Disclaimer: Toda aquella terminólogía perteneciente a la Sociedad de las Almas (Sereitei, Rukongai, shinigamis, divisiones, etc), pertenece al manga Bleach, a cuyo autor Kubotite le pertenecen todos los derechos. Los personajes de Ela Kuroikawa, Yoshiki Kuroikawa, Kizoku Kyuusai y Kuroichitsuki son de mi total autoría, así como la historia que se narra. El resto de personajes que aparezcan en la historia, a no ser que se diga lo contrario, pertenecen a los usuarios del foro BleachSp. ¡Gracias por prestarme vuestros shinigamis, chicos!


ELA KUROIKAWA: BEYOND MY MIND (I)
by Ela

- Kuroikawa. ¿No es así?
No se atrevía a mirar a aquellos hombres directamente.
Permanecía allí, arrodillada en una respetuosa reverencia, sin alzar la mirada. Pero uno de ellos le había preguntado algo, y lo correcto era enfrentar a los tres. Lentamente, levanto la cabeza, posando sus ojos en el hombre que le había hablado, retirándolos un momento después, con timidez, respondiendo con un hilo de voz y sin dejar de mirar fijamente el suelo.
- Sí, señor. Ela Kuroikawa.
El hombre, un anciano de poblada barba y mirada franca, sonrió un poco a ver los apuros que estaba pasando la niña. Parecía entretenerle su inocencia y su vergüenza, pero aún así, decidió tranquilizarla un poco antes de continuar con la conversación.
- No tienes porqué preocuparte, Ela. No ocurre nada con tu examen de ingreso; todo está correcto.
- ¿De verdad? – exclamó la chica, antes de recordar con quien estaba hablando y bajar de nuevo bruscamente la mirada.
- Por supuesto. No hay ningún problema. Podrás ingresar en la Academia de Shinigamis – afirmó el anciano con rotundidad - ¿No te alegra eso?
- ¡Claro que sí, señor¡Es mi sueño! – contestó la niña, liberando parte de la emoción que sentía y parte de la fuerza que trasmitían sus ojos.
El noble pareció conforme con aquella respuesta, pues no dejó de mirarla benevolentemente. En aquella ocasión, Ela no apartó la vista, cosa que el hombre valoró de manera positiva, dirigiéndole una sonrisa.
- Sentimos que no hayas podido celebrar tu ingreso debidamente. Pero he de confesar que el apellido Kuroikawa nos despertó cierta curiosidad.
- ¿Eres tú la hermana menor de Yoshiki Kuroikawa? – intervino otro hombre, algo más joven y de un aspecto mucho más regio, sentado a la derecha del anterior, examinando a la niña con interés, la cual, inconscientemente, se había llevado la mano a una de las coletas que recogían su cabello, tirando de ella con nerviosismo.
- Sí, señor. Yoshiki es mi hermano mayor – confirmó la niña, a medio camino entre la inquietud y el asombro. ¿Aquellos hombres sabían quien era Yoshiki? - ¿Ustedes le conocen?
- ¿Conocerle? – repitió el hombre que acababa de hablar – Yoshiki Kuroikawa es el alumno más prometedor de la Academia de Shinigamis, a pesar de su juventud. Todos le conocemos.
Ela sintió como su corazón volvía a latir con normalidad y como sus pulmones, que hasta el momento habían parecido dormidos, tomaban una bocanada de aire fresco. Una parte de ella se sintió enormemente orgullosa de su hermano mayor. La otra, ligeramente envidiosa.
- Yoshiki es genial – comentó, como si las palabras necesitasen escapar, sin hacer caso a las ordenes de su cerebro – Cuida de mi desde que éramos niños. Le quiero mucho – confesó, sonrojándose por la tontería que acababa de decir.
Sin embargo, a los dos hombres parecieron gustarles estas palabras, y rieron a ver como la niña se ponía colorada.
- Bien, bien, veo que has heredado la franqueza de tu hermano mayor – dijo el anciano apreciativamente.
- Deberás esforzarte, Ela. Siendo la hermana pequeña de Kuroikawa, esperaremos grandes cosas de ti. Aunque si has heredado la cuarta parte del talento de tu hermano, ya serás una excelente shinigami.
- Lo dudo mucho.
Los tres se giraron hacia la voz que acababa de pronunciar esas palabras, y la niña clavó en aquel individuo su mirada, fijándose en cada detalle, registrando en su memoria cada línea, cada gesto.
Era, con diferencia, el más joven de los tres hombres. Bajo su uniforme de shinigami se adivinaba una forma física envidiable, un porte digno y altivo, una gran fuerza. Su pelo, oscuro, le caía hasta la cintura en rebeldes trasquilones, enmarcando un rostro que, quizá en otros tiempos, había sido hermoso. Ahora, una horrible cicatriz deformaba su cara de lado a lado, aportando hosquedad a sus movimientos, a su voz leve pero profunda.
Ela se sintió intimidada por aquel hombre. No sabía si por su aspecto, por sus palabras, o por la amargura que desprendía cada parte de él. Lo único que sabía es que quería salir ya de allí. Los otros dos no habían resultado ser ni mucho menos tan horribles como aparentaban. Pero aquel… La niña sintió como un escalofrío la sacudía.
- ¿Ocurre algo, Kizoku? – preguntó el mayor de los hombres, mirando interrogante al autor de la interrupción.
- ¿Es que no veis el aspecto de esta mocosa? – farfulló con tono impertinente, como si le molestase explicar lo obvio de la situación – No se parece en nada a su hermano. Noche y día. Yoshiki Kuroikawa está destinado a hacer grandes cosas. Esta niña sólo es un lastre.
Ela notó como los ojos se le llenaban de lágrimas. No le molestaba que la comparasen con su hermano, ni que le dijesen con tanta dureza que era peor que Yoshiki. Eso ya no le importaba, estaba preparada para ello.
Pero no lo estaba para oír que sería el "lastre" de su hermano. Una carga, un peso del que conviene deshacerse.
La niña bajó la vista abruptamente, al sentir como aquellas lágrimas se derramaban por sus mejillas. De rabia, de impotencia… Y aún así, notó como la mirada de aquel desconocido se clavaba en ella.
- Kyuusai-sama… - intentó pararle su otro compañero, pero el hombre tan solo se levantó de su asiento, dirigiéndose a la salida.
Antes de abandonar la habitación, justo al pasar por su lado, pronunció unas últimas palabras.
Unas palabras que perseguirían a la chica durante el resto de su vida.
- No esperéis de ella absolutamente nada. Tan solo es… una vulgar ryoka.

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"Vulgar…"
Aquellas palabras regresaban ahora a su mente, sin saber los motivos.
Como aquel día, huía, escondiéndose de la compañía de la gente, impidiendo que nadie viese asomar lágrimas a sus ojos.
Odiaba llorar. Y odiaba más aún que la vieran llorando, que nadie, incluso sus amigos más cercanos, se percatasen de su debilidad, de su muralla a punto de derrumbarse.
Desde aquel día, solo había llorado en tres ocasiones. Ni una más, ni una menos.
Siempre que notaba la imperiosa necesidad de mostrarse frágil, se escondía en algún paraje que solo ella conociese hasta que aquella angustia pasaba, hasta que se veía capaz de volver a colocarse aquella mascara que la resguardaba de todo y volver a actuar con normalidad.
Allí estaba. La capitana de la División 13, en un acto tan descuidado como su persona, había dejado a un lado su zampakutoh y su haori, y se había tumbado en la hierba de aquella colina, viendo como las nubes atravesaban el cielo del Sereitei, antes de seguir su camino, veloces, sin ningún obstáculo que las detuviese.
Sus amigos y compañeros, todos aquellos que la conocían, sabían que si la taicho desaparecía durante un rato sin dejar indicaciones ni indicios de a donde iba, lo mejor era esperar a que regresase y solucionar los problemas que pudiesen surgir sin contar con ella.
No era muy habitual, pero si lo suficiente para saber que ella valoraba mucho aquellos momentos; que volvería con mejor ánimo y más ganas de trabajar, o de incordiar, o de ambas cosas.
Así pues, Ela disfrutaba de aquel momento de soledad, sabiendo que era tan solo suyo.
Suyo y de Yoshiki. Y también de Kizoku Kyuusai.

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Tres veces había llorado desde el día de su admisión.
La primera, cuando dos años más tarde de aquello, uno de sus tutores había ido a buscarla a una de sus clases de kidoh. No le había dado explicaciones ni tan siquiera le había mirado a la cara. Pero por su aspecto, por sus hombros encogidos y su gesto circunspecto, supo de inmediato que algo ocurría.
Algo muy grave.
Cuando entro en las dependencias de la División 4 y vio a su hermano mayor, Yoshiki, tendido sobre una camilla, totalmente inmóvil, sintió como todo a su alrededor caía al suelo hecho pedazos. Sólo le llegaban partes de lo que aquellos hombres le decían con un tono que pretendía tranquilizarla y lo único que conseguían era hundirla más en la oscuridad.
"Un terrible accidente…", "No sabemos como pudo alcanzarle…", "Aun no conocemos las verdaderas causas de esta tragedia…".
Palabras vacías y sin sentido. Allí sólo estaban ella y Yoshiki. Y en el intermedio, la muerte.
Se acercó torpemente hasta el cuerpo de su hermano. No había en el ninguna herida, ningún detalle que indicase que estaba muerto. Tan solo su quietud indicaba que ya nunca más volvería a su lado.
Se acabaron los juegos, las risas, las discusiones interminables que siempre acababan con un abrazo.
Los paseos, las charlas bajo la luz de las estrellas.
Ya no le podría contar nunca más lo que le ocurría en la academia. Como sus profesores insistían en decirle que, aunque no se pareciesen físicamente, Ela era el reflejo de Yoshiki, llenándola de orgullo con sus palabras. Como sus compañeros la ayudaban y la consolaban cuando Yoshiki estaba en una misión y no podía estar a su lado. Como, poco a poco, había ido forjándose una vida propia en la que su hermano seguía teniendo el papel principal.
Todo aquello había acabado de golpe.
Igual que un día, siendo ambos unos niños, su madre desapareció sin más. Igual que años mas tarde, su padre fue asesinado cuando trataba de proteger a los niños del ataque de unos ladrones. Yoshiki también se iba, dejándola sola. Y esta vez, por completo.
Sin dejar de abrazar el cuerpo de su hermano, levantó la vista, en busca de alguna explicación, de alguien que le dijese que todo aquello no era más que un sueño, o una broma pesada, que no podía estar pasando… Y lo encontró a él.
Exactamente igual que el día de su ingreso. Solo la sangre que manchaba su rostro deformado distinguía el momento actual de aquella imagen, guardada en sus recuerdos durante más de dos años.
Aquella imagen que siempre aparecía cuando no se sentía capaz, cuando algo le decía que abandonase de una vez. Cuando necesitaba superarse.
Kizoku Kyuusai miró a Ela durante un instante.
Y en su rostro impasible se reflejó por un momento el horror, el miedo, el dolor vividos. Después, solo desprecio.
Con una mirada de furia helada, abandono la habitación silenciosamente, mientras a sus espaldas, una niña sollozaba por la perdida de lo único que le quedaba.

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Ela se incorporó sobre la hierba húmeda, dejando que las lágrimas resbalasen por sus mejillas limpiando el dolor y la angustia que le provocaban recordar aquellos momentos, sin duda, los más difíciles que jamás había vivido.
En ocasiones llegó a pensar que jamás superaría la muerte de Yoshiki. Allá a donde iba, su mirada cariñosa, su sonrisa afable, la perseguían. Cada vez que doblaba una esquina, esperaba encontrarlo allí, riendo a carcajadas como siempre hacía, revolviéndole el pelo y levantándola en volandas, ahogando sus protestas entre risas y exclamaciones, jactándose de lo mayor que se estaba haciendo su niña.
Tampoco los profesores resultaban de mucha ayuda a la hora de superar el trago. Yoshiki era muy apreciado entre todos los que en algún momento le habían tomado bajo su mando, tanto por su carácter jovial como por su enorme poder y sus inagotables ganas de aprender.
Físicamente, Ela no se parecía para nada a su hermano mayor. Yoshiki siempre había tenido unos profundos ojos negros, un rebelde cabello castaño acorde con su piel morena, que podían dar una falsa sensación de oscuridad. La mujer, por el contrario, tenía una piel pálida y un cabello de un rubio oscuro que, junto con unos penetrantes ojos verdes, desprendían cierta aura de fragilidad.
Y sin embargo, esas diferencias superficiales no impidieron a la mayoría ver que, en el interior, ambos eran exactamente iguales. Decididos pero despreocupados; con un gran tesón pero, a la vez, con un gran amor por la diversión y los amigos; aplicados y estudiosos pero con una enorme facilidad para buscar (y encontrar) problemas.
Por eso, todo aquel que había conocido a Yoshiki en vida no podía evitar al mirar a Ela a los ojos, sentir aquella fuerza que distinguía a su hermano. Y la chica notaba aquel cambio. Veía como esas miradas brillaban con reconocimiento y con nostalgia y aquello, una vez más, le recordaba que su hermano ya no estaba, que se había marchado para siempre.
Observando reposadamente la superficie del Sereitei, Ela reflexionaba, recordando aquella dura etapa. Durante mucho tiempo, dejó de relacionarse con todo y con todos. Tan solo se dedicaba a sus estudios, a perfeccionar sus técnicas, a mejorar todo lo que podía, intentando alcanzar aquel sueño que Yoshiki ya nunca cumpliría.
Por suerte, finalmente las aguas volvieron a su cauce. Poco a poco, el carácter animoso de la chica prevaleció sobre la tristeza; Ela fue recuperando la sonrisa, empezó a hablar con más gente, retomó su vida como su hermano hubiese querido, y empezó a olvidar.
A olvidar el dolor, la perdida, la muerte. Pero no a Yoshiki. Ni a su sueño.

CONTINUARÁ...


Aqui dejo la primera parte de lo que pretendía ser una reducida bibliografía de la vida de mi shinigami, y que cada vez se extiende más. Tan sólo decir que esta parte es, hasta el momento, mi favorita, y que espero que os guste.
Muchas gracias por leer y saludos para todos.

Ela :)