Los personajes que aquí aparecen no me pertenecen y son propiedad de Ryan Murphy Productions.

El relato es ficticio; cualquier parecido a la realidad es mera casualidad.


N/A: Buenas de nuevo a todas! Ha pasado poquito tiempo desde la finalización del anterior fic, pero ya hemos vuelto con las pilas cargadas para ofrecerles una nueva historia.

Nos gustaría que nos dierais vuestras opiniones, ya sean buenas o malas... porque dependiendo de la aceptación de éste prólogo, se decidirá si seguir escribiendo o no la historia.

Esperamos que os guste.


Prólogo

Hoy es el primer día de mi muerte. Después de una larga agonía y angustiosa espera, el juzgado penal dictó su sentencia hace tan sólo unas horas. Dos hombres uniformados, y armados, me llevan hacía un furgón mientras noto cómo los flashes de los fotógrafos, y unas incesantes preguntas de los periodistas, se agolpan sobre mí. Entre empujones y tirones, los dos policías me empujan hacia el interior del furgón negro que se encontraba situado frente a los juzgados.

- Podrías tener un poco más de cuidado; voy esposada- intento levantarme apoyando mi cuerpo contra las paredes del coche.

Y como ya suponía, los hombres no contestaron ante mis quejas; cerraron de golpe las puertas, dejándome en completa oscuridad. Como pude, fui tanteando el lugar hasta que choqué con lo que parecía una banqueta para sentarse; miré el único punto de luz, que me proporcionaba una rejilla, situada en la parte superior delantera del vehículo.

El día estaba nublado y apenas pude apreciar la claridad. Era curioso pero, ahora que estaba encerrada en una furgoneta, lo que más me apetecía ver era el sol. Era extraño, pues antes lo primero que hacía era cerrar las persianas para que no entrase la luz en mi habitación.

Al apoyarme en la pared, pude notar el bullicio que había causado mi caso. Empecé mi carrera con los flashes y cámaras y se termina mi sueño de la misma manera… Un tanto irónico.

-Esto es el fin- dije para mí misma a la vez que notaba cómo el furgón arrancaba y se movía hacía lo que iba a ser mi nuevo hogar.

A pesar de las miles de cosas que tenía en la cabeza hacía tan sólo unas horas, ahora mi mente estaba en blanco; no podía pensar. ¿Cómo debes de actuar cuando todos tus sueños y tu vida se van de un plumazo? Me quedé mirando un punto fijo del suelo, sin darme cuenta de que el vehículo había parado su marcha.

-Señorita, ya hemos llegado- me dijo mientras subía al furgón para volver a agarrarme del brazo.

-¿Dónde estamos?- pregunté nada más bajar del coche.

-Bedford Hills- contestó el otro guardia.

Con los ojos abiertos como platos, fui caminado poco a poco hacía los muros que iban a privarme de mi libertad durante bastante tiempo. Los guardias, con poca amabilidad, me llevaron hasta la puerta de seguridad dónde otro guardia, uniformado de distinta manera y con un arma colgada a sus hombros, daba una señal para que se abrieran las puertas de seguridad.

-Ya nos ocupamos nosotros, gracias- espetó a la vez que me agarraban de nuevo.

Me quedé inmóvil viendo cómo las puertas se cerraron a mi paso y cómo los guardias, que me acompañaron por el camino, volvían a su furgón negro.

-¿A dónde me llevan?- pregunté asustada.

-A recepción, a que te tomen los datos- dijo con una sonrisa. –Hoy es martes de presa-.

-¿Qué significa eso?- pregunté horrorizada.

-Ya te enterarás- respondió con prepotencia.

El camino hasta la recepción me parecía eterno; aquellos pasillos estaban oscuros y en silencio, algo que lo hacía más aterrador, sin duda. Noté cómo un sudor frío corría por mi frente y en mis manos, mi respiración comenzaba a acelerarse. Comencé a sentir un hormigueo en las manos, pues los grilletes me apretaban demasiado e incluso notaba cómo se estaba formando una herida, debido al sudor y a la fricción del metal en mis muñecas.

El guardia se paró en una puerta grande donde se podía leer un cartel que ponía "recepción". Al abrirla, noté cómo las luces de los fluorescentes de la oficina me cegaban y cómo mis oídos empezaban a escuchar el alboroto que tenían allí dentro.

-Aquí le traigo a la nueva- me colocó delante de un mostrador en el que se encontraba una señora mayor al otro lado.

-Nombre y apellido, por favor- soltó sin apenas mirarme a la cara.

-Rachel Berry- contesté con un hilo de voz que apenas me salía del cuerpo.

-¿Rachel Berry? La estábamos esperando- levantó esta vez la mirada para observarme. –Cada día más jóvenes… ¡Qué desperdicio de juventud!-.

-Soy inocente- dije en apenas un susurro.

-Ya, como todas aquí- hizo una pausa para recoger unos papeles. –Deme sus huellas- me mostró un estuche que contenía tinta. –El dedo índice, por favor-.

Levanté como pude las manos, que aún tenía esposadas, y, con algo de dificultad, coloqué el dedo índice en el estuche de tinta, presioné fuerte y coloqué el dedo en el lugar que me señalaba aquella extraña señora.

-¡Vamos!- exclamó el guarda mientras tiraba de mí.

Yo apenas tenía fuerzas para pronunciar una palabra. Aquel lugar me intimidaba demasiado; sólo me dejaba llevar de un lado a otro de la estancia. Me llevaron a otra habitación en la que había un enorme cartel blanco, con rayas negras situadas en la pared.

-Póngase allí señorita- dijo amablemente una agente.

-¿Aquí está bien?-.

-Tome, sostenga el cartel firmemente a la altura de la barbilla. Le voy a hacer un par de fotos, así que no se mueva- me explicó mientras se giraba para agarrar la cámara de fotos que se encontraba en una mesa.

Cuando la chica se giró, observé el cartel que me había dado. Al parecer, era una serie de números y letras; como vi siempre en las películas. Pude leer lo siguiente: "Police Departament Bedford Hills NY", bajo un número que, en este caso, era el 6521. Y, por último, más abajo, la fecha: 7 May 2013. La pared llevaba una serie de medidas que supongo que marcaban la estatura.

-6521, mire al frente con la cabeza alta-.

Pude deducir, mientras me fotografiaban, que en ese lugar no te conocen por tu nombre. Eres un simple número más allí dentro; alguien que no importa si es inocente o no, si has sido alguien importante fuera, si tienes principios, creencias religiosas o si eres vegetariana… Da lo mismo, aquí sólo eres un número más, entre tantos.

-Ahora quiero que te pongas de perfil y sostengas el cartel de la manera que te he indicado- dijo separando el ojo del objetivo de la cámara.

Acostumbrada a las fotografías, a que la gente se parase para echarme una foto o, incluso, me pidiesen un autógrafo… y, ahora, me encuentro echándome las peores fotos de mi vida, las que marcan el final de todo.

Al finalizar, y comprobar que se apreciaba claramente el cartel con el número y los datos, me llevaron a lo que probablemente sería un almacén.

-Toma, aquí está tu uniforme- me entregó un par de camisetas de tirantes blanca, dos camisas de color beige, con el número grabado en la espalda y en el frontal, junto a unos pantalones marrones.

-¿Qué talla usas de zapato?- me preguntó mientras se giraba a buscar entre las estanterías.

-37- me limité a mirar fijamente el número que me acompañaría durante mucho tiempo.

-Toma, las botas… Aquí están los utensilios del aseo, un cepillo de dientes, una pastilla de jabón, un cepillo para el pelo- soltó de manera autómata como si estuviera programado para decir eso durante toda su vida.

-¿Nada más?- fruncí el ceño ante lo que allí consideraban cosas de aseo.

-El resto se encuentra en las celdas. Y, por cierto… no pierdas el jabón, sólo damos una pastilla al mes-.

-¿Y mis cosas?- pregunté al ver que no mes las daban.

-Están siendo revisadas por los guardias; no queremos que entren cosas peligrosas-.

-¿Cuándo me las darán?

-Cuando nosotros digamos. ¿Entendido?- elevó el tono algo malhumorado.

-Sí señor…- me resigné.

Después del almacén, me volvieron a llevar a recepción, dónde se encontraba aquella extraña y anciana mujer. El hombre, me dejó en una silla junto a un par de mujeres que sostenían, como yo, aquél mono beige con su correspondiente número en la espalda. A diferencia de cómo me encontraba yo de aterrada, aquellas mujeres mostraban una expresión seria y dura. Me pregunto… ¿Qué delitos habrán cometido para acabar aquí?

-¡Qué estás mirando!– exclamó una de las mujeres con expresión amenazadora.

-Na…dddaa…- tartamudeé del miedo que me provocaba tan sólo con su simple mirada.

-Vas a durar poco aquí dentro, muñeca- volvió a mirar al frente con una sonrisa sádica en su rostro.

Todo el tiempo que estuve a la espera del juicio, pensé en todo lo que iba a perder si me condenaban, pero nunca llegué a imaginar cómo sería vivir aquí dentro o, más bien, sobrevivir. Ahora, más que tristeza y desilusión por vivir, sentía auténtico pánico, pues si las mujeres de allí dentro fuesen la mitad de grandes y la mitad de fuertes que mi compañera de asiento, la llevaba cruda.

Miles de imágenes se me vinieron de repente a la cabeza, mostrando las diferentes formas de tortura que podían someterse en una cárcel y, en todas, como protagonista… yo misma.

-Andando, es hora de entrar- espetó el guardia a la vez que me volvía a sujetar por el brazo.

-Nos vemos dentro muñeca- dijo a la vez que me lanzaba un beso, acto que provocó que se me pusiera un nudo en la garganta que no me dejaba ni respirar.

Los pasillos, por los que me llevaba ahora el guarda, no tenían ni punto de comparación con los de antes. Si los otros me parecía oscuros y silenciosos, éstos eran todo lo contrario; las pocas ventanas se situaban a lo alto de la pared y estaban tapadas con una rejilla. El bullicio de la gente comenzaba a ser más fuerte, según avanzaba.

Una puerta, eso era lo que me separaba de lo que ahora sería mi nuevo infierno.