Alargó su mano hacia el timbre de la casa, dispuesta por fin a llamar, la apartó. ¿Cómo iba a llamar a su puerta y pedir ayuda? No podía, no después de tanto tiempo sin siquiera hablarse. Volvió a mirar el timbre e intentó alargar la mano hacia allí, su cuerpo no le respondió. No tenía valor. Con un suspiro se dio la vuelta para volver por donde había venido y solucionar su vida ella sola. Pero no fue capaz de dar más de dos pasos para alejarse. Necesitaba esa ayuda. Se dio la vuelta y llamó al timbre llena de una nueva determinación. El sonido pareció taladrarla, pero esperó pacientemente a que los ocupantes de la casa abrieran. La puerta se abrió y apareció una mujer con el pelo castaño y ojos claros y amables. Con una sonrisa en el rostro.
—¿Puedo ayudarla?— preguntó un tanto sorprendida, al no reconocer a la muchacha que estaba en la entrada de su casa.
Se acobardó al verla. Si él ya estaba casado estaba segura de que no sería para nada bien recibida. Estuvo por anunciar que se había equivocado y salir corriendo de allí tan rápido como pudiera. Sin embargo esbozó una sonrisa forzada y pregunto con educación:
—¿Vive aquí Tsumugu Hinamori?
La mujer pareció más desconcertada y miró a la chica con más atención, intentando averiguar para que quería a su marido. Sacudió la cabeza levemente, renunciando a averiguarlo ella sola.
—Si ¿puedo saber quién lo pregunta?— preguntó un tanto desconfiada
—Soy Kagome Higurashi, solo quiero hablar con él— respondió, todavía sonriendo forzadamente. Quieres mucho más que eso. Murmuró una voz en su mente.
—Entonces pasa— dijo y se apartó, dejando espacio para que Kagome pasara. Kagome respiró hondo, y luego entro en la casa. La mujer la condujo a la sala de estar y con un gesto le indicó que se sentara.
—¡Papá! ¡Tienes visita!— llamó la mujer alzando la voz. – Espera aquí por favor, iré a preparar algo de té— añadió luego en un tono más sosegado, dirigiéndose a Kagome.
Pero a ella se le había parado el corazón. ¿papa? ¡Pero esa mujer debería tener…! Con un suspiro de alivio mal disimulado lo comprendió. Algunas mujeres llamaban a sus maridos "papá" para que sus hijos se acostumbraran a llamarle así… ¿¡Significaba eso que ya había tenido hijos? Se sintió tremendamente culpable de invadir su vida de aquella manera, pero bueno, era en parte su culpa.
—¿Quién es?— oyó la respuesta amortiguada y los pasos que se acercaban— ¿Es Mariyama—san? Todavía no están acabadas las…
Pero la frase murió en su garganta. Había doblado la esquina y había visto a Kagome. Su rostro no podía ser más ceniciento. Pareció querer decir algo, pero su boca se movió sin que saliera ningún sonido. Se tambaleó levemente y apoyó en el respaldo del sillón.
—¿Kagome?— inquirió con voz apenas audible, lo ojos desorbitados en shock.
—Hola papá.
