Aroma a vainilla
La mujer, que maravilloso enigma. Generadoras de secretos, y grandes diseminadoras de los mismos. Nada desconocen, ni nada se les escapa. Casi todo lo logran, pero es difícil lograr llegar a ellas. Con inteligencia, tienen todo a su alcance con un suave deslizar de muñeca y azoteo del cabello. El varón, desde la Creación del mundo, ha intentado descifrar tal magnánimo misterio, pero casi ninguno lo ha conseguido, solo unos pocos fueron bendecidos con el don de poder llevar una larga vida disfrutando de su belleza. Pero están, los que con gran arrogancia, se creían poseedores del secreto para comprenderlas, pero no hacían más que caer en un interminable camino al error. De esos presuntuosos hay muchos, y la historia que se contará es de como una hombre subestimó por completo a una poderosa señorita.
…
Capítulo 1: Inicio de la aventura.
Las interminables colinas, pintadas de bellos y cálidos colores, adornadas con centenares de flores que gozosas danzaban junto a una armoniosa brisa. Caballos que jugueteaban entre las praderas, haciendo el suelo estremecer en cada galope. El recostarse sobre la gramilla y sentirse parte de esas aventuras plasmadas en papel, que la deleitaban con un particular aroma a vainilla; después de hacerlo desde niña, era imposible que esa fragancia no se le impregnase, y fuera característico de ella. Por todo eso, y mucho más, Hermione amaba vivir allí, Rose Valley, donde cada diente de león esparcido por el viento, era como polvo de magia.
La dulce niña de cabello castaño rizado que vivía en la soñada campiña con sus padres ya se había tornado en una bella jovencita de quince años, con todo un mundo que esperaba conocer. Hermione, por mucho que amase vivir en Rose Valley, siempre soñó con viajar y conocer lugares que le quiten el aliento, tanto como lo hacía su bello hogar. Poder recolectar flores cuyos nombres ni sospechase, animales que le sean extraños a la vista, e imágenes que se le queden impregnadas en las retinas de sus ojos hasta el fin de sus días. Pero Hermione no toleraba los actos egoístas, guardarse anécdotas de tal magnitud no era propio de su persona. El proyecto al cual aspiraba era plasmar sus aventuras en suaves y amarillentas hojas. No importaba si la leía una o un millón de personas, pero en algún momento alguien la encontrará, quizá en una biblioteca abandonada, y por esas simples, pero significativas palabras, nuevos sueños se crearían. Todo eso por ella, por su libro.
En un cálido amanecer de primavera, Hermione fue a alimentar a los animales, para luego sentarse a leer, con la perfecta vista de ellos jugueteando en los campos. Lo que parecía ser un día normal, a muy temprana hora tuvo su evento desafortunado. En un descuido, uno de los potrillos se dio a la fuga, para cuando la joven tomó conciencia de lo ocurrido, se veía la silueta del pequeño animal a lo lejos. Desesperada, tomó a uno de los caballos que tenía junto y lo montó. Cualquiera se habría sorprendido de que lo hiciera tal y como el animal vino al mundo, desprovisto de montura, y ella ante la desesperación, tampoco tuvo muchas consideraciones y modales al subirse en él. El cabello le daba dolorosos latigazos en el rostro por la velocidad a la que había llegado. Pero nada importaba, debía alcanzarlo. Cuando se vio próxima al animal, le lanzó una soga que había podido manotear rápidamente. Una vez que el potrillo estuvo nuevamente bajo su cuidado, sintió unos repetidos aplausos provenientes detrás de ella.
-Maravilloso, ¿Verdad Harry?-comentó entretenido una voz masculina, al darse vuelta, pudo percatarse que se trataba de un muchacho alto y pelirrojo, con su rostro adornado de juguetonas pecas, y unos ojos azules que la miraban con intriga.
-Sí, poco habitual- añadió su acompañante, un joven no tan alto, de cabello azabache desordenado, unos brillantes ojos verdes, que la observaban divertidos, y una peculiar cicatriz en forma de rayo en la frente; esa cicatriz de la que oyó hablar tantas veces.
- ¡Tú eres Potter!- exclamó asombrada, sin llevar el apunte a lo que habían dicho los dos anteriormente.
-Sí- respondió algo incómodo.
-La cicatriz es tal cual todos dicen- añadió, acercándose un poco más a ellos.
El que estaba allí parado era objeto de todas las habladurías de más de medio Inglaterra. Harry Potter, famoso por su fortuna, pero más que nada, por la forma en que sus padres fueron asesinados y él, casi mágicamente, sobrevivió, llevándose solamente una cicatriz en forma de rayo. Los Potter eran una familia de gran renombre que vivían en la ciudad de Londres, pero no eran amados por todos, había alguien, que su codicia lo llevaba a niveles inesperados. El ambicioso Lord Voldemort, por su carencia de hijos, estaba perdiendo la posición en la sociedad que sus únicos parientes, aunque estos eran muy lejanos. Por lo que se propuso a eliminarlos. Pero los Potter, conscientes de la amenaza que presentaba Lord Voldemort, tomaron ciertas precauciones. Estas nunca fueron conocidas con exactitud, pero un grupo de poderosos aliados con el que contaba este Señor Obscuro –apodo que se le dio luego de los sucesos- intentaron que estas no fueran obstáculo para sus objetivos. Los padres del entonces pequeño Harry, no pudieron evitar que les quitasen la vida, pero sí, que Voldemort dejase ese mundo con ellos antes de que a su hijo le hiciera más que un rasguño. Esa cicatriz, que extrañamente tenía forma de rayo, era famosa, como el que la portaba. El desafortunado niño que vivió –como así le decían- quedó bajo tutela de la hija bastarda de la Señora Potter, que por tener esa condición, no le correspondía nada del renombre familiar.
Hermione había quedado bajo un total asombro al conocer al famoso Harry Potter, tanto, que a su acompañante no pudo dirigirle ni siquiera una mirada. Por lo que el joven, algo fastidiado por la atención que su amigo estaba recibiendo, carraspeo la garganta exageradamente para hacerse notar.
-Oh…-observó Hermione con desgano.
- Ronald Weasley- y ambos se inclinaron levemente en forma de saludo.
Hermione se ruborizó, había olvidado por completo sus modales, ya no era una niña pequeña, y esas cosas no podían ser pasadas por alto, podía quedar en completa deshonra si alguien se enterase de su comportamiento. La chica, intentando enmendar su falta de cortesía, hizo una reverencia, algo temblorosa por los nervios. Ante lo cual los dos jóvenes rieron, y ella volvió a recobrar la compostura.
-No es de una señorita estar por el bosque sola, y menos montando así- observó Ron, sonriendo de costado.
- Y mucho menos ante dos jóvenes ante los cuales no fui presentada- añadió con superioridad- así que, si me disculpan- y con una reverencia, se retiró caminando los dos animales, tratando de que su imagen no quedase aún peor, rogando no volver a cruzar palabra ellos. Harry y Ron se limitaron a devolver el saludo y contemplar como la chica se retiraba.
Hermione no era de fraternizar con gente, era hija única, y a sus familiares no los frecuentaba muy seguido, por lo que el toparse con esos dos jóvenes la había alterado bastante. Ella vivía apartada, entre las plantas y los libros, como si su hogar quedase tan lejos de la ciudad que le fuera imposible asistir; cosa que no era cierta, ya que desde que cumplió quince fue invitada por su pomposa tía que tenía un especial disfrute por las actividades sociales, destacando entre ellas, los bailes. La castaña siempre fue reacia ante semejantes eventos, por lo que siempre encontraba una excusa para rechazar la invitación. Pero luego del bochornoso encuentro con Weasley y Potter decidió que era momento de lanzarse al mundo y dejar de ser una niña. Someterse a los cuidados de su refinada tía y de sus tan alagado bailes, para algún día llegar a ser digna de llamar "Señora", ya no era tiempo de cabalgar indecorosamente por el bosque, sino de caminar con un delicado vestido esperando una correcta invitación; aunque esa idea le aterrara todavía.
Aún decidida de su próximo movimiento, en la cena les consultó a sus padres para que le den la bendición de escribirle a su tía para visitarla en Londres. Al principio se asombraron, pero luego complacidos con la decisión, dieron el permiso que tanto buscaba Hermione, y de inmediato escribió una carta dirigida a la Señora Boolstrop, su tía viuda y sin hijos, razón por la que era tan insistente con su única sobrina.
Al cabo de unos días, Hermione amaneció respuesta, y una muy escandalosa, ya que su tía, se manifestó muy contenta del repentino interés en visitarla, y además en el plazo de cuatro días se realizaría un baile, donde asistiría más de medio Londres. La Señora Boolstrop le contaba que esperaba ese acontecimiento desde hacía un mes, y le alegraba poder ir acompañada, y fue muy insistente en que mandaría a por ella de inmediato, ya que sería un gran trabajo prepararla para semejante ocasión.
Luego de leer la extensa carta, Hermione comenzó a arrepentirse de lo que haría, pero ya no había vuelta atrás, esa misma noche llegaría un carruaje enviado desde Londres, era un hecho asistiría a un baile, y nada le asustaba más.
Trató de prolongar el transcurso del día, se quedó con sus padres leyendo por los jardines, alimentando y jugando con los animales, simplemente disfrutando de su hogar. Pero el ocaso se aproximaba, los animales eran guardados en los corrales, y de la misma manera los Granger se adentraron en su hogar. La castaña preparó sus cosas, deseando que el sol no le otorgue su lugar a la luna. Pero prontamente lo hizo, y fue cuando se oyó el relinchar de unos caballos, señal de que su transporte había llegado.
Hermione bajó las escaleras titubeante, debajo la esperaban sus padres, orgullosos de su pequeña, para despedirla. La madre, una mujer hermosa, delgada de cabellos castaños y ojos miel, se aproximó a su hija y la estrechó en un abrazo.
-Algún día, cuando escribas una gran novela, habrá un capítulo entero dedicado a un lujoso baile-le susurró en el oído, mientras acariciaba su cabello.
-¿Eso crees?- le preguntó con la voz quebrada.
-Claro que sí- afirmó con seguridad- en toda historia hay romance, y todo romance comienza en un baile- finalizó, depositando un beso en su mejilla.
-Cuídate Mione- la abrazó su padre vigorosamente, dejándola sin aire.
Rápidamente la muchacha se subió en el carruaje, tenía el presentimiento que sino nunca lo haría. Cuando el chofer emprendió viaje, apoyó su cabeza sobre la ventana, esperando conciliar el sueño, y que sus temores se fueran entre ellos.
Para su suerte durmió la mayoría del viaje, por lo que apenas lo sintió, y antes de que pudiera darse cuenta, ya se encontraba entre los jardines de su tía, a los que no asistía desde niña, pero recordaba perfectamente. Siempre tenía el césped bien cortado, adornado con preciosas rosas rojas, las que daban a la morada ese aroma peculiar.
Su tía tenía una gran mansión de color blanco con las escaleras y las puertas de un precioso color caoba. En la entrada la esperaba el mayordomo, al que también recordaba, solo que en ese entonces llevaba sus cabellos negros iluminados con blanco. El hombre la recibió y le abrió la puerta hacia el interior. Ciertamente, la chica quedó deslumbrada por la casa, por cada uno de los detalles; el que en cada rincón hubiera una mesa con flores de colores, y que estos combinasen con los cuadros, como las arañas de cristal iluminaban el ambiente, los enormes ventanales, con largas y suaves cortinas de terciopelo rojo. El mayordomo la acompañó hacia el salón del té, donde la esperaba una mujer regordeta de rubios cabellos recogidos con unos despampanantes ojos azules, que la estrechó en un fuerte abrazo. Por detrás de su espalda pudo admirar la belleza de los colores pasteles combinados, las bandejas con los pasteles, la delicada porcelana, los mullidos sillones de color blanco, y el piano de cola ubicado en una esquina.
-¡Me alegra tanto que hayas venido mi niña! - chilló la mujer- ahora iremos al gran salón, nos servirán el desayuno- le anunció complacida- mira que tienes que comer muy bien, ¡porque nos espera un largo día de compras! - exclamó exaltada.
-Qué bueno- sonrió falsamente la castaña, y acompañó a su tía. Ya comenzaba a arrepentirse del viaje.
Desde que le sirvieron el desayuno la mujer no cesó de hablar. Hermione de vez en cuando asentía para que no sospeche que estaba prestando mayor atención en su tazón de frutas que en su relato. Pero, dentro de las mil palabras que su tía pronunció, una le llamó peculiarmente la atención.
-Disculpa tía, ¿Potter dijo?- le preguntó con temor.
-Claro cariño, su tía es la que da la fiesta- le explicó- esa mujer desagradable, muy a pesar de no haber sido reconocida por su padre, se casó con un hombre lo suficientemente adinerado, pero añora desesperadamente la fama de su sobrino, el pobre niño que quedó a su cuidado, por lo que cada vez que puede hace una fiesta, intentando empaparse de la fama de su sobrino. - le explicó- aunque es sabido de los malos tratos de esa mujer hacia el chico, obviamente por celos, y aprovecha ahora que es joven, porque en cuanto sea mayor podrá valerse por sí mismo y gozar a su modo de su fama y fortuna- prosiguió rápidamente.
Hermione quedó aturdida por escuchar nuevamente ese nombre. No estaban en sus planes tener que toparse con esos dos, y mucho menos que cuenten a todo el mundo su previo encuentro.
-Aunque no sé qué uso vaya a darle a esa fama y fortuna- continuó su tía- porque el que tiene el título de "mejor amigo"- marcó la mujer entre comillas- es un joven de una de las familias más pobres, pero sin importarle eso, anda con ese muchachito desde que son niños- Hermione asentía, e identificó a ese chico como Ronald Weasley, el pelirrojo que acompañaba a Harry la otra vez.- Igual presta mucha atención, si lográsemos que el famoso Harry Potter pusiera los ojos en ti, podríamos concretar un conveniente compromiso, total son jóvenes tendrán tiempo de conocerse- le advirtió su tía.
-No creo que de todas se fije en mí, a parte no pienso en esas cosas- le contestó con sequedad, para no decirle que ya conocía al chico y que no le gustaba de esa manera.
_ ¡Já!, pues siendo mujer, y de tu posición, deberías pensarlo- le aconsejó con voz elevada- pero bueno, ya tendremos tiempo para eso, ahora lo primero es ir al Callejón Diagon para arreglarte- anunció, tomando un sorbo de jugo.
-¿Callejón Diagon?- se extrañó, encontrando el nombre un poco vulgar.
-No te guíes por lo de callejón, tiene las mejores tiendas, allí encontraremos todo lo que necesitas- le respondió con satisfacción.
Su tía prosiguió hablando de los modelos de vestidos que debería utilizar, los colores que irían perfectamente combinados con sus ojos, si sería conveniente cabello recogido o suelto, y si debería adornar el peinado con cintas o flores. Pero fuera de las locuras y exageraciones de su tía, lo que más le preocupaba a la joven, era que vería a ese par nuevamente, y no sabía que podía resultar de ese encuentro. Había algo en ellos muy intrigante, pero no tenía por seguro si serían un parte de lo agradable o desagradable de su aventura.
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Buenas Potter Fans!
Les doy la bienvenida a esta historia, que es un gran desafío, porque me aventuro a un AU. Ojalá este primer capítulo les guste. Espero sus comentarios :D ….
Nos leemos pronto! Saludos :3.
