Quid Pro Quo
Historia original, con aparición sorpresa de personajes de la historia principal.
Entre Tus Garras y esta historia no tienen más conexión que dichas apariciones y dragones.
En una tierra lejana.
Año 3105
Corría para escapar, sus perseguidores iban tras él para recuperar el collar que llevaba puesto. Ese collar valía mucho, lo suficiente como para vivir sin preocupaciones por años si lo vendía a buen precio. Pero aquel desgraciado de Ikuto le acusó y ahora tenía a varios guardias detrás de él, correteándolo desde el pueblo. Si algo sabía, es que eran más peligrosos los guardias que los dragones que habitaban la tierra. Con los reptiles podía aspirar una muerte rápida.
El sonido de una cascada llegó a sus oídos, y supo que estaba llegando a la Caída del Diablo, los límites del pueblo y entrada a los territorios de los dragones. Todos solo se atrevían a ir a allí por el agua y nada más. Maldición.
Finalmente, se detuvo allí. Abajo podía ver el gran lago que iba desembocando en un río a la lejanía, la tierra salvaje rodeándola. Saltar allí era suicidio, si no lo mataba la caída lo harían las criaturas cuando alcanzara tierra...si es que no le arrastraba el río o lo ahogaba el agua; en resumen: era hombre muerto.
—Pero ya soy hombre muerto al robarme esto. —Dio una mirada hacia los guardias, y sin pensarlo dos veces, se dejó caer al vacío.
En cuanto los guardias alcanzaron el lugar donde él estaba, las aguas le habían desaparecido.
En una orilla del río metros más abajo, el cuerpo de un joven inconsciente acabó arrastrado. La cadena de oro de su collar lanzaba brillos tenues. El brillo de la gema llamó la atención de uno de los dragones que cazaba cerca de las orillas del bosque, un espécimen pequeño en comparación a los otros dragones tan grandes como una torre y a pesar de todo, el dragón podía fácilmente alcanzar los dos metros de tres metros de altura.
El dragón de escamas azul índigo, se acercó al brillo encontrándose con un hombre que sostenía la joya más bella que había visto en su vida. Iba a tomar el collar cuando vio que el humano seguía con vida. Gruñó olisqueando al hombre. De hecho..., olía bastante bien. Sus compañeros decían que los humanos olían mal pero éste...éste hombre tenía un olor silvestre, muy atrayente.
Mirando a derecha e izquierda para verificar que nadie lo estaba viendo, con sus dientes tomó la ropa del humano arrastrándolo lejos de la corriente del agua, adentrándose en el bosque.
Pasó un tiempo antes de que el joven se removiera. Tosió varias veces, los párpados temblando cuando intentaba abrirlos. Lentamente se volteó, su cuerpo dejándole entrever los dolores de la caída. Enfocó a su alrededor; debía ser entrada la tarde, y estaba rodeado de floresta. ¿Cómo es posible que estuviera tan lejos de la orilla? Se palpó el pecho, sacando el collar con el diamante acompañado de granates. Estaba intacto, suspiro de alivio.
A punto de levantarse sintió una presencia que le dejó helado. Ahora que estaba consciente, notó que era la tierra salvaje. Dragones.
A pocos metros de él estaba el dragón de escamas índigo, recostado comiendo un pedazo de carne. Un rayo de sol que se colaba entre los árboles caía sobre él para calentar sus escamas haciendo que las mismas brillaran. Con la luz dándole directamente el hombre podía detallarlo: grandes cuernos arrugado adornaban su cabeza, las alas estaban plegadas contra su lomo, la cola que era igual de grande que las alas se movía perezosamente entre sus patas dejando ver un abanico membranoso en la punta de la cola.
El joven estaba inmóvil, observando la carne y como era desgarrada por los dientes. Imaginaba su propio cuerpo en esas fauces. Con pasos lentos se fue alejando, zancadas largas y calculadas. Giró su cuerpo al ver un árbol. Solo tenía que perderse por el bosque de él y encontrar luego cómo volver al camino que le llevaría al pueblo vecino. Pero el dragón estaba muy pendiente del humano. Antes de que siquiera lograra acercarse a uno de los árboles, el dragón dejó la carne para ir en pos del hombre. Con un par de aleteadas se elevó y cayó encima del humano, atrapándolo con sus patas delanteras, todo su cuerpo haciendo presión sobre las piernas del hombre para que no escapara.
Ahogando un grito, el chico cayó de espaldas cuando se volvió de improvisto. Las patas delanteras de la bestia estaban cerca de su cuello, y no sería tan idiota para apartarlo aún más viendo retazos de la sangre de aquel trozo de carne en su hocico.
—Ok, ok, tranquilo... —habló, calmando su miedo. Sus ojos grises dejaron de mirar las garras—. Tranquilo, tranquilo. —No sabía si se lo decía a la criatura o a sí mismo—. No me hagas daño.
Ignorando las palabras del aterrorizado hombre, la criatura inclinó el hocico hasta su cuello, con la punta de la nariz escarbó entre sus ropas hasta que dio con la cadena de oro. Sus ojos se dilataron al encontrar la joya.
Pero si en algo pecaba el humano era la codicia. No iba a ceder el collar que tanto le costó por el dragón, a pesar que su respiración le hizo cosquillas. Volvió a cubrir la cadena con las ropas.
—Déjame ir, quítate. —Inició un tembloroso movimiento, sacudiendo las piernas como podía para hacer que el peso sobre él se quitara.
El dragón gruñó en descontento cuando el humano cubrió la joya. Mostró los afilados dientes aún cubiertos con sangre, sus ojos se volvieron dos rendijas y sus pupilas se alargaron. Con una gruñido amenazador, arrancó el collar del cuello del hombre, y con el collar en su pata se sintió satisfecho, caminó de vuelta a donde el pedazo de carne lo esperaba.
—¡No! —Parándose, el joven se interpuso en el camino del dragón—. Devuélvelo. Es mío. ¿Qué demonios harás tú con un collar? ¡No me lancé por la Cascada del Diablo para que vengas a quitármelo!
El dragón arrugó la piel de la frente, era lo equivalente a un ceño fruncido. Con un movimiento de su cola hizo caer al hombre al suelo.
—¿Tuyo? —Se burló la enorme bestia—. No lo creo, humano. Ahora es mi tesoro, siéntete afortunado de que te permito vivir en vez de matarte como debí haber hecho desde un principio.
Volviéndose a levantar, el chico no dijo nada. Así que era cierto, había oído rumores de dragones hablantes. Creía que era un mito.
Miró tras el dragón.
—Cielos, ¿qué es eso? —preguntó pálido. En cuanto el dragón medio volteó, aprovechó de arrebatarle el collar y salir huyendo.
Maldiciones retumbaban en su cabeza al oír el rugido. Mala idea, muy mala. Aún con todos los árboles, la bestia le daba alcance. Y si por suerte lograba huir de él, tal vez otros dragones se sientan atraídos por el collar o sí que no dudarán en matarlo. En primera instancia recordó que este dragón le mantuvo con vida en vez de matarle y quitarle el collar, como si le hubiera importado.
Importado. Querer.
—¡Eso es! —Se detuvo de improvisto, volteándose para encararlo—. ¡Wuo, wuo, tranquilo, alto!
El dragón derrapó hasta que logró detenerse delante del hombre, sus garras hicieron unos profundos surcos en la tierra levantando un montón de polvo intentando detenerse. El reptil todavía tenía el ceño fruncido pero se notaba que estaba curioso por saber lo que iba a decir.
—Te...te propongo un trato. —Carraspeó—. Si en una semana logro hacer que me quieras, me quedo con el collar y me llevaras al límite oeste del bosque... —Podía verse a sí mismo con un cartel de "loco" en la frente mientras hablaba—. Pero si no lo logro..., te lo quedaras y me llevaras allí y así no tendrás que verme ni matarme, nada.
Sentándose en sus cuatros traseros, el animal sopesó la propuesta. Detalló las facciones del hombre: cabello cobrizo y ojos grises, piel trigueña y una fea contusión en la mejilla izquierda muy cerca del ojo.
—¿Cumplirás con el acuerdo?
—¿La cumplirás tú? —preguntó a su vez.
—Mi palabra no es la que está en juego humano —respondió el animal un poco burlón—. De todos modos, no tienes muchas opciones.
Torciendo el gesto, el otro debía admitir que tenía razón. Era eso o morir. Asintió.
—Es un trato y como trato doy mi palabra.
El dragón asintió solemne.
—Te acojo bajo mi protección hasta que el plazo de nuestro trato acabe. —Levantándose, se dio la vuelta para volver al claro donde antes estaban. El dragón todavía tenía hambre pero cuando vio que ya un montón de insectos estaban revoloteando sobre esta dio un gruñido descontento y en cambio continuó caminando en dirección al río.
Suspirando de alivio, guardó el collar en el bolsillo seguro de su pantalón y siguió al dragón. Demonios, se estaba dando cuenta de la situación; podía coquetear con chicas y chicos, ¿pero cómo se supone que lo haría con un saco de escamas?
—Y, em, ¿tienes nombre?
—Aydra...
No estaban tan lejos del río. En poco tiempo se escuchó el correr del agua. El dragón fue el primero en llegar y cuando el trigueño se puso a su lado en la orilla, el dragón le dio un empujón con la cola para que cayera de cara al barro, le puso una garra en la espalda para impedirle escapar y continuó restregándole barro por todo el cuerpo con sus patas.
—¡Ah! ¡No! ¡Basta! —Daba gritos y pataletas, de vez en cuando risas cuando las patas tocaban sus costados. No hacía falta ver que entraba lodo hasta en sus orejas y boca.
Aydra se sintió satisfecho cuando todo el humano estuvo recubierto de lodo, incluso sus pies estaban cubiertos de barro.
—Listo —dijo orgulloso de su labor.
Levantándose, tambaleando un poco, el joven se miró.
—Ag. —Sacudió las manos, mirando ceñudo al dragón—. ¿Y esto que demonios fue..., Aydra? —El nombre fue dicho entre dientes.
—Apestas a humano. —El reptil hizo una mueca de desagrado—. El lodo lo disipará un poco, al menos no serás descubierto de inmediato por los otros. Ve a darte un baño mientras busco algo de comer, pareces un monstruo de lodo.
Gruñendo, sacudió las manos hacia el dragón, manchando su cuerpo de gotas de tierra.
Yendo a la orilla, se quitó la camisa enlodada y el pantalón, junto a los zapatos. Dejó ver un cuerpo delgado y con varios moretones en las zonas donde la camisa cubría los brazos y espalda. Lavó su ropa primero, luego se zambulló en el lago. El dragón observó el cuerpo expuesto, delineando toda la figura con sus ojos amarillos. Sólo cuando el hombre desapareció bajo el agua fue que se decidió caminar río arriba para conseguir un par de peses.
El humano se lavó a consciencia, de cabeza a pies. Luego salió del agua y buscó unas ramas para encender un fuego, suficiente como para poner a secar su ropa y mantenerse tibio a sí mismo. Su camisa se secó rápido, después de todo, la tela era muy ligera. Así que se la colocó mientras esperaba por el abrigo y pantalón. El dragón..., no, Aydra..., se le había perdido de vista. Por seguridad, revisó su pantalón: el collar seguía allí. Respiró aliviado.
Constató entonces en sus hematomas. Debió de haberse golpeado con algunas piedras al caer por la cascada, aunando a eso los golpes que recibió cuando se robó el collar. Por suerte no sentía dolor.
Pasó al menos media hora antes de que se escucharan paso en la dirección del hombre, pero cuando el trigueño se levantó para recibir al dragón se encontró en cambio con otro hombre. Apenas cubierto con una tela que se agarraba a su cintura y caía entre sus largas piernas como una falda, su largo cabello negro soltaba destellos azules cuando el sol le tocaba, piel morena pintada con runas en color negro en sus brazos torso y rostro, ojos azules resaltaban en su atractivo rostro. Era un hombre bastante grande para el promedio, fácilmente podía llegar al metro noventa. Venía cargando dos peces enormes, uno en cada mano, junto a otros de menor tamaño.
El joven tomó uno de los palos de la fogata, apuntando el fuego hacia el recién llegado como espada.
—¿Quién eres tú? ¡No des ni un paso!
—Baja eso humano —le dijo el hombre. Tenía la misma voz que el dragón, seguía siendo imponente y profunda—. Y apaga ese fuego. ¿Quieres que te descubran? —regañó, acercándose a la fogata le echó tierra para apagarla, ésta chisporroteó un poco antes de extinguirse por completo.
—¿Qué...? —No dejaba de seguir con la mirada al extraño. Debía de tener lodo en el cerebro, sí, debía ser eso—. ¿Tú...eres...Aydra? Pero... ¿Cómo...? Se supone que eras..., eres..., eras un saco de escamas...
El pelinegro se volteó a verle, una ceja alzada, esos ojos increíblemente azules lo taladraban como queriendo atravesarle el alma.
—¿Disculpa?
—¡Eso mismo digo yo! ¿Cómo es posible que antes estabas en cuatro patas y ahora te paras en dos? —Alterado, comenzó a ir de un lado a otro—. ¡Nadie me dijo de dragones convirtiéndose en unas máquinas de fantasías sexuales! —Se detuvo en seco y se giró.- ¡Tú! ¡Exijo una explicación ahora!
Aydra dejó de lado su expresión molesta y en cambio se encontraba bastante divertido con la reacción del trigueño.
—¿Cómo suelen decir los humanos? Que somos bestias sanguinarias. Hay mucho más de nosotros que los humanos no conocen. —Entregó uno de los pescados al otro hombre y comenzó a caminar—. Vamos, es mejor no quedarse cerca del río.
—Menudo lío te has metido, Prit. —Se dijo a sí mismo, cogiendo sus dos prendas restantes y zapatos con la mano libre—. Si crees que voy a comerme esto crudo estás más loco que yo.
—Cállate y camina, tenemos que llegar al nido —le regañó el humano/dragón que ya se adentraba dentro del bosque, estaba descalzo por lo que ignoraba que sus pies se llenaran de tierra.
¿Nido? El chico comenzaba a creer que tendrían que escalar un árbol gigante para llegar a un nido como de los pájaros. Con todo esto, no le parecería raro. Minutos después, conforme avanzaban dentro del bosque, se acercó más a la bestia; se decía que solo era para no perderlo de vista y no por temor a los sonidos que escuchaba. Ya estaba a punto de preguntar cuánto faltaba cuando le vio entrar en una cueva.
Cueva... Claro.
—No dormirás en una cama de huesos, ¿verdad? —cuestionó antes de entrar—. ¿Vives solo aquí? —Lo que menos quería era toparse con otros allí adentro esperando a que se durmiera para matarlo.
—Esto es sólo provisional, hay un nido más grande donde vivimos todos pero yo me alejé por un tiempo... —Se detuvo en seco pensando en las palabras del trigueño—. ¿Cama de huesos? ¿Los humanos hacen eso? —Hizo una mueca de asco—. Qué desagradable. Quizás eso explique el mal olor.
Dejó los pescados en una roca que parecía bastante limpia y comenzó con sus quehaceres: juntando leña y encendiéndola para después comenzar a limpiar los pescados, la carne cruda sabía muy bien pero la carne de pescado no era lo mismo. Debía cocinarla, normalmente los ácidos de su boca se encargarían de matar cualquier bacteria pero estando en esa forma débil el ácido de su boca quedaba contenido en unas bolsitas bajo la nariz que podía ser inyectado a través de los colmillos por lo que las bacterias irían directo a su estómago, enfermándolo o, en el peor de los casos, matándolo.
—¿Cómo te llaman los tuyos? —preguntó al trigueño comenzando a ensartar las piezas en palos para ponerlas alrededor del fuego y que se cocinaran.
—Bromeaba con la cama de huesos. —Se sentó cerca del fuego, colocando los pantalones y la chaqueta a una distancia prudente pero que lo secaría—. Mi nombre es Pritham, pero mis amigos me dicen Prit, bueno eso si tuviera algunos. Y bien, ¿qué haces aparte de gruñir y comer?
—Prit —repitió Aydra probando el nombre—. Gruño si invaden mi territorio o intentan quitarme mi tesoro. —Los ojos del moreno se desviaron al torso de Prit. Recordando los moretones se alejó del fuego y caminó hasta el fondo de la cueva donde buscó unas cuantas hojas de diferentes tipos y comenzó a triturarlas en una roca que parecía tallada a punta de arañazos, probablemente con sus garras. Acercándose a una pequeña gotera que había en una de las paredes de la cueva puso unas gotas del líquido en la pasta verde y continuó mezclando—. La vida de un dragón no es muy complicada. Convive en manada, buscamos comida, exploramos el bosque en busca de tesoros y nos deshacemos de humanos arrogantes que se creen con derecho de invadir nuestras tierras. —Al final tenía una pasta verde consistente, la pasta se la untó en ambas manos y volvió a acercarse a Prit. Arrodillándose a su lado, comenzó a extender la pasta por todo el torso—. A mi particularmente me gusta aprender de las plantas.
—¿Qué...estás haciendo? —Se estremeció un poco ante el contacto de ese lodo verde.- ¿No es...un poco raro un dragón interesado por las flores?
—Tienes feas contusiones por todo el cuerpo, esto te aliviará —le explicó tomando más de la crema para esparcirla por todos los lugares que veía afectados, incluso puso un poco en su mejilla—. Los dragones también tenemos sanadores. ¿Crees que nos vamos a un hoyo a morir cuando nos enfermamos o estamos heridos?
—Sí. Es decir, no, no —se apresuró a corregir—. Ag, esa es reciente. —Cerró un ojo cuando le tocó el magullón de la mejilla—. Dijiste que te fuiste del nido... ¿Por qué?
—Es época de celo —respondió sin ningún tipo de emoción en la voz—. Los dragones jóvenes deben dejar el nido por un tiempo para que los demás puedan aparearse. Yo todavía no entro en esa etapa así que tuve que alejarme por un tiempo.
Prit bufó.
—¿En serio? Que crueles. ¿Cómo pueden privarles de la diversión? —Le miró—. Dragones jóvenes, eh. ¿Qué edad tienes entonces?
—90. —Terminó de poner la crema en todos los lugares, dejando el cuenco de piedra a un lado fue a la gotera para quitarse el resto de la crema de las manos. Cuando estuvo limpio se acercó a los pescados para cambiarlos de posición y que pudieran cocinarse del otro lado—. Mi primer celo será en 10 años. La verdad es que no estoy entusiasmado por unirme a la diversión como tú dices.
—... ¿90? —Prit sonrió—. Estas de broma. —Al ver que no negaba ni mostraba signos de mentir, su expresión desapareció—. Pero si apenas pareces tener unos cuantos años más que yo. No es posible que tengas esa edad.
—Los dragones tenemos una vida mucho más longeva que los humanos. —Fue su simple explicación, la verdad le parecía divertido el desconcierto del humano—. Para mis iguales, yo apenas estoy entrando en la etapa de la pubertad.
La boca de Prit caería al suelo si no la tuviera pegada a la cara.
—¿Y cuánto tiene el más viejo de ustedes?
—El más viejo... —Se quedó pensando un rato—. Vladimir. Creo que actualmente tiene 1790 años, y es el jefe de la manada, pero en la próxima primavera deberá escoger un sucesor. Hay rumores de que su hijo mayor es el más apto para el puesto.
Prit dio un silbido.
—Wuo, yo a esa edad soy polvo. —Se mantuvo callado un rato, mirando al fuego—. No les agradaría si descubrieran que estoy aquí contigo, ¿cierto? Aún cuando tengas este aspecto igual de humano que yo.
—A los humanos no les es permitido adentrarse en nuestro territorio. —Los pescados pequeños ya estaban listos. Tomando dos de ellos le pasó uno a Prit y él comió el otro, era un buen tentempié mientras esperaba a que los más grandes estuvieran listos—. Si te vieran aquí no dudaría en matarte.
—Pero tú no lo hiciste. —Hizo notar Prit en voz alta el pensamiento que había tenido antes—. Pudiste haberlo hecho y llevarte el collar. Estaba claro que alguien, o 'algo', me arrastró del río al sitio donde desperté.
—Yo sólo quería el collar —se excusó el reptil desviando la mirada. No iba a decirle que le gustó su olor y por eso no había querido matarlo.
Prit soltó una risa.
—Claro, claro. Pensaré mejor que te deslumbré con mi atractivo, pero para no avergonzarte, diré que tienes corazón. Tampoco me mataste cuando me quitaste el collar. —Comenzó a comer su pescado.
—No todos los dragones somos despiadadas bestias come hombres —dijo en un tono medio ofendido Aydra aunque no se notaba muy enojado por el comentario—. Una vida es una vida, sea de la especie que sea y debe ser respetada, aún cuando se trate de un humano... Es lo que pienso.
—Entonces discúlpame si pienso lo contrario, al menos respecto a lo primero. Ustedes nos matarían si pudieran, incluso por venir aquí. —Apartó una espina de en medio—. En mi caso yo terminé en ese lugar porque si no lo hacía, sería hombre muerto. —Comió y tragó—. Ese collar se lo hurté a un lord. Si me hubieran atrapado, seguramente estaría siendo torturado en alguna mazmorra. —Se estremeció.
—En cambio preferiste arriesgarte a morir en el salto o con suerte de haber sobrevivido encontrarte con otro dragón menos tolerante. —El dragón prácticamente ya se había terminado su pescado apenas dejando la espina dorsal y la cabeza—. El jefe nos contó que una vez humanos y dragones coexistían en armonía, no había cazador ni presa, cada especie se beneficiaba de los conocimientos del otro... Eso fue hace muchas generaciones de jefes.
—Sí, algo así decía también mi abuelo. Él era más pacifista respecto a los dragones. —Terminó su pescado, tirando al fuego las espinas—. Todo se arruinó después.
—Si. Por la codicia del hombre. —Uno de los peses más grandes ya estaba listo por lo que lo desmontó para comenzar a comerlo.
—Ustedes no se quedan atrás. Tú querías quitarme el collar.
—¿Exactamente para qué iba a usarlo tú? —increpó el mayor.
—Venderlo en el pueblo vecino y tener una mejor y nueva vida, naturalmente. Ese collar vale su peso en oro —dijo como si fuera lo obvio.
—El collar es de oro —resaltó—. Esa es la diferencia entre nosotros.
—La cadena lo es, hablaba de las gemas que tiene. —Sonrío—. Son totalmente genuinas. ¿Por qué crees que me estaban persiguiendo? El lord al que se lo hurté no iba a dejar escapar un collar así.
—De hecho, varias de las gemas no son puras. El collar como un todo podría valer algo pero para un ojo experto realmente no es mucho. —Analizó el dragón recordando las gemas que el collar poseía—. Deberías tener más cuidado cuando hurtas algo, al menos asegurarte de que las gemas realmente valgan lo que esperas.
—Por lo menos me alcanzaría para sobrevivir un tiempo en el pueblo. —Se alzó de hombros—. Mejor ¿para qué lo querías tú? ¿Regalo para alguna novia dragona?
—Es brillante. A los dragones nos gustan las cosas brillantes.
Prit estuvo en silencio observándolo.
—¿Es en serio? ¿Solo por eso? ¿Y cómo es que no cargan con cosas brillantes encima? Brazaletes, aretes, esas cosas...
—Se romperían cuando nos transformamos. Además... —Se acercó para decirle un secreto—. Un nido de oro es lo más cómodo del mundo. El metal se calienta sin deformarse y hace una cama confortable y cómoda.
—Eso es lo más raro que he oído hasta ahora —dijo luego de carcajearse—. Prefiero dormir acompañado. Es más agradable y menos extravagante. —Se levantó para ir a revisar sus pantalones. Agradeció que estaban secos, pero el chaleco continuaba húmedo. Se colocó los pantalones, empezaban a molestarle los bichos—. Dime que no tendrás eso aquí, ¿o sí? Una cama de cosas brillantes.
—Tuve que dejar mi tesoro en el nido. —Se veía bastante infeliz por eso—. No puedo calentarme correctamente, por eso estoy usando esto. —Señaló la tela que cubría sus piernas—. Es lo más cálido que tengo y aún sí tengo frío en la noche, tengo que dejar la fogata encendida. Si estuviera en mi nido esto no pasaría.
—Podríamos compartir calor. —Le sonrió con inocencia—. ¿No te gustaría eso? Compartir calor corporal el uno con el otro.
—Nunca he dormido en esta forma...
—Te estás perdiendo de mucho. Podríamos dormir de cucharita, o cara a cara, uno sobre el otro. Uf. —Volvió a sentarse en su puesto de antes—. Hay tantas maneras. ¿Qué dices..., Aydra?
El dragón no tenía idea de a qué se refería Prit pero parecía que el hombre sabía lo que decía y si con eso lograba regular su temperatura durante la noche, entonces no quedaba más que intentarlo.
—Supongo... ¿Quieres más pescado?
—Uh sí. —Prit devoró el resto del pescado, dejando claro la gran hambruna que tenía y por la cual era más delgado que los otros hombres.
Siguió hablando con Aydra un rato más hasta que se consideró hora de dormir. Prit esperó a que el otro se acomodara junto a la lumbre, para después, sin titubear, acostarse junto a él y pegarse a su cuerpo cara a cara.
—Pon tu mano aquí. —Pasó su brazo por su propia cintura en un abrazo. Escondió la cara en el cuello del mayor—. Listo. ¿Cómodo?
—Es... extraño —murmuró indeciso. La verdad, agradecía el calor extra—. En invierno nos amontonamos para dormir pero no se siente como esto.
—¿En serio? Mmh, ya te acostumbrarás un poco. —Cerró los ojos, tomando por un momento consciencia del cuerpo pegado a él—. ¿Lo hacen siendo reptiles?
—Si. Las escamas nos protegen de las quemaduras de lava. —Movía las piernas sin saber cómo ponerlas hasta que una la pasó sobre el muslo de Prit, se sentía más cómodo de esa manera—. Es agradable vivir en un volcán pero en ésta forma una quemadura de esas no es nada agradable.
—¿Perdón? —Prit apartó la cara para poder verle—. ¿Volcán? ¿Cómo que volcán?
—Los dragones somos de sangre fría —explicó—. No producimos calor, por eso los nidos deben ser hechos en lugares muy calientes.
—¿Y vivir en un volcán es la solución? —Y en primera ni sabía que había un volcán cerca—. ¿No temen por la lava?
—No hay mejor fuente de calor que el mismo magma de la tierra. —A esa distancia tan corta, podía volver a oler ese agradable aroma que exuda al humano, el que le atrajo desde un principio y nubló su buen juicio—. Como te dije, nuestras escamas son muy resistentes
—Vaya. —Prit bufó—. Una armadura de esas me vendrían bien contra los guardias —bostezó, arrebujándose contra Aydra.
El dragón abrazó al hombre como si fuera un peluche, su nariz quedando enterrada entre los cabellos cobrizos, disfrutando del agradable olor se quedó dormido.
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El dragón despertó al amanecer. Desperezándose,se encontró con el cuerpo del humano enredado con el suyo, las piernas entrelazadas y los brazos alrededor del otro, por alguna razón sintió sus mejillas calentarse. Con cuidado se separó del humano, quitándose la tela que le cubría se la dejó al humano para arroparlo. Estirándose en toda su estatura para desperezarse, comenzó a transformarse, los huesos crujiendo y reacomodándose para volver a su forma draconiana. Salió de la cueva para buscar el desayuno.
Prit despertó media hora después, estirándose luego de haberse enrollado cual gusano bajo la manta. Se frotó los ojos, y miró alrededor sin encontrar al dragón. Se levantó y fue hacia el chorrito de agua para refrescarse un poco el rostro antes de asomarse fuera de la cueva y buscar un lugar donde ir al baño. En donde se había metido el reptil, no lo sabía.
Aydra volvía a la cueva cargando entre sus fauces un venado adulto. Dejó al animal en el suelo y se adentró en la cueva para despertar a Prit pero se encontró con que el humano no estaba dentro. Miró a todos lados, preocupándose al no encontrar al humano. ¿No se daba cuenta de la situación tan precaria en la que estaban? Si otro dragón lo encontraba lo matarían y a él lo exiliarían por traidor.
Prit apareció entre la maleza unos pocos minutos después. Notó al saco de escama en la cueva, alzando la mano en saludo hasta que se acercó.
—Eres más madrugador que yo. ¿Qué te traes? —preguntó al llegar a él.
—No salgas de la cueva tan descuidadamente —regañó el dragón, cerciorándose de que el humano estuviera bien—. Si otro dragón te encuentra, los dos estaremos en problemas
—Oye, tranquilo. —Prit estiró la mano hasta acariciar las escamas de su cabeza—. Estoy bien, tuve cuidado. Además, tenía que ir al baño. No me fui tan lejos. —Entró en la cueva—. Uh. Tu dieta de carne para el desayuno es interesante —comentó mientras comenzaba a preparar el fuego.
—La carne de ciervo es lo mejor para empezar el día. —Aún en su forma draconiana se adentró en la cueva, teniendo que bajar un poco la cabeza para poder entrar. Se tomó la tarea de preparar al ciervo, quitándole la piel y cortando toda una pata trasera para que el humano la preparara como mejor le pareciera. Aydra se recostó en una de las paredes de la cueva y sosteniendo el venado con sus patas delanteras, comenzó a comer la carne cruda.
Prit prefirió no mirar a Aydra comer y se encargó de asar la carne, solo a término medio. Todo eso le era divertido, casi como si estuviera de excursión.
—¿Y qué te pareció la noche? —comentó mientras daba vuelta a la pata del venado—. ¿Dormiste bien?
—Sorprendentemente —reconoció el dragón, terminando de masticar un pedazo de carne—. No tuve que despertarme a mitad de la noche para avivar el fuego, fue muy cálido.
—Me alegro por eso. Sabes que siempre puedes usarme de fuente de calor mientras esté aquí. —Le echó una mirada coqueta—. No me es ningún problema.
Aydra desvió la mirada, casi parecía avergonzado. Si los dragones pudieran sonrojarse, Aydra tendría la cara roja, seguro que si cambiaba a su forma humana se le notaría; esa hermosa piel morena coloreada de rojo y salpicada por la tinta negra haría un contraste muy interesante.
El dragón se tomó su tiempo comiendo, no dejó nada sin desperdiciar, incluso se comió la mayoría de los órganos. Cuando terminó, sacó los huesos de la cueva, al volver Prit aún estaba comiendo del muslo del venado por lo que Aydra quiso ocuparse con algo. Volvió a su forma humana, la cola, alas y cuernos sorprendentemente se retrajeron bajo la piel al igual que las escamas, para cuando Aydra volvió a su forma bípeda estaba desnudo y la verdad no parecía importarle mucho. Caminó por toda la cueva con el culo al aire recogiendo la piel del venado que había hecho a un lado, se sentó cerca de la fogata para comenzar a tratar la piel para usarla de manta.
—Con razón vivimos en mundos separados. Solo a un dragón se le ocurre caminar desnudó de un lado a otro. —Prit negó y siguió comiendo después de haber seguido con la mirada a Aydra de un lado a otro.
—A los dragones no nos molesta las desnudez puesto que en nuestra forma de dragón tampoco usamos ropa —dijo sin apartar la mirada de su quehacer—. ¿Te molesta?
—En lo absoluto: disfruto la vista gratis. —Por fin acabó con la carne, chupándose los dedos.
Aydra miró al humano con una ceja alzada, no terminando de comprender la intención en el comentario de Prit.
—¿Cuánto tiempo dura la época de apareamiento? —preguntó Prit mientras se levantaba.
—Un par de semanas, esta es mi segunda semana en este lado del bosque. —En verdad, la cueva se veía usada pero no se veía como una residencia permanente—. La época de celo empieza una semana antes. En ese tiempo los menores agarran camino en otros lugares y los mayores buscan una pareja potencial, durante la segunda semana empieza el apareamiento. Después de eso debemos esperar hasta que el jefe nos llame para que podamos volver.
—Y dices que la mayoría de edad empieza a los 100 años ¿no?
—No. A los 100 años es como entrar en la adolescencia, pero no es algo estricto. Puedo participar en la época de apareamiento una vez que entre en celo, algunos de mis amigos entraron en celo este año —comentó como un chisme. Ya le faltaba poco para terminar con la piel, podría ponerle en el suelo de la cueva y cuando fuera la hora de dormir se acurrucaría con Prit en la piel.
—Que interesante. —Prit se deshizo de los huesos, y luego fue a lavarse las manos en el chorro de agua—. Me supongo que son como los otros animales. Por ejemplo, en tu caso debes buscar una chica para preservar la especie... ¿O me equivoco?
—Somos una gran familia, tenemos amigos, también nos enamoramos... No somos como los otros animales.
—No, claro que no. Son más maravillosos a pesar de la mala fama que tienen en el mundo humano. —Caminó hasta pasar detrás de él—. Y puede que más sexys que el humano común. —Le pasó un dedo suavemente por el cuello al pasar y seguir hacia la entrada de la cueva.
El pequeño roce en su cuello fue suficiente para hacerle sentir un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Saltó por instinto ante el toque, el cuello tenía una gran cantidad de nervios sensibles y era un lugar muy receloso para que lo estuviera tocando cualquiera pero darse cuenta de que estaba lo suficiente cómodo con el humano para haber bajado la guardia fue un hecho preocupante.
—No hagas eso —reprochó en tono bajo. No se dio cuenta en qué momento sus mejillas se pusieron rojas.
Prit giró a verlo, pero solo sonrió, visiblemente contento con haber provocado algo en el dragón.
—Lo siento, no pude evitarlo. Pero si así lo prefieres, no lo haré.
—¿Nunca te avergüenzas por nada? —La piel estaba lista. Levantándose del suelo, caminó con ella hasta un lado de la cueva en donde habían dormido la noche anterior y ahí dejó la piel para seguidamente acostarse panza arriba, dejando todos sus atributos al descubierto.
—¿Por qué debo avergonzarme de algo cuando no lo haces de tu desnudez? —Caminó de regreso hasta recostarse a su lado, apoyando el codo y la cabeza en la mano. Con la otra libre, tuvo el atrevimiento de rozar con los dedos las marcas que había en el cuerpo de Aydra.
—No tiene sentido que use ropa si de todos modos volveré a ser un dragón pronto. —Cerró los ojos ante el reconfortante gesto del otro.
—Cierto. Cuantas prendas destrozarías...- continuó un recorrido desde el pecho, al hombro derecho e izquierdo, volviendo a bajar por el torso y cerca del estomago; pendiente de su expresión, rozó el sitio al que sus amigos llamaban "caminito feliz" con una traviesa sonrisa—. ¿Qué tan bien besan los dragones?
El estómago del dragón se contrajo cuando sintió los dedos del hombre recorriendo el área de la pelvis, se apoyó en sus codos para ver lo que hacía Prit con sus manos. No tenía idea de por qué lo tocaba de esa manera.
—Besar dices... —Los ojos azules pasaron de las manos a los ojos del humano, la clara duda escrita en toda su cara—. ¿Qué es besar?
Prit se detuvo.
—¿No sabes lo que es? ¿Ustedes no lo hacen?
—Lo dudo... —Esta vez el dragón se sentó en forma de indio mirando directamente al humano—. ¿Cómo es?
Prit también se sentó, arrodillándose, y se acercó más.
—Hay diferentes tipos de besos. En la mano, la frente, la mejilla, la sien, el cuello... —Tocó cada punto suavemente, en el último solo rozó la clavícula—. Al que yo me refiero es más íntimo, aquí. —Colocando una mano en la nuca, acercó el rostro de Aydra hasta que sus labios se tocaron.
Cuando el beso terminó, Aydra se pasó la lengua por los labios, inconscientemente saboreando el sencillo toque que el contacto dejó sobre sus labios.
—Ya veo. Un beso... —Sus ojos recorrieron el cuerpo del humano, como decidiendo cómo proceder—. Lo más parecido que nosotros tenemos es esto. —Acercándose a Prit, invadió su espació personal. Todavía arrodillado sobre la piel, abrió las piernas hasta que sus muslo quedaron a cada lado de las piernas del trigueño, pasó su mano por el cuello de Prit y lo acercó hasta que sus torsos estuvieron en contacto. Aydra descansó su cuello en el hombro del otro asegurándose que la piel de sus cuellos estuviera en contacto, fue entonces que un sonido comenzó a salir del dragón, como el ronroneó de un gato, la vibración se extendía por el cuello de Prit dejando una sensación cálida y agradable.
Prit estuvo en silencio, quieto, durante un rato, dejándose llevar por el sonido. Luego, lentamente se separó.
—Increíble... Aunque esperaba que solo se tocasen las narices. —Con su dedo le tocó la punta—. ¿Es su forma de mostrar amor?
—Lo es —aseguró, por alguna razón su mirada era mucho más intensa que hace un momento—. Es una manera de compartir calor, muy íntima entre las parejas. El cuello es el área más caliente de nuestro cuerpo porque es por donde pasa mayor cantidad de sangre. Compartir ese punto de calor con otro dragón es un signo de amor.
—Es una forma mucho más hermosa que la de nosotros los humanos. —Sus ojos se mantuvieron fijos en los azules, detallando las motitas de color más claras, y como parecía envolverlo por completo. A Prit nunca le gustaron los ojos azules por ser signo de la realeza y algo común entre la aristocracia, lugar donde él nunca podría pertenecer, pero se vio descubriendo que, si se trataban de los ojos de Aydra, todo era distinto.
Se vio ansiando otro beso, se vio acercándose nuevamente.
Carraspeó y se apartó.
—¿Crees que podríamos ir al lago?
Aydra frunció los labios en disgusto, al parecer también estaba esperando el contacto. Con un bufido se levantó de la piel, comenzando a caminar a la salida.
—Vamos, tengo que pescar para el almuerzo. —Ya afuera volvió a tomar su forma de dragón.
Prit siguió a Aydra hasta el lago, calmando sus latidos y relajando los pensamientos que invadía su mente.
Llegaron al lago, donde Prit se detuvo para disponerse a sacarse la ropa y así darse un baño. Aún no dejaba de pensar en las sensaciones que le embargaron al estar en la cueva con Aydra, no lo entendía. Suspiró. Caminó hacia un árbol para dejar allí su ropa en cuanto se la quitara...
—¡AH! —Algo le golpeó en el pecho, tirándolo al suelo y un peso se posicionó sobre él. Al abrir los ojos, un dragón turquesa le fulminaba con la mirada, enseñando los dientes, una garra apretaba su pecho mientras la otra estaba alzada sobre su rostro.
Aydra, que se había adelantado al río para comenzar a pescar, se quedó helado con un salmón colgando de su boca cuando escuchó el grito que no podía ser de otro más que de Prit.
Apresurándose al bosque, encontró a Prit a punto de ser destazado por otro dragón. Gruñendo en advertencia, Aydra se lanzó contra el dragón turquesa, lo embistió hasta quitarlo de encima del humano. A punto estuvo de asestarle un zarpazo cuando se dio cuenta de quién era.
—¿Qué haces aquí? —gruñó Aydra, apartándose del dragón.
—¡Es un humano! ¿Por qué hiciste eso? —Se movió para rodear a Aydra—. Hay que acabar con él antes de que nos ataque.
Prit se movió para huir de la dragona, porque aquella voz era de chica, y así esconderse.
—¡No, no, no! ¡Vengo en paz, vengo en paz!
—¡Es mi presa! —gritó para hacerse oír entre los gruñidos de la dragona—. No puedes interferir con mi presa, Lore.
—¿Por qué sigue vivo aún? ¡Ya debería estar muerto, Aydra! —Los ojos de la dragona se fijaron en su igual, refulgiendo—. Con ellos no podemos jugar, son traicioneros.
—¿Estás dudando de mi juicio? —frunció el ceño el dragón más grande. A juzgar por el tamaño de ambos dragones, Aydra se veía mucho más grande, seguramente era mayor que Lore.
—¡Sí! —refutó ella, no dejándose intimidar—. Al Gran Gran no le gustará saber que estas permitiendo que un humano este en nuestras tierras. ¿Por qué lo haces? —Luego de darle una mirada a Prit ocultándose tras un árbol, se fijó en Aydra—. ¡Por qué! ¡Apesta, Aydra!
—¡No apesta! —refutó el mayor indignado. Él mismo le había tirado barro para que no oliera tanto a humano, además, después de pasar toda una noche pegado a su cuerpo prácticamente olía a él mismo, lo cual por algún motivo le hacía estremecer de felicidad—. Él está bajo mi protección, no puedes tocarlo sin que yo lo permita.
—¿Está bajo tu...? —Lore se veía asombrada, fija en Aydra. Dio un grito, medio gruñido—. ¿Cómo puedes...? ¿Estás loco? ¡Aydra, no puedes estar hablando en serio! —Avanzó hacia él—. No soy la única que ronda cerca de acá, no podrás proteger a esa cosa humana de los otros —espetó, con una mirada despectiva hacia Prit.
—Sólo necesito una semana. Después de eso se irá —aseguró volviendo a su forma humana, dándole a entender a la dragona que no había ningún peligro.
—Te desconozco. —Lore no apartaba la vista de Aydra—. Casi es como si lo prefirieses ante nosotros. Podría atacarte, Aydra. ¿Qué ves en él?
—Tiene una joya y yo la quiero. No es muy valiosa pero brilla mucho. —Se cruzó de brazos, no iba a ceder—. Hice un trato con Prit. ¿Sabes lo que eso significa no? Estás poniendo en juego mi honor a la cuestionar mis acciones. ¿Eso es lo que quieres? ¿Quieres que me exilien?
—Si con eso logro protegerte, sí.
—No es algo inteligente de su parte.
—¡Tú te callas! —le gruñó Lore a Prit—. Todo esto es tú culpa.
Prit volvió a esconderse tras el árbol.
—Si tocas al humano, lucharé. Es mi decisión. —Se puso en frente de donde se estaba escondiendo Prit, cuadrando los hombros para ocultar al humano de la vista de la dragona.
Lore bufó, lanzándole un gruñido y se marchó, desapareciendo entre la maleza y los árboles.
Prit salió lentamente, temeroso por si la dragona volvía.
—Lamento...meterte en problemas.
—Te hice una promesa y pienso cumplirla. —Fue todo lo que dijo antes de volver a transformarse, era mucho más cómodo pescar en su forma de dragón—. Cómo castigo te toca cocinar los pescados que atrape.
—No entiendo la razón del castigo si fue a mí a quien atacaron..., pero... —Prit se acercó y acaricio al dragón detrás de las orejas— como desees, cariño —bromeó.
Aydra ronroneó por la caricia, pareció volver a sus casillas cuando la caricia terminó, las escamas se le alborotaron como un escalofrío haciendo que las escamas brillaran con la luz desde la cabeza hasta la cola.
—Te castigo por no estar alerta y ponerme en una situación incómoda.
—Uh, perdona por no tener sentidos subdesarrollados. —Prit se sacó los zapatos y luego el pantalón, la camisa fue de último—. ¿Quién era ella? —Se metió en el lago.
—Mi hermana —respondió el dragón adentrándose al agua. Disimuladamente ojeó el cuerpo del humano, no era tan musculoso como el suyo pero se notaba firme y trabajado, la piel bronceada tenía un efecto hipnótico sobre el dragón. Cuando Prit desapareció dentro del agua el dragón pudo salir de su ensoñación para también entrar al agua y volver a su labor de pesca.
Prit duró dos minutos dentro del agua, saliendo a dos metros a lo lejos. Regresó nadando a la orilla.
—Una chica agradable, eh —bromeó—. Se nota su amor por ti. —Pasando sus manos por su cara, escurrió el agua de allí y de su cabello—. Pero..., no irá con el chisme a tu jefe, ¿o sí?
—Sfero phe no —dijo con la boca llena de un pescado que aún se sacudía entre sus dientes intentando escapar. Con una mordida más profunda terminó por matar al salmón y lo dejó a la orilla del agua para recogerlo luego—. No quisiera verte muerto.
—Sí, yo tampoco quisiera verme muerto. —Prit masculló por lo bajo. Volvió a zambullirse en el agua.
Nadó por un rato más hasta que salió para encargarse de preparar los pescados. Luego se vistió y regresó con Aydra a la cueva para así cocinarlos.
—Sabes..., en dado caso que te exilien, siempre puedes vivir en el mundo humano.
—No. No podría. —Caminó lado a lado con Prit en su forma humana, era mucho más fácil acarrear el pescado usando dos piernas que cuatro patas. Volvía a usar la tela con la que arropó a Prit para vestirse, era verdad que no le interesaba si caminaba desnudo pero si hacía eso fuera de la cueva la corriente de aire le bajaba la temperatura.
—¿Por qué no? Si lo hacen y aún estoy vivo, podría enseñarte cómo vivir allí. Sería divertido.
—¿Vivir entre humanos? Me lincharían. Soy demasiado diferente. Se darían cuenta enseguida de que hay algo raro conmigo. —No les tomó mucho tiempo llegar a la cueva. Ya dentro, Aydra dejó los pescados en el suelo y fue a acostarse en la piel. En verdad se veía como un hombre exquisitamente exótico, recostado en una cama de piel, con el largo cabello desperdigado y la tela que lo cubría desarreglada dejando ver un poco de sus genitales.
—Podrías ocultarte. —Prit se enfocó en preparar un fuego adecuado para el pescado—. Hay muchos lugares fuera de la Tierra Salvaje donde hacerlo. Lo único de lo que debes preocuparte es de ocultar esas marcas en tu cuerpo. Llamarían mucho la atención.
—No quisiera deshacerme de mis runas, son como parte de mí. —Tocó una de ella que terminaba en su mano derecha.
Prit se mantuvo en silencio un rato, concentrado en la fogata y luego en los peces. Sabía lo que se sentía sentirse fuera de lo que siempre conoció; justo ahora prácticamente había sido exiliado por voluntad propia de su pueblo.
Dejando los peces en paz, se levantó y caminó hacia Aydra, acostándose a su lado. Tomó su mano, acariciando la entre las suyas.
—Es mi culpa que estés en esta situación. En verdad lo lamento.
—No te preocupes. —Con su mano libre acarició el cabello del humano—. Fue mi decisión. Pude haberte quitado el collar y dejado en medio del bosque, en cambio acepté tu trato y te tomé bajo mi protección.
—Espero recibir una respuesta al por qué de eso..., después. —Estirándose, unió sus labios con los de Aydra en un beso; sin embargo no se apartó de inmediato, queriendo más que el simple beso de hacia un par de horas.
El dragón se dejó guiar por el nuevo contacto. Cuando Prit comenzó a acariciar su cabello, fue inevitable que comenzara a ronronear aún dentro del beso. Pasó sus manos por la cintura del humano, pegándolo a su cuerpo, el calor del humano esparciéndose hacia su propio cuerpo. Se sentía tan bien.
—Vamos... —Prit murmuró sobre sus labios—...a avanzar un poco más. —Soltándole la mano, acarició su rostro y volvió a besarle, esta vez incitándole a separar sus labios al tiempo que se movía para estar sobre Aydra, una pierna a cada lado de su cintura.
—¿Qué estás...? —Su pregunta fue ahogada por la lengua de Prit que invadía su boca. Al principio se sintió nervioso y quiso separarse pues no sabía lo que el humano pretendía, pero el trigueño no se apartó y en cambio profundizó el contacto entre sus lenguas. Lentamente Aydra fue cediendo, terminando por participar en el extraño beso.
Prit fue suave y calmado, sus manos acariciando desde el rostro, a los hombros, pecho y cada zona que alcanzaba de Aydra, queriendo transmitirle cariño, seguridad, la gratitud que sentía por él y más desde cómo le defendió hoy.
A besos cortos se detuvo, dejando uno sonoro en la mejilla.
—Otro tipo de beso..., uno real y muy parecido al como ustedes demuestran amor...
—Es... —Estaba sin aliento, como si hubiera escalado una montaña a pesar de que ni siquiera se había movido. Se sentía agitado e inquieto, ansioso—. Woow —dijo a falta de una mejor palabra—. ¿Lo habías hecho antes?
—Un par de veces, sí, pero esta vez supera las demás. —Apartó un mechón de la frente de Aydra—. Nunca había besado a alguien tan sexy.
—¿Crees que soy sexy? —Sonrió el dragón, encantado con el cumplido—. La manera en que los humanos demuestran amor es tan diferente y...se siente muy bien. —Las mejillas de Aydra estaban rojas, contrastando con la tinta negra que maquillaba su rostro—. No he visto a muchos humanos pero puedo decir sin temor a equivocarme que no eres nada como las historias que mis amigos cuentan sobre los humanos.
—Es porque no han tenido la dicha de conocerme. —Se inclinó nuevamente para darle un beso en la mejilla, luego bajó por la mandíbula, y de forma lenta, al cuello donde dejó un delicado beso sobre la piel—. Tú eres afortunado. —Sonriendo, se alejó para ponerse en pie.
—Soberbia humana, típico. —Rodó los ojos divertido—. Se te está quemando el pescado —anunció cuando sintió el ligero olor de las piel del pescado un poco quemada.
—¡Demonios! —Prit se apresuró a la fogata—. Tú me distraes, Dragón. Es culpa tuya.
Aydra se largó a reír divertido. Cuando el pescado estuvo listo, comieron hasta saciarse, el salmón era lo suficiente grande para llenarlos en ese momento a ambos. Cuando terminaron, Aydra arrastró hasta la piel a Prit y ahí recostados él fue el que inició el contacto; muchos besos y algunas caricias, era evidente que Aydra no sabía que más hacer aparte de besar a Prit pero eso no fue un problema porque se la pasaban muy bien con hablar poco, y el dragón no parecía que fuera a aburrirse de los besos pronto.
Continuará...
