Cuando el reloj de la torre del palacio de Disney World toca las doce en la noche de Halloween, una extraña luz verdosa invade el parque; el cielo se nubla, y el viento susurra palabras horribles en lenguas malditas: es el momento de que los villanos se liberen de su cautiverio y se paseen a sus anchas por todo el parque, sembrando el terror.
De los oscuros sótanos del castillo de Aurora surge Maléfica, el hada malvada, que disfruta asustando a los más pequeños y haciendo que se pierdan de sus padres, para que sientan pavor.
Del enorme barco de la atracción de Piratas del Caribe se asoma el Capitán Garfio, con su taimada sonrisa y su afilada garra metálica, haciendo desfilar por la quilla a niños y mayores, y lanzando cañonazos contra las otras atracciones, destrozándolas.
Mejor no acercarse a las elegantes fuentes del parque; puede que de sus oscuras aguas surja un enorme tentáculo y te arrastre a las profundidades: Úrsula, la pérfida bruja del mar, se esconde en los rincones más insospechados y roba la voz de los pobres visitantes, para que no puedan gritar de terror.
Y si intentas escapar de allí, es posible que choques con una figura altísima, con capa y turbante, que utilizando su bastón con forma de serpiente cobra, te hipnotice y ordene hacer lo que él quiera. Jafar siempre anda al acecho de víctimas desprevenidas, para hacerles buscar su lámpara.
Halloween en Disney es de los villanos, y no dejarán que nadie se lo arrebate: utilizarán sus más viles trucos, conjuros y maleficios para torturar a los desdichados visitantes, y se divertirán escuchando sus súplicas.
Desde la Reina Malvada, Gastón y Frollo a Hades, Yzma y Shan Yu, los malos más malos de Disney aguardan en Disneyland para cazarte y hacerte pasar un Halloween que no olvidarás ni con terapias de choque.
¿No me crees? Muy bien, sabio. Escucha pues alguna de las historias que le sucedieron a pobres incautos que osaron adentrarse en Disney World la fatal noche del 31..
Jordan Mills era un chico de catorce años, al que le pese a su juventud le gustaba montar bronca y meterse en problemas. Un auténtico "malote". Él y sus tres amiguetes decidieron ir a Disney World en Halloween para tirar huevos podridos y hacer pintadas en las paredes, fastidiando al resto de turistas.
Cuando el guarda les dejó pasar (después de que se estuvieran cachondeando de él media hora), Jordan y sus amigos rieron con malicia, y sacaron unos petardos dispuestos a lanzarlos sobre los carritos de los niños pequeños que paseaban por allí.
Se escondieron detrás de unos arbustos, preparados para lanzar sus bombitas incluso a la cara de la gente. Jordan se echó un trago de su botella de vodka que había conseguido robar de una tienducha de su barrio. Pese a tener solo catorce años, ya bebía y fumaba como un cincuentón.
-Eh, chavales, ahí vienen. Pasad uno-dijo Jordan, que había visto a una señora embarazada que paseaba abrazada a su marido. Uno de sus compañeros se dispuso a pasarle el petardo, cuando se dio cuenta de que ahora solo eran tres chicos.
-Jordan… Tom ha desaparecido-dijo el chico, asustado.
-¿Qué dices?-se sorprendió Jordan, volviéndose. Se dio cuenta de que era cierto-¿A dónde coño ha ido Tom?
-No lo sé tío-respondió el otro.
-¿Y Sam?-preguntó Jordan, enfadado.
De repente, habían pasado de ser cuatro a solo dos. Los otros habían desaparecido repentinamente.
-¿De qué vais? No me hace ni puta gracia-gruñó Jordan, escupiendo al suelo.
Bajó la vista unos instantes para ver el escupitajo que había dejado, y para cuando volvió a mirar a su amigo, tampoco estaba allí. Jordan se quedó bloqueado unos segundos. Era imposible que se hubiera ido tan rápido…
-Tíos… ¿Dónde estáis?-preguntó Jordan, tratando de parecer indiferente. Pero se estaba asustando. Debía de tratarse de una broma. Pero sus colegas no eran tan inteligentes como para gastar una…
Entonces una voz detrás de él le sobresaltó. Una voz que venía de un arbusto cercano, y que era grave y cascada, casi más un rugido animal que una voz humana.
-¿Cerditos cerditos… estáis ahí?-preguntó la voz, con burla.
-¿Qué?-preguntó Jordan, asustado de verdad.
-¿Cerditos? ¡Os oigo! ¡Os voy a pillar!-canturreó la voz.
"Debe de ser un perturbado-pensó Jordan-maldito imbécil, ya le enseñaré".
-Lárgate, mamón-insultó Jordan, y el arbusto se agitó un poco.
-¡Voy por vosotros cerditos!-gruñó la voz-¡Corred si queréis vivir!
-Te lo advierto por última vez, tío, lárgate o te haré largarte-dijo Jordan, haciendo crujir sus nudillos. Pero estaba temblando. Aquella voz le daba muchísimo miedo.
En aquel instante, el reloj dio las doce, y una extraña luz iluminó el parque por unos segundos. Entonces, las farolas y las lámparas que estaban en la calle se apagaron, y todo el mundo comenzó a gritar.
-Tres… dos… uno…¡YA VOOOOY CERDITOS!-rugió la voz del arbusto con estruendo. Y Jordan vio como si fuera a cámara lenta a un enorme lobo negro salir de entre la maleza, y abalanzarse sobre él.
Era un lobo bastante extraño, porque andaba sobre sus patas traseras, era larguilucho y llevaba ropa humana. Sin embargo, su rostro era aterrador: un morro largo y una boca llena de afiladísimos dientes, que chorreaba babas y apestaba a carne cruda. Los ojos del Lobo estaban inyectados en sangre.
-¡AAAAAAAAH!-chilló Jordan, tratando de correr, pero el Lobo ya estaba encima suyo, y le hizo caer al suelo. Jordan trató de levantarse o correr, pero todo su cuerpo temblaba, y había perdido el control de sí mismo de lo aterrorizado que se sentía. El Lobo por su parte sacó una larga y asquerosa lengua de su boca, y comenzó a relamerle el rostro y el pecho, mientras le clavaba las uñas con una fuerza aplastante en los brazos, haciéndole crujir los huesos.
-Mmmmmn-dijo la ronca y espantosa voz del Lobo-un niño. ¡Qué rico! Estás un poco delgado, pero serás un buen aperitivo.
-AAAAAAAGH-gritó Jordan, mientras la baba que goteaba de la boca del lobo le caía a él en los ojos y los labios.
El Lobo abrió la boca riendo malvadamente, listo para arrancarle la piel de la cara, cuando la caja de petardos reventó, y comenzaron a explotar y a hacer un ruido insufrible, asustando al Lobo.
-¿Pero qué…?-se sorprendió la bestia, soltando a Jordan. Uno de los petardos le dio en el pelaje, y se lo quemó, haciéndole aullar de dolor.
En aquel instante Jordan se desbloqueó por fin y aprovechando que el Lobo le había soltado echó a correr como un loco hacia la salida del parque. No miró atrás ni una sola vez. Solo quería llegar a la salida, y alejarse de aquel lugar lo máximo posible.
-Joder, joder, joder-decía Jordan, y lo dijo mucho más cuando descubrió que la puerta del parque estaba cerrada, y una verja metálica le bloqueaba el paso-¿QUÉ? ¡TENGO QUE SALIR DE AQUÍ!
Pero Jordan no encontró al guarda de seguridad, ni a ningún vigilante, ni a ningún otro turista. El parque se había quedado desértico. Y totalmente a oscuras.
"Tengo que salir de aquí-pensó Jordan, muerto de miedo-¡El Lobo puede llegar en cualquier momento!"
Escuchó un ruidito detrás de él, un chirrido irritante que le asustó, y al darse la vuelta se encontró con una figura encorvada vestida de negro, que tiraba de un carrito de comida.
"¿Será una camarera?"-se preguntó Jordan, que sin embargo sentía un malestar aún mayor que cuando había oído la voz del Lobo en el arbusto.
-¡Oiga! ¡Señorita!-llamó Jordan a la figura encapuchada, que parecía una mujer.
La figura no respondió, pero se fue acercando con el carrito lentamente, muy lentamente, hasta llegar a su lado.
-Señorita… señora-dijo Jordan cada vez más asustado-t-tengo que salir de aquí… hay un lobo… esto es muy peligroso.
La figura estaba encorvada y torcida, y llevaba una capucha negra que le tapaba el rostro. Alzó manos arrugadas y de largas uñas y se descubrió el rostro.
-Dime niño… ¿No quieres una manzana?-preguntó, con una voz aguda y chillona, aún más aterradora que la del Lobo. El grito que pegó Jordan al ver su rostro fue uno de los más altos que se han escuchado en la historia. Era una mujer, una mujer llena de arrugas, con una nariz larguísima, que tenía varias pústulas y verrugas. Una boca desdentada y llena de heridas, y unos ojos saltones y desorbitados, que le miraban con malicia.
-¡AAAAAAAAAAAAAAH!-gritó Jordan, pero ella le agarró con fuerza, y sacó del carrito una de sus manzanas, que soltaban humo y olían muy fuerte.
-Cómete una… ¡No te hará daño!-dijo, lanzando una horrible risita.
-¡DÉJAME!-gritó Jordan, y la metió un puñetazo en la boca, tirándola al suelo.
La bruja se retorció de rabia, tratando de levantarse. Las manzanas, que también se habían caído, comenzaron a disolverse y quemaron las baldosas. Jordan lo observó, totalmente asustado.
-¡Cerdito!-rugió la voz del Lobo, y Jordan vio con horror como la fiera se acercaba corriendo a cuatro patas hacia él-¡He olido tu rastro, cerdito!
Ni siquiera se molestó en gritar aquella vez: echó a correr de nuevo, y se internó entre los árboles. En Disney World hay un pequeño bosque, que llaman "el Bosque de las Hadas", y que está lleno de conejos y animales bonitos. Pero aquella noche no había ningún bichito amable, los árboles estaban pelados, y se oían gritos por todas partes.
Una rama se enganchó en la capucha de la sudadera de Jordan, y él se dio cuenta de que el árbol intentaba atraparlo. De repente, vio que todos los troncos tenían ojos y bocas espeluznantes, y lanzaban alaridos y risotadas malignas. ¡Estaban vivos!
El aullido del Lobo se escuchaba ya cerca, y Jordan seguía corriendo esquivando las ramas-brazo de los árboles, y los murciélagos que revoloteaban por todas partes, tratando de mordisquearle en su carnoso cuellecito. Tropezó y se cayó en un charco de barro, quedando empapado.
Finalmente, se ocultó detrás de una piedra, y se quedó un rato totalmente quieto, sin mover ni un músculo. El Lobo pasó cerca de él pero como no le vio siguió su rastro por otro lado, aunque faltó poco para que le cogiese.
Jordan estuvo una media hora sin moverse, presa del pánico. No podía creer lo que sucedía. ¡Aquello era real! ¡Aquello era magia! Y no magia de la de los cuentos de hadas… No podía tratarse de una broma para los turistas. Y sus amigos probablemente estaban muertos.
Como ya tenía la costumbre, encendió un cigarrillo, y empezó a fumar, temblando. Al menos eso le calmaría… Un poco más tranquilo, se giró para observar la piedra tras la que se había ocultado… y vio que era una lápida.
-No puede ser…-tembló Jordan-¡No puede ser!
En la lápida ponía "JORDAN MILLS: Fallecido el 31 de Octubre del 2017", y había gravado una imagen suya, sonriendo con su picardía habitual.
-¡Tengo que salir de aquí! ¡Tengo que salir de aquí!-dijo Jordan levantándose. Le daba igual volver a enfrentarse al bosque. Debía escapar.
Entonces, algo más llamó su atención. Entre la niebla, pudo ver como una calabaza de Halloween flotaba hacia él, con un hipnótico brillo.
-¿Qué…eres?-preguntó lentamente Jordan, que olvidó por completo la tumba, su muerte y hasta el cigarrillo.
La calabaza centelleante se acercó cada vez más, y Jordan vio que no volaba, si no que alguien la llevaba… un jinete, a caballo…
-Oh, Dios-Jordan sintió como volvía a sudar otra vez cuando se dio cuenta de que el jinete no tenía cabeza… y que en su otra mano blandía una espada manchada de sangre.
-Jajajajaaaaaa-rió el Jinete Sin Cabeza, dando una patada a su caballo negro, que relinchó y corrió hacia Jordan. El chico echó a correr de nuevo, pero el Jinete le pilló y dando un veloz tajo con su espada, le dio un corte en la espalda, desgarrándole la ropa.
-AAAAAAAH-gritó Jordan, dolorido, notando como la sangre brotaba.
-Jajajajajajaaja-se burló el Jinete de nuevo, volviendo otra vez a levantar su espada.
Jordan vio como el afilado acero se acercaba a su cuello…. Era su fin.
-¡ES MÍO!-rugió el Lobo, saliendo de la nada, y saltando sobre el Jinete Sin Cabeza.
Los dos monstruos forcejearon en el suelo, y el chico, tras observarlos unos instantes, corrió de nuevo, esta vez más deprisa que nunca, dando tumbos y tropezándose, pues la espalda le dolía y estaba empezando a marearse.
-Por favor… por favor-lloriqueó Jordan, tratando de rezar.
La niebla era muy densa y casi no se veía nada, y de fondo se escuchaban explosiones como de cañonazos, y gritos de dolor. El rostro de Jordan sin embargo se iluminó al ver una enorme casa de aspecto gótico surgir de la nada.
-"¡Debo esconderme aquí!-se dijo. Pero luego vaciló-ni de broma… es obvio que algo peor me espera dentro. Este lugar da escalofríos"
Decidió pasar de la casa, pero el aullido del Lobo le puso los pelos de punta.
-¡Espera cerdito! ¡Espérame! ¡Aún te tengo que comer!-exclamó el animal, riendo con maldad.
-¡NO!-gritó Jordan desesperado, y corrió a la siniestra casa, tratando de esconderse.
Bloqueó la puerta principal, y también las ventanas. Había en la casa un enorme salón, lleno de muebles tapados por sábanas, y antiguos retratos. Encima de la chimenea había un enorme espejo, lleno de polvo, que emitía un extraño brillo azulado.
El Lobo comenzó a aporrear la puerta de la casa.
-¡Abrid cerditos! ¡Soy vuestra mamá!-dijo.
Jordan subió las escaleras al piso de arriba, y se escondió en el cuarto de baño. Allí aquel engendro no le encontraría. O sí. Vio que la ventana del baño era lo suficientemente grande como para descolgarse por ella y escapar. No temía a las alturas, y era un chico bastante ágil, por lo que no le costaría huir.
Pero mientras esperaba encerrado en el baño, vio que la bañera estaba tapada por una cortina, y detrás de ella se escondía algo. Jordan rompió el espejo del baño, y cogió un afilado trozo de cristal, listo para clavárselo a cualquier cosa que se ocultara detrás de la cortina.
-Una… dos…-dijo en voz baja. Y descorrió la cortina, para encontrarse con un espectáculo aterrador: sus tres amigos estaban allí, o al menos lo que quedaba de ellos. Sus rostros estaban descarnados, tenían marcas de moderduras por todas partes y la bañera se había inundado de su sangre. Estaban muertos. O al menos dos de ellos. El tercero, el último que había desaparecido, extendió su brazo mutilado y dijo con una voz ahogada, mientras le brotaba sangre de la boca y la garganta:
-Jordan… ayúdame.
Aquello fue demasiado para el chico, que lanzando otro alarido de espanto salió corriendo del baño. No podía salvar a sus amigos. ¡Ni siquiera podía salvarse él! ¡No quería acabar así! ¡No quería morir!
Iba a bajar las escaleras al piso de abajo cuando se encontró cara a cara con el Lobo, que finalmente había entrado en la casa por la chimenea.
-¡Hola, cerdito mayor! ¡Te voy a comer!-dijo el Lobo, mientras volvía a chorrear saliva de sus fauces. Con su mano derecha sujetaba la espada del Jinete Sin Cabeza, y con la izquierda la botella de vodka de Jordan, que debía de haberse bebido.
-¡DÉJAME!-gritó Jordan, lanzándole el trozo de cristal que había cogido en el baño, y echando a correr de nuevo.
-¡Ven, no seas tímido!-rió el Lobo, persiguiéndole.
Jordan corrió por las habitaciones a toda pastilla, con el Lobo pisándole los talones, volcando muebles y sillas.
-Un dos tres al escondite inglés-canturreó el Lobo, tratando de alcanzar a Jordan-¡Ven aquí, cerdito!
-¡QUE TE DEN!-chilló Jordan, que no pensaba pararse por nada del mundo.
-Muy bien-el Lobo se paró-¡Pues soplaré y soplaré Y TU CASA DERRIBARÉ!
Y diciendo esto dio un tremendo soplido. Jordan, que ya estaba al final del pasillo, notó como un viento fortísimo le elevaba por los aires y le hacía golpearse contra el techo. El Lobo sopló y sopló, y todos los muebles saltaron por los aires. Jordan trató de escapar, pero el soplido le zarandeó y finalmente le hizo caer rodando por las escaleras hasta la planta baja. Dolorido, Jordan se arrastró de nuevo hasta el enorme salón, y se quedó tendido en el suelo, sin fuerzas.
-Bueno, bueno, bueno-dijo el Lobo, bajando hasta donde él estaba-¡Por fin te cogí, pequeñín!
Jordan lloró en silencio. No podía hacer nada más.
-Feliz Halloween, Jordan Mills-dijo el Lobo en un tono de voz horripilante, mientras abría mucho la boca, listo para tragárselo entero.
Jordan vio que la lámpara de araña del salón temblaba. Probablemente, el soplido del Lobo, que había hecho temblar toda la casa, la habría desajustado.
-Feliz Halloween, cerdito-dijo Jordan, sonriendo. Haciendo un último esfuerzo, le quitó la espada del Jinete Sin Cabeza, y la lanzó a la lámpara de araña, cortando el cable que la sujetaba al techo, y haciendo que cayera sobre el Lobo.
-¡AAAAAUUUUUUU!-gritó la bestia, justo antes de que la lámpara le aplastase.
Y así, Jordan se quedó en aquel salón, sin saber que decir, mirando al Lobo aplastado por la lámpara. Había ganado… ¡Había ganado!
¿Había ganado? No estaba tan seguro… aún quedaban monstruos en aquel parque. Quizás el Jinete aún anduviera cerca…
El gran espejo lanzó un destello, y llamó la atención de Jordan. Era un espejo precioso, la verdad. Y le reflejaba muy bien… ¿Era su reflejo?
No era el reflejo de Jordan, si no el de una mujer, una mujer muy, muy hermosa, pero también de aspecto altivo. Vestía de negro y morado, y llevaba en la cabeza una corona de oro. Con una sola mirada de ella, Jordan supo que quería que se acercase.
Lentamente, sin poder resistirse a la mujer, se acercó al espejo más y más, hasta quedar pegado al cristal. La mujer, la Reina, miró a Jordan y sonrió, pero no era una sonrisa de amistad ni alegría. Era una sonrisa malvada.
-Por favor, no lo hagas-pidió el indefenso Jordan, que sabía lo que iba a pasar.
Ella sonrió aún más, y su rostro pasó de ser el de una hermosa diva al de la vieja y espantosa vendedora de manzanas. Jordan gritó, pero no pudo apartarse del espejo a tiempo. Las manos de la vieja atravesaron el cristal, y le agarraron, metiéndole dentro del espejo con ella. Un último grito de miedo fue lo que Jordan dejó en este mundo.
Cuando su madre fue a Disney World pidiendo explicaciones, nadie le dijo nada, ya que según los vigilantes, ni el chico ni sus amigos habían pasado por allí. Ella llamó incluso a la policía, pero al parecer, ya estaban acostumbrados a aquellas denuncias, y no hicieron absolutamente nada por ayudarla.
Recorriendo el parque buscando a su hijo, sus pasos la llevaron hasta una casa gótica de aspecto amenazante. Sin saber cómo era que había ido a parar allí, ni por qué estaba tan segura de que su niño se había metido dentro, ella se adentró en la mansión, y la recorrió de arriba abajo. Pero no encontró nada. Todo parecía totalmente normal (para ser aquel tipo de casa), y la lámpara de araña colgaba del techo, firmemente sujeta.
La señora Mills, entristecida, miró al espejo de la chimenea, y por un instante, se quedó paralizada.
-¿Jordan?-dijo, asustada. Pero luego pensó que lo había imaginado.
Por un momento, el reflejo de su hijo, en brazos de una mujer muy hermosa, había aparecido en el espejo. Pero debió de ser una ilusión óptica.
Nunca le volvió a ver.
