CAPITULO UNO

La mujer entró a la casa por la ventana. Felina, elegante, envuelta en su traje ajustado de licra negra.

El unifamiliar pertenecía a un ricachón tan viejo que tenía un pie en la tumba, a uno que en esos momentos estaba en un balneario a donde había ido a pasar el fin de semana. Y ella lo sabía, pues llevaba días vigilando la casa.

Ahora, por fin, estaba desierta y ella podría robar todo lo que desease.

Lo que desconocía era que quedaba alguien dentro, un hombre que se había acercado en silencio al escuchar el ruido que la ladrona hacía al registrar un mueble.

El hijo del dueño estaba allí, oculto tras el umbral entreabierto de la puerta del salón, observando cómo la bella joven intentaba abrir la caja fuerte que había tras los cajones falsos de un escritorio.

Ella estaba inclinada, tecleando un código. Sus piernas, enfundadas en negro y ligeramente dobladas, se apoyaban sobre unas botas de tacón, uno que realzaba las formas de su trasero. Su espalda, digna de una diosa griega, se tensaba casi horizontal al suelo. Y, sobre todo, su culo, ese culo, parecía estar ofrecido a él en todo su prieto, delicioso y bien formado esplendor; tentándole con esas mallas que se le clavaban marcándole la raja e insinuando las carnes íntimas de su coño.

El hombre contuvo el aliento, esforzándose por no expulsarlo de golpe a causa de lo que estaba viendo.

Había oído hablar mucho de la pantera negra, la sexy la ladrona que se dedicaba a entrar en casas ajenas. Ahora estaba en la suya y se creía impune para robar el dinero de su padre.

Sonrió.

¡Qué ingenua era!

Ella y todo su delicioso cuerpo estaban a su merced para que la castigara como se merecía. ¡Qué poco se imaginaba la mujer que él llevaba varias noches fantaseando con someterla!

Porque ni por asomo pensaba llamar a la policía, tenía modos mucho más... satisfactorios para hacer que ella se fuera con las manos vacías y conscientes del precio que tenía entrar en esa casa.

Su casa.

O al menos lo era en todo menos en las escrituras.

Silencioso como un depredador devoró la distancia que lo separaba de ese culo tan incitante, se paró a pocos centímetros de él y agarró las dos muñecas de la joven. Se las retorció, hacia afuera, a la vez que forzaba a sus brazos a colocarse en su espalda y continuaba tirando de ellos hacia arriba.

Entonces, pegó su polla a ese delicioso trasero y le susurró al oído.

—Eres mía.