Lo que más odiaba Lily Evans en el mundo eran las mentiras, claro odiaba muchas cosas más, como la clase de herbologia o las bromas del pesado de James Potter, pero definitivamente si algo hacia hervir su sangre y sacaba lo peor de ella era precisamente una mentira.. Era algo que simplemente no toleraba, y si esa mentira venía del chico que le gustaba era aún peor.

Ya todos se lo habían advertido, incluso Potter, al cual por supuesto había tomado por loco. Pero resultó que tenía razón.. En esos momentos no sabía exactamente qué pensar, se sentía sumamente estúpida, estaba enamorada del peor partido posible, y a pesar de los años ni siquiera se había dado cuenta de sus verdaderas inclinaciones, ella, la bruja del año, la señorita perfecta y sabelotodo, la última en enterarse de lo más obvio... Decidió que lo mejor que podía hacer era alejarse por completo, claro le hubiera gustado confrontarlo, pero se sabía débil ante el y sabía también que el le mentiría de nuevo, como tantas veces.

Se sentó en su cama decidía, aún con la rabia comprimiéndole el pecho...Severus, un mortifago, un mago oscuro, un seguidor de aquel-que-no-se-debia-nombrar.. Severus apoyaba a aquel.. ser que seguramente la mataría solamente por haber nacido en la familia en la que nació... El lo sabía, y aún así lo apoyaba, apoyaba la guerra que todos sabían que se aproximaba, y ella era la única ciega que no se había dado cuenta de ese lado oscuro del que consideraba su amigo, y aveces algo más.

Severus había tomado su devoción.. Era turno de tomar la propia, tomó su varita y aun con el corazón hecho pedazos se despidió mentalmente de aquel hombre que había amado y que jamás lo sabría.

-Obvliviate...-murmuro - Severus Snape.

Y fue así como todo comenzó..