Notas: Este fic contiene spoilers sobre la vida de Albus Dumbledore. Entre este capítulo y el anterior han podido pasar unas horas, un día, un mes o años: eso lo dejo a vuestra imaginación. ¡Buena lectura!


Un despliegue de banderas de aquellos que proclaman la paz eran izadas por el viento feroz que arremetía con lanzas endebles, pero de forma picuda y fina. El tarareo del pequeño temporal repiqueteaba en el árbol cercano y alguna ardilla con semblante profético se escurría entre la hojarasca, augurando con su comportamiento una tormenta de verano amenazante.

Arremangando su larga falda por miedo a tropezar, la muchacha recogía con presura las sábanas centelleantes de luz perdida, angustiada por que quedasen húmedas de impura suciedad y lágrimas de nubes coléricas.

- ¡Kendra! ¡Kendra!

Un grito desolado intentó hacerse notar por encima de las quejas zeusianas. Ella frenó en su labor desesperada durante unos segundos y fijó sus ojos hacia el origen del ruido: él. Se acercaba corriendo por la ladera empinada y su semblante se retorcía por el esfuerzo ante el dificultoso terraplén. Al fin, resoplando, llegó a su altura. Quiso hablar, pero jadeaba y primeramente necesitaba tomar aliento.

- ¿Qué ocurre? - inquirió con una mirada de extrañeza, sorpresa y miedo mientras aferraba la blancura de sus ropas.

- Me he enterado esta mañana - gimió el muchacho con la respiración ya más calmada y clavando sus ojos en los suyos. - ¿Por qué? ¿Por qué te vas mañana? ¿Por qué para siempre?

- Mi padre ha sido trasladado y debo marchar - susurró ella, apenada, para luego añadir con bastante brusquedad: - Pero, ¿a ti eso qué más te da?

- Te necesito…

- ¡Ya te pagué el cuadro hace mucho, Percival Dumbledore! - escupió Kendra de forma altanera.

Percival la contempló con dolor. La amaba. La amaba con todo su ser y no iba a dejar que se fuera así como así de su lado. Sabía que si lo hacía, moriría de pena.

- Tengo algo para ti, Kendra Vurti - indicó el joven, mientras sacaba un saquito blanco atado por un cordel de plata de su bolsillo derecho.

Kendra dudó unos instantes, pero al final decidió posar la colada en el suelo empapado y dejar que su pureza se pudriera. Extendió la mano, embelesada, hacia el saquito blanco y lo abrió: pequeñas bolitas de luz opaca rodaron por la palma de su mano. Revuelta entre ellas, yacía una nota escrita con letra menuda:

"Allí donde esté tu tesoro, también estará tu corazón".

Percival Dumbledore

- No hagas que se convierta en un regalo de despedida - le suplicó el muchacho.

Y así la expresión de la muchacha cambió y Percival pudo ver, no sólo la pureza de su sonrisa, sino también los sentimientos que ella siempre había mantenido latentes en el fondo de su alma.

Con tan sólo los dioses como testigos, la doncella besó a su amado bajo la lluvia mientras con una mano aferraba aquella nota que el agua de nubes malévolas borraba y las diminutas bolitas que pronto adornaron su esbelto cuello tintineaban en su bolsillo izquierdo.

Eran perlas… y nada podía hacerla más feliz.

O eso pensaba Kendra.


Continuará.