DISCLAIMER: Los personajes y el universo de la siguiente historia no me pertenecen, todos ellos son propiedad intelectual de Masashi Kishimoto. La presente obra no persigue ningún fin de lucro o beneficio monetario hacia mi persona, solo es una historia derivada del manga y anime Naruto, cuyo único objetivo es entretener a aquellas personas que se tomen el tiempo de leer esta historia. Agradezco a todos ustedes y acepto toda clase de críticas en el marco del respeto. NO responderé ni toleraré Reviews de haters de las parejas que yo haya establecido en este fanfic y que de hecho respetan la voluntad del autor de la obra original.
Sin más, los dejo con esta pequeña introducción desde el POV de Sakura, la historia a partir de la segunda mitad del Capítulo II será contada a ustedes mediante narrador omnisciente.
"Lo que hace que la ingenuidad sea tan agradable, es que no puede durar mucho."
Antoine F. Rondelet
Capítulo I: El precio de la ingenuidad
Quizás ya te lo imagines o quizás no, yo soy Sakura Haruno y esta no es mi historia más que de cualquier otra persona de mi Aldea.
Tiempo atrás, cuando el mundo shinobi comenzaba a organizarse, surgieron las Cinco Grandes Naciones, tras muchas negociaciones, muchas guerras y más negociaciones, finalmente un día creímos que habíamos alcanzado la paz entre nosotros, conformamos una alianza para combatir un enemigo en común, nos fortalecimos mutuamente y tras largas batallas e incontables sacrificios ganamos la guerra.
Durante dos años creímos que la paz por fin era algo posible, sin embargo un nuevo enemigo surgió, esta vez, con el fin de destruir el mundo que había hecho mal uso de las enseñanzas antiguas esparciendo el sufrimiento y la violencia, nuevamente debimos iniciar una batalla para detenerlo, afortunadamente el mundo shinobi se salvó otra vez, pero incluso entonces no fue suficiente, aprovechando la inestabilidad ocasionada por este último ataque, surgió el peor enemigo de los ninjas… quizás el peor enemigo de toda la humanidad: El pasado olvidado.
Irónicamente aún cuando la democracia presupone la efectividad de cualquier sistema porque contiene y engloba las perspectivas de las mayorías, olvida y aliena a quienes más protección necesitan. Normalmente las minorías deben aceptar y acatar lo que las mayorías imponen, aún a costa de su perjuicio. Durante todos los años que las Cinco Grandes Naciones combatieron entre sí, buscando su propio beneficio, las pequeñas aldeas se vieron obligadas a resistir, a ser campos de batallas, trincheras, lugares de saqueo, tierra de nadie…
En la tierra se abrió una herida, una tan profunda que alcanzó su núcleo, una herida tan hostil que ni siquiera los nobles sacrificios ni la voluntad de los héroes de guerra, lograron cicatrizar, que el mundo alcanzara la paz no era suficiente para callar los gritos de aquellos caídos en la guerra que no habían escogido, de naciones que con la paz no habían ganado más que silencio; un silencio que hería mortalmente recrudeciendo la grieta del suelo, el magma como sangre hirviente comenzó a brotar calcinando los tejidos de la tierra en el proceso, fortaleciéndose, condensándose, aguardando el momento exacto para acudir a la superficie y arrasar con todo a su paso, quizás así finalmente la fisura podría convertirse en cicatriz.
Así fue como durante décadas, las pequeñas naciones se hicieron en silencio con la fuerza militar necesaria, conformaron su propia alianza, establecieron su propio sistema de inteligencia y cuando finalmente consiguieron hacerse con el Arma Absoluta, cayeron sobre las Cinco Grandes Naciones con el aplastante peso del Quid Pro Quo.
El proceso fue tan brutal como gradual, pero aquellos que todo lo han perdido saben donde hundir el filo de su arma para que este hiera más, mientras que los antiguos sueños de nuestros predecesores fueron los de proteger a los más vulnerables, ellos fueron el primer blanco de nuestros enemigos, volaron los hospitales y las academias… fue tan poco lo que pudimos salvar, aún recuerdo como una fotografía al equipo de rescate revolviendo entre los escombros, cegados por las cenizas y el polvo, las nauseas que provocaba el hedor de la muerte extendiéndose sobre nosotros.
Una vez creada la inestabilidad e inyectado el germen del horror que se extiende como una plaga, pronto llegaría el momento de ir por nuestros soldados más poderosos, con el Arma Absoluta podían contener cualquier poder durante el tiempo suficiente como para aplicar a sus víctimas el segundo gran instrumento que fue el detonador de nuestra caída: El suero de la sombra.
Mientras que el Arma Absoluta es un meta-humano cuya sangre produce una enzima capaz de neutralizar cualquier chakra durante siete minutos, el suero de la sombra es una sustancia que una vez introducida en el organismo puede clonar el chakra, contaminando la sangre del huésped luego de la aplicación, solo es necesario extraer pocas gotas de sangre de la víctima para completar el proceso y apoderarse de las habilidades y fuerza únicas de cada persona.
En batalla hubiera sido muy difícil superarnos por aquel entonces, con nuestro sistema de inteligencia y las alertas lanzadas sobre todas nuestras naciones, parecía que el inminente caos quedaría para la posteridad como una triste oleada de ataques terroristas, éramos tan ingenuos. No conseguimos ver entre nuestras propias filas a los traidores; mientras estábamos tan ocupados poniendo los ojos fuera, inventando enemigos, desconfiando de nuestros propios aliados foráneos, los pequeños relegados de siempre nos resultaban incluso insignificantes como enemigos, tejían la trampa mortal en la cual quedaríamos enredados sin escapatoria. Cuando nos dimos cuenta, ya era demasiado tarde para todo.
Yo estaba junto a Naruto en la reunión de emergencia la noche fatídica. Todavía lo recuerdo caer retorciéndose delante de mis ojos luego de beber un insignificante vaso de agua, así como pasó con las aldeas pequeñas, de lo último que se sospecha es de lo más inocuo. Mi jutsu médico no funcionaba, sencillamente no estaba padeciendo una dolencia física, pero podía sentir a Kurama agitándose en su interior, entonces lo comprendí todo, exigí que nadie tocara el agua y luego las luces se extinguieron por completo, se sucedieron explosiones y gases lagrimógenos, todos sabíamos que a continuación perderíamos la consciencia por las drogas del humo, y cuando tienes solo segundos para actuar a veces tomas medidas desesperadas.
Con nuestra basta investigación no habíamos conseguido contrarrestar los efectos de la sangre del Arma Absoluta ni del suero de las sombras, sin embargo con Shizune habíamos descubierto que el suero no podía clonar el chakra de personas muertas o comatosas… Muchos pueden pensar que fui egoísta, que usando la fuerza y el conocimiento que me fue dado para ayudar, dejé en coma a mi mejor amigo para que los enemigos no pudieran hacerse con su poder… quizás tengan razón, probablemente sea la persona más fría y egoísta del mundo, pero ante la desesperación fue mi única alternativa… recuerdo que perdí la consciencia con lágrimas en los ojos, rogando que hubiera vuelta atrás, que los enemigos no pudieran hacer nada al respecto y que algún día Naruto me perdonara por tomar aquella decisión infame.
Cuando desperté el mundo no era el mismo, recuerdo el rostro ceniciento de Sai, contemplándome con preocupación y alivio simultáneos, a duras penas el movimiento que hoy se conoce como la Resistencia, había conseguido frustrar el asalto a la reunión de emergencia, bajo el impecable liderazgo de nuestro actual cabecilla: Shikamaru, la operación había sido tan exitosa como pudo serlo, los invasores habían conseguido llevarse tanto a nuestro Hokage, como a Gaara y Mei; pero nuestra prioridad siempre había sido rescatar a Naruto y allí lo teníamos, o al menos a lo que quedaba de él… una especie de corteza vacía, y a pesar de que todos me repetían que no de haber sido por mi intervención no habríamos conseguido salvarlo de las garras enemigas, yo no podía dejar de lado ese sentimiento desolador de culpa que me acosaba día y noche; incluso cuando me quedaba observando el semblante atormentado de Hinata, que de alguna manera se forzaba a sonreírme pese a su dolor por haberle arrebatado lo que más amaba en el mundo. ¡Diablos! en ese entonces realmente hubiera preferido que me culpara y me odiara, cualquier cosa menos ese dolor estoico con el que cargaba sola y sin atreverse a dejar estallar para no herirme más de lo que yo ya me hería.
Con el correr de los días la resistencia había entendido que deberíamos tomar medidas más radicales. Las siguientes 72 horas fueron aún más crudas y violentas que cualquier guerra de la que el mundo shinobi haya sido testigo, hoy en día se sigue recordando el evento como Las Tres Lunas Sangrientas, mientras intentábamos optimizar la seguridad de nuestros cuarteles, muchos de nuestros aliados habían intentado enfocar sobre sí mismos la atención de la Alianza de las Pesadillas (así es como llamamos entre nosotros a lo que nuestra actual dictadura denomina Reformistas Radicales de la Paz), intentando falsos asaltos a los Campos de Concentración en que habían convertido nuestras antiguas arenas de combate.
Todo había sido en vano, solo Ino, Lee y Kankuro habían regresado apenas con vida, el resto de nuestros aliados habían sido asesinados o capturados y llevados a los campos de concentración, sentí una impotencia tan enorme de no haber podido siquiera aprender la mayoría de sus nombres y que de alguna manera eso me aliviara por no haber perdido a nadie cercano, creía que era el sentimiento más contradictorio y más terrible que tendría en mi vida… pero ya lo dije: Era muy ingenua. Conforme pasaban las horas eternas nuevos informes de caídos nos llegaban, el segundo día fue mucho peor, no solo los shinobis eran brutalmente masacrados, los civiles comenzaron a ser perseguidos y capturados, se puso especial atención en los familiares de los miembros de la Resistencia, bajo amenaza de muerte se obligó al resto de la población a perseguir y delatar a nuestras familias y amigos, entonces nuestra propia desestructuración comenzó… de un minuto para otro la prioridad dejó de ser la Resistencia e incluso nuestra propia supervivencia, nuestro único objetivo era poner a salvo a nuestras familias.
Tengo un cierto vacío de recuerdos del momento en que abandoné el cuartel y me precipité hacia mi casa, ni siquiera se como logré eludir las guardias Reformistas, solo consigo recordar el sonido de mi propio corazón bombeando frenético, ensordeciéndome ante la desesperación creciente y luego el estallido de un grito de guerra que me brotó desde el pecho cuando llegué a mi destino y solo encontré una casa saqueada sin rastro de vida alguno en ningún rincón, con esa misma desesperación regresé al cuartel rogando que alguno de mis compañeros hubiera encontrado a mis padres y los hubiera puesto a salvo (creo que a esta altura no tiene sentido seguir recalcando que yo era muy ingenua), pero desde luego no tuve buenas noticias, muy pocos habían conseguido rescatar a sus familiares.
La mañana siguiente a esa fatídica noche extremamos nuestras precauciones, por un lado recibíamos ayuda de Toneri –nuestro enemigo más reciente, ahora redimido- quien usando sus habilidades especiales se ofreció a prestar ayuda para comunicar nuestras guaridas mediante portales de su propia dimensión que comunicaban directamente con la luna y que solo podrían ser atravesados por quienes él autorizara; por el otro lado los Sensores intentaban recolectar información para infiltrarnos en los territorios enemigos y así recuperar algunos prisioneros, sabíamos que nuestros compañeros de armas no serían asesinados con facilidad pues a los Reformistas, ellos les eran más útiles estando con vida; sin embargo los civiles eran harina de otro costal y nosotros sabíamos que los utilizarían como carnada para hacernos salir, nuestras cabezas tenían puestas precios irrisorios, de un día para el otro pasamos a encabezar las páginas del libro Bingo como criminales de rango S; todo se estaba convirtiendo en una locura absurda, sabíamos que teníamos que infiltrarnos de alguna manera y quizás ese fue el preludio de la inminente destrucción de la persona que yo había sido hasta ese momento.
Próximo Capitulo: El precio de resistir
