Aburrimiento

La televisión que usaban en el comedor dejó de funcionar hace dos días. La Madre Wolfe lo arregló tres veces, en el pasado. Siempre que estaba de asueto, arreglaba cosas. Los niños piensan que debe ser muy difícil cuidar enfermos en las misiones, llevar el mensaje de Dios y hacer valer la Palabra, pero ella ha sido siempre muy buena monja.

El verano pasado, el mayor de ellos tendrá diez años. Al morir su madre, su padre (un mercenario francés) lo había abandonado allí, asegurándole que comería mejor que si lo acompañaba a "ganar unas monedas bajando nazis" para una agencia inglesa.

Los niños más problemáticos se agolpan en el baño común, compartiendo una radio portátil , caramelos, chismes amoratados sobre una guerra muy repentina que estalló en Gran Bretaña y un cigarrillo húmedo que pasa de boca en boca.

Cuando lograron sintonizar el programa clandestino, en el cual hablaban de vampiros y una gran organización devastada en Londres, se asombraron. Extasiados, esa es la forma de describirlos. Fascinados. Después de todo, ellos rara vez vivían algo interesante.