Renuncia de derechos: Cazadores de Sombras y todo su universo son de Cassandra Clare (y de algunos otros, como en Las Crónicas de Magnus Bane y en las Historias de la Academia de Cazadores de Sombras). Los títulos de los capítulos son de alguien más, espero que alguien adivine de quién. Lo demás es mío, por lo que me reservo su uso.
Advertencia: referencias al por mayor de lo publicado de Cazadores de Sombras hasta la fecha, así que sobre aviso, no hay engaño.
Dedicatoria: para minakomarie, porque gracias a ella se me empezó a ocurrir todo esto. Y a Mejor Amiga (sabes quién eres), que siempre me alienta a escribir mis locuras y a quien sin duda elegiría como mi parabatai.
«Tenía en su mano derecha siete estrellas; de su boca salía una aguda espada de dos filos y su rostro era como el sol que fulgura con toda su fuerza.»
Apocalipsis, 1: 16.
I. Terrible y hermosa.
«La verdad no siempre es bonita, pero el hambre de ella sí.»
Nadine Gordimer.
Getty era bonita, inteligente y atlética.
Sin embargo, no se sentía la gran cosa.
Sus ojos marrones eran parcialmente cubiertos por unos anteojos cuadrados. Muchos le decían que tanto leer le pasaba factura, pero ella no hacía ni caso.
Su pelo era una maraña de rizos rubios, los cuales procuraba llevar bien sujetos en una coleta, aunque no lucían muy ordenados. Le gustaba su pelo, aunque sabía que de dedicarle más atención, se verían mucho mejor, como los de las modelos en las revistas.
Por último, se sentía demasiado grande, con un cuerpo demasiado alto y con los hombros ligeramente más anchos de los de una chica de su edad. El ejercicio tenía que ver, ya que aprovechaba su talento para los deportes y jugaba cuanto le apetecía, aunque algunos de esos deportes le aseguraran que no eran "para chicas". Desdeñaba esas opiniones con una mueca fiera, aunque muy en el fondo, herían un poco su orgullo.
Por todo eso, Getty no podía evitar pensar que era una contradicción andante.
Era bonita, pero rara vez se lo decían.
Era inteligente, pero casi siempre se lo echaban en cara como si fuera un defecto.
Era atlética, pero pocas veces se lo reconocían por el hecho de ser una chica.
¿Cuál era su sitio en el mundo, entonces?
Realmente quería una respuesta.
—&—
Junio de 2022.
La escuela ese día había sido dura.
No por primera vez, Getty se preguntaba si eso era hacerse mayor. En dos semanas tendría vacaciones de verano y después, en septiembre, empezaría la secundaria. Por el amor de Dios, ¿no debería complicarse su vida escolar hasta entonces? Y no solo hablaba por los profesores, sino por algunos de sus compañeros de curso, que parecían querer divertirse una última vez a costa de los demás, sobre todo de ella, antes de acabar el año.
En serio, si fuera una persona tan terrible como le decían en broma sus amigos, ya habría dado un par de puñetazos y no precisamente débiles.
Esperaba llegar a su cuarto y tirarse en la cama por una hora, quizá dos, antes de hacer sus tareas. Necesitaba un descanso. Sus amigos la habían convencido de jugar un partido después de clases. ¡Un partido de rugby! Admitía que no le importaba mucho su aspecto, pero había quedado hecha una pena. Menos mal que Keith le cubrió las espaldas casi todo el tiempo, que si no…
Al llegar ante la puerta del edificio donde vivía, frunció el ceño.
Últimamente se oía en las noticias que los niños debían tener cuidado en las calles. Se habían reportado varias desapariciones el último mes, así que las autoridades instaban a los padres de familia a que cuidaran de sus vástagos. A Getty nadie le había pedido que se cuidara… bueno, no exactamente. El punto era que debido a esa alerta, sus amigos y ella habían estado acompañándose la mayor parte del camino a casa, como si se hubieran puesto de acuerdo, pero aquel día en particular, Keith y Leo fueron llamados por el profesor Barrow por haber roto aquella ventana con el balón y la obligaron a adelantarse, con la clara intención de cubrirle las espaldas y que no la castigaran poco antes de los resultados de las becas.
Resoplando ante el recuerdo de la alerta y de sus muy sobreprotectores amigos, Getty devolvió la vista a la puerta del edificio. Unos pocos escalones conducían a la puerta y aún sin verse desde la calle, se notaba que el vestíbulo era como el de muchos otros sitios públicos. Lo que la desconcertaba era la persona plantada en el primer escalón, un muchacho que le llevaba unos siete años, con las manos en los bolsillos de su pantalón, luciendo una camiseta de rugby (tenía que ser…) y mirando al cielo.
—Hola —saludó ella en un murmullo, acercándose un par de pasos.
Al oírla, el muchacho bajó la vista y su expresión cambió de golpe. Su rostro de pronto se llenó de pánico, lo cual detuvo en seco a Getty, haciéndola fruncir el ceño.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, hablando todavía en voz baja.
—No debes entrar —advirtió el otro apresuradamente.
—¿Por qué no? ¿Acaso llamaron de la escuela?
—No que yo sepa. Pero no es por eso.
—¿Entonces? Oye, si no me lo explicas, no lo…
El otro, abriendo la boca a punto de decir algo, dio un respingo y se giró hacia la puerta. Solo duró un momento, antes de volver a mirar a Getty con el mismo temor de antes plasmado en la cara, pero también mostraba una determinación que la niña rara vez le había visto.
—¿Recuerdas que te dije dónde podrías encontrarme si necesitabas ayuda? —inquirió.
—Sí, pero ¿por qué…?
—Ve —ordenó el muchacho, apremiante, apretando los labios por un momento antes de proseguir—, diles que manden gente aquí y tú no vuelvas. Quédate allá.
—¿Por qué?
—¡Por favor, hazlo! ¡Ahora!
Lo vio tan claramente preocupado, que Getty ya no dudó. Asintió con la cabeza, se acomodó los anteojos, dio media vuelta y se echó a correr, apenas consciente de que le llevaría casi una hora llegar a donde debía, pero él nunca le habría pedido eso si no fuera importante.
No sabía que pronto se sentiría muy agradecida por haber obedecido. Agradecida y furiosa.
—&—
Llegar hasta Fleet Street fue un caos. Getty debió tomar un autobús y luego el metro, pero finalmente lo consiguió. Lo que la fastidiaba era moverse con dificultad por las calles, ya que era el final de la hora de comer de varios empleos y todos iban con prisa.
—¡Fíjate por donde vas, niño!
Getty resopló con fastidio, pero no se giró y siguió andando. Claro, con la ropa que llevaba y el físico que tenía, la habían tomado por un chico. No podía culpar al tipo, pero cualquiera que le viera la cara se habría dado cuenta de que era una chica, ¿no?
Después de mucho correr, Fleet Street estuvo a la vista, así que se giró hacia la izquierda. Nunca había tomado ese camino; es más, era su primera vez en esa parte de Londres, pero se había aprendido las indicaciones desde muy pequeña. Hizo una leve mueca al recordar quién se las enseñó, así como cuándo y cómo, pero sacudió la cabeza y dejó de pensar en ello. No era el momento, algo en su interior se lo decía.
Al llegar a la salida de Fleet Street, se quedó maravillada.
Ante ella se alzaba un edificio enorme, con aire antiguo y algo descuidado, pero a la vez hermoso y que poseía cierto encanto. Literalmente, la palabra era esa, "encanto". Podía notarlo, aunque la molestara profundamente, más que nada porque algunas personas que pasaban por allí le dedicaban muecas de desdén al verla embobada con algo insignificante.
Sacudiendo la cabeza, Getty siguió avanzando. El edificio, que lucía muy parecido a una iglesia, era rodeado por un enrejado sencillo pero de aspecto atemorizante, con las puntas de sus barrotes en punta. Había una puerta doble en el enrejado que daba directamente a Fleet Street. Al llegar ante las puertas, Getty inhaló profundamente, en parte para recuperar el aliento, antes de apoyar la mano donde se podía ver la cerradura y dar un empujón.
Para su sorpresa, las puertas se abrieron.
Sorprendida, Getty por un momento no se movió. ¿Cómo dejaban sin llave una puerta como esa? ¿Acaso no temían que les robaran? Pensó en no seguir adelante, pero se recordó lo que la enviaron a hacer y dio un par de pasos hacia adelante, después de lo cual empujó la puerta de nuevo, esta vez para cerrarla. Creyó oír una especie de clic, pero no podría jurarlo y, de todas formas, no se quedó a averiguarlo. Delante de ella había una pequeña explanada empedrada, la cual le faltaba recorrer si quería llegar a la puerta principal del edificio–iglesia. Algo impaciente, la niña respiró hondo y se echó a correr, notando que el cuerpo comenzaba a resentir toda la actividad que había tenido ese día.
¡Oh, no! ¡Escaleras! ¿Era en serio? ¿Tenía que subir todo eso? Repitiéndose mentalmente que casi estaba allí, comenzó a subir, aunque apenas llegó a la mitad cuando pasó.
Una joven se apareció delante de ella. No llegó desde lo alto de la escalera, no la rebasó desde donde ella recién llegaba. Literalmente apareció.
—¡Qué demonios…! —dejó escapar, estupefacta.
—No es un vocabulario digno de una dama —espetó la aparecida.
Getty trató de no asustarse. Aquella mujer era muy joven, no debía rebasar los veinte años, pero resultaba extraño su atuendo, un vestido de falda amplia que seguramente no se usaba desde los tiempos de la reina Victoria.
—¿Y qué quiere que diga si la veo salir de la nada? —se defendió Getty, ajustándose los anteojos, cuando pudo recuperar el habla.
—Buen punto —aceptó la mujer, quien con sus rubios cabellos rizados y su piel pálida, era muy guapa, más cuando se suavizó su expresión y la miró con atención—. ¿No te he visto antes?
—No, nunca había venido. Un amigo me envió.
—¿Un amigo?
—Sí, me dijo… —Getty inhaló con ganas, dejando escapar el aire lentamente, con lo cual su respiración se regularizó un poco antes de poder continuar—, él me dijo que enviaran gente a mi casa y que yo me quedara aquí.
—¿A dónde hay que enviar gente?
Getty suspiró. Siempre le disgustaba decir dónde vivía y aquella no era la excepción, por muy irregulares que fueran las circunstancias.
—Al orfanato Ashfield. Está en Ashfield Street, cerca de Whitechapel Road.
La rubia asintió, le hizo un gesto de cabeza para que la siguiera y dio media vuelta. Getty vio, con recelo, que la otra no se movía como cualquiera que subiera una escalera.
No quiso quedarse mirando a esa mujer, pero era inevitable si es que debía ir tras ella para poder cumplir con lo que le habían pedido.
Al llegar a la cima de la escalera, vio las enormes puertas metálicas del edificio. Por algún motivo le parecieron magníficas, y eso que no estaban adornadas de manera especialmente bella.
Tal como imaginaba, la rubia había desaparecido. A esas alturas, Getty no se sorprendió, solo se molestó un poco, ¿no se suponía que debía ir con ella?
Sin pensar realmente en lo que hacía, avanzó hasta las puertas y empujó una, la cual se resistió un poco antes de empezar a abrirse. Iba a asomar la cabeza al interior cuando alguien se le adelantó, haciendo que diera un brinco y retrocediera, tomada por sorpresa.
—¡Oye! ¿Qué haces allí afuera?
Quien le hablaba era un chico de unos quince años, de cabello negro muy corto y muy revuelto. La fulminó con la mirada, claramente molesto, con lo cual mostró unos ojos de color marrón claro, casi dorado. Habría seguido con la misma expresión de no ser porque alguien detrás de él se hizo oír.
—¿Quieres hacer el favor de mostrar algo de cortesía? —una joven de tez pálida, con el largo cabello castaño recogido en una coleta alta, venía contemplando algo en sus manos, pero alzó la vista en cuanto estuvo afuera, entornando los ojos, que eran de un bonito color verde, debido a la luz del sol—. ¿Con quién hablas, por cierto? —inquirió, para luego fijarse en Getty—. ¡Qué horror! ¿Cómo es que acabaste así?
A una, el chico y Getty le dedicaron miradas de exasperación.
—En serio, Suzzy, ¿eso es lo que te preocupa? —inquirió el muchacho.
—¿Dónde está la rubia? —preguntó enseguida Getty, tras decidir que el chico había dicho adecuadamente lo que antes había pensado.
—¿Cuál rubia? —soltaron los otros dos a la vez.
—Suzette, Alphonse, ¿podrían despejar el paso, por favor?
—¡Soy Al! —se quejó el chico, claramente disgustado.
Getty observó al recién llegado con cierto asombro. Era un hombre de unos veintitantos años, con el cabello negro tan revuelto como el del tal Alphonse, pero un poco más largo y muy, muy rizado. Sus ojos grises eran serios, pero no fríos, lo cual a Getty logró calmarla por alguna razón que no comprendía. El hombre iba ataviado con ropa completamente negra y ¡oh, Dios!, en varias partes de su cuerpo alcanzaban a distinguirse algunos tatuajes, entintados completamente en negro y que seguramente llamarían la atención hasta en la más concurrida calle de Londres.
Getty observó de reojo a los otros dos. Increíblemente, apenas notaba que ellos también iban de negro ¡y también tenían tatuajes! La chica, Suzette, se guardaba en el bolsillo lo que antes estaba mirando, que resultó ser un delgado teléfono celular de última generación; por otro lado, la mueca de fastidio de Alphonse seguía allí, aunque él estaba más ocupado en revisar los múltiples bolsillos de su pantalón, donde Getty vislumbró mangos de cuchillos y… ¿Esos eran shuriken?
—Buenas tardes —saludó el hombre de ojos grises —en ese momento, Getty dejó de mirar la aparente revisión de armas del tal Alphonse—. Jessamine comentó que te enviaron.
—Jess… ¿Jessamine? —Getty de repente sintió la boca seca.
—Sí, la señorita rubia que te recibió. Nos dijo lo del orfanato. Soy Tiberius Blackthorn, director del Instituto de Londres. ¿Quién te envió?
—Yo… Un amigo. Lo conozco desde hace… Bueno, desde hace mucho. Él no es… Quiero decir, no sé si decirle "amigo" está bien, porque no es…
—Un amigo… —Tiberius adoptó una expresión pensativa, frunciendo el ceño levemente—. Por casualidad, ¿es alguien que solo tú puedes ver?
—Yo… Bueno, sí —admitió Getty, sorprendida de que el hombre lo hubiera adivinado, anonadada de haber admitido algo así por segunda vez en su vida a alguien que recién acababa de conocer—. A veces viene a pasar la tarde conmigo, pero ¿eso qué tiene que ver con…?
—Ty, si no nos damos prisa, la cosa podría empeorar —advirtió otro adulto, quien salía en ese momento por la puerta enorme y la cerraba a su espalda.
Getty se quedó más asombrada todavía, porque ese sujeto era condenadamente apuesto, con ese brillante cabello rubio y unos pálidos ojos azules. Si su apreciación era correcta, tenía la edad del señor Blackthorn y además, eran completamente opuestos. Mientras el señor Blackthorn daba una sensación curiosa entre la lejanía y la serenidad, el rubio proyectaba seguridad e incluso algo de arrogancia.
—¿Dónde está Livvy, Kit? —inquirió el señor Blackthorn, cordial, arqueando una ceja.
—Adentro, intentando contactar a cualquiera en el área de Whitechapel para que se adelante. ¿Y quién les dijo a ustedes que vendrían?
Se dirigió a Suzette y Alphonse quienes, aparentemente, habían terminado de inspeccionar su arsenal y ahora veían a los adultos con idéntica expresión de pasmo.
—Será algo de rutina, podemos ayudar —aseguró Alphonse, no muy convencido.
—No recuerdo que les dijéramos siquiera que íbamos a salir —apuntó el señor Blackthorn.
—No lo hicimos —confirmó el rubio, Kit, arrugando la frente con disgusto—. Adentro, los dos.
—¡No es justo! —replicó Suzette, con una mueca que la hacía lucir como una niña.
—A su edad y con su entrenamiento, no está nada bien que participen en misiones, sobre todo cuando ni siquiera deberían saber que existen dichas misiones —reconvino Kit, mirando con aire de superioridad a ambos muchachos.
—¡Pero queremos ayudar! —replicó Alphonse.
—¡Ty! ¡Kit! —una voz femenina se alcanzó a escuchar tras la puerta principal cerrada, la cual no tardó en abrirse para dar paso a una mujer joven de cabello castaño oscuro muy largo y unos bonitos ojos color verde azulado. También iba de negro, aunque en ella no se veía ningún arma—. Acabo de interceptar una alerta en la radio de la policía mundana. Están mandando patrullas a Ashfield Street. Será mejor que usen el Portal.
Mientras Kit lanzaba un juramento por lo bajo, el señor Blackthorn asintió.
—¿Qué dijo la policía mundana? —inquirió.
La mujer hizo una mueca, entre angustiada y asqueada, antes de responder.
—Algo de una masacre. Sin sobrevivientes.
Fue entonces que el señor Blackthorn pareció acordarse de Getty, porque se giró hacia ella y la observó con atención. La chiquilla tenía los ojos muy abiertos, pasmada, intentando por todos los medios no ponerse a gritar, a llorar o ambas cosas al mismo tiempo.
—Andando —ordenó Kit, dirigiéndose de vuelta al interior—. Ustedes dos —llamó, mirando a Alphonse y a Suzette—, si quieren ser de ayuda, más vale que no se separen de Ty o de mí y que obedezcan las órdenes al pie de la letra. Esto no es un entrenamiento, ¿han entendido?
Los dos jóvenes asintieron velozmente con la cabeza, en silencio, antes de seguir a Kit. El señor Blackthorn los imitó enseguida, murmurando algo que apenas podía entenderse.
—¿Eres tú quien nos avisó?
La mujer de pronto miró a Getty, quien apenas salía de su estupor. ¿Había entendido bien?
«Algo de una masacre. Sin sobrevivientes.»
—¿Hola? —oyó que la llamaban.
Parpadeando repetidamente, Getty se quedó mirando con aire confundido a su interlocutora.
—Hola —contestó en un susurro, atontada.
—¿Cómo te llamas?
Vaya, ya era hora de que alguien en ese sitio de locos se lo preguntara.
—Getty, señorita…
—Livvy. Livia Blackthorn, en realidad. Pero Livvy suena mejor, ¿no?
Getty asintió automáticamente.
—Lo entiendo —afirmó, sintiéndose un poco mejor, un poco más como ella misma, aunque no se hubiera olvidado de la horrible noticia. «Algo de una masacre. Sin sobrevivientes.»— La verdad es que mi nombre también es un poco raro.
—¿Ah, sí? —Livia Blackthorn miró a su espalda, sin esperar realmente que Getty explicara sus palabras—. No sé si podrás entrar, tal vez la puerta se atasque o algo…
—Ya estaría adentro si esos dos no se hubieran entrometido.
La frase de Getty cortó de tajo los pensamientos en voz alta de la señorita Blackthorn.
—¿De qué hablas? —quiso saber.
—Estaba empujando la puerta cuando esos dos… ¿Suzette? ¿Alphonse? ¡Bueno, ellos! Apenas había abierto cuando ellos aparecieron. Iba siguiendo a una rubia, de hecho.
—¿Abriste la puerta?
Getty frunció el ceño. La señorita Blackthorn parecía realmente sorprendida por aquel hecho, más que por cualquier otra cosa.
—Pues… Sí —admitió finalmente, acomodando sus anteojos—. Es pesada, pero estaba sin llave. Por cierto, su reja también —señaló a su espalda—. Deberían tener cuidado, los ladrones…
Pero la señorita Blackthorn ya no la escuchaba. Se había llevado una mano a la boca, anonadada, al tiempo que la recorría con la vista de pies a cabeza, como si buscara algo.
—Getty, ¿me harías un favor y volverías a abrir?
A la niña no le importó, solo que se sintió incómoda ante la mirada que le dedicaba la señorita Blackthorn. Quizá, como Suzette, acabara de darse cuenta de su lamentable aspecto y creyera que no era digna de estar allí.
De nuevo, empujó aquella gran puerta, sintiendo cómo se resistía solo un poco antes de ceder. Pensó que tal vez, la señorita Blackthorn quería ayuda para eso, aunque no entendía por qué. Cuando abrió un hueco considerable, miró por encima de su hombro.
Si antes la señorita Blackthorn estaba asombrada, ahora también parecía un poco asustada.
—¿Cómo dijiste que te apellidas? —preguntó apresuradamente.
—No lo dije —indicó Getty, conteniendo un bufido—, ¿necesita saberlo?
—Por favor, si fueras tan amable.
Getty dejó escapar un suspiro. Casi gimió de frustración, pero decidió acabar con aquello de una buena vez. Acabarían enterándose, seguramente, y no sería el fin del mundo si se sabía en ese instante. No aquel día, no con todo lo que estaba pasando. Solo esperaba que, como un favor, nadie se riera de ella hasta que ya no pudiera escucharlos.
—Doves —masculló, tragando saliva con nerviosismo—. Soy Getty Doves.
