Disclaimer: The Rise of the Guardians y todos sus personajes no me pertenecen. Pertenecen a William Joyce, y a Dreamworks. Aunque me encantaría poseer todo lo referente a Jack jujuju...

Lo que sí me pertenecen son los OCs que irán saliendo. Espero que os gusten.

En esta historia no se va a desarrollar ningún romance con OCs. Pero si es lo que quieres, tienes derecho a hacer pairing, me encantará oír tus opiniones.

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-Es culpa mía –repetía una y otra vez el atormentado Jack.

-No es culpa de nadie, Jack –le respondía una y otra vez Norte-. Muchos niños enferman todos los inviernos. Pero el invierno es tan necesario como el verano, la primavera y el otoño. Deja de torturarte, chico.

Estaban en el taller de Norte, pero el enorme Guardián no se encontraba trabajando en sus juguetes, para variar. La Navidad acababa de pasar, y ahora tocaba un pequeño descanso. En lugar de inventar nuevos juguetes, se dedicaba a jugar con los que ya había hecho. Porque a Norte le encantaba jugar con sus juguetes, sus pequeñas creaciones. O por lo menos de vez en cuando. Llevaba una semana de descanso y ya tenía ganas de empezar a trabajar. Las ideas bullían en su mente. Allá donde mirase encontraba la inspiración, jamás había sentido la necesidad de buscarla.

Esta vez estaba trasteando con unos coches de control remoto, que como todos sus prototipos, estaban hechos de hielo. Norte y Jack estaban echando una carrera, aunque no parecía que el muchacho le pusiese mucho interés, y al final su coche terminó saliéndose de la pista, y estrellándose contra la pata de una mesa.

En lugar de recoger los trozos del coche roto, Jack sólo suspiró desganado. Fue entonces cuando Norte comprendió la gravedad del asunto.

-Jack –le dijo poniendo una mano en su hombro para captar su atención-. Sé cómo te sientes, pero no hay nada que los guardianes podamos hacer. Ninguno de nosotros es capaz de devolverle la salud a un niño. Lo único que podemos hacer es darle ánimos.

Jack asintió lentamente con la cabeza. Pero en el fondo deseaba poder hacer algo. Cualquier cosa. Incluso Jamie intentaba hacer algo a su manera, no podía quedarse de brazos cruzados sin más.

-Jamie lleva media noche buscando estrellas fugaces. Quiere pedir un deseo para que su hermana se ponga bien… Me preguntó si eso era real, como nosotros, pero no supe qué contestarle, porque no lo sé.

-¡Ho,ho,ho! –rió alegremente Santa Claus- ¡Por supuesto que es real, Jack! ¡Por todas las estrellas! Ella no es una Guardiana como nosotros, pero Stella también lleva unos cuantos siglos haciendo bien su trabajo.

-¿Stella? –preguntó extrañado Jack. Jamás había oído hablar de ella, pero al menos un pequeño copo de esperanza había caído sobre él. Los deseos de las estrellas fugaces se hacían realidad de verdad.

-Sí, Stella. Shooting Star, si lo prefieres. Es la ama de las estrellas fugaces. Ella hace que surquen el cielo para que los niños las vean y le pidan deseos. Aunque al igual que yo, no los cumple todos exactamente. Digamos que yo tengo mis listas de niños buenos y niños traviesos, y ella separa los deseos de igual manera.

-¡Pero el deseo de Jamie es bueno! –dijo inmediatamente Jack, levantándose del suelo, donde estaban ambos sentados jugando- Si se lo pudiese pedir, sin duda sería un deseo que ella cumpliría.

-Tendrías que pedírselo a ella –sentenció Norte encogiéndose de hombros-. Como comprenderás, no puede crear lluvias de estrellas siempre que le venga en gana. Y al igual que nosotros, también está pasando por una pequeña crisis existencial. Ya no creen en ella tanto como antes.

-¿Dónde puedo encontrarla?

-No tengo la más mínima idea, pero Sandy debería poder decírtelo. Tengo entendido que son muy buenos amigos.

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A pesar de conocerlo desde hacía ya un tiempo, Jack no siempre entendía lo que el Creador de Sueños intentaba decirle, para él los símbolos que utilizaba para expresarse eran tan enigmáticos como lo hubiesen sido los jeroglíficos del antiguo Egipto. Finalmente decidió mostrarle la dirección con un camino de brillante arena dorada. Jack se lo agradeció y siguió la estela de brillante polvo.

El hogar de Stella estaba arriba. Muy, muy arriba. Era una especie de enorme esfera. Bien podría ser un Ovni alienígena, pero estaba hecho de cristal. Sobre la gran construcción, estaba sentada una chica, que aparentemente no era mucho mayor que Jack. Debería de andar sobre la veintena cuando se convirtió en Shooting Star.

-Jack Frost –dijo la chica sin muchos miramientos- ¿A qué se debe el placer de tu visita? Jamás te había visto tan de cerca…

Era una chica atractiva, sin duda. O quizás debería calificarla como mujer. Su ropa era tan simple como la de él, exceptuando un pequeño manto que le cubría los hombros, de una tela que bien podría ser el mismo cielo nocturno estrellado que la envolvía. Al igual que él, su pelo era muy claro, pero no blanco, sino brillante como pura plata. Como el color de las estrellas.

-¿Eres Stella? –nada más formular la pregunta, ya se sintió estúpido.

-Si no fuese Stella, no sé qué demonios haría aquí arriba –contestó la chica enarcando una ceja.

-Ya… Verás, necesito que lances una estrella fugaz para un niño.

-¿Perdona? –exclamó incrédula Stella, poniéndose en pie de un brinco. Bueno, no exactamente en pie, ya que al parecer ella también podía volar, aunque no parecía que ella se valiese del viento para ello- ¿Por qué crees que puedes decirme cómo, cuándo, y para quién hacer mi trabajo?

-La hermana de mi amigo Jamie Bennett, Sophie, está muy enferma –explicó Frost yendo directamente al grano-. Lleva toda la noche esperando a que le mandes una estrella para pedirte un deseo.

Por un momento, Stella se le quedó mirándolo de arriba abajo, como si lo evaluase, con lo que parecía ser su habitual expresión ceñuda. Seguramente Jack no era nadie para pensarlo, pero sin duda no le parecía una persona propensa a cumplir los deseos de nadie.

-Yo no puedo curar a la gente –dijo finalmente, en un tono mucho más inofensivo-. Tengo limitaciones, tal y como las tenemos todos. Puedo hacer que mejoren, pero hay tan poca gente que crea en mí ahora, que me cuesta hasta aliviar un resfriado. De todos modos, llegas demasiado tarde.

Jack sintió un duro vacío en el estómago, temiéndose lo peor.

-¿Qué quieres decir?

-Que ya le envié su estrella a Jamie Bennett. Alguien me lo ha pedido antes que tú, Jack Frost.

Y Stella sonrió como jamás Jack hubiese pensado que podía sonreír.