(Risas) Os juro que si dejo historias y no las sigo y escribo otras no es algo que haga deliberadamente. De hecho esta planeo terminarla seriamente. Estoy oyendo risas enlatadas de fondo, pero no, va en serio. Vale, más risas.
No es que se me dé muy bien pero vengo con un Destiel que vendría a ser algo así como una comedia romántica ubicada en universo alterno y en ambiente universitario. Sí, parece que no pero tiene argumento. Va a tener quince capítulos más o menos de la misma extensión (oscilarán sobre las tres mil palabras pero seguramente sean menos) y todas son basadas en canciones de los Beatles. Si hay alguien por ahí que me recuerde del fandom de Sherlock que no me mire demasiado mal, por favor.
La lista de canciones en cierto orden me la ha dado alguien a la que se lo pedí para poder hacerlo, así que muchas gracias aunque no creo que vayas a leer esto, pero bueno, yo lo hago igualmente. La primera canción no sabía muy bien cómo ubicarla en la línea de la historia, así que en vez de basarla la he metido en el capítulo. Es la canción que suena en la fiesta. Seh, es un poco trampa pero más adelante se explica.
Siento que los personajes me han quedado más OOC que otra cosa. Pero bueno, uso el método Rowling de Magia Borrás para explicar las cosas y ya está. Espero que de todos modos no sea mucho de vuestro desagrado.
Y nada, que muchas gracias a todas las que decidan leerlo y que si alguna se molesta en dejar comentario pues gracias por doble jornada. ¿Alguien se molesta en leer las introducciones de la gente? Ahí va la leche.
Disclaimers: Supernatural y todos sus personajes pertenecen a Eric Kripke. Escribo sobre personas pero en mi historia son personajes. El dibujo de la cover es un fragmento de otra más grande y no es mía pero no he podido encontrar a la dibujante para darle créditos.
Advertencia: Por ahora, no mucho. Universo alterno universitario. Escena algo desagradable.
1
In my life
Hay lugares que recordaré toda mi vida aunque algunos han cambiado.
Algunos para siempre, no para mejor. Algunos se han ido y otros aún existen.
No fue amor a primera vista, ni tampoco algo que estuviera en las estrellas. Su destino no estaba escrito ni sus almas se fundieron en una sola la primera vez que se vieron, de hecho fue algo más parecido a
—Disculpa, ¿eres Dean? Creo que deben haber confundido nuestros cafés.
—Ah, sí. Perdona, tío, no había mirado el nombre. Toma.
—Gracias, hasta luego.
—Adiós.
A Castiel ni siquiera le dio tiempo a pararse a mirar al chico porque tenía que irse corriendo a una revisión de examen, Dean estaba demasiado ocupado intentando ligarse a la chica de su lado como para atender a quien le estaba hablando.
No hubo roce de manos ni miradas embobadas. Si Castiel hubiera prestado atención quizá hubiera pensado que el chico era atractivo y que tenía los ojos de un color verde muy bonitos, y si Dean le hubiera mirado su faceta de bicurioso le hubiera evocado a la época en la que en el instituto tenía ese fetiche por el profesor de literatura, gafas y suéter incluido.
Hay veces en la vida en la que todo parece que se alinea para que dos personas se crucen inevitablemente en un dulce y memorable encuentro. Esa no era una de esas veces, o al menos era memorable por las razones equivocadas.
Cuando Dean y Castiel sí que hablaron por primera vez, no resultó ser más romántico que la primera escena de la cafetería.
Castiel odiaba las congregaciones de más de diez personas en una casa. Bueno, quizá denominarlo odiar era un término demasiado fuerte. Más bien no lo comprendía, no veía la satisfacción en estar en un sitio con gente ebria desconocida donde no podías escuchar ni tus propios pensamientos. Pero claro, Gabriel le había dicho que iban a una reunión de amigos. También le fue con todo ese discurso de que era un anti-social y que debería salir de vez en cuando de su habitación o acabaría confundiéndole con un ficus. Castiel debió imaginarse antes cómo iba a terminar aquello.
Se giró hacia su hermano para clavarle una mirada envenedada, pero él estaba guiñándole el ojo a una morena mientras gritaba "¡Pam, una fiesta de la leche!" por encima de la música, así que dudó de que se diera cuenta. Optó por inclinarse y decirle en el oido:
—Acabo de decidir que voy a echarte del piso.
Gabriel se rió como si su tono de voz no hubiera sido para nada serio, firme y convincente y pasó un brazo por encima del hombro del moreno.
—Relájate, hermanito. Ellos tienen más miedo de ti que tú de ellos, estoy seguro de que se creen que eres un enviado de las pompas fúnebres.
—Me dijiste que era una reunión de amigos.
Gabriel bufó con una mueca.
—Ni siquiera Obama va a las reuniones de amigos con traje y corbata.
Quiso replicar, pero para entonces ya habían apartado a su hermano de su lado y ya tenía un chupito de colores extravagantes en cada mano. Castiel había tenido demasiado de las comedias americanas de adolescentes que su hermana se tragaba casi todos los días como para saber cómo iba a terminar todo aquello.
Que hablando de la misma, no pudo evitar rodar los ojos cuando vio a Anna bailando sobre una de las mesas con otras dos chicas.
No le fue muy difícil deshacerse de los chupitos, con poner las manos un poco más lejos de su cuerpo prácticamente volaron de allí. Intentó quedarse allí un rato más, pero la música retumbante, el líquido que saltaba por todos lados y los cuerpos sudorosos chocándose unos a otros sin ningún tipo de cuidado ni educación era algo que sobrepasaba sus límites (aunque Castiel tenía demasiados como para no pasarse). La casa estaba ubicada en la periferia de Lawrence, ellos habían venido en el coche de Gabriel, si quisiera volver a su apartamento tendría que andar más de una hora. No era como si le importase, pero conocía a su hermano y no iba a dejarle solo en una fiesta cuya cantidad de alcohol podría inundar la casa entera. Empezaba a pensar que después de todo sí que había sido una encerrona.
Había conseguido aguantar una hora en aquel sitio (con el correspondiente vertido de copa en su traje impecable y una chica que se restregaba contra su pierna en un baile contemporáneo con el que parecía más un mono intentando rascarse contra un árbol) cuando subió las escaleras de la casa esquivando a dos parejas que se besaban contra la pared y encontró una terraza en la que no había nadie. Tuvo que esquivar dos botellas vacías de cerveza, pero por lo demás la paz que respiraba se agradecía bastante en comparación con la tercera guerra mundial que se sucedía allí dentro. Se recogió las mangas y se apoyó en la barandilla, pasándose las manos por el pelo y suspirando. No fue hasta que pasaron unos minutos cuando la música cambió por una canción que para su sorpresa no pensó escuchar allí. Ya de por sí era bastante raro que sonara una canción de los Beatles en una fiesta, más que no fuera una de las conocidas y que hubieran borrachos coreándola a gritos. Pensó que seguramente fuera una especie de broma, como cuando alguien ponía Bohemian Rhapsody y automáticamente todo el mundo se lanzaba a cantar.
Castiel pensó que los gritos rompían la armonía de la canción, pero de todas formas tarareó con la lengua pegada al paladar, intentando ignorar los coros. Cerró los ojos con la cabeza gacha y el viento golpeándole una parte de la cara, en contraste con el aire cargado del interior era algo mucho más agradable. Suspiró por la nariz, cantando una de las frases casi en susurros, imaginándose que estaba en su casa viendo el último capítulo de Downtown Abbey y no allí, prácticamente evitando al resto de la universidad.
—Tío, qué voz más de locutor de radio que tienes.
Castiel se sobresaltó. En realidad no estuvo seguro de haber escuchado bien la frase, el que había hablado arrastró las palabras con voz pastosa. Ya fuera por el susto o porque no le gustaba que un extraño se dirigiera hacia él de esa forma frunció el ceño y se tensó, su mecanismo de autodefensa de sarcasmo resurgiendo.
—Y tú también, de radio extranjera. No se te entiende nada.
Su cometido era el de cortar tajante al chico para que volviera a meterse de nuevo en la casa, pero él solo se rió entre dientes y se apoyó en la barandilla con precariedad, su nivel de alcohol en sangre bastante visible por el leve balanceo de su cuerpo.
—No, no, era... ¿qué es lo contrario a insulto? Pues eso.—se encogió de hombros con una mueca de dolor.—Vamos, que tu voz es agre... agrabla... eso.
—Vaya, además de lo bien que piropeas tu capacidad de dicción es sorprendente.
Castiel no era una persona dada a ser desagradable, iba en contra de su naturaleza educada y cortés. Tampoco es que contara con un descaro y carisma innatos para saber cómo ser un capullo sin que nadie le recriminara, pero bajo las condiciones en las que se encontraba no le apetecía mucho ser amable. De todos modos el chico no parecía inmutarse por su mal humor, es más parecía que le divertía.
—Relájate, chico, si no entiendo la mitad de lo que dices. En fin, soy Dean. ¿Y tú?
Castiel relajó los hombros cuando el chico le tendió la mano para estrechársela, por primera vez fijándose en él. Aunque fuera de noche pensó lo mismo que si hubiera sido de día en una cafetería: le parecía un chico de su edad muy atractivo y con unos ojos verdes preciosos inyectados en sangre. Quizá era el contraste de colores lo que le hacía pensar que era más intenso de lo usual, quizá era que estaba fijándose demasiado. Y debió ser lo último, porque pasados unos segundos Dean arqueó una ceja y Castiel se apresuró en devolverle el apretón de manos.
—Castiel.
—¿Casti...? Joder, no te lo habrás inventado, ¿verdad?
Castiel volvió a fruncir el ceño.
—¿Por qué me lo iba a inventar?
—No sé, para librarte de mí. Aunque me gusta. Es...
Dean se humedeció los labios mientras enfocaba su mirada perdida en su cuerpo de arriba abajo con lentitud, examinándolo con las pupilas casi tragándose todo el iris. Era una de esas miradas con las que sabías que la otra persona se estaba imaginando miles de cosas que hacer contigo, una de esas miradas casi obscenas. Pero, por supuesto, Castiel no había recibido mucha de esas miradas a lo largo de su vida, así que ni se le pasó por la cabeza. Eso no le impidió notar un calor que subía por su cuello y se instalaba en las mejillas mientras sentía un escalofrío recorrerle la espina dorsal.
—... interesante.
—Hmph.—respondió Castiel sin más, y odió esa falta repentina de respuesta. Tampoco le importaba mucho contestarle, la verdad. Como tampoco le impidió a Dean continuar la conversación.
—También es interesante tu ropa. ¿Vienes de una boda o qué?
Castiel se miró a sí mismo y rodó los ojos.
—Pensaba que iba a otro sitio.
—¿Y te sientes incómodo por eso? A mí no me importa si prefieres quitártelo.
Castiel miró hacia el frente antes de observarle con los ojos entrecerrados, intentando procesar esa última frase. Dean seguía sonriendo de lado con normalidad y lanzándole esa mirada ambigua. Empequeñeció los ojos aún más. ¿Estaba flirteando deliberadamente con él? Castiel seguía mirando con sospecha. No era como si no le halagara, vaya. De hecho se veía incapaz de controlar el sonrojo creciente de sus mejillas, pero aún así se aclaró la garganta.
—No, no creo que eso pase.
—Lástima.—Dean se mordió el labio inferior con tal levedad que se deslizó bajo sus dientes.—Tampoco puedo quejarme, ese traje te queda jodidamente bien.
Castiel parpadeó varias veces.
—¿Gracias?
—¿Crees que combinaría con las sábanas de mi cama?
Aquella vez sí que tuvo que sostener la mirada a Dean para saber si se trataba de una broma. En ese momento tenía el brazo apoyado en la barandilla, su cuerpo apuntando sugerente hacia él y la misma sonrisa en sus labios, la mirada perdida de antes pero seductora, la camisa verde completamente desabotonada por encima de una camiseta negra por la que no podía ver demasiado, solo su clavícula rodeada de una pequeña capa de sudor. Las mangas recogidas de su camisa dejaban ver unos brazos trabajados y con trazos de pecas, como su rostro en la zona de las mejillas, alrededor de los ojos y la nariz. Las pestañas eran igual de rubio oscuro que su pelo, pero aún así se notaba que eran espesas y largas. Sus labios no eran nada femeninos pero aún así eran rosados y carnosos. Finos pero rellenos. Castiel tragó saliva. Joder, si es que hasta el rastro de su barba de varios días tenía su encanto, y eso que Castiel no soportaba las barbas. Y por un momento, solo por un momento y en contra de sus principios y su dignidad, estuvo a punto de caer en ese absurdo juego de seducción ebria de una sola noche.
Eso fue hasta que Dean vomitó sobre sus zapatos y parte de sus pantalones.
Castiel cerró los ojos y apretó la mandíbula, el olor penetrando en sus fosas nasales haciéndole reprimir una arcada. La atracción que podía haber sentido segundos antes por Dean la había perdido junto a sus zapatos de cincuenta dólares. Alzó las manos por si acaso se le ocurría acercarse o volver a hacerlo, pero Dean solo se irguió de nuevo secándose la boca con la muñeca.
—Bueno, eso ha sido incómodo...
Ni siquiera lo dignificó con una respuesta, solo forzó una sonrisa que no sentía para nada y alzó un dedo.
—Creo que mejor me voy.
Dean no intentó detenerle, asintió con la cabeza y dejó que Castiel saliera despacio y casi con cuidado por la puerta, como si él mismo pensara que iba a alterarse o a ladrarle si hacía algún movimiento brusco. Castiel decidió que odiaba las fiestas, a los borrachos, a su hermano y a las caras bonitas con mala predisposición al alcohol.
Eso sí, nunca volvió a llevar traje a una reunión de amigos.
Castiel tardó una hora más en limpiarse en un baño y en avisar a su hermano para decirle que volvía a casa sin él. Le quitó las llaves del coche por si acaso y le dejó dinero para que se cogiera un taxi. Suspiró de alivio al tumbarse en su cama, se acurrucó de lado y abrazó su almohada. Aún así, y aunque estuviera terriblemente cansado, no pudo evitar pensar en el chico de la fiesta. Sí, había sido un capullo que había vomitado encima de él, pero no podía dudar de que era arrebatador. Y atractivo. Y guapo. Y había coqueteado con él. Tenía pinta de ser un chico experimentado, alguien al que le gustaba jugar con la comida antes de atacar a su presa. Se sintió avergonzado de pensar en aquello, pero estaba en su habitación, con nadie más que sus propios pensamientos. ¿Es que alguien podría recriminarle que por una vez fantasease un poco? Se imaginó lo que hubiera pasado si no hubiese ocurrido aquel incidente tan desagradable y suspiró por la nariz, lentamente llevándose la mano bajo el pantalón del pijama. Continuó imaginándose escenarios distintos mientras aumentaba el ritmo de su mano y apretaba las sábanas mordiéndose el labio inferior. No tardó mucho en acabar con un gemido satisfecho, sintiéndose mucho más relajado y la tensión de la noche desapareciendo a medida que se abandonaba a la sensación, pensando que ya limpiaría el desastre al día siguiente.
Cuando su hermana llegó ya estaba amaneciendo y él estaba medio traspuesto, así que escuchó su risilla y una voz masculina que le acompañaba. Castiel suspiró. No era una persona que juzgara a los demás por lo que hacían, si alguien era amable con él, Castiel le devolvería el favor. Tampoco le importaba mucho lo que hiciera Anna con su sexualidad, era una gran hermana y también libre de tomar sus propias decisiones. De todos modos no podía evitar lo mucho que había cambiado con todo aquello de rebelarse contra todo y contra todos, le empezaba a resultar incluso cliché. La buena y perfecta chica educada, prudente y estable que por motivos de diferencias con sus padres había acabado desmelenándose cuando se había independizado con sus dos hermanos. Castiel echaba de menos a lo que solía ser su hermana, pero él no era quién para darle sermones, y mucho menos porque era su hermano pequeño. Así que, simplemente, lo dejó estar.
Ya estaba despierto, duchado y desayunando cuando Gabriel entró en el apartamento cerrando con un portazo que no había sido hecho a propósito y suspirando mientras se dejaba colapsar contra el sofá a su lado, las piernas flexionadas en el aire. Castiel no se molestó en desviar la mirada de su novela, solo alzó las cejas llevándose la taza de café a los labios.
—Noches alegres, mañanas tristes.
—Por favor, Cassie, un refrán más del estilo y te acabaré ingresando en un asilo.
Castiel se encogió de hombros y sí que giró la cabeza cuando escuchó una puerta abriéndose, sonriendo cuando vio a una adormilada pelirroja pasarse por allí rascándose el cuello.
—Buenos días, Anna.
—Buenos días.—respondió con una leve sonrisa besando la parte alta de su cabeza y siguió caminando hacia la cocina.—¿Aún queda café?
—Creo que habré dejado lo suficiente, si te sirve.
Anna hizo una señal de aprobación con la mano y Castiel no pudo evitar fijarse en que solo llevaba una camiseta de tirantes y la ropa interior. El apartamento no era muy grande, así que pudo ver a la pelirroja mirar en la cafetera con una mano en la cintura y entonces volver atrás a la puerta de su habitación solo para asomar la cabeza.
—¿Tú quieres un poco de café?
La voz que salió de su habitación, aunque ahogada y lejana, fue lo suficientemente clara como para hacer que Castiel casi dejara caer su taza.
—Creo que prefiero no beber café, pero gracias.
El moreno giró la cabeza tan rápido que casi le dio un tirón en el cuello y Gabriel gruñó a su lado por la brusquedad del movimiento, ya casi dormido. Castiel siguió la trayectoria de su hermana sin apartar la mirada y sin parpadear.
—Anna, ¿quién es el chico que está en tu habitación?
Al menos su hermana aún tenía la capacidad para sonrojarse por esos temas, y cuando sonrió y abrió la boca para susurrar su hermano deseó que la respuesta hubiera sido otra.
—Oh, se llama Dean Winchester y lo conocí anoche en la fiesta de Pamela. Ya verás, está buenísimo...
A mí me lo vas a decir, pensó con irritación. De todos modos tampoco hubiera tenido que esperar mucho para verle, ya que en ese momento Dean salió de la habitación de Anna con unos pantalones de estar por casa holgados (que Castiel suponía que su hermana le había dejado y que tenía que pertenecer o bien a Gabriel o bien a él mismo) y la misma camiseta negra con la que le había visto la noche anterior. El rubio estaba desperezándose mientras salía, pero su acción se interrumpió de forma muy abrupta cuando vio a Castiel sentado en el sofá, ambos con una mirada similar de perplejo y molestia por parte del moreno. Si Anna se percató de eso por lo menos hizo como que no se dio cuenta de la tensión.
—Así que al final te levantas.—bromeó la chica con una sonrisa y se puso de cuclillas para dejar un beso en la línea de su mandíbula.—Dean, estos son mis hermanos, Gabriel y Castiel. Comparto piso con ellos.
Gabriel hizo un sonido que se suponía que tenía que ser humano y siguió durmiendo en su incómoda posición, Castiel cabeceó como saludo.
—Encantado de conocerte.—solo que, por supuesto, no lo estaba.
—Uh, igualmente.—Dean sonrió y a Castiel le recordó tanto a gestos de la noche anterior que no pudo evitar sentir un cosquilleo en los dedos de los pies. Agradeció que Anna le cogiera de la mano y se lo llevara a la cocina, alejándolo de ellos.
—Ven, desayunemos aquí.
Dean volvió a mirar una vez más Castiel antes de dejarse llevar y el moreno se permitió seguirle con la mirada unos segundos más antes de volver a mirar al frente, su mandíbula apretada y el café frío sin ninguna duda. En aquel momento no supo que pensar, ni cómo sentirse, porque obviamente no estaba celoso pero sí molesto y confuso, y esa era una situación propia de alguno de sus dos hermanos y no de él, más acostumbrado a la rutina y a su feliz monotonía de series descargadas por Internet y novelas que solo conocía él y su profesora de Pensamiento y Creación Literaria.
Castiel escuchó una vez más las risitas cómplices provenientes de la cocina y el ronquido de su hermano casi pegado a su pierna, su odio hacia ese ser humano incrementándose por momentos. Hizo lo que le parecía mejor en ese momento: darle una certera colleja en la expuesta nuca, su frustración no habiéndose disipado aunque Gabriel luciera cómicamente enojado por el golpe. Castiel se atrevió a mirar de nuevo por encima del sofá a la vez que Gabriel volvía a quedarse dormido y vio a Anna recogiendo las cosas y a Dean pasándose una mano por el pelo, de repente dándose cuenta de que estaba siendo observado y levantando mirada. Dean le sonrió y Castiel se ruborizó, volviendo a mirar la televisión apagada con rapidez.
El muy capullo le había guiñado un ojo.
