11 de febrero del 2004 – Madrid
-Un boleto por favor- le pedí a la mujer dentro de la taquilla extendiéndole mi identificación de estudiante. Ya con el boleto ingrese a la estación y fui a la barandilla.
Había muchas personas, pero una en especial llamo mi atención. Era un chico de cabello rosado, tez trigueña; llevaba un uniforme diferente al mío. Hablaba por teléfono. Seguí observándolo, de pronto me miro y aparte los ojos.
Tome valor y lo mire de reojo, seguía con su teléfono. El tren llego. Todos entramos apenas las puertas se abrieron. Me senté a mitad del vagón. Lo busque con la mirada y lo encontré de pie a unos dos metros de mí. Ya no hablaba por teléfono y miraba con fastidio la ventana, entonces bostezo.
¿Qué eres? ¿Una acosadora? ¡Deja de mirarlo!
Cerré los ojos y suspire, saque mi teléfono de la mochila. Mire la hora.
Apreté el doblez de mi falda escolar y volví a mirarlo, entonces me miro. Quise sostenerle la mirada, pero fue inútil. Aparto los ojos bruscamente y finjo entretenerme con el teléfono. Apenas respiro, me hago pequeñita y me pongo a temblar.
¿Seguirá mirándome?
Vuelvo a mirarlo, pero ya no me presta atención. El timbre suena y las puertas vuelven a abrirse. Me pongo de pie y salgo del vagón con la cabeza ligeramente inclinada.
No importa, después de todo, nunca volveremos a vernos.
