'Él ya no volverá, Annie. No volverá jamás'.
Annie se repetía eso siempre. Sin embargo, su corazón aún no quería creerlo. Todos los días esperaba verlo aparecer por la puerta, sonriendo y trayendo consigo unos cuántos peces. Pero eso jamás iba a suceder. Porque Él, Finnick, había muerto. Había roto su promesa. Le había prometido volver, sin embargo, no lo había hecho.
-¿Volverás?
-Antes de que puedas contar tres. Lo prometo.
Extrañaba sus besos, sus caricias, sus abrazos. No estaba lista para dejarlo ir, sin embargo, debía hacerlo. Por Finnick, porque Annie estaba segura que Él, en algún lugar, le estaría suplicando que lo olvidara y fuera feliz. Con otro hombre, que podría estar con ella hasta que murieran. Annie no sabía porque Finnick desearía eso, pero estaba convencida de que ella hubiera deseado que Finnick hiciera lo mismo, si ella hubiera muerto en lugar de él. En ésos momentos la idea de morir no le desagradaba del todo.
A veces quería dejar de respirar. A nadie le importaría que hiciera eso. Nadie le quedaba ya. ¿Qué podías perder cuándo no tenías nada?
-Lo lamento tanto, Finnick –susurró Annie, en la oscuridad de su habitación, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, deseando que él estuviera a su lado para reconfortarla-. Lo lamento. Te Extraño. Te Quiero. Te Amo. Te Extraño. Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento. Te Quiero. Lo Siento. Te Amo. Lo Siento. Me prometiste que volverías. Lo prometiste. Lo prometiste. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Vuelve, por favor. Sin ti no quiero respirar. No quiero, Finnick. ¿Por qué no estás aquí, conmigo? Prometiste que nunca me abandonarías. Lo prometiste.
El llanto de un bebé devolvió a Annie a la realidad. Con el dorso de la mano se limpió una lágrima y sonrió tristemente. Caminó hacia el cuarto del pequeño Finn, decorado con motivo marino y pintado de un bonito color azul mar.
Retiró al niño de su cuna y calmó su llanto. Cuándo el Pequeño estuvo dormido una vez más, lo acostó en su cuna y caminó hacia su cuarto, arrastrando los pies.
-Ojalá pudieras ver a tu hijo, Finnick –le susurró al aire, acostándose en la cama-. Es tan parecido a ti…
Y, sonriendo una vez más, se durmió, con una lágrima traviesa surcando su mejilla.
Porque Annie Cresta jamás podría dejar de respirar. Por lo menos, no en esos momentos. Por su hijo.
