Los reflectores se alinearon en la ubicación del podio, con la clara intención de mostrar a quien se encontraba allí: Robert Langdon.

-Hoy, amigos.-dijo, dirigiéndose hacia la multitud que lo observaba.-Vine a hablarles de un tema revolucionario y de seguro imposible para muchos: ¿La Iglesia nos oculta cosas?

Hubo un murmullo de ofensa entre la multitud. Obviamente los autores de aquellas voces eran cristianos.

A la distancia, dos hombres de la Guardia Suiza estaban observándolo todo desde el tejado de un edificio vecino. Uno de ellos estaba sacando algo de un maletín: un rifle francotirador y un soporte para el mismo.

-Listo. Vamos a llevar a aquel hereje a su juicio con el Señor.-dijo el que estaba sacando el rifle mientras lo ajustaba.

-Espera, quiero ver lo que dice.-dijo el otro que estaba sentado el cuclillas y aguzaba el oído para poder enterarse de lo que decía el simbologista.

-Puedo notar que varios parecen incomodos.-dijo Langdon, haciendo referencia al murmullo de ofensa e inquietud de hace un rato.-Me sorprende que piensen en alguna institución compuesta por seres humanos como perfecta, como para no tener secretos que ocultar. Pero bueno, eso se verá después. Hoy he venido aquí únicamente para responder la interrogante ya establecida ¿La Iglesia nos esconde secretos o no?

-Está bien, apunta bien.-dijo el guardia suizo que no cargaba el rifle. El otro apuntó con una precisión conseguida por los años de servicio absolutamente eficaz.

-Y la verdad es… Que la Iglesia jamás nos ha escondido algún secreto.-confesó Langdon con una sonrisa.

-¡¿Qué?!-exclamó el guardia que sostenía el rifle.- ¡¿Para eso tomamos un avión a América?! ¡¿Nada?!

-Bueno, será mejor que nos vayamos.-dijo el otro guardia suizo.

Cuando llegó a su casa en Cambridge, Robert Langdon se estaba ahogando en sus propias carcajadas.

Sabía que los guardias suizos lo habían estado observando todo el tiempo.