Es difícil abandonar viejos hábitos, resulta peor extrañar personas.

33 años observando vagamente a través de las paredes haciéndolas perder su lucidez para abandonar la existencia. Mi ciudad se ha vuelto un campo minado de sombras danzantes celebrando aquellas luces sintéticas.

Y ahora desde la cima de estas áridas montañas que rodean este putrefacto establo, espero el momento de su llamado; nunca llega. Llega el de alguien más, tú nunca llamas. No importa, ellos me dejan claro que me necesitan, no puedo dejarlos gritar, después de todos estos años no merecen hacerlo, no tan seguido.

Ahora dejo que las luces de neón finjan ser la estrella más brillante de la órbita, mientras al ritmo de la noche aquellos seres violentos disputaban por la humillación del débil.

Si algo no soportaba era su hostilidad ante la inocencia de los sujetos que mantenían sus vidas al hilo de la modernidad. Una eterna fiesta de halloween.

Ahora le propino una golpiza a este sujeto desde la punta de la torre mas deslumbrante de la ciudad, solo pienso en lo despreciable que es la existencia de personas como él mientras olfateo su inmundicia repleta de sangre que le brota de cada poro de su rostro. Asesinó al anciano Jenkins, no me importaba mucho pero lo suficiente para saber que su único pecado fue abandonar a sus hijos, tal vez nadie lo llorara pero tampoco debían elegir sobre su vida.

Después de quebrantar la última de sus muelas lo dejo enfrente de la comisaria, tal vez volverá salir de prisión, al menos recordara que se encontraba más seguro en ella.

Está a punto de amanecer y la otra cara de la ciudad está por despertar.

La maquinaria encenderá seguido de la monotonía que envolvía a la podredumbre que enriquecía a los dueños la ciudad.

Producción y reducción, el ciclo del rebaño, el límite de sus vidas; pero sabía que tenían potencial y que algún día harán algo mas, sabía que debía protegerlos, era mi deber, era mi don, era mi necesidad y la de ellos.

Velare por ellos, vengare por ellos.