos tiempos, relataron anécdotas, los hombres se retiraron al balcón para fumar mientras Susana se acercaba en su silla a Candy, para charlar.
-Candy, gracias por cumplir tu parte del trato. Se nota que eres feliz; nosotros lo somos también.
-Soy muy feliz, Susana, y me alegro que ustedes también lo sean.
Ambas se dieron la mano y sonrieron.
Los hombres volvieron a entrar y la charla siguió. Todos la pasaron tan bien que ninguno notó que Candy y Terry no se habían dirigido palabra ni se habían mirado a los ojos en toda la velada.
La avergonzaba salir, pero se sentía ahogada; acababa de verlo y no se atrevió a hablarle. Estaba furiosa consigo misma. Necesitaba salir a pasear, tirar algunas piedras, quizás hasta gritar de rabia en alguna callejuela solitaria. Se colocó el mismo vestido blanco, un abrigo ligero, tomó una pistola y partió. Albert dormía profundamente y no se percató de nada.
Caminó sin rumbo, lanzó algunas piedras y espantó a un par de gatos subiéndose a una muralla. De pronto, una risa burlona llegó a sus oídos.
-De Tarzán pecosa a cazadora de gatos. Vas de mal en peor, Candy.
Terry la miraba desde abajo, aún vestido con el mismo traje blanco que usó en la cena.
-No has cambiado. Sigues siendo un atrevido, ¿no? - respondió ella, saltando ágilmente y cayendo delante de él.
-Pero no ando espantando a los gatos – repuso él, mirándola con sorna.
-Al menos yo no ando vestida de blanco en medio de un callejón, arriesgándome a que me asalten – dijo ella.
Él se carcajeó.
-¡Mírate cómo andas vestida, gata pecosa! - exclamó.
Candy enrojeció y trató de pegarle en el hombro; él se defendía muerto de la risa, tomándole las muñecas. De pronto, ambos dejaron de moverse y se quedaron mirando en silencio.
Él se acercó a ella y la besó con fuerza; ella le correspondió con la misma pasión. De pronto, ella se separó.
-No podemos – susurró casi sin aliento.
-No, no podemos – asintió él, tratando de alejarse, pero ella le tomó el rostro y lo besó.
Después de un rato, él la soltó.
-Amo a mi familia. He llegado a enamorarme de mi esposa.
-Yo daría mi vida por mi familia. Adoro a mi marido – dijo ella. Entonces, él volvió a besarla, esta vez con más desesperación, acariciando su espalda.
-¡Consíganse una habitación! - les gritaron unos vagabundos. Ella se separó de él.
-No, eso es pésima idea. Debo volver a casa – dijo ella. Él asintió.
-Déjame acompañarte – pidió él. Pero no se dirigieron a casa de Candy. Ella se dio cuenta y no dijo nada. Se pararon frente a un edificio destartalado que alquilaba habitaciones por hora.
-No podemos ensuciar el recuerdo de lo que tuvimos, Terry; no me acostaré contigo – dijo ella, aparentemente enojada, pero con ganas de que él insistiera. Como él se quedó callado, ella entró al edificio.
-No pienses que eres tan irresistible, mona pecas; sólo quiero que conversemos – mintió él, al volver con una llave en la mano.
El corazón le latía en los oídos. Sentía que no llegaban nunca a la habitación. Las manos sudorosas de Terry la sujetaban con fuerza.
Una vez adentro, se sentaron en la cama.
-No deberíamos – dijo él.
-Claro que no; ellos confían en nosotros – repuso ella. Él se giró para quedar frente a la mujer.
-Siempre quise saber si tienes pecas en la espalda – murmuró, sonriendo y acariciando los rizos de Candy. Tomó delicadamente sus rostro y besó su mejilla.
-Y yo quería saber si tienes pelo en el pecho – dijo ella, avergonzada.
-Mírame y averígualo – susurró él; se rió, se levantó y se sacó la chaqueta y la camisa.
Cuatro horas después...
Terry se desperezó con ganas; jamás se había sentido tan relajado. Miró a la mujer que, a su lado, contemplaba con ojos muy abiertos el techo la de habitación.
-Buenas madrugadas, pecosa – murmuró, besándola en la oreja.
-No debimos hacerlo, Terry; no debimos – dijo ella.
-Pero ya lo hicimos. Era algo que ambos deseábamos. ¿Acaso fue tan terrible para ti? Di mi mejor esfuerzo – dijo él, dedicándole una espléndida sonrisa.
-No es por eso. Es que Albert no se merece esta traición. Ha sido el mejor de los esposos, un amigo, un amante... ¿Cómo pude portarme así, como una rame...
-Shht – ordenó él, tapándole la boca – No hables así de ti misma. Nadie lo sabrá, lo prometo. ¿Crees que a mí me gusta engañar a Susana? Ella ha sido la mejor de las esposas, la mejor de las madres, un inmenso apoyo para mí... pero yo te amo, Candy, y lo que hicimos no fue un pecado. Fue amor.
Ella lo miró, furiosa.
-Eso lo dices porque la sociedad te protege a ti. Ante ellos, yo seré la mala mujer que sedujo al inocente esposo de una mujer inválida.
Él se rió con ganas.
-La verdad es que yo te seduje a ti, pecosa, así que no te mandes las partes.
-¿Crees acaso que no sabía que estabas fuera de la casa, espiándome? ¿Por qué piensas que salí vestida de punta en blanco? - reveló ella – No sé qué me pasó, pero quería encontrarme contigo. Quería que esto pasara, pero no deseo ser tu amante, Terry. Ni Albert ni Susana se merecen esto.
Él suspiró.
-No se enterarán de nada, te lo aseguro. Yo me marcho en una semana, Candy, tu reputación y la mía quedarán a salvo. Para siempre.
-¿Estás consciente de que no habrá una próxima vez, verdad? - preguntó ella con los ojos bajos.
-Lo sé; y lo aceptó, porque estos momentos pasados a tu lado valen por toda una vida. Te amo, Candy.
-Y yo a ti, Terry.
Se vistieron en silencio y dejaron la habitación. Él la acompañó a su casa y se despidieron con un casto beso en la puerta. Ella se fue a la habitación, le dio un beso en la frente a su marido y entró en el baño. Él volvió al hotel, entró a su suite y contempló el pacífico sueño de su esposa.
Fin
Nota de la autora:
¿Lo sigo o no? ¿Qué opinan?
