Bueno, aquí estoy a punto de empezar mi segundo fanfic de Cazadores de Sombras. Esta idea llevaba picándome en la cabeza desde que aún iba por la mitad de Fade in Dark, pero no quería distraerme, así que me decidí a no escribirlo hasta terminar el otro, lo cual ya hice y ahora estoy feliz y emocionada por poder comenzar esta historia.

Disclaimer:

*Jace baila sobre una mesa* —Yo-hoo yo-hoo, ¡piratas siempre ser!

*Yo aparezco* —"¡Jace, baja de esa mesa!"

—¿Y quién eres tú para decirme que hacer, asquerosa mundana?

—Eh, b.. bueno

—¿Acaso eres mi dueña?

—No *lloro*

—¡Entonces calla! *Jace saca su espada* ¡YO HOO YO HOO PIRATAS SIEMPRE SER! ¿Y dónde está mi rooon?"

Bueno, si eso no aclara las cosas: Todo esto pertenece a la oh, diosa Shadowhunter, Cassandra Clare, yo solo me divierto con sus personajes. Aunque upongo que también debo de agradacer a Piratas del Caribe y, en especial, a Jack Sparrow, por la inspiración.


Piratas de Sombras.

»Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria la mar».

Alguna Isla desconocida, Siglo XVI.

Prólogo. Sebby y Jonny.

Sus finos dedos asieron la copa y la levantaron hasta posarla en sus suaves y pálidos labios. El vino le supo amargo, enviándole una sensación cálida por todo su cuerpo. El joven alzó la vista, aún con la copa en la boca, y bebió frente a una estática mesera que lo miraba asombrada. Sebastian le dedicó una media sonrisa antes de bajar su copa y mirarla con suficiencia, sus dedos tamborileando sobre la mesa.

—¿Se te ofrece algo? —dijo, con una indiferencia que rallaba en lo burlón.

La chica enrojeció y desvió la mirada, azorada.

—L-lo siento, señor, e-es s-olo que… emm…. n-ada —la chica se giró, más roja que antes y casi se alejó de ahí corriendo.

Sebastian rió en su interior. Pobre estúpida. Pero, en cierta forma, la comprendía. Todos creían que él había muerto cuando el barco de su padre, con ellos dentro, estalló en mil pedazos. Ese recuerdo aún le quemaba en la memoria y le traía a flote el rencor y la ira. Maldito Lucian. Maldito.

Pero él había sobrevivido. Había regresado. Y se iba a vengar.

Sebastian se recargó contra el gastado respaldo de madera y aspiró el olor nauseabundo del lugar. La taberna era un lugar a rezumar de malolientes piratas que soltaban risas estridentes y se amontonaban junto a la barra, tomando y hablando obscenidades y estupideces. Había otros más que bailaban sobre las mesas, ahogándose de borrachos y calmando su lujuria con las resbalosas mujeres que se paseaban por todo el lugar enseñando sus encantos. No era sorprendente que la chica se le hubiera quedando mirando de esa manera, dado que no sólo era porque lo creía muerto, sino también porque él, elegante y altivo, no encajaba del todo con el escenario de aquél decadente lugar.

Sebastian, perdido en sus oscuros pensamientos, alzó la vista cuando las puertas del lugar se abrieron de golpe y la tormenta que arreciaba afuera se coló por ella, las gélidas ráfagas de aire llegaron hasta él , despeinando su cabello plateado y trayéndole el olor a mar y sal.

Un relámpago destelló en el cielo antes de que dos imponentes figuras, surgidas de la incesante lluvia, se adentraran en la taberna y las puertas se cerraran tras ellos, ahogando los sonidos de la tempestad.

La música cesó, los piratas dejaron de reír y todos contemplaron entre susurros y exclamaciones ahogadas a los recién llegados —mojados y manchados de barro— encaminarse hacia la cantina a grandes zancadas.

Una sonrisa aceitosa se dibujó en los delgados labios de Sebastian cuando reconoció a Jace Herondale y Alec Lightwood. El chico los siguió con la mirada, viendo como Jace barría todo el lugar con sus ojos dorados hasta dar con él. La expresión de Jace se endureció, pero asintió casi imperceptiblemente, luego desvió la mirada y se acercó hasta el cantinero y pidió algo en voz baja. El cantinero asintió y luego miró a Alec, quién negó de inmediato haciendo un gesto con la mano.

Jace giró sobre los talones y, con Alec tras él, se encaminaron hasta el joven que estaba sentado en una oscura esquina. En cuanto tomaron asiento, la música y el escandalo se reanudó.

Sebastian se llevó de nuevo la copa a su boca.

—No sé por qué no me sorprende su entrada dramática —dijo y bajó su copa—. Son muy de tu estilo, Jace.

—Y no sé por qué a mí me sorprende que estés vivo —respondió a su vez Jace, su boca curvándose en la sonrisa torcida—. Ya sabes, hierba mala siempre revive.

—Es nunca muere —dijo Alec, entre dientes. Él miraba a Sebastian con una mezcla de horror e incredulidad. —El barco estalló —le dijo, como si aún no creyera lo que sus ojos veían—. Yo lo vi. Nadie pudo haber vivido. Todos estaban muertos. Bien muertos.

—Qué raro —dijo Sebastian, con fingida sorpresa—. Yo me siento muy vivo. Y quita esa cara, Lightwood, de haber sabido que te pondrías a brincar de la felicidad, te habría traído un retrato y te lo habría regalado con mi autógrafo.

—No gracias —dijo Jace—. Ya es bastante malo tener que verte ahora. Probablemente tenga que desinfectarme después.

Sebastian lo miró a través de la mesa con oscura diversión.

—Bueno, supongo que si viniste aquí, hermano, es porque aceptaste mi propuesta.

Alec se removió incómodo en su asiento. Jace, en cambio, sólo parecía aburrido. Se había recargado en la silla y había puesto los pies encima de la mesa, con esa actitud arrogante y despreocupada de siempre.

—Tal vez —dijo, encogiéndose de hombros—. Hay ciertas cosas que necesito saber antes.

—¿Ah, sí? —Sebastian alzó una ceja plateada—. ¿Como cuáles?

—Oh, no tengo ni idea —dijo Jace, sarcástico—. Tal vez como, por ejemplo, por qué los patos existen.

Sebastian rodó los ojos. —Tal vez fue un castigo celestial por haber creado a un ser tan irritante como tú.

—¿Irritante? ¿Qué es eso? Tal vez quisiste decir 'fascinante' ¿no es cierto?

—No.

—Entonces definitivamente no sé el significado de 'irritante'. No cuando se refiere a mi magnifica persona.

—¿Magnífica? —dijo Sebastian, con voz plana.

—Si —dijo Jace, mirándolo con superioridad—. Ya sabes, lo que tú no eres.

—Nos estamos saliendo del tema —siseó Alec.

—Ah, cierto —Jace se miró las uñas—. Lo siento, pero joder a la gente es una de mis especialidades, sobre todo si ese alguien es una persona difícil de joder.

—¿Ahora es cuando me dices que estás enamorado en secreto de mí porque soy difícil de joder? —preguntó Sebastian, indiferente.

—No, ahora te digo que quiero saber dónde están los mapas.

Sebastian estrechó sus ojos negros y luego, de forma casi deliberada, se rió en su cara.

—Supuse que Padre no te había dicho nada.

La mirada de Jace se endureció. —Supones bien, y también supones bien que no iré a ningún lado contigo si no me dices más.

Sebastian se llevó la copa de nuevo a su boca, imperturbable. Cuando la bajó, dijo:

—El destierro los ha mantenido desinformados, ya veo.

Jace rodó los ojos.

—Y a ti la muerte de maravilla. De hecho, creo que hubo una fiesta aquí celebrando tu ida al mundo de los espíritus. No sé porque, pero creo que le caías mejor a todos cuando creían que estabas muerto —Sebastian lo miró con frialdad y Jace sonrió—: Mira, hermano, podemos hacerlo de la buena o la mala manera. No sé cuál es la buena pero la mala es que si tú no te dejas te rodeos y me dices que es lo que planeas, yo me pondré de pie, caminaré hasta la puerta, sacaré mi hermoso trasero de aquí y no podrás contar conmigo para llevar a cabo tus planes malvados.

Sebastian lo atravesó con sus ojos, negros y densos como una cueva oscura. Odiaba que alguien lo condicionara, y más odiaba cuando ese alguien era precisamente Jace Herondale. Pero, a pesar del odio corrosivo que tenía hacia su hermano, sabía que lo necesitaba. Lo necesitaba… para tenerlo cerca y luego matarlo como la mosca molesta que era. Si Jace no estaba con él, entonces estaba en su contra, y él sabía que si había alguien que podía frustrar sus planes, era su encantador hermanito menor.

Mejor tenerlo cerca y luego deshacerse de él, al igual que su molesto amiguito Lightwood.

—Magnus —escupió.

Jace parpadeó.

—¿Magnus? —repitió Alec, sin comprender.

—Un brujo —explicó Sebastian con desdén—. Él tiene los mapas.

—¿Y dónde está ese brujo? —inquirió Jace.

Los ojos de Sebastian relampaguearon.

—No pienso decir nada más. Claro, hasta que aceptes unirte a mí.

—Magnus —volvió a decir Alec, dubitativo, y Sebastian casi pudo escuchar los engranajes girando en su cabeza—. ¿Qué no era ése el nombre del brujo de los Fairchi…? ¡Ah!

Jace comprendió al instante y le dedicó una dulce sonrisa a un Sebastian que lo miraba aceradamente.

—Gracias.

Sebastian estrechó los ojos.

—¿Qué estas…?

—Gracias, nos has servido de mucha ayuda, hermano.

Alec miraba nervioso de Jace a Sebastian y de Sebastian a Jace. La boca de Sebastian era una fina línea, sus ojos, negros como un laberinto, clavados en los dorados y brillantes de Jace. Los dos chicos estaban reclinados sobre la mesa, sus hombros tensos al igual que todo su cuerpo, mirándose de una manera que Alec casi podía ver los rayos saliendo de sus ojos.

Entonces Sebastian soltó una risotada y Alec saltó. Jace también rió, siguiéndole el juego y luego paró abruptamente y se puso de pie.

—¡Yo llegaré primero!

Alec lo miró, estupefacto y luego miró a Sebastian. El chico parecía a punto de sufrir un ataque de ira.

—¿A dónde crees que vas? —bramó cuando vio que Jace caminaba hacia a la puerta, jalando a Alec.

—A Port Idris —Jace sonrió—. A la casa de los Fairchild, por ese brujo y por los mapas. De nuevo gracias, querido hermano, todo un detalle de tu parte darnos la información en bandeja de plata.

El rostro de Sebastian se contrajo en una mueca de furia antes de que se lanzara contra él. Jace no retrocedió cuando Sebastian apareció delante de él, tan rápido que apenas lo vio.

—No debiste jugar conmigo —ronroneó—. No saldrás de aquí, Jace, ni ahora ni nunca.

—¿Está la parte donde suplico o donde te pido perdón? Ah, no, está es la parte donde te mando a la mierda.

Jace le asestó un puñetazo y el otro chico lo esquivó. Sebastian apareció tras él y lo hubiera golpeado de no ser porque Alec lo lanzó a un lado.

Los piratas comenzaron a gritar.

—¡Apuesto diez de cobre al más alto! —dijo uno, refiriéndose a Sebastian.

—¡Yo quince al guapo! —dijo otro, de voz chillona, mirando a Jace con ojos brillantes.

—¡Yo veinte al que gane! —dijo la mesera.

Sebastian se abalanzó de nuevo sobre Jace y lo lanzó contra la cantina. Las botellas explotaron en un montón de vidrio y el cantinero comenzó a quejarse mientras los piratas seguían vitoreando a los chicos. Jace rió y se levantó, apenas con unos rasguños y esquivó un nuevo golpe de Sebastian, que sacó un cuchillo y se lo lanzó. Jace se hizo a un lado y lo atrapó en el aire, todo en unos segundos, y luego se giró y se lo lanzó en reversa. Sebastian sonrió con malicia y se agachó justo cuando el cuchillo estaba a punto de llegar a él. Se puso de pie, de nuevo, y sonrió aún más mientras se acercaba a Jace, que estaba sobre una mesa y sostenía otro cuchillo en su mano.

—Hermanito, hermanito —canturreó—. Veo que ya no eres tan idiota como…

Sebastian gritó y cayó. Alec había aparecido detrás de él y le había estampado una botella de vidrio en la cabeza.

—¡Ja, gané! —dijo el pirata que había apostado por Jace.

—¡Hizo trampa! —se quejó uno.

—¡Le ayudaron! —gritó otro.

—¡No es cierto! —gritó un tercero.

—¡Si es cierto!

Entonces la taberna se convirtió en un campo de batalla donde las botellas, mesas y sillas volaban por los aires mientras los piratas se golpeaban en un todos contra todos.

Alec se agachó, esquivando una silla, y miró al otro chico. Jace tenía una sonrisa retorcida y parecía satisfecho y feliz de lo que había provocado. Alec, en cambio, no estaba nada contento. Él ya había previsto que todo eso pasaría y se lo había advertido a Jace, que Sebastian no era ningún idiota, pero Jace, como siempre, no le hizo caso.

—¡Hora de irnos, Jace!

—¡Vamos, Alec, si nos estamos divirtiendo un montón!

—¡He dicho que nos vamos! —rugió Alec.

Jace rodó los ojos y estaba a punto de bajar de la mesa cuando Sebastian, sorprendentemente, se levantó y se lanzó sobre él con un grito de rabia. La mesa se rompió con la fuerza del impacto y los dos chicos rodaron en el suelo, lanzando patadas y puñetazos al aire. Jace logró librarse de Sebastian y los dos se pusieron de pie respirando entrecortadamente. Los dos chicos se estudiaron el uno al otro, planeando el próximo ataque, sus ojos fieramente estrechados… y entonces Jace sonrió y dio media vuelta, corriendo hacia la puerta.

—¡Yo llegaré primero!

—¡No! —Sebastian lo alcanzó y se le echó sobre la espalda.

—¡Ah, suéltame!

—¡Tú suéltame! —los dos chicos se tiraron en el suelo y Jace pateó a Sebastian, antes de levantarse a trompicones y correr hacia la puerta. Sebastian se arrastró y tomó su pie, haciéndolo caer de bruces. Jace aulló y trato de gatear hasta la puerta, pero Sebastian se le echó encima y jaló su cabello.

—Maldito… hijo de pato—dijo Jace, alargando un brazo anhelante hasta la puerta—. ¡Yo llegaré primero!

—¡No, yo llegaré primero!

—¡Y una mierda!

Jace logró tumbar a Sebastian de su espalda y rápidamente se puso de pie. Lo pateó y luego soltó una risa alocada, antes de salir corriendo a tropezones por la puerta. Sebastian se puso de pie como una fiera —tenía la cara roja y los ojos vidriosos— y fue tras el otro chico mientras soltaba una sarta de maldiciones.

—¡Eh, Jace, espera! —Alec salió de la taberna y corrió tras ellos. A fuera la tormenta seguía azotando con fuerza y él apenas podía ver nada. Giró a todos lados y entonces los vio, un poco más a lo lejos.

Jace y Sebastian corrían como dementes, haciendo carreras para ver quien llegaba primero a sus barcos. Los dos reían como maniáticos y se abrían paso a través del fango y la tormenta entre tropezones y jalones. En ese momento Sebastian alcanzó a Jace y le jaló el cabello, después le picó los ojos y luego se echó a correr con otra carcajada alocada. Jace, a ciegas, corrió hacia él gritándole un montón de maldiciones y aventándole piedras que se encontraba en el camino.

—¡Yo llegaré primero!

—¡No, yo lo haré!

—¡Cállate, Sebby!

—¡Tú cállate, Jonny!

—¡Dejen de decirse nombres estúpidos!

—¡Tu no opines, Alexandra!

Alec maldijo por lo bajo mientras seguía corriendo bajo la lluvia torrencial. ¿Cómo podían ser tan cabezotas que no se daban cuenta que son esa tormenta ninguno de los dos podría zarpar?

Lamentablemente, la clase actos idiotas y suicidas, eran la clase de cosas que Jace amaba hacer.

Continuará…