Advertencias: Los personajes no me pertenecen. Literalmente está en esta categoría porque ¿si es de la saga de Capitán América podemos hacer como que Infinity War y Endgame no han sucedido? Ja, creo que es lo de menos.

Notas: Hola! Gracias por la oportunidad de leerme, si es que queda alguien aquí :)

Me siento un poco intrusa llegando de improvisto, y siendo una neófita que entra de cualquier manera. Espero me disculpen por ello, pero una vez reunido el valor, ya no hay marcha atrás. Después de la presentación y a modo de notas generales sobre este fic: no, los demás capítulos no serán así de largos; sí, es BuckyxOFC; no, no creo que sea demasiado slow-burn; sí, lo tengo acabado pero eso no implica periodicidad en actualizaciones ni siquiera que la suba entera; y no, no es sobre el maravilloso Budapest de Natasha y Clint, más quisiera.

¿Por qué no doy muchos detalles de la OFC? Porque tampoco importan, ¡viva la imaginación!

¿Emplazamiento temporal? Good question, admitamos que jugando un poco, años después de CA:CW, los suficiente para que Shuri haya hecho magia con el sargento.

Gracias de antemano por dejarte caer por aquí, y cualquier consejo, sobre todo para mantener personajes dentro de sus personalidades, son mucho más que bien recibidos: son correspondidos con toneladas de chocolate.

Espero que guste.


Budapest, con amor


1. La séptima negación


—Disculpe, caballero, pero no se puede tocar las piezas de la exposición, hay una barrera que no debería haberse saltado.

Indicó la cinta roja que rodeaba los maniquís con los trajes y que quedaba tras él, pero el hombre no se movió, ni siquiera dio señales de haberla escuchado. Volvió a llamar su atención, con la misma suerte, cuando tomó la cinta roja entre sus manos, dispuesta a saltarla, otro hombre le tocó en el hombro y se adelantó.

—Venga, Bucks, no enfades a la señorita.

—¿Uhm?…—Se volvió por un segundo, bajó la mano y se dio por vencido—. Lo siento.

—Se sorprendería de saber que no es el primero. —la sonrisa escapó involuntariamente de entre sus labios, quizá sería el cansancio.

—Gracias por vigilarlos, entonces —respondió el segundo mientras el primer hombre volvía tras la cinta fuera de la zona de seguridad.

—No, no esas gracias no son para mí, yo sólo pasaba por aquí —la mujer señaló a los de seguridad de la entrada—. Ellos son los que se encargan de eso. Aunque una vez alguien sí consiguió robar un traje, menos mal que luego lo devolvieron.

El segundo hombre sonrió bajo la mirada acusadora del primero, por eso se había puesto de su lado, porque se sentía culpable.

—Son solo trapos. —masculló mientras bajaba la visera de la gorra para quitarle a la situación, al fin y al cabo estaba en todo el derecho de decirlo.

—Sí, pero también son la prueba de que existieron e hicieron algo grande. Idiotas con el poder de cambiar el mundo y salvarlo. Lo mínimo que merecen es un respeto.

—Curioso que esas sean las palabras de una roba tumbas— la voz de otra mujer sorprendió al grupo—. Caballeros, me alegra ver que ya conocen a Anna.

—No soy una roba tumbas… —masculló volviéndose hacia la mujer tan familiar—, y ¿por qué debería conocerlos?

—No tú, ellos a ti, tú ya conoces lo suficiente al capitán Steven Grant Rogers y al sargento James Buchanan Barnes. A todo esto, Steve fue quien robó el traje de Capitán América, si es que se puede decir que fuera un robo.

Intentó parecer sorprendida sino fuera porque se lo decía cada vez que iba a visitarla al museo.

—Y ya que conoces a los idiotas con el poder de cambiar el mundo, ¿vamos a por café?

Hizo un gesto con la mano invitándoles a seguirla, a sabiendas que preguntarle en ese momento cual era la razón de su esa inesperada visita, no serviría para nada. Podía alargar el tiempo que tardaría en decirle que no, pero sobre todo porque la mitad de la exposición sobre los héroes de guerra no era el sitio más discreto y seguro para tener al menos a dos de dichos héroes.

—Oos aseguro que sólo por ello ha merecido la pena la visita al Smithsonian.

Anna negó con la cabeza, era la hora del segundo café de la mañana. Se adelantó al grupo y los tres la siguieron a través de los pasillos hacia la segunda planta, buscando un despacho al que les invitó a entrar. No había nada especial, dos de las cuatro pareces estaban repletas de libros, en la tercera un ventanal que daba a los jardines del National Mall y una cuarta decorada con un par de cuadros, con un mostrador.

—Poneos cómodos, ¿Nat, cappuccino? ¿Qué desea, Capitán?

—Un… ¿un americano? —dijo dubitativo, la pelirroja se llevó una mano a la cabeza mientras negaba lentamente.

—Lo siento, cap, pero no servimos agua del váter. Bastante tengo con el cappuccino.

—¿Lo mismo?

—¿Y para usted, sargento?

—Café solo. —miró con superioridad al rubio ante la sonrisa aprobatoria de la chica.

Se giró buscando ágilmente todo lo necesario en el mueble superior y encendiendo el fuego. Poco a poco el aroma invadió la oficina envolviéndola con su fragancia cálida y hogareña.

—Chicos, una vez más, esta es Anna Gardner—Nat se levantó y se dejó caer sobre el mostrador mientras la nombrada terminaba de batir la leche para conseguir la densidad adecuada de la espuma. — Otro de los pequeños proyectos de Stark, lingüista, especialista en lenguas muertas y procesamiento del lenguaje natural, y la mejor barista a este lado del universo.

—Si Stark está por medio, esto empieza a sonarme a un no rotundo—repartió las tazas de los cappuccino.

Cogió la otra taza y se la acercó al hombre de cabellos oscuros que se había quitado la gorra y se mantenía más alejado, apoyado en el límite entre la pared y el cristal.

—Lamento lo de antes, sargento—el hombre aceptó la taza—. Arábiga de Kenia, olor dulce y sabor ácido levemente cítrico, espero que le guste y sirva como disculpas.

Agradeció con un leve gesto de la cabeza.

—Y —se volvió hacia Nat—, ¿me vas a decir a qué debo decir no, o nos lo ahorramos?

—Después del café, Anna, después de esta delicia.

Anna bajó la mano quitándole importancia y se sentó en su despacho, encendió la pantalla del ordenador y se enfrascó en los datos.

—¿Te traigo a los chicos más populares del mundo y te pones a jugar con tu ordenador?

—No, no, después del café, Nat. —le respondió en un tono musical sin apartar los ojos.

El capitán reprimió una sonrisa, se notaba cierta complicidad, no sólo por los diálogos, sino porque Natasha no estaba en tensión, algo difícil de ver en esos tiempos, más aún fuera del complejo de los Vengadores. El café, como le había dicho merecía la pena.

—Con todo el respeto —levantó la mirada de la pantalla hacia ellos antes de volver hacia la mujer—, no es que no me interesen, muy al contrario, es un placer, estaría encantada de escuchar sus batallitas, pero… ¿Estás segura que aguantarás todas las preguntas que tengo para ellos? Ya sabes cómo soy.

—Está bien, tú ganas.

—Y así es como se trata con Natasha Romanoff, con un buen café y un poco de distracción. Principalmente, un buen café y la amistad de varios años.

—Lo apunto, quizá estaría bien que vinieras con nosotros.

—No me gustaría tener mi punto débil tan cerca, pero no diría que no a que vinieras con nosotros—la mujer se sentó en la silla más cercana del despacho—. Y esto es sencillo.

—¿Cómo las seis veces anteriores en las que casi me matan?

—Eres la Indiana Jones de esta línea temporal, muchos querrían estar en tu piel.

—Lamento que la Anna de esta línea temporal no sea la que quiere ser Indiana Jones. Los halagos no funcionan conmigo, tampoco la intimidación con los héroes de guerra. Creo. Eso espero.

—Y yo espero lo contrario. Además, como te acabo de decir es sencillo, porque sólo tienes que traducir. Tu pasatiempo preferido. —Le hizo un gesto al capitán— Hasta te hemos hecho el favor de traértelo.

Steve se adelantó y extrajo algo envuelto en tela de su bandolera.

—Perfecto, vamos a destruir el Smithsonian en hora punta de visitas escolares. No, Natasha, me niego a mirar eso, porque sé que en cuanto lo haga ya será demasiado tarde para decirte que no.

—No seas una exagerada.

—Por favor. —intervino el capitán.

Anna cometió el error de mirar a los ojos de Steve por un segundo, lo suficiente como para notar que el enfado se le pasaba y que sí, había bajado demasiado la guardia. Aquellos ojos azules eran como una mañana de verano, limpios como el mar y cálidos como la seguridad que imprimían, pero sobre todo eran muy peligrosos. Natasha también sabía su punto débil.

—Genial. Misión cumplida, capitán. —Extendió la mano y aceptó el objeto levantándolo en el aire mientras se giraba hacía la mesa notando cómo en su estómago se formaba un nudo. —Por el bien del universo. Por la próxima muerte de Anna Gardner.

Calibrando el peso podría decir que era piedra, mármol quizás, la tela no le dejaba notar la rugosidad, pero el peso bien repartido era indudable, indudablemente familiar. Lo dejó sobre el escritorio y volvió a la encimera. Abrió un cajón y sacó un par de guantes de plástico. Regresó y abrió la tela dejando al descubierto el mármol blanco que suponía. Lamentaba no haberse equivocado. Siempre lo hacía cuando Natasha venía a verla.

Cogió la piedra entre sus manos y la llevó a la luz, pasó sus yemas sobre las muecas talladas, menos de un minuto.

—Lárgate. Yo me olvidaré de que has venido y de esto. —Siseó mientras buscaba su mirada inquisidora—. Nunca has estado aquí y nunca he visto esta piedra. Nunca os he conocido. Por el bien de todos. Dejadla dónde estaba, porque estaba allí por una razón concreta. Y decidle a Stark de mi parte que se puede meter sus buenas intenciones dónde mejor le quepan.

El nudo de su estómago se encogió, siempre lamentaba tener razón. Cierto que miles de pregunta se agolpaban en su cabeza, pero como bien acababa de decir, lo mejor era actuar como si esto no hubiera sucedido. Nunca. Sabía demasiado bien que sólo una persona en ese mundo, aparte de ella sabía dónde encontrar justo ese trozo maldito de piedra, y que estuviera a la luz del día no podría ser bueno. Ahogó su pensamiento antes de comenzar a hiperventilar.

—Imposible, Anna, ya estamos aquí, ya has visto la piedra, ahora—.

Parece que no estaban por la labor de concederle paz. Y estalló con un dedo acusador hacia la pelirroja alterada.

—Natasha, lo de Asgaard tuvo un pase, las runas me gustan demasiado y era primeriza en el trato con vuestra dulce troupe, joder hasta me divertí por culpa de Loki lo juro, buen tipo, peor hermano, pero casi la palmo, casi me mata. El Doctor Banner es simpático, hacéis buena pareja, pero eso ya lo sabes, como que casi muero cuando me metiste en ese lío, sí, acepto que esa vez fue sin querer, ni siquiera te lo tengo en cuenta. Nunca acepté ir contigo a Japón, ni me preguntaste porque sabía qué iba a pasar, ya sabes, a la tercera va la vencida. Y aún así me engañaste con el maldito manuscrito, fue un placer conocer a Clint, un tío genial y, ¿adivina? Casi me voy para el otro barrio, ¿quién se lo iba a imaginar? La aventura a lo Indiana Jones con los de Wakanda, fue curiosa, no lo niego, turismo impagable, un paraíso, unas gentes maravillosas, Shuri un encanto de mujer seguimos en contacto, pero casi muero. Dos veces. Y por supuesto, no pienso recordarte el paseo por Irán, de verdad, déjame olvidar aquello, por mi propio bien, no volví a trabajar de intérprete jamás, casi muero en aquel coche camino de Odessa. Ya he gastado todas mis vidas de gato. No pienso acompañarte a Budapest por mucho que me gusten las aguas termales y por mucho que quiera compartir tiempo con estos señores, porque ya sé cómo va a acabar. Y te juro que esta vez ni siquiera tendría que tener en cuenta las experiencias anteriores, sino sólo por eso ya te estoy diciendo que no. No. Lo sabía, joder. Lo sabía.

—¿Cómo sabe que vamos a Budapest? —La voz del capitán no consiguió calmarla, sino que tuvo el efecto contrario.

—No, ya no vais a Budapest. Dejad esto donde estaba y olvidadlo. Hacedme caso, hazme caso por una maldita vez porque de esto sé bastante.

—Acabas de aceptar la misión al decirlo.

—No. He aceptado mirarlo porque el capitán América me ha puesto ojitos. Todos habéis sido testigos de ello.

—Vamos, Anna, ya has leído ese trozo de piedra, ya sabes más que nosotros. No vas a perder nada si simplemente nos dice que pone. Te aseguro que luego desapareceremos.

—Sé mejor que nadie que no debo creerte en esto. Y sí, hay alguien que sabe mucho. Sé demasiado. Y esto… —cerró los ojos y respiró con calma antes de dejarse llevar, o estaría cayendo en su trampa—. ¿Sabeís? Todo es culpa de una sola persona y estáis bailando a su ritmo porque él sabe todo esto, y vosotros no y—

—¿Es este lugar seguro para seguir hablando? —la interrumpió una voz áspera pero pausada.

—Gracias.

Anna señaló al hombre que seguía apoyado sobre la pared, y con un leve gesto de la mirada les hizo ver el error.

—No te preocupes, Stark está dentro del sistema.

—Que te jodan, Tony. —susurró lo suficientemente alto.

—Por favor, Anna, esta vez y se acabó, te lo prometo.

—Claro, esta vez y acabo en el otro barrio, por supuesto que será la última.

La chica se llevó las manos a la cabeza, andaba nerviosa por el despacho de un lado a otro, negaba, y murmuraba una y otra vez que sí lo sabía. Todo indicaba una muerte segura, no pensaba poner un pie en Budapest.

Jamás, bajo ningún concepto.

—Prométemelo. Prométeme que no iré a ninguna parte, ni nadie va a venir, que voy a estar protegida, ¿puedes hacerlo? —el silencio y las miradas esquivas le respondieron. — ¿qué gano con esto?

—¿Paz mundial?

—No estoy de broma. Y no necesito reconocimiento, dinero, poder, ni un expediente policial. Si de verdad queréis la paz mundial, dejad todo tal y como estaba. —Se dejó caer sobre la silla— ¿Por qué habéis hecho esto?

—Anna, hay algo que olvidas. —Aquella sonrisa le dio un escalofrío—. Además, esta vez tendrás a estos dos guardándote las espaldas, es imposible que te pase nada.

—No es porque no confíe en ustedes —les miró segura antes de continuar con su respuesta—, pero fue lo mismo que me dijiste en Japón con Clint, pero debo insistir en que, no. Esto es demasiado hasta para Stark. Natasha, si no puedes cumplir mi parte del trato, entonces no. Adiós.

—Anna, por favor.

—Me alegro mucho de verte y ver que estás bien. Capitán, sargento, ha sido un enorme placer, si alguna vez queréis recuperar vuestros enseres personales, sólo tenéis que decírmelo y haré lo que sea porque os los envíen. Hasta la próxima, Nat.

—Anna…

—No, Nat, y menos cuando no sabéis nada. No hay nada más que discutir.

—¿Qué no sabemos? —de nuevo aquellos ojos azules del capitán le bajaron la guardia—. Dínoslo, Anna, podemos hacer algo, podemos, evitar algo importante y sabes que tú eres la única que puede ayudarnos. Ya conoces lo que dice la piedra. Por supuesto que vamos a protegerte.

—Sé olvidar con facilidad. Tengo práctica. Mucha práctica para olvidar.

—Y yo tengo una forma de hacerte recordar. —Natasha recuperó su frente en la batalla. —Empieza por Buda y termina por Pest.

—¡No! —exclamó por primera vez elevando demasiado la voz—. Hazme caso por una maldita vez.

—Lamentamos haber interrumpido de esta manera, pero te necesitamos.

—América me necesita, ¿no, Capitán? —gruñó cerrando los ojos.

—Así es. No es por Stark, es por un bien mayor.

—¿Lo has traído por esto?

—América te abrió los brazos, le debes algo. Y justo cuando América viene a pedírtelo no puedes negárselo.

—Ey — el sargento llamó la atención de todos al tiempo que se llevaba una mano al oído derecho donde debería tener un dispositivo de comunicación. —No estamos solos.

—Genial. Absolutamente genial —La mujer envolvió el trozo de mármol lo más rápido posible y se lo devolvió a Steve antes de coger dos libros de la estantería y meternos en su bolso—. ¿Ves, Nat?

—Te aseguro que vamos a protegerte—como se suele decir, no hay dos sin tres, y cometió el error de mirar directamente a los ojos del capitán y por tercera vez notó que no podía negarse.

Enfada consigo misma, abrió la puerta y salieron lo más rápido posible del edificio. En la explanada del National Mall, un coche negro blindado les esperaba. La hicieron subir con premura observando el perímetro y mientras conducían lejos de aquel lugar, Anna volvió la vista sobre el Smithsonian. En parte quería despedirse del único lugar que había podido llamar casa desde que llegó a Estados Unidos, y por desconfianza, algo no encajaba en la situación que acababa de vivir.

Y así era. Nada pasaba. Todo seguía igual, los coches pasaban por la calle, los grupos de turistas entran y salían sin premura del edificio, y cuando al volver la vista al interior del vehículo notó la sonrisa en la cara del sargento, maldijo en todos los idiomas que conocía.

—Estáis cometiendo un grave error.


...


Si os apetece, no os olvidéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradeceré hasta la eternidad.

También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3

¡Muchísimas gracias por leer!

PL.