Muy buenas a todos! Aquí estoy con una nueva historia que espero que les guste y que intentaré actualizar todos los domingos! Muchos besitos y abrazos y no se olviden de dejar su opinión que para mi es 100% importante!
Disclaimer: Nada de Final Fantasy VII ni de Square - Enix me pertenece
Capítulo 1
Agosto de 1954
Aquella era una cálida noche de verano en Costa del Sol. Como cada año, se celebraba la Verbena de las Flores Blancas, donde los jóvenes salían a bailar y a beber zumo de cereza, la bebida típica de la ciudad costera.
Costa del Sol nunca se había caracterizado por ser demasiado grande. Era más bien una ciudad pequeña y cálida, donde casi siempre solía hacer buen tiempo y mucho sol y todos se conocían entre sí.
Aquella noche, algunos jóvenes caminaban de un lado para otro en la redondeada Plaza de la Estrella, mientras el conjunto musical tocaba una canción movida para bailar y algunos, menos tímidos, salían al centro de la plaza a bailar con su pareja. Además, solía correr el rumor de que aquellos que salían a bailar juntos, nunca más se separarían.
Y, en aquella noche, una joven de cabellos castaños se sentía más emocionada que nunca. Era la hija de un prestigioso científico, el Profesor Gast y de su esposa, Ifalna. Ambos eran muy sobreprotectores con su primogénita, que tenía 17 años y siempre habían querido lo mejor para ella. Por eso, durante mucho tiempo sus padres le habían negado la oportunidad de acudir a la Verbena de las Flores Blancas, haciendo que la joven sólo pudiera ver los famosos fuegos artificiales a través de su lujosa casa, cerca de las afueras de Costa del Sol, que se alzaba lujosa e imponente frente a las demás casitas del pueblo.
Pero a Aeris, que así se llamaba la hija del profesor Gast e Ifalna, no le llamaban la atención los lujos y las comodidades. Era cierto que había aprendido a vivir con ellos, pero a ella le interesaba mucho más las cosas sencillas de la vida, como las flores, las estrellas, el sol, los átomos de polvo…cosas en las que, para ella, el mundo había dejado de fijarse.
Por eso, aquella noche, la joven Aeris, de ojos verdes que centelleaban como si tuviesen mil estrellas contenidas en su interior, no podía borrar la sonrisa de su rostro, ya que por fin podría ver los fuegos artificiales en persona y no desde la ventana de su habitación.
Aeris, como las demás jóvenes, llevaba una flor blanca en un lado del pelo. La flor era un símbolo de alegría, de feminidad. Los hombres también la llevaban, ya fuera en la camisa o en la mano, como un símbolo de tradición.
Sus mejores amigas, Tifa y Yuffie, dos jóvenes de la ciudad, la esperaban a las puertas de su casa, impacientes. Se preguntaban, preocupadas, si quizá finalmente los padres de Aeris le habían negado el permiso para salir. Pero sonrieron aliviadas cuando la vieron aparecer por la puerta, con una gran sonrisa y un vestido blanco de seda.
Tifa y Yuffie no tenían el mismo poder adquisitivo que su amiga Aeris. Sin embargo, ambas jóvenes eran muy buenas y amables. Quizá Tifa era algo introvertida, pero Yuffie era un auténtico terremoto. Por su parte, Aeris equilibraba la balanza, con su alegría y dulzura.
-¡Pensábamos que no vendrías! - dijo Tifa, sonriente.
-Tus padres no estarán enfermos, ¿verdad? - inquirió Yuffie, burlona.
-No, tonta. Están empezando a cambiar - dijo Aeris, esperanzada.
-¿Tú crees? - insistió Tifa, mirándola con sus grandes ojos rubí.
También había diferencias físicas evidentes entre las tres amigas. Tifa era alta y voluptuosa, con grandes ojos rubíes y el pelo largo y negro. Yuffie era aniñada, delgada y con el pelo corto y lucía unos grandes ojos marrones. Por su parte, Aeris era delgada y tenía unos ojos enormes y verdes, acompañados de un cabello castaño largo que siempre llevaba recogido en una trenza. Pero si en algo se parecían, es que eran muy bonitas.
-Estoy segura de que sí - dijo Aeris, intentando sonar convincente, aunque las insistencias de sus amigas la habían hecho dudar un poco.
Sus padres, aunque eran cariñosos y afectuosos con ella, solían ser estrictos en cuanto a su educación y su futuro e incluso a veces, con sus amistades. En un principio, a los padres de Aeris no les convencía que su hija fuera amiga de la hija del dueño de un bar y de la chica más traviesa de la ciudad. Sin embargo, tras los berrinches de Aeris, terminaron aceptándolas, aunque fuera un poco.
-Bueno, ¡no perdamos más el tiempo! - intervino Yuffie - ¡Vamos ya a la verbena, vamos vamos! - dijo la joven, que salió corriendo ante sus amigas, dejándolas a solas.
En ese momento, Tifa miró a Aeris con una sonrisa tierna.
-Hoy va a estar Cloud en la verbena. ¿Crees que te sacará a bailar? - preguntó la de ojos rubí, con dulzura.
Aeris sonrió, soltando una risa pequeña.
-¡Con lo tímido que es! No lo creo - aseguró la de ojos verdes.
Cloud era el novio a escondidas de Aeris. Sí, a escondidas, porque si a sus padres no les terminaba de convencer que su hija tuviese aquel par de amigas, mucho menos les iba a gustar que tuviese como novio a un futuro aprendiz de soldado. Sin embargo, los dos jóvenes no habían podido evitar enamorarse y aprovechaban los pocos momentos que tenían a solas para verse. Aeris solía mentir a su madre diciendo que iba al parque a leer su libro favorito, pero luego se encontraba con él. No obstante, los besos entre ambos eran fugaces, al igual que las caricias, pues tener un novio a escondidas en Costa del Sol era algo muy difícil, ya que todos se conocían entre sí. Sin embargo, en la Verbena, Aeris podría pasar más tiempo con él sin pensar en las habladurías o en que alguien se chivase a sus padres, puesto que los jóvenes bailaban y disfrutaban de la fiesta sin pensar en las consecuencias.
Una vez llegaron a la Plaza de la Estrella, se dieron cuenta de la gran multitud que había allí. Personas de todas las edades, pero sobretodo, jóvenes. Aeris sintió una punzada al ver a familias completas disfrutando de la Verbena, tomando algodón de azucar, zumo de cereza y demás golosinas. ¿Por qué sus padres no podían divertirse ni un momento?
-¿Vamos? Tenemos que encontrar a Yuffie. A estas alturas, quien sabe donde está - rió Tifa, tomando la mano de Aeris y adentrándose ambas en la gran marea de gente. Tras caminar un buen rato entre la multitud, ambas amigas encontraron a su otra pequeña amiga, del brazo de un joven de semblante serio y de largos cabellos negros, vestido con ropas rojas. Unas ropas que destacaban entre el blanco de la multitud.
-Anda, Vincent…¡invítame al algodón de azúcar! Por favor… - suplicaba Yuffie, mientras miraba con ojitos al joven que se hacía llamar Vincent.
-Ya te has tragado uno entero… - murmuró Vincent - en la próxima verbena te compraré otro.
-¿En la próxima? - exclamó Yuffie - ¡Tiene que pasar un año para que llegue la próxima! No es justo - dijo ella, dando una pataleta en el suelo.
Vincent puso los ojos en blanco durante un momento. Sin embargo, se sonrojó levemente, puesto que ver a Yuffie de aquella guisa era algo ciertamente adorable.
-Ya veremos si te lo compro esta noche… - susurró finalmente el joven, mientras que ella daba saltos de alegría.
Entonces Aeris y Tifa se acercaron sonrientes a su amiga.
-Lo habéis oído, ¿no? ¡Vincent me va a comprar un algodón de azúcar! - dijo ella, contenta.
-Pero…¿qué? - musitó Vincent a sus espaldas, pero las jóvenes ya no lo escuchaban.
De repente, Aeris sintió una mano alargada y algo fría sobre la suya. A la joven no le hizo falta girarse para saber de quien se trataba, pues esa mano ya la había sentido muchas veces sobre la suya.
-¡Cloud! - dijo ella, girándose para dedicarle una gran sonrisa. Se encontró con un rubio algo más alto que ella, de pelo alborotado y semblante serio, con profundos ojos azules. El joven, que no solía transmitir muchas emociones debido a su timidez, esbozó una pequeña sonrisa, una que solamente dedicaba a Aeris.
Entonces Tifa, que observaba la situación, intervino rápidamente.
-Oye, Yuffie, ¿por qué no vamos con Vincent a dar un paseo? - propuso la de ojos rubí.
Yuffie, dándose cuenta de la situación, accedió rápidamente. Tras despedirse, los tres jóvenes se marcharon, dejando a solas a Cloud y Aeris.
-¡Te he echado de menos esta semana! No fuiste al parque esta vez… - dijo Aeris, clavando su mirada en el suelo de la plaza. Cloud soltó una ligera risa.
-¿Por qué eres tan olvidadiza? - su voz era tan profunda como su mirada - Te había dicho que tenía que arreglar todo para alistarme en SOLDADO. Por eso esta semana he estado algo ocupado. Lo siento… - dijo él, encogiéndose de hombros y llevándose una mano al pelo alborotado.
Pero Aeris levantó el semblante con una enorme sonrisa.
-¡Es cierto! Soy una tonta, se me olvidan las cosas - dijo ella, riendo. Su risa era contagiosa para Cloud, que no acostumbraba a reír. Lo cierto es que no era muy conocido en el lugar por ser alegre, precisamente. Pero con Aeris salía esa parte de él tan oculta, esa parte que en el fondo a el le gustaba. Por eso le gustaba ella, porque sabía hacerlo sentir como nadie lo había hecho nunca.
-Quiero compensarte - dijo Cloud, buscando entre sus bolsillos, mientras que Aeris lo miró, preocupada.
-Oh, no. Ya sabes que no me gusta que me compres cosas. Tu presencia es suficiente compensación - dijo ella.
No le gustaba que su novio le regalase cosas, puesto que Cloud era huérfano de padre y su madre ganaba el dinero suficiente para mantenerlos a ambos. Ese era uno de los motivos por los que Cloud había decidido alistarse a SOLDADO, para que su madre pudiese vivir más holgadamente mientras él estaba fuera. Y eso era algo que Aeris admiraba, puesto que Aeris admiraba las cosas sencillas de la vida, las que nadie aprecia.
-Pero yo quiero regalarte algo - si algo caracterizaba a Cloud era su tozudez. No iba a descansar tranquilo hasta conseguir lo que se proponía. Entonces, el rubio sacó una moneda de su bolsillo y la contempló, orgulloso. - Espera aquí - dijo, mientras se alejaba de la joven que lo miraba con los brazos cruzados y se acercaba a un puesto en el que vendían flores.
-¿Cuánto por una rosa? - preguntó el rubio, mirando al dependiente.
-12 giles, joven. - contestó él, con una sonrisa cálida.
El rubio abrió mucho los ojos. ¿12 giles? Tan sólo tenía un gil. Miró de reojo a Aeris, quien estaba distraída mirando a la gente bailar y no se había dado cuenta de la situación.
-Ah…bueno…supongo que no puedo comprarla. - dijo Cloud, resignado. Como siempre, el dinero era un impedimento en su vida.
Entonces el dependiente se dio cuenta de a quién miraba el rubio que tenía ante sus ojos y, dándose cuenta de la situación y de la juventud de ambos, decidió hacer una buena acción.
-¿Sabe, joven? - dijo el dependiente, llamando la atención de Cloud - Una vez, en esta misma verbena, hace 20 años, yo también quería regalarle una rosa a mi novia y no pude porque el dependiente la vendía a 12 giles, como yo. Mi novia murió tiempo después y es la única mujer que he amado en toda mi vida y… ojalá hubiera podido regalarle esa rosa. Veo que solo tienes un gil así que… te la vendo por ese precio.
Cloud miró al dependiente, sorprendido. Parecía emocionado por la historia que acababa de contarle.
-Pero señor, yo…
-¡No seas tonto y cógela! - dijo el dependiente, extendiéndole la rosa, de un profundo color rojo. - Ojalá a mi me la hubieran rebajado también. No desaproveches tu oportunidad. - insistió.
Asintiendo con la cabeza, Cloud aceptó la rosa y, profundamente agradecido, le entregó el gil al dependiente, quien le guiñó un ojo. Acto seguido, el rubio se acercó a Aeris, quien volvió a la realidad desde su mundo de sueños.
-Ten - dijo Cloud, tendiéndole la rosa. Aeris la miró con una gran sonrisa, llena de dulzura.
-¡Es la rosa más bonita del mundo! - dijo ella, tocando con delicadeza los pétalos rubí. Cloud la miró, ciertamente enternecido.
"Tan sólo es una rosa" pensó "pero si le gusta… esa sonrisa vale más que mil giles en el mundo".
Entonces, la música cambió de ritmo y la gente empezó a bailar aún más, cada vez más parejas acercándose a la pista de baile.
-¡Oh, Cloud! ¡Vamos a bailar! - dijo ella, tirando del brazo del joven. Sin embargo, el rubio se mantuvo firme y no se movió ni un ápice.
-De ninguna manera - se negó él. - Ya sabes que me da vergüenza. No pienso pasar por eso. - concluyó él.
Aeris lo miró con sus grandes ojos verdes, entristecida.
-Vamos…sólo un poco. ¡Hazlo por mí! - insistió ella.
Tras un buen rato de súplica, Cloud finalmente accedió. Ambos se acercaron al centro de la plaza, donde las demás parejas bailaban alegremente. Aeris se colocó la rosa en el otro lado del pelo y, con una sonrisa, agarró la mano del rubio, comenzando a bailar. Sin embargo, Cloud no tenía mucho sentido del ritmo y le costaba seguirle el paso a su compañera, quien empezó a girar sobre si misma, riendo. Cloud la detuvo, mareado.
-¡Espera! No sé ni bailar … - musitó él.
La joven lo miró, risueña.
-Entonces, bailemos más lento. - contestó ella, mientras tomaba una mano de él y la colocaba en su cintura. El joven se sonrojó ligeramente. Debido a la situación de ella, ambos no habían tenido gran intimidad y el rubio ni siquiera había tocado el cuerpo de la joven. Aquella era la primera vez que lo hacía.
La joven también estaba algo sonrojada, pero evitó pensar en la situación. Ambos comenzaron a bailar, esta vez más rítmicamente. El tiempo pasó rápidamente entre ellos, casi sin darse cuenta de que se acercaba la medianoche.
De repente, la música se detuvo y el componente principal de la orquesta se acercó al micrófono con una gran sonrisa.
-¡Atentos! ¡Vienen los fuegos artificiales!
Aeris abrió mucho los ojos y la boca y tomó con fuerza la mano de Cloud.
-¡Cloud, los fuegos! - exclamó ella, mirando rápidamente al cielo. El rubio la miró, enternecido. Hasta ese año, la joven siempre había visto los fuegos a través de la ventana de su cuarto y verlos en persona era algo que la emocionaba.
Entonces, empezaron a estallar los fuegos en el oscuro cielo de la noche. Algunos eran rojos, otros verdes, otros tenían forma de palmera, otros de corazón y otros de estrella. Aeris los miraba, maravillada. Verlos de cerca era muchísimo mejor que desde su dormitorio. Sentir el fuerte sonido del estallido de los fuegos la emocionaba.
Sin embargo, algo llamó la atención de Aeris, desviando su vista de los fuegos. Algunas parejas habían dejado de mirar el cielo y se daban pequeños besos de amor, para luego volver a mirar los fuegos.
Decidida, Aeris tomó el rostro de Cloud, que sin esperarlo, se sobresaltó y le dio un pequeño beso en los labios. Cuando se separaron, ella le sonrió y él le devolvió ligeramente la sonrisa, sonrojado. Aeris era tan diferente…
A la mañana siguiente, Aeris sintió en su puerta como alguien llamaba. Despertó lentamente, mientras los tímidos rayos de sol del amanecer se abrían paso a través de las cortinas de su elegante cuarto.
-Adelante…-musitó, sobándose los ojos y desperezándose.
Entonces entró a su cuarto una mujer bajita, con algunas arrugas, de ojos grandes y marrones y con un moño, ataviada de verde. Se trataba de Elmyra, el ama de llaves de la casa y confidente de Aeris. Ella era la única de la casa que sabía que la joven tenía novio.
-Buenos días, querida - dijo Elmyra, con una bandeja de desayuno entre sus manos.
-Buenos días - dijo ella, con una sonrisa dulce.
Elmyra se acercó a ella y dejó la bandeja de desayuno sobre la mesa, mientras le dedicaba una sonrisa a la joven, acariciando sus cabellos castaños, suaves.
-¿Qué tal anoche en la verbena? - preguntó Elmyra, mientras Aeris tomaba un poco de zumo. La muchacha la miró, emocionada.
-¡Me lo pasé genial nana! - dijo ella, ya que así se refería a Elmyra, como su nana. - El baile, los algodones de azúcar, los fuegos artificiales…¡todo!
-¿Bailaste? - preguntó la mujer.
-Si, ¡con Cloud! - contó Aeris.
Elmyra rió. Sabía lo tímido que era Cloud y le sorprendía que el joven hubiese accedido, pero supuso que por amor uno hace cosas que nunca haría.
-¡Qué milagro!
-Algún día conseguiré que pierda la timidez, nana. - aseguró Aeris, con una sonrisa. - Y me regaló esta rosa…
-Es muy bonita - dijo Elmyra, con una sonrisa. Le gustaba ver a la joven, que era como su hija, tan feliz.
Sin embargo, Aeris escondió rápidamente la rosa bajo la almohada cuando escuchó la puerta abrirse, dejando paso a su madre. Se trataba de una elegante señora que llevaba un vestido rosa oscuro, con los cabellos castaños sueltos cayendo en ondas tras su espalda y sus grandes ojos verdes, que denotaban firmeza. Físicamente, se parecía mucho a Aeris.
-Buenos días, hija - dijo Ifalna, la madre de Aeris, acercándose a su hija y dándole un beso en la mejilla.
-Buenos días, mamá - saludó ella, con cariño.
-Imagino que lo habrás pasado muy bien anoche, dada la hora en la que volviste a casa - dijo Ifalna, cruzándose de brazos.
-Mami… - comenzó Aeris.
-Elmyra, ya puedes retirarte - dijo Ifalna, mirando a la mujer, quien rápidamente se levantó y se marchó.
Una vez se hubo ido, fue el turno de Aeris de hablar.
-Mamá, no entiendo por qué eres así con Elmyra. Ella me ha cuidado siempre y es buena y amable.
-No estábamos hablando de eso. ¿No te dije que estuvieras en casa a las doce? - preguntó la madre, con cierta severidad.
-Pero es que si volvía a las doce me perdería los fuegos artificiales…
-Los has visto todos estos años desde tu ventana. Este año podrías haberlo hecho también. Pero bueno… no hablemos de eso. Tienes que prepararte, vístete elegante. Va a venir una familia a visitarnos y quiero que conozcas a su hijo. - ordenó su madre, disponiéndose a salir del cuarto.
-¿Y no puedo dormir un poco más? - preguntó Aeris, con inocencia. Sin embargo, su madre ya había salido del cuarto.
La joven suspiró profundamente. ¿Por qué sus padres tenían que ser tan estrictos?
FIN DEL CAPÍTULO
