Sinópsis:

Finnick odia viajar al Capitolio, hasta que un día entabla una amistad con Calta Everdeen.

El tiempo pasa, y Finnick comienza a verla en una nueva luz.

- ¿Te enamoraste de ella desde el primer momento, Finnick?- preguntó Katniss.

-No- respondió él; y al cabo de un rato, añadió-: Los sentimientos aparecieron casi sin darme cuenta.

-¿Cómo supiste?-insistió, jugueteando con la perla que Peeta le había regalado.

Finnick sonrió, como si supiera algo que ella no. Katniss estaba segura de que prefería permanecer ignorante.

-Un día desperté e imaginé un mundo donde Calta no existía...es uno en el que no quiero vivir.

Finnick Odair/ Oc


Katniss y Peeta ganan los septuagésimos primero Juegos del Hambre.

Parte Primera: Cubos de Azúcar

Finnick Odair era un gran actor.

Sabía cuándo sonreír y cuando lucir consternado, sabía cómo manipular a las mujeres del Capitolio, y sabía cómo convencer a los ciudadanos de la capital de Panem de que adoraba sus fiestas.

Cada mes viajaba al Capitolio por una semana, en la que debía reunirse con sus clientes. Finnick odiaba esa semana. Más de una vez había considerado no asistir, y en su lugar tomar un bote y alejarse de las costas de Panem, en busca de nuevas tierras, donde el Capitolio no pudiera tocarlo.

Sabía que no lo haría. Show enviaría a por él, y luego castigaría a aquellos que más quería.

Puso su mejor sonrisa, y la mujer que se aferraba a su brazo perdió hilo de la conversación. Solía tener ese efecto en las mujeres y algunos hombres.

La mujer lo había comprado en más de una ocasión, siempre cuando su esposo estaba fuera de la ciudad. Finnick se sentía mal por el hombre que tenía que soportarla a diario. Había escuchado que el hombre estaba a punto de verse involucrado en un trágico accidente.

Sus ojos escanearon el ostentoso jardín presidencial. Su semana en el Capitolio había coincidido con el fin del Tour de la victoria de Katniss Everdeen y Peeta Mellark, los nuevos favoritos del Capitolio. Finnick se preguntó, brevemente, si el presidente también los vendería a ellos.

Ganaría bastante si los vende como par.

No sería la primera vez que tal cosa tomaba lugar. Sabía que los hermanos del Distrito 1, Cashmere y Gloss, habían sido comprados como par en más de una ocasión.

Llegó a la conclusión de que Snow no se atrevería a tal cosa. Los vencedores del 12 eran su nuevo símbolo de paz y venderlos era demasiado arriesgado, en especial con los susurros de rebelión que el presidente intentaba acallar.

Las orbes verdes de Finnick encontraron a la nueva vencedora. Llevaba un vestido verde que la hacía ver como un sacrificio virgen y tenía cara de pocos amigos. La persona a su lado captó su atención.

Era una chica de aspecto debilucho. Tenía la misma piel oliva de Katniss y los mismos ojos grises; pero donde los de Katniss destellaban desprecio los de su acompañante parecían curiosos.

Adivinó que era su primera vez en el Capitolio.

La curiosidad pudo con él. Con una rápida excusa y la ayuda de sus hoyuelos, su clienta lo liberó de su agarre de hierro, y Finnick emprendió su camino.

Alcanzó unos cubos de azúcar que mantenía en su bolsillo y se detuvo frente al par.

-Katniss- saludó, como si fueran viejos amigos. Estiró su mano -¿Cubo de azúcar?

-No, gracias- fue la seca respuesta que obtuvo.

Katniss lo observó con desdén, como la mayoría de las personas en los distritos hacían. Todos sabían que era el favorito del Capitolio, y su reputación de mujeriego se había esparcido hacía años. Muchos lo veían como un traidor, una mascota del Capitolio. Supuso que era cierto.

Se volvió hacia su acompañante, todavía sonriendo.

-¿Qué hay de ti, querida? ¿Cubo de azúcar?

La joven le dio una mirada de sorpresa, como si le costara creer que el gran Finnick Odair le estaba dirigiendo la palabra.

-Gracias- aceptó con una sonrisa nerviosa, estirando su brazo.

Antes de que pudiera tomar el cubo, Katniss tomó su brazo y se aferró a él.

Finnick enarcó una ceja, claramente divertido.

-Muy bien- llevo un cubo a su boca y guardó el resto en su bolsillo. -Deberías sonreír más, Chica en llamas, está fiesta es en tu honor.

Katniss rodó sus ojos.

-No todos disfrutan de la atención como tú.

Finnick intentó no reír. Era tan sencillo hacerla enojar.

-No. No es para todos- notó a Peeta al otro lado de la pista de baile, hablando con un patrocinador- Tu novio es mucho mejor, eso es obvio. ¿Por qué no estás con él?- le dio una mirada inocente- ¿Problemas en el paraíso?

-No tengo que estar pegada a él todo el tiempo.

Esta vez, no pudo ocultar su diversión.

Sus ojos volvieron a posarse sobre la joven a su lado. Se tomó un par de segundos para estudiarla. Aún con sus plataformas, era la más baja del grupo. Llevaba un vestido plateado que brillaba cada vez que la luz lo capturaba, y delataba la delgadez debajo. Sus mejillas eran prominentes, características de años de malnutrición. Su cabello oscuro caía en suaves cascadas hasta su cintura. Parte de su figura permanecía escondida detrás de Katniss.

-¿No vas a presentarme a tu amiga?

Katniss tragó en seco antes de responder, como si revelar su identidad fuera peligroso.

-Calta es mi hermana.

¿Calta? ¿Cómo la planta? Recordaba ver a una chica esquelética abrazando a Katniss al volver al Distrito 12 luego de los juegos. Parecía estar ganando algo de peso.

Dio un paso adelante y tomó la mano de la joven. Se preguntó si era menor o mayor, pero si algo era seguro era que la diferencia de edad no podía ser grande.

Finnick se preguntó qué hacía esa chica en el Capitolio. La gente de los distritos (con la excepción de 1 y 2) no tenía acceso a la ciudad, a menos que fueran tributos.

-Calta…-arrastró su nombre en un sensual ronroneo- Es un placer.

-El placer es mío, señor Odair.

-Veo que alguien en la familia si tiene modales.

Calta intentó ocultar su sonrisa.

La escolta del 12 se acercó con una gran sonrisa en su rostro, y Finnick no pudo evitar preguntarse cuánto llevaría hasta que las esquinas de su boca se rompieran.

La escolta se arregló el cabello, de un excéntrico azul, y le sonrió.

-Katniss, Lucius Andru quiere saludarte.

- Que lástima. Yo no quiero saludarlo.

Calta y Finnick bufaron, pero la escolta la regañó.

-¡Katniss! El señor Andru invirtió una considerable cantidad de dinero en los juegos; vendrás conmigo y hablaras con él.

Katniss rodó los ojos, pero se acercó a su escolta. En el último momento se volteó hacia su hermana.

-No te preocupes, Kat- sonrió Finnick, tomando la mano de Calta. No le sorprendió notar que estaba llena de cayos-Yo cuidaré de ella.

Antes de que Katniss pudiera protestar, su escolta se la llevó del brazo.

Finnick se volvió hacia Calta con su mejor sonrisa. La pobre parecía un venado asustado.

-¿Baila?

Antes de que ella pudiera procesar la pregunta, él la llevó hacia la pista de baile.

Tomó una de sus manos entre la suya y colocó la otra en su cintura. Frunció el ceño. Podía sentir los huesos debajo.

Luego de un momento, Calta colocó su mano libre sobre su hombro.

Finnick la guió lentamente. Sabía que las probabilidades de que la chica supiera bailar eran casi inexistentes, y no quería humillarla frente a los invitados.

-Así que…Calta…¿qué le parece el Capitolio?

Ella se tomó un momento para elegir sus palabras con cuidado.

-Es muy colorido.

Finnick le dio la razón.

-Sí. Mi primera vez aquí creí que acabaría ciego.

Ella lo mira, confusa.

-No creo que eso sea posible.

-Claro que no, querida. - concedió, notando que las Everdeen no tenían sentido del humor. - Katniss es tu hermana.

Calta asintió.

-Es mayor, pero sólo por un año.

La forma en que añadió el último pedazo de información, como si quisiera aclarar que no es una bebé, le hizo sonreír.

-Asumí que la diferencia no debía ser grande. Son muy parecidas.

Calta se mostró sorprendida.

-Asumo que no escucha esas palabras a menudo.

Elle niega.

-Muchos olvidan que tiene dos hermanas; además, todos se ven igual en la Veta. Cualquiera podría ser pariente.

No recordaba mucho del Distrito 12. La única vez que había visitado había sido durante su Tour de la victoria. Recordaba que aquellos de cabello rubio parecían más sanos que los de cabello oscuro.

-¿Dice que olvidan su existencia? - preguntó Finnick, fingiendo curiosidad- ¿Cómo es tal cosa posible?

Calta se encogió de hombros.

-No tiene que fingir, señor Odair. Además, ya no me molesta.

- Por favor, llámame Finnick.

Finnick tuvo la decencia de no mostrar su simpatía, pues tiene el presentimiento de que Calta no lo apreciaría.

Bailaron en silencio por unos minutos. Calta observaba sus alrededores, y él la observaba a ella. Su curiosidad era obvia, al igual que su desdén, aunque intentaba esconderlo. Cada vez que sus ojos caían sobre una mesa de aperitivos fruncía el ceño.

-¿Puedo hacer una pregunta?

-Ya la hizo- sonrió, pero luego asintió.

-¿Por qué no ofrecerse voluntaria?

Finnick, al igual que todo Panem, había visto el momento en el que Katniss Everdeen se ofrecía voluntaria para salvar a su hermana. No fue hasta el día de las entrevistas que se supo de la existencia de otra hermana, cuando Katniss dijo a Caesar Flickerman que debía volver a ellas. Panem vio a Calta por primera vez el día que Katniss regresó al 12, y desde entonces se preguntó porque ella no había intentado tomar el lugar de Primrose.

Calta no parecía incómoda con la pregunta.

-Eso no habría sido muy sabio. -respondió como si hablara del clima.

-¿Te molestaría elaborar?

-Katniss es una sobreviviente. Cuando nuestro padre murió ella se hizo cargo de la familia. Ella…

Dudó por un momento, y Finnick la acercó hacia su cuerpo.

Calta se sonrojo. Nunca había bailado con un hombre, y no sólo estaba bailando con el famoso Finnick Odair; estaban tan cerca el uno del otro que podía sentir cómo su pecho se elevaba al respirar.

Era extremadamente inapropiado; su madre pegaría grito al cielo de verla en esos momentos. Calta esperaba que Katniss no los viera, era su reacción la que le preocupaba. No quería que su hermana fuera arrestada por asesinar al favorito del Capitolio.

-¿Sí?- la alentó Finnick.

Calta tuvo que hacer un esfuerzo para poder mirarlo a los ojos. Era muy alto.

-Ella cazaba en los bosques. Intentó llevarme más de una vez pero estaba demasiado aterrada. Sabía que ella podía ganar, ya que tenía la experiencia de su lado.

Finnick asintió.

-Mi padre me llevaba a pescar fuera de horario- confesó él.

Sí ella le confiaba tal información, sólo parecía justo que él hiciera lo mismo. Ella no era una mujer del Capitolio, que pagaba por su cuerpo; dudaba que fuera a suponer algún peligro para Panem.

Calta no dijo nada.

-Necesito que satisfagas mi curiosidad.

-Quieres saber que hago en el Capitolio.

Él asintió.

-Katniss mencionó en una entrevista que soy la persona más inteligente que ha conocido -sonrió, como si la idea fuera ridícula-, y el presidente Snow fue muy amable al ofrecerme un lugar en la escuela aquí.

En ese momento, Finnick supo que la Chica en llamas no era muy brillante.

Algo en los ojos de Calta al hablar del presidente le dijo que ella no confiaba en el hombre.

-Entonces Katniss es la fuerza bruta y tú el cerebro.

Calta sonrió.

-Supongo que sí. La escuela era un purgatorio para ella; pero siempre odié las vacaciones.

-¿De verdad? Nunca escuché de alguien que odiara las vacaciones.

-Disfruto del conocimiento.

-Comienzo a pensar que Snow debió enviarte al Distrito 3.

Los ojos de Calta se iluminaron.

-¡Oh! Eso sería maravilloso. Escuché que tienen la biblioteca más grande del país.

Finnick rio suavemente.

-Escuché lo mismo.

Notó las miradas sucias que las mujeres del Capitolio le daban a Calta y se maldijo por lo bajo. El tiempo con ella había volado, y ahora la pobre chica estaba en la mira. Esperaba que Snow no lo notara.

-Supongo que se quedará de forma permanente.

Ella asintió.

-Así es.

-Entonces, - se alejó de ella y tomó su mano. Depositó un suave beso en su dorso y sonrió de lado- espero que nuestros caminos vuelvan a cruzarse.


Volvió a verla dos meses más tarde, en otra fiesta.

Llevaba un vestido borgoña y tacones negros.

Estaba rodeada por mujeres del Capitolio, que intentaban captar su atención desesperadamente.

Calta no sabía a dónde mirar. Cuando intentaba enfocar su atención en una de las mujeres, otra comenzaba a chillar con insistencia, y luego otra, y otra.

No paraban de hacer preguntas. Sobre Katniss, Peeta, y Prim. No tenía tiempo de procesar la pregunta cuando le lanzaban tres más.

Sus manos comenzaron a temblar. Esas mujeres estaban carcomiendo su último nervio.

Junto al grupo de mujeres, una adolescente con piel verde le daba una mirada apenada.

-¡Calta!¡Querida!-

Sus ojos grises salieron disparados en dirección de la voz y suspiró aliviada. Las mujeres se sonrojaron al ver a Finnick acercándose, y la joven tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no bufar.

-Que sorpresa tan maravillosa- Finnick sonreía de oreja a oreja, como si Calta fuera una amiga a la que no veía desde hacía tiempo. Tomó sus manos entre la suya y la atrajo hacia sí, alejándola de las arpías. Plantó un beso en cada mejilla, se volvió hacia las mujeres con una sonrisa encantadora, y un par casi se desmaya- Deberán disculparme, pero temo que debo robarla por un momento.

Les guiñó un ojo y, sin esperar por una respuesta, se la llevó al otro lado del salón.

-Gracias.

Finnick se encogió de hombros, restándole importancia.

-Solo ayudo a una amiga en necesidad.

-¿Ahora somos amigos?

Esa vez, su encantadora sonrisa fue sólo para ella.

-Por supuesto. Me han dicho que soy muy bueno.

Su tono sugestivo hizo que rodara sus ojos.

-He escuchado un par de cosas.

-¡Oh! Escupe. ¿Qué has escuchado?

Calta entrecerró los ojos.

-No voy a ser otra ser tus conquistas- advirtió.

Finnick río suavemente.

-Por supuesto que no.

Calta decidió no perseguir el tema.

-No esperaba encontrarte aquí.

-Comparto Una clase con la hija del anfitrión -se encogió de hombros- Es una chica amigable, y no tenía mucho que hacer.

No le dijo que estaba intentando entablar amistades en nombre de Katniss. Su hermana no era la persona más simpática, y el pobre Peeta se volvería loco tratando de serlo por ambos. Calta decidió que podía hablar bien de Katniss y alentar a esas personas a escribirle cheques durante los juegos.

Finnick asintió. Lydia era una chica dulce, desafortunadamente, no podía decirse lo mismo de sus padres.

-¿Cómo te trata el Capitolio?

-Suenas como Katniss.

Se detuvieron frente a una fuente de chocolate.

Un avox les ofreció vino, pero ambos lo rechazaron.

-Es diferente al 12.- fue lo único que dijo.

-¿Al menos disfrutas de tus clases?- preguntó, ofreciéndole un cubo de azúcar.

Ella lo aceptó, y llevando el dulce a su boca, respondió:

-Son interesantes. El programa es más exigente que en casa. Supongo que tiene sentido.

Finnick ladeó la cabeza al notar su expresión, como si hubiera hablado de más.

-¿Qué cosa?

-Nada.

-Ajá.

Calta bajó la cabeza en un inútil intento por ocultar sus mejillas rosas.

-Podríamos hacer un intercambio.

Eso captó su atención.

-¿Qué clase de intercambio?

Sonriendo como un felino, Finnick tomó un paso en su dirección.

-Un secreto por otro.

Calta observó sus alrededores, desde los envidiosos ojos de las mujeres del Capitolio a los pequeños puntos rojos en las esquinas del salón. Eran casi imperceptibles, pero estaban ahí para quienes sabían que buscar.

-No es buena idea.

Finnick estiró los brazos, fingiendo perplejidad.

-¿Cómo qué no? Es un trato más que justo.

Con discreción, su ojos de clavaron en uno de los puntos rojos

Finnick siguió su mirada y asintió. La chica no era estúpida después de todo.

-Qué lástima. Lo habría hecho interesante.

Calta sonrió, divertida.

-Eso imagino.

Finnick observó sobre su hombro y su sonrisa se ensanchó. Ofreció su brazo y Calta lo tomó con cautela.

Se dirigieron a un rincón del salón, en donde una figura observaba las festividades con un trago en mano. Parecía un pez fuera del agua.

-¡Beetee!

El hombre volteó en su dirección y les ofreció una pequeña sonrisa.

-¡Ah! Finnick. ¿Cómo has estado?- sus ojos oscuros se posaron sobre Calta, y la chica resistió la urgencia de removerse- ¿Quién es tu acompañante esta noche? Se ve diferente al resto.

-Beetee Latier, Calta Everdeen- presentó el rubio, colocando una mano en la espalda de la chica y urgiéndola adelante.

-Ah. Un placer, señorita Everdeen.

Estrecharon manos, las de Calta temblaban.

-Solo Calta. Soy una gran admiradora, señor Latier. Su trabajo en cámaras oculares es fascinante. ¿De verdad ha creado cámaras que pueden ser insertadas en los ojos?

El hombre asintió, visiblemente más animado. Parecía tomar orgullo en su trabajo.

-Todavía estoy trabajando en algunos detalles, pero en teoría deberían funcionar.

Finnick frunció el ceño.

-Suena doloroso.

Ambos lo ignoraron.

-Apenas puedo imaginar el tamaño que deberían tener, si no quiere afectar la anatomía del ojo.

Beetee asintió.

-Eso ha probado ser un desafío, pero una colega está cerca de encontrar la solución.

-¿Cómo puede trabajar con algo tan pequeño?¿Conectará la cámara al cerebro? ¿Cómo manejará las descargas? ¿Qué sucede si la cámara se fríe?

Finnick se pasó los dedos por la sien.

-Debo tomar crédito por una hermosa amistad o la creación de un monstruo…probablemente la segunda.

Calta se sonrojó.

-No creí que fueras del tipo que disfrutar de la compañía de eruditos.

Finnick le dio una mirada sucia.

-Sí, bueno, como ves, Calta es bastante interesante. Además, los vencedores nos cuidamos entre nosotros…o a sus hermanas. -notó que sus clientas, una mujer de piel mostaza y colmillos de veinte centímetros y otra con escamas en el cuello y brazos, le esperaban cerca de la pista de baile. Sintió como el corazón se le hundía. Se volvió hacia su nueva amiga y puso su mejor sonrisa.- Sí me disculpan, tengo trabajo que hacer.

-Ser encantador no es un trabajo, Finnick-bromeó Calta, apenas mirando en su dirección.

En otra ocasión, su suave risa habría sido genuina.

-Admites que soy encantador.

Calta le dio la espalda, casi podía verla rodando los ojos.

-Nos vemos, Odair.

Asintiendo en dirección de Beetee, se alejó del dúo. Intentó ignorar la excitada voz de la joven del 12, quien no paraba de disparar preguntas.

Se detuvo frente a sus clientas y les ofreció un brazo a cada una.

Salieron del salón. Sus acompañantes mascullaban entre ellas, mientras él hacía acopio de todo su autocontrol para no mirar atrás.


Finnick se sentía sucio, y no importara cuanto se duchara, ni que tan caliente o fría estuviera el agua, ni por cuánto tiempo se restregara, nunca lograba sentirse limpio.

Salió del baño y observó su cama. Las sábanas yacían enredadas sobre el suelo, prueba de las pesadillas que interrumpían su descanso.

No iba a conciliar el sueño de nuevo, pero supuso que no importaba. Su semana terminaba ese día; por la tarde estaría camino al Distrito 4. Probablemente llegaría a tiempo para la cena.

Se vistió y salió del apartamento del Distrito. El centro de entrenamiento estaba casi vacío, solo los juegos le daban vida.

Las calles del Capitolio estaban casi desiertas. Eran las tres de la madrugada un miércoles, la mayoría de los ciudadanos dormían.

Caminó sin rumbo por lo que parecieron horas, hasta que se detuvo frente a una pequeña cafetería.

Su estómago gruñó, y decidió que un pastel de manzana era lo que necesitaba para levantarle el ánimo.

Entró en el pequeño lugar y miró a su alrededor. Era un lugar acogedor, con mesas verde agua de aspecto antiguo y suelos blancos. Las sillas no combinaban con el lugar, pero eso solo le daba un aspecto más auténtico. Uno de los tubos de luces parpadeaba.

Sonrió al verla en la última cabina, enterrada en una montaña de libros. Se acercó y tomó el asiento vacío frente a ella.

Tenía el pelo negro sucio, recogido en un moño desprolijo. Murmuraba incoherencias para sí misma mientras hacía unos cálculos que el rubio no comprendía.

Finnick notó que tenía todo tipo de libros, desde historia hasta química.

-¿Qué es la relatividad?

Calta pegó un salto al escuchar su voz y levantó la mirada, alarmada.

-¿Finnick?

- No. Su gemelo más guapo- movió las cejas.

-Ok.

-Te ves como la mierda.

Le lanzó dagas con los ojos.

-Se le llama estudiar. Deberías intentarlo, aprendes muchas cosas interesantes.

-No gracias. Te dejaré eso a ti, lo mío es…

-Pavonearse alrededor del Capitolio.

-Alguien está de mal humor.

Calta suspiró.

-Lo siento. No he dormido en dos días. Estoy atrasada.

Una mesera se acercó y Finnick ordenó dos cafés y dos rebanadas de pastel de manzana.

Cuando la mesera se retiró, notó que Calta volvía a ignorarlo. Escribía a tal velocidad que creyó que se lastimaría la muñeca.

-Calta.

-Shh.

Finnick tomó el cuaderno en el que estaba escribiendo. Ella levantó la mirada.

-No he terminado.

-Necesitas descansar.

-Necesito aprobar.

- No va a suceder si trabajas en exceso.

Lo pensó por unos momentos.

-No; supongo que la sobrecarga es una mala idea.

-Por supuesto, siempre tengo razón. Ahora ayúdame a hacer espacio.

Con cuidado, marcó las páginas de los libros antes de cerrarlas.

-Ouch.

Le dio una mirada casi desinteresada y notó que todavía se aferraba a su lápiz.

Intentó camuflar su risa con una tos.

-No es gracioso. – regañó.

-Ven.

Finnick se estiró y tomó la mano que se aferraba al lápiz. Quitándoselo de la mano, la estiró lentamente y comenzó a masajearla.

Calta se mordió el labio, pero no dijo nada.

La mesera regresó y depositó la orden sobre la mesa sin darles una mirada. Finnick estaba agradecido. Había olvidado esconder su rostro, y lo último que quería era llamar la atención.

-¿Mejor?- preguntó, sacando cubos de azúcar de su bolsillo y dejándolos caer en el café.

Calta asintió y le dio las gracias, tomando un tenedor y engullendo el pastel.

Finnick le preguntó por sus clases, y sobre el 12. Ella le preguntó sobre el 4.

Hablar con Calta era sorprendentemente sencillo, y el mundo parecía cesar de existir.

-He estado ojeando los programas de las escuelas, son muy diferentes.

-¿Diferentes?-inquirió él, colocando otros dos cubos de azúcar en su café.

Calta frunció el ceño ante la acción, pero no le dijo nada.

-Sí. Snow me consiguió un cupo en la escuela Dédalo.

Finnick asintió. Conocía esa escuela; era donde estudiaban muchos políticos y vigilantes.

-Y dices que es diferente… ¿de las otras escuelas del Capitolio?, ¿o los distritos?

-Ambas- contestó, tragando un trozo de pastel.

Esperó en silencio por unos segundos.

-¿Vas a explicarme o tengo que rogar?

Calta miró a su alrededor, y Finnick enarcó una ceja.

-Es sólo que los programas de estudio de los distritos apenas cubren lo básico. Las escuelas del Capitolio cubren lo mismo, pero en menos tiempo, y luego de eso las materias son ridículas. ¡Tienen una clase donde enseñan a usar accesorios!

Finnick rió. No le sorprendía.

-¿Te tienen combinando bolsos con cintos?

Calta negó con la cabeza.

-No. - señaló los libros que habían amontonado en el otro extremo de la mesa.

Finnick entrecerró los ojos al libro de física que le amenazaba desde la pila.

-¿Y qué?

-¿Y qué qué?

Calta parecía confusa.

-Los programas son diferentes.- se encogió de hombros -¿ Qué tiene?

Ella se inclinó sobre la mesa, como si no pudiera creer su estupidez.

-Finnick…

Se detuvo de forma abrupta, reconsideró lo que estaba a punto de decir, y sacudió la cabeza. Se recostó sobre su asiento y tomó un trago de su café.

-Olvídalo.

-Ahora quiero saber.

Calta miró a sus alrededores y negó con la cabeza.

-Es una teoría loca.

El vencedor sonrió como Cheshire .

-Qué suerte para ti que yo no esté cuerdo.

Una sonrisa amenazó con abrirse paso por su rostro, pero no cedió.

Esa vez, él fue el que se inclinó sobre la mesa.

-¿Secreto por secreto?

Ella lo ojeo con precaución, debatiéndose. Fuera lo que fuera que sabía, debía estar quitándole el sueño. Finnick comprendía que quisiera compartir sus preocupaciones con alguien. Mejor hacerlo con él, en persona, que con Katniss por teléfono, donde Snow podía escucharlas.

Ella también se inclinó. Sus narices casi se rozaban.

-Todos los vencedores pueden dejar la escuela, ¿verdad?

El asintió, recordando el purgatorio en Distrito 4. No lo extrañaba.

-Bueno, fui a la biblioteca, y noté que sólo los vencedores del Distrito 3 continúan sus estudios.

-¿Y?

No veía el punto.

-Bueno, pues creo que presentan eso como una recompensa, pero en realidad es otra forma de controlarlos.

Ahora si se sentía curioso. Hizo un pequeño gesto con su mano, y Calta se removió, casi excitada por compartir su idea.

-Bueno, he notado que las personas de más influencia, tanto para distritos como para el Capitolio, son los vencedores. Si ellos no estudian, da la impresión de que la educación está sobrevalorada.

Finnick no entendía a qué se refería, pero ella no le permitió que interrumpiera.

-La gente siente que no necesitan una buena educación para tener una buena vida, o que de todas formas no podrán mejorar su situación con libros. Creen que ganar los juegos es la única forma.

-El Capitolio nos mantiene controlados.

Calta negó.

-Recuerda que la situación aquí también es mala. Si todos tuvieran el mismo nivel que la escuela Dédalo, podrían revelarse contra el gobierno.

-Les das demasiado crédito. – respondió Finnick. La gente del Capitolio era cruel. Celebraban la matanza de niños y usaban a los sobrevivientes. Vivían en exceso, y en ocasiones parecían culpar a los Distritos por la pobreza que ellos mismos causaban.

- Yo creo que sólo son ignorantes. Creo que sí los vencedores decidieran estudiar, muchos dentro y fuera del Capitolio querrían imitarlos. Luego querrían reformas, y Snow perdería control.

-¿Por qué?

-Bueno, ¿a quién preferirías gobernar? ¿Eruditos o ignorantes?

Finnick no dijo nada por varios minutos. Era una teoría extraña, que a simple vista no parecía tener sentido.

-Por supuesto, - añadió Calta con una risa nerviosa, alejándose de él – podría ser paranoia. Después de todo, no he dormido en tres días.

-Creí que dijiste dos.

-Mentí.

Finnick contempló sus palabras. Miró su alrededor, eran los únicos en el lugar, y la mesera no les prestaba atención, tenía auriculares puestos y Finnick podía escuchar la canción desde donde estaba.

-Snow envenenó al esposo de su hija.

Calta lo miró, los ojos casi se le salían de las cuencas.

-¿Qué?

Se encogió de hombros.

-Un secreto por otro.


Hablaron de todo y nada hasta que el sol comenzó a asomar sobre los edificios. Calta guardó sus cosas en una simple mochila negra. Finnick no comprendía cómo tanta cosa entraba ahí, ni cómo resistía.

Intentó acompañarla a su apartamento, pero la chica insistió en que no era necesario.

-De todas formas tengo que ir a la biblioteca primero.

Al llegar a la puerta, volteó y le saludó con la mano. Finnick le devolvió el saludo y dejó un par de billetes sobre la mesa antes de salir.

Durmió varias horas, y estaba seguro de que podría haber continuado de no ser por la insistencia de su escolta, Risdy, una mujer alta con el cuerpo cubierto en tatuajes de rosas.

Risdy lo acompañó a la estación, donde varios fans esperaban, ansiosos por un destello del gran Finnick Odair.

Se detuvo a saludar a un par, y una eternidad pareció pasar antes de llegar al tren.

Respiró con alivio al llegar al Distrito 4. La playa le dio la bienvenida. Por la ventana podía ver a los pescadores regresando a sus hogares.

Rápidamente, se dirigió hacia la Villa de los Vencedores y entró a su casa sin golpear.

-¿Finnick?

Una mujer con cabello cobrizo y ojos marrones asomó la cabeza desde la cocina.

-Hola, má.

Attina Odair salió de la cocina sonriendo de oreja a oreja, y envolvió a su hijo en un abrazo.

-¡Oh! Te he extrañado horrores.

-Solo fue una semana.

-¡Eso no importa!

Finnick rió, devolviendo el abrazo. De niño, solía ir por el Distrito diciendo a todo quien lo escuchara que los abrazos de su madre eran mágicos.

-¡Fitz! Ven a saludar a tu hermano.

Pasos pesados resonaron por la casa.

-¡Demonios! ¿Ya volvió?- Fiitz Odair entró en la cocina, con el cabello despeinado y en pijamas- Esperaba deshacerme de ti para siempre.

-¡Fitz!- Attina le dio un golpe en la cabeza con una cuchara de madera.

- ¿Ma? Recuérdame porque no lo diste en adopción.

-¡Finnick!

El vencedor también recibió un golpe.

Finnick atrajo a Fitz y le revolvió el cabello.

-¿Estas son horas de andar durmiendo?

-¡Es sábado!

-Hazte útil, mocoso.

-Que te lleven los mutos.

Se sonrieron el uno al otro.

-Ahora que ambos están aquí pueden limpiar el ático.

Ambos gruñeron y comenzaron a mascullar por lo bajo.

Attina entrecerró los ojos, colocando las manos sobre sus caderas.

-¿Qué fue eso?-preguntó lentamente, enseñándoles la cuchara.

Los hermanos subieron las escaleras como bólidos.


Finnick no cambiaría el Distrito 4 por nada. No era el Distrito más privilegiado, pero afortunadamente, la hambruna no era común.

Por un momento, recordó la transmisión de Katniss Everdeen y Peeta Mellark regresando al 12, una esquelética Calta grabada a fuego en su mente. Se sintió terrible por la chica; apenas podía imaginar por lo que había pasado. Él nunca había pasado hambre, ni siquiera en la arena, y no podía imaginar lo que se sentía no saber cuándo sería su siguiente comida, si era que obtenía una.

Sacudió la imagen de su cabeza y se volteó hacia Annie, quien no había soltado su mano desde que salieron de la Villa. Los puestos que rodeaban el Edificio de Justicia rebosaban de productos, y la gente se apilaba entre ellos.

Ese era un buen día para Annie. En ocasiones (especialmente cuando Finnick estaba en el Capitolio) era imposible llegar a la chica. Tenía la tendencia de cerrarse en su propia mente, y Finnick parecía ser el único capaz de llegar a ella, a veces. Otras veces, no podía hacer más que permanecer a su lado y asegurarse de que no lastimara a nadie, especialmente a sí misma.

Era difícil, pero valía la pena.

Amaba a Annie Cresta con todo su ser; estaba seguro de que nada podría cambiar eso.

Hacían un par extraño. La chica loca y el prostituto.

Annie rió extasiada al ver a dos niños corriendo alrededor, sujetando globos con forma de delfines y tiburones.

Aun cuando dejó de reír, Finnick podría haber jurado que un eco del sonido permaneció en el aire.

Bajó la vista. El sol pegaba en su cabello oscuro y parecía formar un halo a su alrededor, las esquinas de sus ojos se arrugaban al sonreír, y se apoyaba en él al reír.

Finnick se inclinó y besó su coronilla, y a cambió fue recompensado con una brillante sonrisa.

No la cambiaría por nada en el mundo.


Las puertas del tren se abrieron, y una pequeña figura la asaltó, enviándola al suelo.

-¡Calta!

Lanzó una risa estrangulada.

-Hola, patito.

Prim se aferró a su hermana con fuerza.

-La estás matando- habló otra voz.

La rubia la soltó y se levantó con las mejillas rojas. Extendió una mano y Calta la aceptó.

Katniss fue la siguiente en abrazarla.

-Es bueno tenerte de vuelta.

Calta sonrió, aferrándose a Katniss. Había extrañado a sus hermanas; la vida en el Capitolio podía ser solitaria, y aunque tenían teléfonos, no era lo mismo a estar frente al par en persona.

Miró sobre sus cabezas.

-¿En dónde está mamá?- preguntó.

-Un hombre de la Veta tuvo un accidente en las minas. Se está ocupando de él- respondió Katniss, tomando el bolso de Calta.

La del medio miró a la menor.

-Me sorprende que no hayas ido con ella.

-Dijo que podía sola- dijo Prim, interponiéndose entre sus hermanas mayores y tomando la mano de cada una.

-Lamento haberme perdido sus cumpleaños- se disculpó Calta.

Había querido visitar, pero sus clases podían ser abrumadoras. Además, ambas fechas habían caído entre semana, no había forma de viajar desde el Capitolio al 12 en menos de un día. También había sido su cumpleaños. Calta y Katniss se llevaban exactamente un año. Cuando se enteró, Haymitch había hecho una broma que provocó que Peeta se ahogara con su té.

Prim sonrió.

-Está bien. Entendemos que sea diferente. Además, estás aquí ahora.

Calta y Katniss compartieron una mirada. La única razón por la que había vuelto al 12 era por la cosecha, que tomaría lugar el día siguiente, luego tendría que volver. El previo año había sido la primera cosecha para Prim, y había tenido la mala suerte de ser elegida. Katniss no había demorado en presentarse voluntaria, y Calta no podía evitar y sentirse culpable de tanto en tanto.

Sabía que ella no tenía muchas probabilidades de haber ganado los juegos, y aunque Katniss sí las tenía, nada podía asegurar que lo lograría. Eso no le importó a la mayor, ella solo quería proteger a su hermana. Calta no era tan valiente; tampoco era una guerrera, como Katniss.

En más de una ocasión, Katniss intentó enseñarle a cazar, pero Calta entraba en pánico cada vez que llegaba la hora de matar a un animal.

Era obvio que Katniss se sentía frustrada. Intentaba esconderlo, pero la exasperación siempre estaba ahí.

Era temprano, por lo que dejaron a Prim en la escuela y siguieron su camino.

Calta entrelazo su brazo con el de Katniss. A pesar de sus diferencias, se llevaban sorprendentemente bien.

Cuando Katniss comenzó a cazar en el bosque, Calta se sintió inspirada. Ella también quería aportar su granito de arena. No era justo que la pobre Katniss lidiara con todo sola. Comenzó a hablar con los hijos de los comerciantes, a ofrecer clases particulares en todas las materias. No todos podían costear un tutor, y la remuneración no era muy grande. Algunos pagaban con moneda, y otros con productos.

Madge Undersee había sido una alumna frecuente, a pesar de que Calta iba un año atrás. La hija del alcalde era muy mala con los números, y la chica de la veta pasó muchas tardes sentada en la acogedora sala de los Undersee, ayudando a Madge.

A pesar de que en una semana no llevaba a casa tanto como Katniss en un día, la mayor de las Everdeen apreciaba la ayuda. Siempre habían sido cercanas, pero la muerte de su padre había creado una conexión más profunda.

-¿Estás nerviosa?-preguntó Calta mientras Katniss abría la puerta.

-¿Yo? Tú eres la que podría ser elegida- casi parecía divertida por la pregunta.

-Supongo, pero imagino que ser mentora no será sencillo.

Se detuvieron en la cocina, donde Haymitch estaba colocando contenidos sospechosos en su café.

Calta sonrió.

-Hola, Haymitch.

-La hobbit ha vuelto- saludó el mentor, a lo que Calta frunció el ceño- Veo que todavía no has sucumbido ante la moda del Capitolio. Perdí cien.

-¿Cien? ¿Apostaron a mis expensas?-preguntó Calta, cruzándose de brazos.

Katniss no demoró en defenderse.

- ¡Oye! Yo no sé de qué hablas.

-No tú, el chico.

¿Peeta? ¿Peeta y Haymitch estaban apostando a su expensa?

La risa de Haymitch cesó al ver las expresiones de las hermanas. Se aclaró la garganta.

-Así que,...Bilbo,...¿has hechos amigos en el Capitolio? ¿Ya tienes novio?

No estaba segura de poder considerar a Lydia una amiga, y ¿novio? El único hombre que venía a su mente era Finnick Odair, pero Calta no lo conocía muy bien. Intercambiaban secretos. Disfrutaba su compañía, pero no lo veía muy seguido. De todas maneras, estaba segura de que no lo veía de esa manera.

-Por supuesto que no- Katniss respondió por ella.

Calta asintió en su dirección, con los ojos clavados en Haymitch.

Ahí lo tienes.


Con un suspiro pesado, se levantó y comenzó a caminar alrededor de la sala de observación, donde los otros mentores lo miraban con simpatía.

Mags se retiró a su habitación, como hacía cada vez que perdían a un tributo.

La chica había sido aplastada por la avalancha que los vigilantes habían creado, y el chico había seguido al par de minutos, apuñalado diez veces por el tributo del Distrito 2.

Perder tributos nunca era sencillo. Haymitch decía que ignorarlos era más sencillo, pero Finnick había intentado y fallado miserablemente. No podía permanecer indiferente, no podía no intentar salvarlos.

Salió de la sala. Usualmente, al menos un mentor debía quedarse en todo momento, Pero con ambos tributos muertos, no le veía el punto.

Los pasillos blancos parecían no tener fin y le daban dolor de cabeza.

Un par de avox pasaron por su lado.

Se detuvo frente al elevador y presionó el botón varias veces, como si eso fuera a hacer que llegara más rápido.

El viaje parecía no terminar, y casi se lanzó del elevador cuando las puertas de este se abrieron.

Se dirigió al bar y pidió whiskey.

-Solo deme la botella- le dijo al Avox.

Tomó un largo trago e hizo una mueca. No estaba acostumbrado al alcohol.

En las pantallas del bar, obviamente, estaban transmitiendo los juegos.

Finnick quería gritarle al pobre Avox. No quería ver ese baño de sangre. Quería que apagaran el televisor. Quería que sacaran a todos esos niños de ahí.

Deseó que, por un año, no hubiera vencedor. La muerte era mejor que la vida que seguía a los juegos.


Finalmente, los juegos acabaron, y el tributo del Distrito 2 fue coronado vencedor.

Calta se pasó las manos por el vestido, como si intentara deshacerse de arrugas que no estaban ahí.

No le entusiasmaba mucho la idea de otra fiesta, en especial una que celebraba una masacre; pero no quería que Katniss estuviera sola.

Tenía a Haymitch, Effie y Peeta, pero Calta sabía que su hermana no era la persona más amena, y ganar su confianza era una tarea para el valiente. Ella tenía la ventaja de la sangre. Conocía a Katniss casi tanto como a sí misma, y luego de todo lo que la mayor de las Everdeen había hecho para asegurarse de que ella, su madre y Prim estuvieran a salvo, soportar a lo peor del Capitolio por un par de horas era lo mínimo que podía hacer.

Afortunadamente, Lydia estaba ahí. Su padre era un hombre muy importante, por lo que la familia siempre contaba con una invitación.

Calta se estaba encariñando con la chica. A diferencia de sus padres, tenía un alma gentil. Calta tenía la impresión de que Lydia no estaba de acuerdo con los juegos, pero no se conocían lo suficiente como para susurrar sobre cosas que podría provocar que acabaran con una bala entre las cejas.

A Katniss no le hacía gracia que su hermana fuera amiga con uno de ellos. La chica había intentado explicar que no todos los Capitolinos eran igual, pero así como Calta era curiosa, Katniss testaruda, y se rehusaba a dejar de lado su odio por esa excéntrica gente.

-Ese es Galbert Adams- señaló Lydia. Calta siguió su dedo anaranjado y vio a un hombre de baja estatura que parecía una bollo andante, como los que cocinaba Peeta.

Lo dijo en voz alta, y Lydia escondió su risa detrás de su mano.

-No es muy brillante para los negocios, pero es uno de los más ricos en el Capitolio. Padre dice que es uno de los perros falderos de Snow.

Calta asintió, absorbiendo tanta información como podía. Todo eso podría ser de ayuda para Katniss y Peeta.

Movimiento a su derecha capturó la habitación, y vio a su hermana escabullirse hacia el balcón.

Se disculpó con Lydia y atravesó el salón, esquivando a los invitados. La mitad parecía haber bebido de más.

Se acercó a Katniss con pasos lentos y se detuvo a su lado.

El cielo estaba cubierto de nubes.

-Lloverá en la mañana- comentó Katniss.

Calta asintió. Observó el perfil de Katniss, su expresión permanecía impasible, pero la forma en la que sus ojos no dejaban de moverse de un lado al otro indicaba que estaba batallando con sus demonios.

-¿Cómo te sientes?-preguntó suavemente, tomando su mano.

-Perdí a dos niños.

Los tributos del 12 habían sido un niño de doce años de la Veta y una niña de trece, del sector comerciante. Ninguno sobrevivió el primer día. El niño tropezó y voló en pedazos antes de que los juegos comenzaran, y aunque la chica sobrevivió el baño de sangre, se ahogó en el río antes de la medianoche.

-Y perderás más.

Katniss le dio una mirada de pocos amigos.

-Es la verdad, Kat, y no hay forma de endulzarla. Aunque uno de ellos ganara, el otro seguiría muerto. No importa cuánto te esfuerces, no puedes ganar los juegos.

Katniss bufó.

-Suenas como Haymitch.

-Haymitch tiene razón- volteó para observar los jardines debajo. Más invitados se mezclaban, cada uno con ropas más ridículas que el anterior.- De todas formas, ¿no es mejor que mueran? La vida del vencedor no es tan atractiva como se ve.

Era algo que Katniss había aprendido a las malas, y Calta no había podido hacer más que observar.

-No puedo dejarlos morir.

Calta suspiró, pero sonrió suavemente. Por supuesto que no. A diferencia de la opinión popular, la Chica en Llamas tenía corazón, y no podría dormir sin al menos haber intentado salvarlos. Lo que fuera que esperaba al salir de la arena era algo que enfrentaría en su momento.

-En ese caso deberías comenzar a hacer amigos- observó su copa de champagne y se la ofreció- Ten. Lo necesitas más que yo.

Katniss aceptó la bebida con ceño fruncido.

-No tienes edad para beber.

-Tu tampoco.

Compartieron una mirada. Su madre no podía enterarse de eso.

Katniss tomó un pequeño trago de la bebida y volteó en dirección de la fiesta.

-Comienza por ahí- Calta señaló un grupo de hombres. Eran tres, y daba la impresión de que habían tenido unas copas de más. - Adir Lyken, Jon Luke y su hermano, Raj. Un pajarito me dijo que sus bolsillos son más generosos cuando están intoxicados.

Katniss la observó con suspicacia.

-¿Cómo lo sabes?

-He estado haciendo tu tarea. De nada.


Finnick no volvió a ver a Calta Everdeen hasta su siguiente visita al Capitolio, un mes después del final de los juegos.

La había visto desde lejos en la celebración, hablando con Peeta y Cinna, pero no tuvo oportunidad de acercarse.

Uno de los inconvenientes de los juegos era que Snow le hacía trabajar el doble.

Se veía bonita, con un vestido rojo y amarillo. Parada junto a Katniss, parecía una pequeña chispa. Finnick sospechaba que Cinna lo había hecho a propósito. Tal vez era una forma de advertir a los Capitolinos, de decir "Esta chispa puede encender la llama." Sabía que la invitación que Calta había recibido para estudiar en el Capitolio debía ser otra forma de Snow para mantener a Katniss quieta, entre la espada y la pared.

Katniss no haría nada en contra de Snow con este tan cerca de una de sus hermanas, pero Cinna sabía que en el momento que alguien tocara un cabello de la cabeza de Calta, la Chica en Llamas sería imparable.

El estilista era sutil, pero Finnick notaba su pequeña protesta.

La vio señalado a los invitados y susurrando en el oído de Katniss para luego enviarla en su dirección.

Sonrío, no le sorprendía que supiera los nombres. Aprendía rápido, y al parecer, aprendía en nombre de Katniss.

No tuvo oportunidad de saludarla. Tenía clientes que atender.


Calta entró al pequeño café e inhaló. Le gustaba el lugar porque ofrecía el mejor pastel de manzana, y porque casi siempre estaba vacío.

Comenzó a caminar en dirección de su mesa habitual cuando vio una cabeza rubia detrás de un libro.

Se acercó sigilosamente.

-¿Disculpe, señor? ¿Tiene un cubo de azúcar?

Finnick levantó la mirada y sonrió de oreja a oreja.

-Vaya, vaya, pero ¿qué tenemos por aquí? - ojeó la mochila que cargaba y notó que parecía estar a tope, y tenía libros en sus brazos- ¿Te alcanza?

Calta rodó los ojos, pero sonrió.

-Muy gracioso. Me sorprende que sepas leer-respondió, señalando el libro.

-Es sobre peces.

-No me lo esperaba de ti.

Por primera vez desde los juegos, Finnick rió.

-Me alegra verte, Calta.

Sus ojos grises se iluminaron.

-¿Quién es tu amiga?

Calta volteó, encontrándose con una alta mujer rubia. Era hermosa, y la observaba con curiosidad. Detrás de ella, un corpulento hombre rubio asintió en su dirección.

-Cash, Gloss, ella es Calta Everdeen- presentó Finnick- Calta, estos son Cashmere y Gloss Gold.

La chica sabía quiénes eran. Vencedores del Distrito 1; no recordaba sus juegos, pero Katniss había dicho que ganaron en años consecutivos.

Cambió el peso de una pierna a la otra, y sosteniendo los libros con un brazo, estiró el otro.

-Es un placer- saludó.

Cashmere estrechó su mano con una pequeña sonrisa, pero Gloss le dio un abrazo.

-La estás asfixiando- dijo su hermana.

-Lo siento, pulgarcita- se disculpó Gloss, soltandola.

Calta intentó no jadear.

-¿Por qué no te sientas?-preguntó Finnick.

Calta intentó negar, pero ante la insistencia de los hermanos, aceptó la invitación.

-¿Hace cuánto conoces a este imbécil? -preguntó la rubia, señalando a Finnick mientras tomaba asiento frente a este. Gloss se sentó a su lado; se veía ridículamente grande.

-Muérdeme.

-Oh, desde el Tour de la Victoria.- respondió, tomando asiento.

Finnick se había levantado para darle acceso al lado de la ventana. Calta no preguntó como sabía que prefería ese lado. Dejó su mochila a sus pies y los libros contra su mesa.

-Rompió el hielo con un cubo de azúcar, ¿verdad? -adivinó Cashmere.

Calta asintió.

-Hermano, necesitas más trucos que ese.

-¿Cómo qué? ¿Flexionar mis músculos y pedir que los toquen?

Gloss bufó, claramente ofendido.

-Siempre funciona.

-¿De verdad?

-En los desesperados- masculló Cashmere, ojeando el menú- ¿No tienen nada orgánico?

-Así que, ¿Por qué no nos presentaste a tu amiguita antes, Nemo?- preguntó Gloss, con un brillo travieso en sus ojos- ¿No querías compartir?

Calta enrojeció.

-Déjala en paz.


Los amigos de Finnick eran agradables. Gloss era un payaso y Cashmere sorprendentemente amable, al menos con ella. Calta no sabía qué esperar de los otros vencedores (en especial de los Profesionales), pero fue una sorpresa grata.

Respondieron sus preguntas sobre el Distrito 1, pero la mayor parte de la tarde la pasaron avergonzando a Finnick con diferentes anécdotas.

La favorita de Calta era la de la primera vez que Finnick se embriagó.

Gloss jadeaba por aire, tenía el rostro rojo, lágrimas cayendo por sus mejillas, y golpeaba su puño contra la mesa, en un vano intento por recuperar el control.

Cashmere apenas podía controlarse, pero se las arregló para terminar la historia.

-Se lanzó a la fuente y demandó que lo llamáramos Ariel. Luego comenzó a cantar una canción, algo sobre "bajo el mar".

-Incluso intentó... n-n-nadar co-como...si...sirena- Gloss se las arregló para decir, agarrándose el estómago.

Calta estaba llorando, y el estómago le dolía de tanto reír. No podía recordar cuándo había sido la última vez que había reído tanto; probablemente desde que su padre estaba vivo.

Finnick se cruzó de brazos y se rehusó a hacer contacto visual.

-La venganza será dulce.

Los hermanos se retiraron luego de un rato, y Calta se volteó hacia él.

-Me agradan- decidió, tomando un sorbo de su café. Era su tercera taza.

-Sí, lo noté.

Parecía divertida. Le dio un codazo y se reclinó contra él.

-Oh, vamos. Fue divertido.

No respondió.

-Vaya, tienes un ego delicado.

-Claro que no.

Ella arqueó una ceja.

-No te preocupes. No voy a ir por ahí contándole a todos que quieres ser una sirena. No me atrevería a arruinar tu reputación.

Finnick la miró de reojo. En las escasas ocasiones que se habían encontrado, no la había visto tan suelta. Tenía una gran sonrisa, sus ojos brillaban, y todavía tenía las mejillas rojas.

Decidió que le gustaba esa apariencia.

-No sabía que los otros vencedores eran tan amigables- comentó a la ligera- Katniss dijo que solo Beetee y Wiress valían la pena, y Mags. También le agrada Mags.

Finnick rodó los ojos y lanzó un cubo de azúcar en el aire.

-Bueno, tu hermana no es precisamente un rayo de sol, princesa.

Calta se congeló. El cubo de azúcar cayó sobre su rostro, pero Finnick no pareció sentirlo.

Se aclaró la garganta y continuó.

-Dile que para decidir si alguien te agrada primero debes hablarles.

La chica sonrió.

-Me aseguraré de pasar el mensaje.

Miró la hora y maldijo por lo bajo.

Tomó su mochila y libros. Finnick se levantó para dejarla pasar.

-Tengo que ir a la biblioteca.

-¿Quieres compañía?

Le agradaba la presencia de la chica Everdeen. Estar a su alrededor era extraño, como si demandara su atención indivisa sin vociferarlo. A Finnick no le importaba, estar a su lado le ayudaba a olvidarse de la arena, de Snow, y de sus clientes.

-Si quieres.

Finnick metió la mano en el bolsillo y Calta intentó alcanzar el bolsillo de su mochila. Al notar las acciones del otro, intentaron apresurarse.

Finnick fue más rápido, y depositó un par de billetes en la mesa.

Calta frunció el ceño.

-No es justo. Yo tengo todo esto- dijo, asintiendo hacia los libros.

-Mejor suerte la próxima vez, princesa.

Con un gruñido, se dirigió hacia la puerta. Finnick la sostuvo abierta para ella y se ofreció a cargar sus libros. Calta estuvo a punto de rechazarlo. Se mordió el labio, y luego de un momento de consideración, le pasó los tomos y ajustó la pesada mochila que parecía estar a punto de reventar.

Caminaron en silencio por un par de cuadras, y luego la chica del 12 comenzó a hablar de algo que estaban aprendiendo en su clase de química. Finnick entendió poco y nada, pero de todas formas prestó atención. Repitió las mismas preguntas una y otra vez, pero a Calta no parecía molestarle. Eventualmente, encontró la forma de hacerle entender, un poco.

Finnick estaba seguro de que la nueva información no le sería útil, pero Calta parecía tan fascinada por el tema que se limitó a intentar absorber cada palabra.

Caminaron hasta la biblioteca a paso leve, y por unos minutos, Finnick se sintió como un hombre normal.


N/A: ¿Qué es esto? ¿Una nueva historia? No es una decisión muy sabia pero yo no soy muy inteligente, jejeje.

Se supone que este será un short-fic. No tendrá más de diez o doce capítulos, pero planeo que sean largos.

Lo siento si shipean a Odesta, esto va a ser FinnickxCalta...Finnalta? Ficalta? Caltanick? Calfin? No se, ya inventaré algo.

Gracias por leer :)