Holas!
Espero esten muy bien. En primer lugar quiero darle las gracias a quienes apoyaron mi primer proyecto con esta pareja :)
En segundo lugar aquí va mi siguiente fic que será un poquitin más largo, y que se situa unos 40 años luego de que disolvieran el compromiso Yuuri y Wolf, ojala no me maten por lo malita que soy con Yuuri.
Y finalmente, les agradezco de antemano si me dejan reviews y a quienes leen anónimamente.
Cariños y luz!
Cenizas
Capítulo Primero.
Su mirada tan oscura como la noche se perdió momentáneamente en el cielo abierto, que se vislumbraba tan azul y claro desde una de las ventanas de su despacho real. Hubiese querido seguir en aquella contemplación, dejando su mente vacía, quedándose solo y sin preocupaciones, sin asuntos de estado, sin deseos o lamentaciones. Había días en que realmente deseaba desaparecer de cualquiera de los dos mundos. Desgraciadamente había comprobado en carne propia que no siempre se tiene lo que se quiere, pues se escucho el familiar sonido de golpeteos en su puerta. Esperaba que no fuera Gunter con su cantaleta habitual sobre sus deberes del día, o la agenda mensual.
-Adelante-murmuro regresando a la realidad, a su vida como el actual 27° Maou de Shin Makoku.
Un soldado entró presuroso a la estancia luego de hacerle una formal reverencia.
-Ha llegado una carta para usted Majestad. El mensajero ha dicho que se trata de un tema urgente y delicado.
El monarca se acomodó sus cabellos azabaches, los cuales llevaba ahora más largos, por debajo de los hombros, y le lanzó una mirada inquisitiva al sobre negro que había tomado de las manos de su subordinado. Despidió al otro con una amable seña, y se dispuso a rasgar la misiva con un abre cartas de oro que tomó de su elegante escritorio.
Sus ojos ónix se abrieron conmocionados, y su estomago dio un brusco vuelco. Acababa de reconocer el emblema de la casa noble Bielefeld, y la perfecta caligrafía de quien era el tío de su ex prometido.
El mensaje era breve, pero contundente.
Lord Wolfram Von Bielefeld, acababa de quedar viudo, y con un pequeño hijo. Lady Elizabeth, quien había sido su esposa por veinte años, acababa de fallecer. No se especificaban las causas, sólo el deceso.
Yuuri Shibuya, el rey, sintió unas repentinas ganas de llorar. Durante más tiempo del que podía recordar le deseo lo peor de los males a aquella bella mazoku, y aunque se arrepentía al instante por tales pensamientos, pues no estaba en su naturaleza ser pernicioso, las emociones seguían allí, tan latentes como aquel día en que regresó de su mundo, y se enteró por boca de su padrino Conrad, de la boda del rubio noble. ¡Oh, por Shinou! Cuanto la detesto; porque ella fue capaz de ver lo que él no; porque ella se llevó lo que tardo tanto en descubrir, e incluso lo hizo padre de un hermoso niño según contaba Cheri sama, su ex suegra.
Y ahora, Elizabeth ya no estaba más en ese mundo. La preocupación le estrujo el corazón ¿Cómo se encontraría Wolfram? ¿La extrañaría? ¿La habría amado alguna vez cómo a él?
Los deseos por volver a verlo lo asfixiaron. Tenía que calmarse. Wolfram ya no era el mismo de antes, y para su tormento personal, fue él quien lo había destruido.
Recordar como habían terminado las cosas entre ellos dos hasta el punto que sólo la fría cortesía de Heika y noble, se había instalado, era demasiado doloroso, tan lacerante. Una herida que seguiría sangrando hasta el día de su muerte, y de la que se hacía completamente responsable.
El Maou soltó un suspiro casi agónico, proponiéndose en seguida alistar todo para emprender el viaje hacía tierras Bielefeld. Aquella casa noble era una de los pilares de su reinado, su apoyo e influencia eran innegables, y lo mínimo que se merecían era que fuera en persona a brindarle sus condolencias a la familia. Tenía claro de que era una razón que olía a excusa, y obviamente todos en el palacio lo notarían, pero el deseo por el reencuentro vibrando dentro suyo, era más de lo que podía soportar.
Lo añoraba tanto.
Eran demasiados años; demasiadas heridas, pero aún seguía amándolo con ardorosa necesidad. Y aunque él se auto-declaraba gestor de la ruina de la relación entre ambos, eso no eliminaba sus fuertes sentimientos por el rubio Mazoku. Hubo una época en que creyó, con la inocencia y cierta estupidez de la edad, que lo suyo por Wolfram era una amistad demasiado estrecha, pero que nada jamás tendría que ver con el afecto romántico, e inicio una carrera descontrolada por demostrárselo. Su desesperación en ese tiempo tenía más que ver con la negación que con otra cosa, y tarde lo iba a descubrir.
Que equivocado estuvo durante años.
Ese fue el principio del fin. Comenzó a frecuentar a preciosas Mazoku, y también a bellas humanas de ambos mundos. Se las exhibió en las narices al demonio de fuego porque sabia que Wolfram era celoso y orgulloso, deseaba tanto provocarlo, y cuando se atrevió a llevar a una a la habitación que ambos compartían para retozar con ella y que el rubio los descubriera, su vida empezó un descenso en caída libre. Consiguió lo que tanto había buscado, llevó a su amigo a un punto de quiebre inevitable, y fue el mismo demonio quien inició los papeles de la disolución del compromiso, apoyado incondicionalmente por sus hermanos.
El problema llegó cuando la supuesta emoción de alivio y felicidad que vendría apenas se librara de ese compromiso casual, no apareció jamás, por el contrario, se encontró, más veces de las que estaba dispuesto a reconocer abiertamente, llorando a lágrima viva en la soledad de su ahora habitación, buscando la mirada esmeralda de su ex prometido con desesperación, oliendo las sabanas y almohadas en busca del embriagante aroma del demonio.
Reconoció que lo extrañaba, sí. Aceptó que por sus actos inmaduros había perdido su amistad con él. Comprendió que se había puesto una venda en los ojos, y que ahora podía ver la vida de Wolfram de manera distinta. Lo vio recibir una atención excesiva tanto de mujeres como hombres, hasta el límite en que sentía que le reventaría el hígado de rabia; lo vio irse a misiones semanas que se le volvían eternas.
Era como le dijo Murata en ese entonces, una prueba de su propia medicina.
Pero siquiera aquello hubiese sido lo único. No, al parecer su idiotez no tenía limites, y cuando en una fiesta de gala Wolfram se encontraba demasiado entretenido conversando con un noble guapo y maduro que le quitaría el habla a cualquiera. Él cabo su propia tumba.
Abofeteó a una bella noble, dejando a todos los presentes mudos y estupefactos. Pero Yuuri no los miraba a ellos, sólo a él. La mirada llena de dolor de, aquellos precioso ojos verdes, lo penarían más allá de la muerte.
Fue tan, tan soberanamente ciego, y enclenque como antaño él solía decirle.
Su compromiso con la Mazoku duró unos cuatro años, más por su terquedad que por otra razón. Admitía que la demonia tenía gracia, era inteligente y preciosa, pero eso no parecía ser suficiente. En realidad nadie era suficiente, siempre encontraba detalles en cualquier candidata.
Allí murió lo último que podría haber habido entre ambos.
Wolfram empezó a irse por largas temporadas a Bielefeld, y se volvió más callado y solitario. Las pocas veces que lo volvió a ver sonreír y reír de verdad, fue en compañía de Greta y la preciosa familia que había formado. Sus nietos tenían la capacidad de traer de vuelta al viejo Wolf, al Lord Mocoso malcriado que él tanto extrañaba y necesitaba, a quien buscaba en sus memorias y sueños.
Y entonces vino aquella fatal misión. El rubio demonio partió con veinte de sus hombres a una revisión fronteriza, pues a través del pelirrojo espía, tenían noticias de movimientos sospechosos por parte de grupos de humanos rebeldes que no aceptaban al Maou y a su pueblo de demonios "pacíficos". Él no lo vio partir ya que se encontraba en la tierra junto a su familia celebrando el cumpleaños de su padre, pero a su regreso la expresión que denotaba el templado y siempre férreo general Gwendal, le congelo la sangre en las venas.
Su padrino fue quien lo puso al día. La guardia de Wolfram fue atacada ferozmente por el grupo de humanos que tenía aquellas piedras Houseki en su poder, debilitándolos. Prácticamente los masacraron, y si no hubiera sido porque uno de los hombres del rubio se sacrifico valientemente para que su excelencia y dos de sus compañeros se salvaran, él habría muerto allí.
El demonio de fuego estaba grave, al igual que sus dos soldados sobrevivientes. Gisela se estaba esforzando al máximo por retenerlo con vida, pero ya la fe parecía írsele a raudales.
Yuuri se sintió morir en ese momento, y perdió el control. Lo único en su mente era su ex prometido. El chico bello como un ángel. Su poderoso mayoku se desato, y a través de su poder sanador lo obligo a no abandonar el mundo de los vivos.
Un mes después, el rubio volvió a sus quehaceres cotidianos, pero para todos era claro de que algo había muerto con él en ese lugar. Sus ojos solían teñirse de una desgarradora melancolía, y evitaba a toda costa estar a solas con su rey, que lo perseguía incansablemente por los corredores del palacio. El moreno tenía miedo de perderlo de vista porque le daba la impresión de que si no lo veía, no volvería jamás. La imagen del débil cuerpo de Wolfram en la enfermería al borde de la muerte se transformo en su peor pesadilla.
En una ocasión Gwendal le pidió que no atosigara más a su hermano, que se alejara de él, que bastante daño ya le había hecho en el pasado como para que lo siguiera buscando tan obsesivamente. Pero él no lo escuchó, y en una noche que oyó por casualidad a las sirvientas en uno de los corredores, se entero de que el demonio andaba en el pueblo emborrachándose con otros soldados, y aparentemente no era la primera vez que lo hacía.
Se sintió tan culpable, y poca cosa. Era consciente de que Wolfram estaba sufriendo, que se sentía culpable por la muerte de sus hombres, y él no hacía nada por ayudarle, por consolarle, sólo lo hería más con su comportamiento errático. Se preguntó entonces si al menos podía salvar algo de lo que había habido entre ellos, porque al menos ahora aceptaba que sin el demonio no había vida para él.
Unas ganas terribles de protegerlo lo invadieron, y fue a buscarlo, aún si tuviera que traerlo a rastras, volvería con él. Lo recuperaría.
Pero sus planes siempre tenía la virtud de no salir como los pensaba en un principio, ya que al llegar a la taberna, se encontró con una estampa que le quemo el alma al rojo vivo.
Wolfram no se encontraba precisamente con los otros soldados, al contrario, estaba en otra mesa apartada en compañía de aquel atractivo mazoku de la fiesta en la que se comprometió impulsivamente. Su contacto físico denotaba una evidente intimidad que lo enfureció, y todo se volvió negro para él cuando los vio besarse.
Quería gritar, y destruir cosas. Quitárselo de los brazos, y proclamar a los cuatro vientos que sólo él tenía derechos sobre el rubio, pero como siempre no hizo nada, y se limito a regresar al castillo con los ánimos por el piso, y un peso en el corazón que lo comprimía de dolor. Se metió al cuarto de su ex prometido a esperarlo. No sabía que iba a decirle, pero sentía que tenía que estar allí.
El rubio llegó casi dos horas después, tan ebrio que ni siquiera lo noto. Se desvistió con una naturalidad que le hizo tragar saliva al moreno, que embobado lo miraba como si quisiera devorarlo, cosa que no estaba muy lejos de la realidad cuando los pantalones del rey se le hicieron inquietantemente incómodos.
Wolfram Von Bielefeld era la criatura más magnifica y exquisita que había visto en su vida, y lo necesitaba ya. Era muy consciente de la belleza irreal del rubio, y de que siempre había despertado deseos insanos en él, pero jamás notó como se había estado reprimiendo por tocarlo durante tanto tiempo.
Lo tomó desprevenido, y lo obligó con su boca a someterse a sus ardientes deseos. Quería borrar todo rastro de ese mazoku, e iba a hacerlo. Prácticamente no lo dejo reaccionar, y se ayudo del alcohol corriendo por el cuerpo del demonio para seducirlo, y llevarlo a su cama. Allí mordió, lamió y beso esa piel de porcelana con adoración, enloquecido. Lo mínimo que se merecía el rubio era que lo veneraran como a una deidad, y él iba a darle todo.
Le hizo el amor entre jadeos, gemidos y palabras incomprensibles. Y en ese momento cuando llegó al clímax con ese increíble hombre entre sus brazos, todas las piezas encajaron.
Lo amaba. Siempre lo hizo.
A la mañana siguiente, a pesar de la dificultad que representaba alejarse de esa preciosa tentación, se vistió y comprobó jubiloso las marcas de su propiedad en la tersa dermis, además de saberse el primero en tomarlo. Era suyo, y debía hacer algo por demostrarlo.
Sin avisarle a nadie se fue a su mundo. Quería hacer las cosas bien esta vez, e iba a proponerle matrimonio como él sabia, con una joya sorprendente y una declaración de amor.
Pero su error fue subestimar el amor y la espera del demonio.
A su regreso, con la cabeza plagada de ideas románticas, propias de las películas americanas que veía en el cine, venía dispuesto a desplegarlas todas. En su bolsillo traía un costoso anillo de oro blanco con esmeraldas, que lo había dejado sin ahorros, pero que palidecía en belleza al lado de quien amaba.
-¿Y Wolf?-fue lo que le pregunto a su padrino, mientras se secaba los cabellos apresuradamente. Moría por verlo, y lo peor es que no tenía noción de cuanto tiempo había pasado desde su partida.
Conrad le dedico una sonrisa de disculpa, y procedió a explicarle todo con habitual calma como si hablara del clima. Cuando su Majestad se marchó a su mundo, Wolfram se largo a las tierras de su tío con un estado de ánimo que rebasaba los límites de la furia, se comprometió en menos de una semana con Lady Elizabeth, su amiga de la infancia, y acababan de casarse hace tres días en una ceremonia muy privada.
Yuuri Shibuya, se derrumbo en la bañera Real llorando como un niño.
Era demasiado tarde.
Wolfram jamás le pertenecería, y luego de aquel episodio del que nunca se recupero por completo, sólo lo volvió a ver una vez más. El día del funeral de Greta, no cruzaron palabras, y el demonio ni siquiera le dirigió una mirada. Además, verlo con su esposa fue un golpe mortal para su corazón.
Desde ese tiempo había tenido muy pocas noticias sobre el demonio, y su vida. La gente en el castillo le ocultaba parte de esa información. Al menos en su intimidad, no era un secreto de que el Maou estaba enamorado de su ex prometido, y que por las vueltas crueles de la vida, lo había perdido. Incluso la noticia de la paternidad de Wolfram le fue censurada, se tuvo que enterar por Murata cuando el niño ya había nacido.
Quién hubiera podido predecir que la familia que tanto quería el moreno, término teniéndola el demonio de fuego, alejados uno del otro con tanto daño de por medio.
Ahora al rememorar aquello, tanto tiempo después. La cruel amargura de un amor truncado seguía doliendo, y saber que probablemente el rubio sufría ahora por su difunta esposa, lo destrozaba aún más.
Si tal vez hubiese hecho las cosas distintas.
Si tal vez se hubiese escuchado a sí mismo cuando las señales eran tan claras para todos menos para él.
Tanto arrepentimiento reprimido.
Como se esperaba la familia directa del rubio demonio viajo también con el Maou, es decir, Cheri sama, Gwendal y Conrad, además de su fiel amigo el Gran Sabio, Ken Murata. El moreno sabía por algunas misivas, que sus nietos, los dos hijos de la difunta Greta, Julián y Ester, se reunirían con su otro abuelo en Bielefeld.
Aquello era una penosa, pero necesaria reunión.
Cuando descendieron de los elegantes carruajes, el frío y callado ambiente los recibió. Los jardines aledaños, tan elogiados por su cuidada belleza, ahora lucían tristes y opacos, despertando aún más la penosa sensación de angustia en el Maou.
-Su Majestad-la imponente voz del líder de los Bielefeld lo saludo, luego de una escueta reverencia-No lo esperábamos, pero gracias por mostrar sus respetos.
Tanto Yuuri como los demás se mostraron de lo más serios y protocolares con Waltorana quien los guió por sus dependencias, y disculpo la ausencia de Wolfram pues este se encontraba despidiéndose privadamente de su esposa antes del velorio, luego se llevó a Gwendal, Cheri y Conrad con él argumentando que debía hablar con ellos en privado de asuntos familiares.
Yuuri se sintió fuera de lugar, excluido, como un completo extraño con el que son cordiales, y deseo más que nunca formar parte de esa familia, de la vida de él.
En el majestuoso castillo Bielefeld se encontró con varios nobles pertenecientes a la más alta aristocracia de Shin Makoku, e incluso había delegados de los países aliados. Al parecer la fama de Wolfram, y el cariño que se había canjeado con los años era demostrado vivamente por quienes tenían el honor de conocerlo.
El funeral en donde el cuerpo de la difunta Elizabeth seria cremado ceremonialmente ante los presentes, se llevaría a cabo al día siguiente. Y esa mañana, luego de que casi no descanso por la noche en la suntuosa habitación que le asignaron en el castillo, una helada brisa recorría los verdes campos en dónde terminaban los restos de los miembros de esa noble casa. Todos le mostraron respetos por tratarse del Rey, su Heika, pero él sólo buscaba afanosamente la figura del viudo.
Unos brazos delgados, con un inconfundible aroma a flores dulces lo inundo mientras lo abrazaban sorpresivamente. La reconoció al instante. Su linda nieta Ester, que ya era toda una mujer madura de más de treinta años, se aferraba a él obviamente conmocionada.
-¡Abuelo! ¿Has visto ya al abuelo, Wolf?-lo increpó, mirándolo con los mismos ojos de Greta. Como extrañaba a su princesa, su preciada hija, que aún en sus últimos días de vida, no podía evitar mirarlo con reproche por lo acontecido con Wolfram.
Yuuri negó solemne y algo compungido. A lo lejos vio a Julián conversando con Gwendal y Conrad.
Y fue mientras Ester le platicaba sobre como iban las cosas en su reino ya que ella era la Reina por ser la primogénita, cuando las figuras de tres rubios de distintas alturas aparecieron, todos guardaron un silencio mortal. Sus ojos ónix se estrecharon mientras recorría las tres figuras masculinas vestidas de riguroso luto negro. Él más alto de ellos era sin duda Waltorana Von Bielefeld, quien con su pétrea presencia intimidaba tanto como su general; El otro era un menudo niño que no aparentaba más de cinco años, un precioso querubín igual a como se imaginaba fue su progenitor en sus fantasías; Y sin duda, el otro rubio era su Wolfram, aquel bello demonio de fuego que no aparentaba más de dieciocho años a diferencia de él que parecía de unos veinticinco. No había perdido en nada su elegancia y porte gallardo, pese a que era dolorosamente evidente el aura de profunda tristeza que lo rodeaba.
Sintió a su corazón arder.
-Rufus. Ese es el nombre del pequeño-escuchó que le murmuraba su nieta, pero él estaba tan ocupado tratando de absorber la imagen de su ex prometido que ni siquiera le respondió.
Todos los presentes vieron como Wolfram con su hijo cogido de la mano se acercaban hasta la pira funeraria para darle el último adiós a la bella Mazoku que reposaba tal bella durmiente en su sueño eterno. Acto seguido, Waltorana encendió un fuego mágico que lentamente fue propagándose, y consumiendo el cuerpo de la difunta.
Yuuri observó con el alma a los pies como su ex prometido alzaba entre sus brazos al pequeño Rufus cobijándolo, y murmurándole palabras que ninguno de los presentes sabría jamás. Sintió una profunda desazón al ver a aquellos dos seres tan aparentemente indefensos, y quiso ser parte de ellos dos, ayudarles a sanar su dolor, protegerles.
Instintivamente dio un paso hacía delante cegado ante la idea de acercarse, pero un agarre certero en su hombro derecho lo detuvo. Confundido alzó la vista, dándose cuenta por primera vez que tenía los ojos empañados de lágrimas, y con dificultad distinguió la figura de su Gran Sabio, quien le devolvió la mirada con una expresión que se podía desdibujar por entre sus gafas como si le dijera "Aún no es tiempo. Espera, Shibuya".
Ahogó una réplica en su garganta junto a un inminente llanto, a sabiendas de que su impulsividad siempre lo llevaba por desastrosos caminos, y decidió hacerle caso a Murata. Se cuadro de hombros, y espero junto al resto a que ya no quedaron rastros físicos de quien fuera en vida Lady Elizabeth, devota amiga, esposa y madre.
Waltorana fue quien recibió las condolencias familiares en lugar de su sobrino, y quien consideraba su nieto, ya que nadie osó en atreverse a interrumpir el conmovedor cuadro que formaban padre e hijo, apartados de la multitud frente a las cenizas, ni siquiera Cheri sama lo hizo.
Yuuri volvió a ser detenido cuando intento acercarse a ellos nuevamente, pero esta vez el hermano del medio fue quien lo hizo, quien por primera vez desde que lo conocía, no esbozaba ninguna sonrisa ni sincera ni falsa, simplemente parecía serio y extrañamente ido. Aquello le dio mala espina al moreno, y por un momento le pareció que su castaño padrino le ocultaba algo.
-Vamos, Heika. Lo mejor será esperar a Wolfram y a Rufus en el castillo-lo instó finalmente tirando con firmeza de él.
El Rey no tuvo fuerzas para replicarle a Conrad "Es Yuuri, tú me nombraste" como constantemente lo hacía para que lo llamara por su nombre, simplemente asintió cabizbajo negándose aún internamente a seguirlo, pero siendo obligado al fin y al cabo por el medio humano.
Antes de alejarse por completo, Yuuri giró su cabeza bruscamente, buscándolos.
Las dos solitarias figuras parecían dos llamas de vela resistiendo ante la inclemencia del viento.
Tan solitarias y bellas.
Tan inalcanzables.
Fue un momento epifánico para él. Se descubrió a si mismo reviviendo desesperadamente las esperanzas muertas. Soñando con conquistarle en esos tres años que como noble debía guardarle luto y respeto a su esposa antes de pensar en la idea de volver a contraer nupcias, tomando su mano y la de aquel pequeño tan precioso y perfecto como su progenitor.
¿Podría ser? ¿Podría Wolf perdonarlo? ¿Podría Wolfram Von Bielefeld aún albergar algún sentimiento por él? ¿Podría hacer revivir el fuego de entre las cenizas?
