Los personajes de CCS son propiedad del grupo CLAMP. La historia es completamente de mi autoría.


Con mucho cariño para Izaku-chan quien se robó mi corazón en una conversación que tuvimos hace poco. No encontré otra manera de agradecerte el apoyo y comprensión que me diste. Nadie se detiene a escuchar mucho sobre mi vida, ni siquiera aquellos que me conocen en persona. Gracias.

Y como ha pasado mucho, mucho tiempo desde que escribí por última vez, a ver cómo resulta...


Las estrellas de mi cielo

I


Resopló en silencio, sintiéndose patético escondido entre los árboles. Lo que un día fue su campo de juegos, estaba a punto de convertirse en el testigo de sus fechorías. Aunque podría decirse que su carrera delincuencial comenzó realmente en la escuela, espantar niños para los auténticos matones, no se comparaba en nada con empuñar una navaja verdadera.

Procuraba en la medida de lo posible controlar sus nervios para no cometer una tontería. Era poco lo que necesitaba. Lo suficiente para cubrir la renta del mes. Y sabía que lo conseguiría espantando a una sola persona. Los jóvenes de hoy día cargaban artefactos caros y dinero de sobra en sus bolsillos, por eso dejó pasar a los ancianos y a las madres que regresaban de recoger a sus hijos en las guarderías, sentía demasiado respeto por las personas mayores, en cambio un chico de su edad era una cosa completamente diferente. Ellos eran estúpidos sin preocupaciones. No como él, que a sus diecisiete años cargaba el peso de dos mundos encima.

Tomó una respiración profunda apoyando su espalda en el tronco del árbol más próximo. En momentos como ese deseaba convertirse en una bola y llorar a los pies de su madre. Lo que lo convertiría en un bastardo cobarde. Podía ser un bastardo, pero nunca un cobarde.

Se preparó sosteniendo con fuerza la navaja que se deslizaba con el sudor de su mano mientras su objetivo se acercaba. Era una chica. Y para su suerte, traía el teléfono celular en las manos. Venía sonriendo dichosa por un mensaje de texto que recién contestaba. La luz parpadeante saliendo del pecho de un oso que pendía del costado del teléfono se lo indicó a Syaoran, quien se dejó obnubilar momentáneamente por la escena.

No necesitaba ser un ladrón experimentado para suponer que la chiquilla rompería en llanto mientras corría a la casa de sus padres para relatarles lo sucedido. Tendría que escapar del lugar pronto y deshacerse del móvil cuanto antes. Ya tenía un comprador. Takeshi siempre estaba interesado en ese tipo de cosas. Y podría darse una vuelta por el callejón donde se mantenía para cobrar su dinero esa misma noche. Así le cerraría la boca a la vieja Irie cuando se detuviera a cobrar la renta por la mañana.

La chica se acercó tarareando una melodía de forma inconsciente al tiempo que luchaba por desnudar un caramelo con su boca. Syaoran encontró la oportunidad de salir de su escondite en cuanto ella se alejó unos centímetros del punto establecido. Corrió sin perturbar el misterio prudente que el parque proporcionaba a esas horas, su corazón se transformó en un cristal frágil, propenso a reventar hasta con el mínimo estímulo adicional de furor.

Algo traqueteó en su interior con el grito ahogado de su víctima cuando se precipitó a rodearle el cuello con el antebrazo. Agradeció que ella llevase una mochila en la espalda, de lo contrario se habría percatado al instante de que él se encontraba incluso más aterrado que ella.

—No hagas esto más difícil —siseó Syaoran sobre su oído—, sólo pon tus pertenencias en el suelo y échate a correr lo más rápido que puedas.

La niña tragó saliva, asintiendo. Entonces Syaoran descubrió el defecto en sus planes. Estaba tan nervioso que ni siquiera tenía fuerzas suficientes para retirar el brazo de la cintura de la chica. La navaja que había pertenecido a su padre se escabullía maliciosa entre las arrugas que se formaron en la chaqueta de ella, amenazando la curva de su tierno seno izquierdo.

Maldición. No era la primera vez que representaba el papel de malo. Tal vez no sería la última. Pero definitivamente era la primera vez que estrechaba a una chica entre sus brazos. Coger una bocanada de aíre para tranquilizarse fue el peor error de su vida. La chica se retorció impaciente entre sus brazos, arrojando su móvil al piso junto con un puñado de monedas y billetes de diferentes denominaciones.

Syaoran cuantificó al instante su motín decidiendo que tenía el día hecho. El problema era que algo en él era incapaz de liberar a su rehén. Aflojó su agarre sobre el cuello de la chica mientras su mano saltó a vagar por la mejilla de ella, empapada por lágrimas de preocupación con aroma a vainilla. Olía como los pastelillos de su madre, si fuese un cabrón desconsiderado su primer impulso habría sido lamerla, pero mamá le había enseñado a ser un caballero con las niñas. Algunas veces obedecía, otras no. Pero estaba dispuesto a intentarlo en esa ocasión.

Antes de que su cerebro pudiese conectarse con la realidad de nuevo, la chica estaba dándole una paliza. Así lo asimiló Syaoran, quien nunca se había dejado pegar por nadie. El codazo que recibió en el estómago y la patada posterior en la entrepierna lo hicieron doblarse de dolor. La chica se dio el lujo de coger su móvil antes de largarse a correr entre los arbustos mientras Syaoran se devanaba adolorido en la tierra.

Resolvió dejar atrás las enseñanzas de su madre sobre ser un caballero y apretujando todo aquello que le dolía, dio persecución a la chica. No sin antes recoger el dinero que la ingrata dejó regado por el parque. No tardó demasiado en darle alcance. Al parecer ella se torció el tobillo en su loco intento de salir ilesa de la situación y la ira definitivamente tenía cegado a Syaoran cuando saltó sobre ella para tumbarla en el piso.

El súbito reconocimiento se embebió las pupilas de Syaoran bajo la luz de la farola. El prestigio de su familia se hundiría más allá de los infiernos cuando la noticia de su vergonzosa agresión a la hija de los Kinomoto llegara a oídos de la comunidad.

—T-te he visto antes, en la escuela —titubeó la niña, esforzándose por terminar de reconocer el rostro masculino a través de los gruesos mechones de cabello que lo encubrían—. Li, ¿cierto?

Syaoran suspiró dimitiendo de sus sueños de libertad en las próximas semanas. Si no era encerrado en un reformatorio juvenil, su madre le encerraría el resto del año escolar cuando fuese expulsado de la escuela. Atracar a una persona con el uniforme del colegio todavía puesto no era una estrategia demasiado inteligente.

Apartó la mirada incorporándose sobre sus codos, hasta que reunió el valor suficiente para quedarse sentado de rodillas frente a ella. Tenía razones para hacer daño a la familia de esa chica. Tenía derecho a destrozar a uno de sus miembros como la habían hecho ellos con sus padres. Pero herir a Sakura Kinomoto y tomar su virtud por la fuerza, no resolvería sus problemas. Ni sanaría a su madre y mucho menos le devolvería la vida a su padre.

—Puedes irte —musitó Syaoran llevándose un puñado de pasto entre sus manos al ponerse de pie.

Sakura se incorporó, desconcertada. Llevaba menos de medio año en el Instituto Seijo y conocía casi desde el primer día la reputación que Syaoran Li se había hecho en ese lugar. Él cursaba su tercer año, era callado y no tenía demasiados amigos. Ninguno en realidad. Pasaba sus horas de descanso acostado bajo la sombra de los árboles, alejado del bullicio de sus compañeros. Cuando él no se encontraba en su lugar habitual, todos murmuraban acerca de qué chico estaría golpeando.

Pero Sakura sabía la verdad.

Tal vez fuese cierto que él amedrentaba gente en el Instituto siguiendo las órdenes de otros superiores, pero tenía motivos para hacerlo. Ella no lo justificaba. No. Sin embargo tampoco olvidaba que él también era un ser humano, quizá más vulnerable que la mayoría.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Sakura, evitando que Syaoran continuara alejándose.

—Lo necesitaba —respondió él, sin volver el rostro—. Todavía lo necesito.

Sakura respiró profundamente. Al fin le había hecho la pregunta y ella conocía en carne propia la urgencia de necesitar algo. Llevaba atorado ese sentimiento desde el día que lo miró paseándose por las mesas de picnic al final del receso, buscando cualquier cosa con buen aspecto para ser devorada. La verdad fue tan desgarradora que le entraron ganas de llorar. Él tenía hambre. Simplemente eso. Había escuchado de sus padres los rumores de la pobreza circundaba a la familia Li, pero no imaginó que llegase a esos extremos.

—Pudiste pedir ayuda… —sugirió Sakura, apuñando una mano sobre su pecho. Era eso o posarla en el hombro de un chico del cuál desconocía su reacción ante el gesto y no estaba dispuesta a averiguarla, no esa noche.

—Sólo vete a tu casa, ¿de acuerdo? —espetó Syaoran. Ella era una estúpida. No tenía derecho a opinar cuando desconocía tantos detalles de su vida.

Decidió que era hora de recoger los postres que habían provocado toda esa mierda antes de que se los comieran las hormigas. Si se lo pensaba mejor, él y su madre podrían sobrevivir de eso un par de semanas. Ya no buscaría comprador para ellos. Había sido rechazado en tantos lugares que ya no le quedaban esperanzas de colocarlos.

Arrastró los pies con los hombros caídos hasta la banqueta donde yacían resguardadas las cajas rebosantes de galletas y varios pastelillos. Quizás debería desquitarse con la señora Izumi por no haber cancelado su pedido. Sí. A esa mujer le cortaría la garganta.

—¿Puedo saber qué llevas ahí? Huele muy bien.

Syaoran se sobresaltó al notar la cabeza de Kinomoto asomándose por encima de su hombro. La mocosa caminaba de puntillas para alcanzarle. No cabía duda de que ella era la chica más tonta en Tomoeda. Estaban en el parque. Era de noche. Y él un imbécil ansioso por conocer la suavidad de una mujer.

—¿Qué demonios quieres? —gruñó Syaoran, retirando las cajas de su vista—. Ya tienes excusas de sobra para acusarme con alguien. ¿Quieres también que se rumore sobre tu decencia al ser vista conmigo? ¿O es que pretendes inculparme a mí por lo que ya le has dado a otro?

Sakura parpadeó manteniendo su distancia de Syaoran.

—¡Cómo te atreves cuestionar mi decoro! —reclamó, llegando a la salida del parque.

—Porque eres tonta —contestó él, intempestivo. Luego de haberse pensado bien su próximo destino—. También te he visto en la escuela, riéndote de puras estupideces con tus amigas, y el batir de tus pestañas junto con la sonrisa tonta que le das a Tsukishiro. Es ridículo, ¿cómo puedes torcer la cara de esa manera?

Sakura se sorprendió por la indignación implícita en su voz. —¿Eso quiere decir que no soy linda cuando sonrío? —Apretó el paso, bloqueándole el camino a Syaoran.

—Por supuesto que no —afirmó Syaoran.

Dios, era la mentira más grande que había dicho en su vida. Incluso él reconocía a una chica linda cuando la miraba y Kinomoto definitivamente lo era. Todos los chicos del Instituto se abalanzaban como perros sobre ella, porque era la más bonita, no importando que fuese de primer año.

Sakura esbozó un puchero que hizo relumbrar sus ojos verdes en la oscuridad y Syaoran, aturdido, permitió que ella hurgara en una de las cajas, consiguiendo un pastelillo de terciopelo rojo, la especialidad de su madre. Como el pan era rojo y tenía una fina cubierta blanca decorada con corazoncitos, Syaoran imaginaba que los llamaban de aquella manera. Además de ser deliciosos.

—Es lindo —reconoció Sakura, inspeccionándolo con cuidado.

—Devuélvelo —exigió Syaoran, arrebatándoselo de las manos—. No lo es contigo incluida.

Siguió caminando febril por la chica que lo perseguía. Ella seguía tarareando la estúpida melodía que le había escuchado antes de asaltarla y avanzaba como si nada hubiese ocurrido entre ellos.

—Entonces, ¿para qué los quieres? —inquirió Sakura, señalando las cajas con la lengua, a través de su mejilla.

Syaoran vertió toda su voluntad en mantener la vista al frente. Pequeñas atenciones de una chica malditamente dulce no podían manipularlo al punto de hacerlo sonrojar.

—Estoy intentado venderlos, ¿de acuerdo? —le gritó, exasperado—. Y es muy difícil lidiar contigo mientras me devano los sesos pensando en qué tienda colocarlos.

Sakura curvó las cejas dándose golpecitos en el mentón con el dedo. Rodeó a Syaoran profundizando su ceño en señal de concentración y terminó reclinándose en la barandilla metálica que advertía la presencia del lago con una sonrisa.

—Mis padres tienen una tienda, podríamos preguntarles si puedes dejarlos ahí en encomienda o si andas con mucha suerte, ellos mismos te los comprarían.

Era una mentirosa. Sus padres no tenían una tienda, tenían tres en la extensión de Tomoeda y estaban por inaugurar una en la ciudad vecina. No dudaba que ese pequeño negocio familiar terminara convirtiéndose en una cadena de supermecados en un futuro. Sin embargo pedirles un favor a los Kinomoto sería humillarse ante aquellos que le relegaron a esa condición.

Syaoran apretó los dientes. Necesitaba el dinero y dudaba bastante que pudiese colocar esos panecillos en las próximas horas. La mayoría de negocios formales le cerrarían la puerta en la cara al saber que se trataba de postres caseros y no se sentía en capacidad de asaltar a otra persona nunca más en su vida.

—Está bien.

Sakura brincó de la barandilla y tiró del brazo de Syaoran a su paso.

En la escuela, las chicas suspiraban por Tsukishiro porque les daba terror levantar el rostro para mirar a Syaoran. Él era guapísimo y Sakura no se caracterizaba precisamente por ser tímida con los muchachos que le interesaban. Los besos que había compartido con algunos de ellos no se comparaban con la emoción que le producía la cercanía del castaño. La profundidad en sus ojos marrones lo distinguía del resto. Podía ser el matón del colegio pero Sakura sabía que tenía un buen corazón.

Durante el camino, Syaoran volcó sus sentimientos en Sakura. Ella le inspiraba confianza, la suficiente para relatarle su desventura de esa tarde, cuando su jefe le había negado un adelanto de su sueldo de esa semana y que después la señora Izumi canceló demasiado tarde el encargo de postres para la fiesta de cumpleaños de su hijo.

Sakura le sugirió buscar empleo en otra parte y a Syaoran le resultó absurdo. Con la reputación que se cargaba nadie querría emplearlo. Bastaba con soportar la forma en que lo miraban cada vez que se asomaba a cualquier establecimiento que ofreciese un servicio, donde en lugar de tratarlo como cliente, lo etiquetaban de ladrón. Quizá por eso terminó aceptando el trabajo que le ofrecieron en un puesto callejero cerca de su casa, lidiando con borrachos que se rehusaban a cancelar su cuenta durante la noche.

A medida que Syaoran iba desvelando detalles de su vida, la admiración por él crecía dentro de Sakura. Pero el recelo disimulado en el constante escrutinio de él la desanimaba. La veía más bien como el enemigo y Sakura no pretendía ser nada de eso para Syaoran, sino un pequeño pilar que salvaguardara sus defensas.

Syaoran vaciló a los pies del negocio de los Kinomoto, no era un espacio pequeño en realidad, hasta contaban con su propio aparcamiento exclusivo para los clientes. Dos caballitos mecánicos y dispensadores de bebidas, además de puertas automáticas.

—Andando, Syaoran, ¿qué esperas? —instó Sakura.

Ella continuó liderando la marcha y Syaoran la observó intercambiar algunas palabras con su madre antes de avanzar hacia el mostrador. Ambas mujeres hicieron gestos con las manos para que él terminara de acercarse y a Syaoran le dieron ganas de salir huyendo de ese par de brujas de ojos verdes.

La señora Nadeshiko llevaba su cabello platinado recogido en un moño desordenado, aparentando ser una jovencita traviesa a pesar de su edad. Los padres de Kinomoto eran bastante mayores, la chica castaña había sido una hija tardía e inesperada, de ahí el misterio de su belleza. Syaoran no podría tolerar por mucho tiempo el brillo que las luces de las cámaras refrigerantes a sus espaldas le daban al cabello de miel de la niña. Si no tuviese que sostener las cajas con las dos manos, ya habría extendido un brazo para empuñar el corto cabello de Kinomoto. Solo con ella estaba dispuesto a omitir la sutileza de su educación hacia las mujeres para darle rienda suelta a sus salvajes sentimientos.

—Syaoran quiere hacerte una propuesta, mamá —dijo Sakura, cortando el denso silencio con tiento.

El chico gruñó al ser consciente de que ella le había llamado por su nombre. Nadie lo hacía. Porque nadie tenía el coraje suficiente para hacerlo y sonrió ante el atrevimiento de ella mientras escupía su propuesta, mostraba el producto y regalaba el pastelillo que Sakura había tocado anteriormente.

—Puedes comértelo —dijo, prometiéndose que limpiaría sus zapatos al llegar a casa, eran viejos y estaba rotos, pero soportarían unas semanas más—, de todos modos, ya echaste a perder su envoltura.

Sakura sonrió aceptando el regalo. Le gustaba poner nerviosos a los chicos de alguna manera, sobre todo a uno tan duro como Syaoran Li.

—¡Está delicioso! —exclamó ofreciéndole un mordisco de su postre a Nadeshiko.

La madre temerosa de que su hija estuviese desplegando todos sus artificios encantadores para favorecer a un amigo, lo probó y jamás había estado más de acuerdo con su hija.

—¿Entonces, es tu precio final? —cuestionó Nadeshiko, limpiando la comisura de su boca con un dedo.

Syaoran asintió.

—Voy a comprártelos todos, ya me encargaré yo de distribuirlos en las otras tiendas el día de mañana —murmuró Nadeshiko extendiendo el pago respectivo a Syaoran.

Sakura celebró soltando un gritito que desatascó el agradecimiento atrapado en la garganta de Syaoran desde hacía tiempo.

—Dependiendo de cómo nos vaya con la venta de estos, podría tener más encargos para ti la próxima semana. ¿Están en la capacidad de cumplir con una encomienda similar cada semana?

—Estoy malditamente seguro que sí —contestó ruborizándose por su impertinencia.

Nadeshiko rió negando con la cabeza, suplicando a su hija que acompañara a su amigo hasta la puerta. Sakura despidió a Syaoran con un guiño de ojo que él ignoró completamente. Tal vez no estuviese acostumbrado a que las chicas se le insinuaran tan directamente, pero ella jamás se andaba con rodeos.

—¿Qué me dices? —preguntó Nadeshiko, llegando a la puerta para abrazar a su hija mientras admiraban la silueta de Syaoran desvaneciéndose a la distancia—. ¿Confías en él?

Sakura sabía que lo preguntaba por la reputación del chico y a decir verdad, no pondría sus manos en el fuego por Syaoran Li, no en esos momentos, pero tenía la corazonada de que muy pronto lo haría.

—Es un poco torpe y no es tan malo como aparenta —sonrió ella, recostándose en el pecho de su madre—. Hoy intentó atracarme en el parque, ¿sabes? Al principio tuve miedo de él, pero al no saber quién de los dos se encontraba más asustado, sentí compasión. Creo que sí, podemos confiar.

—Yo confío en ti, querida. —Nadeshiko besó la frente de su hija, arrastrándola dentro del negocio que estaba por cerrar—. ¿Te dije que tu hermano vendría hoy a cenar?

—¿En serio? —chilló Sakura, apresurándose a recoger su bolso del piso—. ¿Su novia vino con él?

—Sé que estás ansiosa por conocerla, cariño, pero tu hermano prefiere esperar un poco más antes de presentárnosla formalmente.

—Qué decepción —se quejó Sakura, deslizándose hacia la puerta trasera. Desde ahí sólo debía atravesar la calle para encontrarse en su casa—. Nunca podré molestar a ninguna de sus novias y Touya ha molestado a cada chico con el que he salido.

—Hablas como si fuesen una docena —se sorprendió Nadeshiko—. Quizá hayamos tenido demasiadas consideraciones contigo desde que tu hermano se marchó de casa.

Sakura se rió, dándole un beso de despedida a su madre.

—No te preocupes, creo que todavía tengo solución. Sólo han sido dos chicos este año, más tres de los años anteriores —aclaró, tranquilizando instantáneamente a su madre—. La cena estará lista pronto. Dile a papá que esta noche te es imposible quedarte a revisar las ratoneras de la bodega con él. Siempre tardan horas y estoy segura de que no tenemos un problema de plagas.

Nadeshiko se ruborizó a las ominosas insinuaciones de su hija, percatándose de un detalle en el cálculo de relaciones que la pequeña mantuvo recientemente.

—¡Espera, Sakura! ¿Quiere decir que has salido con cinco chicos en total? ¡Pero sólo tienes quince años, niña! ¡Hablaré con tu padre al respecto! ¡No lo olvides!

Sakura sonrió en el lado opuesto de la calle, girándose para despedirse de su madre antes de entrar a la casa. El aroma característico de su hogar la recibió al trote de su perro Kerberos que agitaba impaciente su cola a los pies de su dueña.

Sakura se sacó los zapatos colgando su pequeño bolso en el perchero, nunca solía llegar a casa tan tarde, pero se había retrasado por culpa de sus amigas, que insistieron en acompañar a Tomoyo a su primera cita con Hiraguizawa. Fue realmente grotesco incomodar al chico en la cafetería, quien además de farfullar la orden para todas ellas, no dijo una palabra, simplemente se perdió en el movimiento de la boca de Tomoyo mientras engullía su pastel.

Sakura se prometió que no volvería a inmiscuirse en una situación similar, para los buenos chicos como Hiraguizawa resultaba difícil expresar sus sentimientos frente a un grupo de metiches como ellas. Aunque Sakura estaba acostumbrada a que los varones tartamudearan en su presencia, ella hacía lo posible por tranquilizarlos, en cambio Tomoyo organizó todo aquello por pura maldad.

—¿Qué haces ahí sonriendo como boba, monstruo? —Touya apareció desde el umbral de la cocina con un mandil cubriendo su ropa de trabajo. Hasta entonces Sakura fue consiente del aroma a especies que ondulaba en el ambiente—. No me digas que viene otro idiota a cenar.

Sakura puso los brazos en jarras, sonriendo con suspicacia a su hermano.

—Es único idiota que cenará aquí está noche, eres tú, hermano.

—Pequeña malcriada, ¡ven acá! —gruñó Touya, agitando la cuchara de madera que sostenía entre las manos. Cuando Sakura se echó a correr para refugiarse en su habitación, él decidió que extrañaba como nada a esa mocosa.

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Syaoran atisbó el resplandor de luz proveniente de la estancia a través de la puerta corrediza. No tenía necesidad de preocuparse por la seguridad de su madre aun viviendo en una residencia comunitaria. Miró a su alrededor saludando con un asentimiento de cabeza a las varias familias que cenaban con la puerta abierta para que les llenara el bullicio del televisor que la señora Irie les obsequió el mes pasado. Era una chatarra, pero los niños se divertían con ella.

—¡Ya estoy en casa! —avisó, dejando afuera sus zapatos para que recibieran un poco de aíre antes de acompañarlo a trabajar.

Se desplazó de rodillas hasta al centro de la pequeña estancia, donde su madre se encontraba esperándolo para cenar. Era un verdadero milagro que hubiese comida en la mesa. Por la mañana no tenían ni un centavo y Syaoran no había tenido oportunidad de pasarse por el mercado después de salir del Instituto. Cerró los ojos y dejó descansar la cabeza en el regazo de su madre.

—¿A quién pediste prestado? —preguntó de la forma más sutil que su orgullo le permitía. Él podía hacer lo que fuera para llevar dinero a casa, pero su madre era una mujer demasiado digna para humillarse ante alguien suplicándole por dinero.

—¿Qué modales son esos, Syaoran? No olvides que debes guardarles respeto a tus padres aunque ya seas todo un hombrecito. Ve y demuéstrale a tu padre lo que tu madre se ha esforzado por enseñarte.

Syaoran ahogó un suspiro cansino arrastrándose al altar de su padre. Rindió sus respetos y decidió que estaba exhausto. Estaba acostumbrado al trabajo físico pero lidiar con Kinomoto había sido una cosa totalmente diferente. La chica lo alteraba, se sentía enojado alrededor de ella y no era la primera vez que lo notaba. En el Instituto muchas veces se pilló observándola inconscientemente. Siempre bonita, coqueta y eternamente alegre.

Volvió a la mesa negándose el lujo de seguir pensando ella. No había tiempo para el amor en su vida. Comió casi en silencio, relatándole a su madre los detalles necesarios en su aventura de la colocación de los pasteles. Ella sonrió e igualmente compartió sus experiencias del día con su hijo.

—¿Tienes trabajo que hacer esta noche? —preguntó Ieran, ordenando los platos vacíos sobre la mesa—. Luces cansado.

—Déjalo —musitó Syaoran tomando las manos de su madre—, lo haré yo después de dejarte en la cama. Lamento no ayudar con tus ejercicios, pero estoy un poco corto de tiempo.

—No deberías molestarte, cariño. Puedo arreglármelas sola, lo he hecho desde siempre, cuando tú no estás en casa.

—¿Cómo crees? Tu hijo no tiene tantos músculos para nada —bromeó Syaoran alzando a su madre en brazos. Estaba orgulloso de él mismo desde que tuvo la fuerza necesaria para levantarla de la asquerosa silla de ruedas a la que había sido condenada.

Ieran apoyó la cabeza en el pecho de su hijo sintiéndose culpable por las privaciones a las que sometía a su pequeño por culpa de su incapacidad. Ella sin embargo trabajaba duro por sentirse útil aunque fuese Syaoran quien tuviese que terminar todo lo que ella comenzaba. Trabajaban juntos, se necesitaban, pero llegaría un buen día en el que todo prosperaría al punto de ser casi independientes el uno del otro, un día en el que sólo los uniría el amor que compartían.

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Syaoran esperó a que sus compañeros salieran en tropel del salón de clases a la hora del almuerzo. Algunos de ellos se quedaron en sus escritorios, compartiendo los alimentos con su selecto grupo de amigos. Él era invisible entre todos ellos, no porque quisiera serlo, sino porque ellos preferían ignorarlo y era mejor de esa manera. La única que le dedicaba una sonrisa morbosa una vez al tiempo, era Meiling, la hija de su jefe.

Abandonó el recinto con las manos en los bolsillos, el pasillo se encontraba atestado de estudiantes que Syaoran no podía reconocer. Distinguió entre ellos al grupo de Kinomoto, sin embargo no miró a la chica por ningún lado. Continuó su recorrido hasta el árbol donde acostumbraba dormitar a esa hora, ultimadamente su cuerpo estaba resintiendo demasiado el turno de la noche y se lamentó al darse cuenta de que esa no sería una tarde tranquila.

Yue Tsukishiro lo esperaba acompañado de sus fieles seguidores, todos los cuales pertenecían al mismo salón de Syaoran, pero que ninguno se tomaba el tiempo de departir con él sobre otros asuntos que no fuesen confidenciales.

—¿Qué diablos quieres ahora? —espetó Syaoran cruzándose de brazos. No le gustaba que invadieran su espacio.

Siempre que Tsukishiro necesitaba de sus servicios, era convocado a la azotea de la escuela, para que nadie los viese conversando. Yue por supuesto que se preocupaba por mantener su reputación de chico bueno, de estudiante ejemplar y deportista dedicado. Era una mierda embarrando la reputación de Syaoran con tal de mantener a flote la suya.

—Kenjiro Nogana, segundo año, sección C —respondió Yue, limitando el espacio sobrante entre él y su interlocutor. Sonrió—. Me debe dinero y lo quiero hoy mismo, si no lo carga consigo, ya sabes qué hacer.

Syaoran asintió en un gesto contundente. Yue siempre era así de radical, no ofrecía segundas oportunidades.

—Y también necesito que me proporciones una información.

—Habla —dijo Syaoran.

—Kinomoto —aclaró Yue encogiéndose de hombros. Burlándose de la expresión descompuesta de Syaoran, quien desde que comenzaron a trabajar juntos, había especificado sus lineamientos sobre involucrar chicas en sus problemas.

—Creo que no podré ayudarte con eso. —Syaoran se precipitó a responder, profundizando su ceño—. No estoy obligado a cumplir con cada una de tus órdenes porque trabajo de manera independiente, dentro y fuera de esta Institución.

—Sólo estoy solicitando un pequeño dato respecto a ella. —Yue curvó la comisura de sus labios, posando una mano en el hombro de Syaoran—, algo que tú vas a contestar de inmediato.

—¿Qué? —Syaoran se tensó.

—Tu relación con ella.

Syaoran notó que los chicos de los que Yue se hacía acompañar, formaron un círculo alrededor de ellos, exigiendo una respuesta.

—Ninguna. No estoy interesado en esa jodida niña coqueta, ella mira cuanto quiere de los hombres, lo sabes, y yo no soy tan imbécil para devolverle la mirada.

Yue procesó su respuesta durante varios minutos antes de dejarlo ir. Entonces Syaoran marchó furibundo en busca del tal Kenjiro Nogana. Gracias a los cielos no tuvo que reventar sus puños en la cara de ese sujeto, porque cargaba el dinero.

Antes de que la campana volviese a anunciar el inicio de clases, Syaoran decidió tomar un pequeño desvío a los bebederos que se encontraban atrás del gimnasio. A veces las chicas que se preocupaban por mantener esbeltas sus figuras dejaban sus almuerzos casi sin tocar. Pero Syaoran sabía que detrás de esa delicioso Bentō que encontró esa tarde, estaba Sakura Kinomoto.

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Sakura se reclinó en los portones de la escuela reprendiéndose por rechazar la propuesta de sus amigas para ir de paseo al centro. Tenía la esperanza de encontrarse con Syaoran una vez él terminara con el aseo de su salón de clases. De haber sabido que le llevaría tanto tiempo le hubiese ofrecido su ayuda con tal de conocer su opinión acerca de la comida que dejó para él en las mesas del gimnasio.

Durante la semana Syaoran la había evitado de todas las maneras posibles y enfrentarse a la indiferencia de un chico, era una experiencia completamente nueva para Sakura. Ese día efectuó su primer movimiento para contrarrestar aquello. El plan original consistía en tenderle una emboscada a Syaoran alrededor del árbol donde reposaba, para que así le fuese inevitable prescindir de su presencia. Sin embargo todo le resultó mal por culpa de Yue.

Sakura no se había quedado a escuchar la conversación que sostuvieron porque no deseaba conocer los detalles sombríos de la vida de Syaoran, no todavía. Lo que sí le interesaba era el historial empañado de Yue Tsukishiro. El sujeto que la pretendía desde hacía meses. Era guapo y Sakura disfrutaba de las distintas reacciones que las personas tenían al mirarlos juntos. Pero todo el interés que depositó en el chico mayor, le fue retirado la misma noche que conversó con Syaoran por primera vez.

Sakura se esforzaba por prestarle un mínimo de atención a Yue durante los recesos, por simple cordialidad, eso hasta que Syaoran Li se materializaba en la habitación. Los ojos de Sakura vagaban inquietos por el área, atentos de los movimientos sigilosos y la presencia discreta del chico. Aunque fuese egoísta de su parte le alegraba que Syaoran no flirteara con ninguna de las chicas que se le insinuaban. Era demasiado tonto para entender las señales.

—¿Te sientes bien, Kinomoto? —preguntó Syaoran, frenándose a inspeccionar de cerca el rostro sonrojado de la chica. Llevaba un buen tiempo observándola desde la ventana del salón de clases mientras limpiaba los cristales. Ella no había dejado de retorcerse como un pez fuera del agua después que sus amigas se largaran con su séquito de imbéciles enamorados—. Tu rostro ha cambiado de color tres veces desde que te estoy observando y además, tienes esa expresión de idiota que me desagrada.

—Sólo lo dices porque te pongo nervioso —rebatió ella, rozando con su nariz la de Syaoran.

El chico se echó hacia atrás instantáneamente, provocando la risa de la castaña.

—Eres una buscona, ¿lo sabías? —gruñó él, tratando de recordar cuál era el camino más próximo a su casa. Si se quedaba cerca de Kinomoto unos segundos más, acabaría cediendo a sus infantiles coqueteos.

—¿Frecuentar al chico que me gusta, me convierte en una buscona? —murmuró Sakura, colgándose del brazo de Syaoran por la fuerza—. Entonces sí, soy una buscona.

Syaoran suspiró, dejándola hacer y parlotear lo que quisiera, con eso le pagaría la comida de ese día. Los motivos por los que quería a Sakura alejada de él distaban mucho de la amenaza de Yue. Las palabras de ese imbécil le importaban una mierda.

—¿Me acompañarías a casa Syaoran?

No.

No quería. No podía. Pero esa tarde se lo permitió.

Tal vez para Sakura no significara nada caminar del brazo de cualquier chico, sin embargo para Syaoran quien jamás se había dado la oportunidad de tener una relación, aquello era peligroso.


Una historia corta, a lo sumo, dos o tres capítulos más. Como va con dedicatoria, no tendrán que esperar una eternidad para saber el final, aquellos quienes se aventuran a leerme recibirán un pequeño comunicado de mi parte dentro de poco también. Pero hasta entonces diré porqué todos mis trabajos se encuentran en stand by. No antes, porque les aseguro que tengo que desbordar mi corazón buscando una explicación convincente y no estoy preparada, aun. Gracias.