No me creo que vaya a empezar un fic de este tipo, sobre todo porque nunca acabé muy convencido con eso de humanizarlos. Pero bueno...

Espero que disfrutéis esta historia, con un número de capítulos sin determinar. Y no, no abandonaré mi otro fic... hasta acabarlo.


Prólogo: Antes de clases

- Muy bien, señora. Ahora quiero que empuje una vez más - dijo el doctor.

- No creo poder aguantar más este dolor - dice la paciente.

- Piense en el ruido de unos piececitos correteando por su casa - aconsejó una enfermera.

Segundos después, todo el hospital se llenó de gritos de dolor provenientes del paritorio. Una cosa es parir a un bebé rellenito, y otra cosa muy distinta es a gemelos... rellenitos ambos.

16 años después, 2015

Habían pasado 16 años desde aquel día. Esa mujer ahora tenía una horrible cicatriz en sus partes intimas, pero había sido bendecida con un hijo maravilloso... y otro no tanto.

El mayor de ambos era un chico moreno y de piel algo pálida, ojos azules y medía 1'70 m. Este hijo era un estudiante de primera, una persona con un corazón de oro y bastante apasionado.

Su hermano, el "pequeño" también era moreno, solo que siguiendo la moda se tiñó el pelo de algún color extravagante, siendo el azul eléctrico en su caso. Medía 1'90 m, su tez era normal (normal estilo ibérico). No es que fuera un gran estudiante... Ni su comportamiento era muy bueno... Y solo parecía hacer las cosas por petición de su hermano. ¡Ah, si, sus ojos! Bueno, sus ojos...

Flashback: hace 16 años

- Aquí tiene a sus hijos - dijo la misma enfermera de antes, entregándole a la exhausta madre a sus dos retoños.

- Son hermosos. Pero doctor, el grande...

- Se equivoca, señora. Ese tan grandecito es el pequeño. - dice este.

-Vale. Pero...

- No se preocupe, señora. Algunas personas nacen sin melanina en el iris, lo que vuelve este una superficie cristalina y nos permite ver sus glóbulos rojos.

- No he entendido nada...

- No tiene lo que da color al iris, y vemos su sangre como si fuera a través de una ventana. - aclara una enfermera.

- Había oído eso de que "los ojos son la ventana del alma"... ¡Pero esto es exagerado! - dice el padre, que entro unos segundos antes.

Fin del Flashback

Y esa es otra de las cosas que hacían tan distintos a los gemelos. El mayor de ellos se llamaba Erik, y el menor Tobías (os imagináis a quien me refiero, ¿no?), ambos de apellido Striker. La diferencia de edad entre ambos era de 5 minutos. Como último dato físico, Erik ya no estaba rellenito pero su hermano aún si (ahora con "rellenito" me refiero a algo entre normal y gordo. Sin embargo en el momento del parto, "rellenito" se inclinaba más hacia gordo (siento tanto lío, pero es que "gordo" es una palabra que no me gusta usar mucho, ya que hace un año me encontraba en esa situación y como que no me enorgullecía mucho de mi cuerpo)).

Ese día empezaba un nuevo curso. Ambos pasaron para primero de Bachillerato. Que estén en este curso, aún a pesar de que su edad es la de un alumno de cuarto de ESO, es porque al nacer en Diciembre les adelantaron un curso (esa situación me es MUY familiar).

(Concluida esa minipresentación, pasemos a iniciar la historia)

El reloj marcaba las 08:00 de la mañana. Erik se encontraba terminando su desajuno, mientras su madre lavaba los platos y su padre salía por la puerta en dirección a su trabajo. ¿Qué era su padre? Biólogo marino. Por su parte, Tobías bajaba lentamente las escaleras, más dormido que despierto.

- ¿¡Aún estás en pijama!? - grita la madre, viéndolo a través de la puerta que conecta la cocina con el pasillo de la planta de abajo (estaba abierta).

- No hay prisa... - dice el alto, entre bostezos.

- ¡Vas a llegar tarde! ¡Si no te cambias rápido te vas a ir al instituto sin desayunar!

- No.

- ¿¡Cómo que "no"!?

- NO voy a llegar tarde y NO voy a ir sin comer algo.

- Anda, date algo de prisa - dijo Erik, tras notar que la cara de su madre era de un peligroso color rojo.

Tobías miro por unos segundos a su hermano y volvió a subir las escaleras. El sueño y el hambre nadie se los quitaba, pero si era su dulce hermanito el que se lo pedía no dudaría en cometer genocidio.

Tras 16 años de convivencia familiar, su santa madre aún seguía sin saber porque a la única persona a la que hacía caso era a su hermano.

Intentaron de todo: Pedirle que hiciera algo amablemente, con un tono un poco subido, gritando, amenazandolo con castigos, castigándole... Pero nada servía.

Desde los 14 años estuvieron considerando aplicar castigos físicos, pero ya para entonces era más que evidente que él podría perfectamente con ambos padres.

Lo único que tenían para evitar que su hijo fuera un rebelde sin causa era a su otro hijo. Pero claro... a pesar de que entre ambos hubiera un montón de diferencias físicas, en la mentalidad e incluso a la hora de estar con un tipo de compañías (compañías de amistad, no de empresa) u otras, el lazo que los unía era algo que incluso unos amantes o los dioses envidiarían.

Tobías volvió a bajar las escaleras, pero esta vez corriendo y más animado. Nada más entró a la cocina abrazó a su hermano, que todavía estaba sentado, por la espalda y luego se sentó.

- Supongo que hoy tampoco me vas a abrazar, ¿no? - dijo la madre, más calmada.

- No me das motivos para hacerlo.

La tranquilidad le duró poco. Tuvo que salir de allí, porque si no acabaría dándole una bofetada su hijo. Y claro, a pesar de estar enfadada seguía temiendo la reacción de su hijo.

- Es muy fácil hacerla enfadar - dice Tobías.

- La paciencia es un don que se agota con el tiempo... - dice Erik, con un tono filosofal.

- ¿A qué hora empiezan las clases?

- A las 08:45. El instituto está a 30 minutos andando, por lo que deberíamos irnos a las 08:10, para poder ir con calma.

- ¿Y qué hora es?

- 08:05...

- ¿¡Qué!? No me va a dar tiempo a desayunar.

- Coge una manzana y cómela por el camino.

- Buena idea...