Parte I

Leia entró en su habitación dando un portazo, intentando controlar su respiración y recuperar la calma que alguien de su posición debía mostrar. No había tenido un buen día, todos parecían relajados ante la destrucción de la Estrella de la Muerte semanas antes. Solo ella parecía recordar que tanto el Imperio como Darth Vader seguían ahí fuera. Claro que solo ella había sido torturada. Se coló entre las sábanas de su cama sin molestarse en probar bocado o desvestirse. Estaba demasiado cabreada para hacer algo más que pensar.

Se había pasado mañana y tarde dando órdenes a unos y otros, y cada vez que pasaba por delante de los rebeldes todos evitaban por todos los medios mirarla a los ojos. Para rematar el día, por supuesto, Han Solo había tenido que entrometerse en sus decisiones. El resultado: Ambos peleando a gritos frente a media Alianza.

...Yo solo digo que no hace falta ir gritando a todo el mundo, su Alteza. ¿Era así como trataba a su gente en Alderaan?

Eso había sido un golpe bajo incluso para alguien como él. Mencionar su recién destruido hogar...Pero Leia no iba a dejar que sus palabras le afectasen.

¿Y qué sabe usted de cómo debe tratarse a la gente, Capitán?¿Acaso ha tenido alguna vez a alguien, aparte de un Wookie que le debe la vida y no tiene otra opción más que seguirle? Háganos un favor y vuelva a su casa.

Y así había dado media vuelta, dejando a Han con una expresión que no se iba a molestar en descifrar en el rostro. ¿Qué se creía? Ni siquiera era parte oficial de la Rebelión. Y ya había sido recompensado por el rescate que él y Luke llevaron a cabo. ¿Por qué seguía allí?

Estúpido mercenario, idiota, insensible. ¿Dónde está su educación? Siempre tiene que molestarme. Solo su presencia ya me molesta. Y pensar que hubo días en los que consideraba ser su amiga...¿Cómo se atreve a hablar de Alderaan? Sabe de sobra que todavía me siento culpable. No pienso dirigirle la palabra nunca más. Espero que tome en serio mi consejo y vuelva a su planeta. No me importa. Que coja su desastrosa nave y vaya a reunirse con su familia, si es que no le han desheredado todavía...

El incesante ruido de pasos, golpes y gente hablando en una lengua desconocida hizo que la princesa despertase sobresaltada y desorientada. La luz solar penetraba en la habitación con demasiada fuerza. Estaba tumbada sobre una superficie fría que para nada recordaba a la calidez de la cama en la que se había dormido. Fue entonces cuando recordó que su habitación no tenía ventanas. Se incorporó, frotando sus ojos hasta que se acostumbraron a la luz, y miró alrededor para encontrar lo que parecía ser el interior de una vieja fábrica de telas. Se encontraba sentada en el suelo, sobre una de aquellas telas, con un horrible dolor de cuello. Como si hubiera dormido allí toda la noche.

¿Dónde demonios estoy?

Todavía llevaba puesto su blanco uniforme del día anterior, aunque ahora más sucio que como lo recordaba. Rápidamente se puso en pie para inspeccionar el lugar.

Desarmada y sin saber dónde estoy. Esto no pinta nada bien. Al menos aún tengo mi identificación.

La sala estaba totalmente vacía. De hecho, parecía abandonada. Una gran puerta de madera adornaba el fondo de la misma. Leia se acercó sigilosamente, esquivando viejas herramientas esparcidas por el suelo, y la empujó con cuidado. Al otro lado, apareció una estrecha calle comercial. Diferentes puestos y seres se arremolinaban, impidiendo el paso a los que intentaban cruzar a la siguiente calle. Hacía más calor del que recordaba. Eso no podía ser Hoth. No había hielo por ninguna parte. Y la base rebelde se había instalado allí precisamente porque era un planeta casi deshabitado.

Insegura, debatió unos segundos si salir o no. Debía encontrar un transporte o una forma de comunicarse con la base para que alguien fuese a por ella. No había caso en preguntarse qué hacia allí o cómo había llegado. Tenía que volver.

Ya en la calle, observó con detenimiento a las personas que iban y venían. La mayoría de ellas estaban concentradas en sus compras.

Una mujer de mediana edad con expresión amable pasó por al lado de Leia y ella aprovechó la oportunidad.

‒Disculpe...‒dijo, cautelosa.

La mujer paró, mirando a la princesa de arriba a abajo pero sin pronunciar palabra. ¿Me habrá reconocido?

‒¿Podría...Podría decirme dónde estoy?‒preguntó, avergonzada por lo absurdo de la situación. Cuando la mujer no respondió, añadió‒¿Habla usted básico?

Esta la miró como si estuviese loca y siguió caminando. Leia suspiró.

No, supongo que no lo habla...

Se acercó a uno de los puestos e intentó preguntarle a uno de los ocupados mercaderes. Cuando por fin captó la atención de uno de ellos, este la miró, al igual que la mujer, como si estuviese loca. Pero esta vez porque sí la habían entendido.

‒¿Te has perdido, monada?‒dijo el hombre, que probablemente tomó a Leia por una simple adolescente que había escapado de su casa.

‒Uhm...Si, supongo que sí.

‒No estás lejos de la capital. Sigue por allí‒le indicó con la mano una de las callejuelas que conectaban con la comercial.

¿La capital?

‒¿Puede decirme el nombre del planeta?‒preguntó, evitando los empujones de la gente que intentaba hacerse paso hasta la tienda.

‒Ah, ya veo, alguien ha bebido demasiado esta noche, ¿eh?‒el hombre rió y volvió al trabajo, dejándola con la palabra en la boca.

Genial. Si no sé ni dónde estoy, ¿cómo van a venir a por mí?

Resignada, siguió caminando calle arriba, en dirección a "la capital". Todos a su alrededor hablaban en un idioma que ella desconocía. Solo de vez en cuando escuchaba a alguien hablando en básico. Dispuesta a que no la tomasen por loca más veces, decidió no preguntar hasta que encontrase a alguien más serio. Sin embargo, mientras andaba, uno de los carteles expuestos en una de las callejuelas captó totalmente su atención. En él se leía:

"Celebración del nuevo año: Gran fiesta en nuestro pub.

Comienza otro año del 19 ABY con nuestras mágicas bebidas

y deliciosa compañía."

El cartel parecía tener unas cuantas semanas de antigüedad, visto el estado en el que se encontraba. Pero algo no estaba bien. Leia juraría que el día anterior, en la base rebelde, se encontraban en el año 0. ¿Cómo era posible que ese cartel rezase la llegada de uno del 19? Ese era el año en que ella misma había nacido. Definitivamente, algo no iba para nada bien. Más confundida que antes y con un mal presentimiento, continuó caminando.

No sabía a dónde se dirigía. No tenía ni idea de qué pinta tendría la capital o de cómo sabría que había llegado a ella. Un grupo de hombres apoyados en la puerta de un bar se giró para mirarla cuando pasó por delante de ellos. Descarados.

Leia aceleró el paso apretando los puños contra sus costados mientras escuchaba a los hombres reír e intercambiar palabras en su idioma. Ojalá tuviera mi bláster. Entonces yo también me reiría.

Llegó a lo que parecía ser una de las calles más transitadas y eso la hizo sentirse un poco mejor. Eso debía ser la capital. Ahora solo tenía que encontrar un medio para comunicarse con la base.

La cantidad de gente que allí se encontraba no podía compararse a la que había visto hasta ahora. Apenas podía dar un paso sin tropezar con alguien. Intentando seguir el ritmo de los transeúntes, se concentró en mirar las diferentes tiendas en busca de alguien que pudiese ayudarla.

De repente, sintió un tirón en uno de sus bolsillos y algo que la empujó con fuerza hasta hacerla chocar con un viejo droide que empezó a soltar improperios en su lengua. Incorporándose con agilidad, buscó al culpable entre la muchedumbre. No le costó demasiado identificar una pequeña sombra que se alejaba corriendo con su identificación en la mano. Oh, mierda.

‒¡Eh, tú!‒gritó‒¡Vuelve aquí!

La princesa echó a correr detrás del pequeño ladrón, chocándose y disculpándose con todo el que se metía en su camino. Corrió y corrió con todas sus fuerzas a pesar de que el calor empezaba a sofocarla. Pero pronto se hizo evidente que el ladrón conocía mejor aquel lugar que ella. Desapareció en lo que parecía ser un callejón sin salida y, cuando Leia se aproximó, ya no estaba allí y ella se encontraba mirando a una enorme valla de madera.

‒¡Mierda!¡Ni siquiera llevaba dinero!‒gritó con rabia a la nada, mientras daba una patada a la valla.

Cabreada y acalorada, se dejó caer hasta estar sentada en el suelo. Se quitó el chaleco del uniforme rebelde que llevaba y lo tiró a un lado. Bueno, ¿y ahora qué?¿qué puede ir peor?

...

Debía llevar más de una hora allí sentada, pensando en qué demonios hacer, cuando tres hombres aparecieron por un lado del callejón. Indiferente al principio, no les prestó atención hasta que se colocaron a un metro de ella. Reconoció al más alto y moreno como uno de los que se habían reído de ella en la entrada de aquel bar. Le preguntaron algo y Leia se levantó, cruzándose de brazos y manteniendo la distancia.

‒No hablo vuestro idioma‒dijo con seguridad.

Se miraron entre ellos y el moreno dio un paso hacia ella. Leia se pegó a la valla cuanto pudo y extendió el brazo.

‒No te acerques‒el hombre sonrió de lado.

‒Tranquila, encanto, podemos ayudarte‒dijo, mientras los otros dos se mantenían fijos en su sitio.

‒No necesito vuestra ayuda‒afirmó con autoridad.

‒¿Estás segura?‒el hombre se acercó todavía más a ella.

Entonces Leia recordó las palabras que su padre, Bail Organa, le había dicho un ya lejano día en Alderaan: Una mujer desarmada siempre es más poderosa que un hombre desarmado. Sin pensarlo dos veces, levantó su rodilla para golpear con fuerza al hombre en la entrepierna y lo empujó contra la valla. Gracias, papá. Echó a correr antes de que los otros pudieran reaccionar al grito de dolor de su compañero.

De vuelta en la avenida principal, siguió corriendo hasta que estuvo segura de que no la seguían. Entró a un discreto pero concurrido pub e intentó entrar a uno de los baños sin que la vieran. No quería buscarse un lío por usar las instalaciones sin consumir. Cambió su peinado y se quitó la camisa del uniforme, quedando solo con una simple camiseta de manga corta blanca. A la salida del baño, divisó una puerta trasera en el local y decidió usarla para evitar problemas. Daba a otro pequeño callejón que ya estaba ocupado por alguien. Una mujer que no parecía mucho más mayor que ella estaba gritando a otra persona. Un niño que, al parecer, había tirado al suelo todos los cubos de basura del local e intentaba llevarse algo de ellos.

Leia reconoció la espalda del chico como la del ladrón de su identificación. Decidió que de eso sí podía hacerse cargo.

La joven forcejeaba con el niño cuando ella se acercó. Ambos la miraron pero Leia solo cogió al niño por el brazo, sin mirarlo, mientras se dirigía a la mujer.

‒Está bien‒dijo‒. Deja de gritarle o llamarás la atención de todos. Yo me encargo de este ladrón.

No le hacía falta hablar la misma lengua para saber que aquella desconocida no se conformaba con deshacerse del niño.

‒Oye, no te entiendo, pero me voy a llevar al chico, ¿vale? Ya no te dará más problemas‒dijo.

Agarrando con fuerza el brazo del pequeño, que soltó lo que tenía entre manos a regañadientes, echó a andar a paso ligero mientras escuchaba como la mujer recogía los cubos y farfullaba con resentimiento.

Al llegar a la esquina, el chico se revolvió intentando zafarse de su agarre. Leia lo soltó pero lo mantuvo acorralado contra la pared.

‒De acuerdo, pequeño diablo, ahora vas a...

Pero la princesa se quedó sin habla cuando miró al niño a la cara por primera vez. Se le hacía extrañamente familiar.

Demasiado familiar. ¿Dónde he visto esos ojos?

Recorrió sus facciones mientras su mente trabajaba a mil por hora. Al detenerse en su barbilla, lo supo. No había cicatriz. Pero sus ojos, su nariz, sus cejas...todo en ese niño era extrañamente parecido a Han Solo.

No debía tener más de 8 años. ¿Podría ser aquel niño un familiar de Han? ¿Su hijo? Pero si así era, ¿por qué estaba solo en este planeta desconocido?

‒¿Dónde estoy?‒preguntó.

El niño frunció el ceño confundido.

‒¿Me entiendes?‒dijo, de nuevo‒¿Hablas básico?

‒Claro que lo hablo‒contestó con arrogancia infantil.

Incluso en eso se parece a Han.

‒Entonces contéstame.

‒¿Estás drogada?‒preguntó el niño, mirándola a los ojos en busca de la respuesta.

‒¡No! ¡Solo quiero saber en qué maldito planeta estoy!‒exclamó zarandeando al niño, perdiendo la paciencia.

‒¿Qué me das a cambio si te lo digo?‒dijo él de repente.

‒¿Cómo?

‒Quiero algo a cambio.

‒Oye, mira, me has robado la identificación, y siento decirte que eso es lo único valioso que llevaba encima...

‒¿Crees que soy tonto?‒la interrumpió‒¿Vas así vestida pero no tienes dinero?

Leia miró al niño de arriba a abajo. Iba hecho un desastre. Solo ahora se daba cuenta de que le faltaba un zapato. Además sus pantalones le quedaban cortos y su camiseta estaba rota por un lado.

Suspiró y se pasó las manos por la cara, intentando recobrar la calma.

‒No tengo nada aquí‒admitió‒. Pero quizá si me ayudas, pueda recompensarte más tarde.

El niño pareció meditarlo unos segundos hasta que volvió a hablar.

‒Estás en Corellia. 19 ABY.

Le estaba mintiendo. Era el año 0. El chico mentía. No podía estar en el 19 ABY. ¿Cómo era eso posible?¿Viajar a otro planeta y además en el tiempo? Debía estar volviéndose loca. Se sintió mareada y exhausta. Se apoyó contra la pared para evitar desmayarse. Escuchaba el murmullo de la gente al pasar.

Tengo que salir de aquí.

Tengo que salir de aquí.

‒Eh‒Leia sintió unos dedos dando golpecitos en su brazo‒¿te vas a morir?

Enfocó la vista en el niño que seguía ahí de pie mirándola e intentó recomponerse. Seguramente esperaba una recompensa por decirle dónde estaba. ¿Qué iba a hacer ahora?¿Cómo se viajaba en el tiempo?¿Qué había hecho?

El calor seguía haciéndose más insoportable y ella empezaba a echar mucho de menos el agua y el frío de Hoth. Incapaz de pensar en nada más, volvió su atención al pequeño.

‒¿Cuántos años tienes?‒le preguntó.

Vio inseguridad en su rostro antes de responder.

‒No te importa‒dijo el niño, cruzándose de brazos.

Esto es más difícil de lo que creía...

‒Vale, supongo que no. Dime al menos cómo te llamas‒Al ver que no respondía, continuó‒. Yo soy Leia‒y extendió su mano hacia delante.

Él la miró y luego miró a su mano, pero no se movió.

‒Ya lo sé. Tengo tu identificación.

Leia volvió a suspirar.

‒De acuerdo‒dijo‒. Entonces te llamaré Han.

El niño abrió los ojos sorprendido y se alejó de ella, tropezando sobre sus propios pies. La princesa lo miró con curiosidad.

¿Está asustado?

19 ABY...

Un momento. ¿Podrá ser que...?

Oh dios mío.

Este niño no es familia de Han Solo.

Este niño es Han Solo.

Continuará.