Disclaimer: Los juegos del hambre y Las Tortugas Ninja, situaciones, personajes y demás no me pertenecen a mí, sino a sus respectivos autores.
Capítulo I
Leo abrió los ojos y miró el cielo a través de la ventana de la pequeña choza que era su hogar desde que era un bebé; aquella pequeña casa de madera ubicada en la vieja veta del distrito doce, el barrio ocupado por la mayoría de los obreros de las minas de carbón.
Se incorporó en la cama y miró a sus hermanos que yacían en las camas continuas. Donatello se hallaba acurrucado en un rincón, se le veía agotado y no era para menos, pues ambos habían pasado horas tratando de tranquilizar a Miguel Ángel; él siempre tenía problemas para conciliar el sueño en las vísperas de esa fecha, la cosecha, el día en que el Capitolio hacía su colecta de jóvenes para llevarlos al campo de batalla. Y es que la pequeña tortuga solía ponerse nerviosa cada año, ya que temía que él o alguno de sus hermanos, fuera elegido para ser llevado a los juegos del hambre; aunque para ser exactos, temía más por Leonardo, su hermano mayor, el que se hiciera cargo de la familia después de que su padre, Splinter, muriera en aquel accidente en la mina.
Ese había sido un duro golpe para ellos, estaban a punto de cumplir doce años cuando un exceso de gas hizo estallar la mina en la que su padre trabajaba, dejándolo a él y a otros mineros enterrados en las profundidades. Y si bien el golpe emocional fue terrible, el económico lo fue aún más, pues aunque ellos hacían lo posible para ayudar con la economía del hogar, eso no se comparaba al hecho de tener que sustentarse por su cuenta. El gobierno les había dado una indemnización por la muerte de Splinter, pero eso no duraría mucho; debían hallar una forma de sacar el hogar adelante y ahí fue cuando Leo tomó las riendas de la situación.
Habían evitado ser enviados al orfanato gracias a la Señora O'neil, madre de Abril, una de sus amigas de la veta. La señora era amiga de Splinter desde hacía mucho tiempo, por lo que firmó una responsiva tutelar para cuidar de los niños, presentándose como responsable frente al gobierno por ellos; aunque eso no significaba que ella pudiera darles para vivir y los chicos tampoco lo habrían aceptado; ellos sabían perfectamente que los O'neil, como muchos otros en la veta, apenas podían mantenerse con lo poco que percibían, y más ahora que ambas mujeres se habían quedado solas, pues el señor O'neil se encontraba también en la mina el día del accidente.
Por aquella razón el joven hermano mayor tuvo que buscar la forma de poner pan en la mesa y una de ellas fue anotándose para las teselas; un proceso burocrático de los juegos del hambre, donde un chico en edad de ser elegido podía anotarse cada mes, en el mismo día de su cumpleaños, para pedir una remesa de aceite y cereales para cada miembro de su familia, a cambio de que por cada ración su nombre entrara en la urna. Los hermanos no estaban de acuerdo, en especial Rafael, el segundo mayor, que no aceptaba el hecho de que Leo cargara con toda la responsabilidad y alegaba como los otros que también podían anotarse y así todos aportarían para poder vivir; pero Leonardo lo rechazó al instante, y haciendo uso del argumento de que él ahora era la autoridad en la familia, después de Splinter y que no aceptaría más discusiones, logró que, a regañadientes, los otros chicos desistieran del asunto de las teselas.
De ahí el temor de Miguel Ángel hacia lo que pudiera pasarle a su hermano, pues desde los doce años hasta la actualidad, que tenía dieciséis, el nombre de Leonardo Hamato figuraría veinticinco veces en la urna.
El muchacho se puso de pie con total sigilo y salió caminando con suavidad del cuarto. Era aún muy temprano y no quería despertarlos. Salió de la casa y tomó el viejo camino que iba más allá de la veta y que lo llevaba hasta la barda eléctrica que separaba el distrito doce de las "tierras salvajes", el bosque al que nadie se atrevía a ir por hallarse penado por ley.
Buscó el punto que él sabía, se hallaba desactivado y entró al bosque, dirigiéndose hasta cierto claro donde yacía un árbol hueco, sacando de él una bolsa de gamuza raída, confirmando que todo estuviera ahí.
Sí, ahí se hallaba todo; un cuchillo grande, dos espadas de madera y un arco con un carcaj lleno de flechas. Se colgó la bolsa en la espalda y miró dentro del árbol, donde yacía otra bolsa igual, con casi el mismo contenido, salvo que en vez de espadas de madera, esta tenía dos sais del mismo material. Suspiró; aquella era la bolsa de Rafael; sabía que debía haberse deshecho de ella desde hace mucho, a veces trataba de auto engañarse, diciéndose que lo guardaba como un reemplazo por si perdía sus cosas usar aquellas, pero sabía que no era eso, y que nunca se desharía de esas cosas ni las usaría, sino que el tenerlo le hacía pensar que su hermano aún se hallaba con él.
Su hermano, el rebelde, el impulsivo, el cabeza hueca que no se detenía ante nada ni nadie…
Cuando Leo les había prohibido anotarse a las teselas, Rafael había buscado otra forma de aportar a la casa. La mañana que Leo regresaba con las raciones de aceite y cereales del edificio de justicia, se había encontrado solo con Donny y Mickey en casa; al preguntar por Rafa, estos le habían respondido con negativas; ninguno de los dos lo había visto en todo el día y por ende no sabían que se había hecho de él.
Leonardo decidió esperarlo, pero pasaban las horas y su hermano continuaba ausente. Desesperado salió a buscarlo, preguntando a los amigos y conocidos si no le habían visto; nada, nadie sabía nada sobre la tozuda y terca tortuga, nadie había escuchado sus acostumbrados gruñidos en todo el día ni le habían visto en horas.
Los tres hermanos le buscaron con preocupación sin resultado alguno. Cuando consideraban el ir a dar un reporte a la policía, el chico entró a la casa lleno de polvo, sudor y sangre; los tres hermanos iban a pegar el grito en el cielo, pero la sonrisa enorme de satisfacción en el rostro de Rafael les hizo detenerse. Este venía cargando una enorme bolsa de papel y un saco, dejando todo alegremente sobre la mesa. De la bolsa de papel habían rodado unas manzanas y del saco asomaban algunas piezas de carne.
Obviamente, Leo le interrogó en el acto y Rafael no tuvo más que confesar. El chico había cruzado la barda electrificada, entrado al bosque y cometido una de las actividades más prohibidas y castigadas del distrito doce, cazar; el muchacho lo venía planeando desde hacía tiempo, observaba la barda eléctrica, de modo que averiguó que había un punto donde la corriente se cortaba y se podía cruzar si se tenía el suficiente valor para intentarlo; había preparado un pequeño "kit" de cacería, conformado por un arco, flechas y el par de sais de madera (pues no se contaba con metal para crearlos), todo aquello hecho por Splinter para su entrenamiento en los viejos tiempos. Rafael contaba con mucho orgullo como, pese a lo difícil, había logrado matar a varios conejos en unas horas y como había ido al "quemador" aquel viejo mercado negro ubicado en lo que antes era un almacén de carbón, en el cual ahora se vendían cosas ilegales.
A Leo le horrorizaba que Rafael se paseara por ese lugar, pues tenía la mala costumbre de rondarlo de vez en cuando aún pese a la prohibición de Splinter cuando este se enteró de que lo hacía, y de hecho, el escuchar todo lo que acababa de confesar también le tenía asustado, pues si alguien se enteraba de lo que su hermano había hecho le castigarían de una forma terrible.
Sin embargo debía admitir que él también había llegado a pensar en cazar y el ver que su hermano lo había hecho con tal éxito lo tenía impresionado. Debía admitirlo, aquello beneficiaría a la familia. Para sorpresa de Rafa, que esperaba una regañiza y una gran discusión donde Leo le prohibiría volver a hacerlo, Leonardo le felicitó por lo que había hecho y le pidió que le enseñara y que la próxima vez le permitiera acompañarlo.
Fue así como ambos hermanos comenzaron con la cacería furtiva, algo que se volvió más fácil siendo dos en lugar de uno; usando el equipo de armas de madera de su padre y unos cuchillos que consiguieron después a base de trueques. Tener armas estaba prohibido, por eso las ocultaban en las bolsas dentro de aquel árbol hueco. En equipo podían permitirse luchar contra criaturas más grandes, a veces con éxito, a veces saliendo apaleados. Guiado por su hermano, Leo puso por fin un pie en el quemador, el cual era menos terrible y espeluznante de lo que creía, pues la gente de ahí era buena, noble y amable, solo buscaban ganarse la vida y para sorpresa suya, incluso algunos agentes de la paz arribaban ahí para comprar cosas que en el mercado oficial no podían encontrar. Poco a poco y de la mano de Rafael, Leonardo fue aprendiendo a hacer negocios con aquellas personas, quienes pronto lo aceptaron como uno más de los "al margen de la ley" recurrentes de la veta, y gracias a esas actividades podían poner más comida en la mesa y compartirla con las O'neil quienes no podían hacer más que agradecer de todo corazón. Además, Donny y Mickey ayudaban con sus propios recursos, pues el primero había entrado como aprendiz de uno delos ingenieros de las minas, revisando y arreglando maquinaria, por lo que percibía un modesto sueldo, y el segundo se encargaba de cuidar un pequeño huerto, creado a raíz de algunas plantas y raíces que le conseguían sus hermanos mayores.
Aparentemente, así, no había de que preocuparse… tanto; sin embargo esos días pasaron y ahora Leo cazaba solo; su hermano se había ido y no volvería jamás.
Sí, aquella cabeza loca por fin iba de causarle la perdición. Rafael no se conformaba con faltar a la ley cazando y comerciando en el quemador; no, él tenía alma rebelde, alma de revolucionario, como su padre biológico y su padre adoptivo.
Pero no tenía la serenidad de Splinter, sino la sangre de su padre que, hervía ante cualquier cosa y le cegaba por completo. Rafael, junto con otros chicos, hablaba de revolución, de armar unos segundos "días oscuros" de poner un alto al gobierno del Capitolio y derrocar los juegos del hambre.
Y eso llegó a oídos de la ley.
Podía recordar ese día. Leonardo se hallaba en el quemador, negociando con uno de los comerciantes para cambiar algunas pieles de conejo por una medicina, pues Miguel Ángel comenzaba a mostrar signos de un resfriado.
Fue cuando uno de sus amigos del quemador llegó corriendo, buscándolo; Rafa y los otros chicos habían sido detenidos por algunos agentes de la paz y llevados a la plaza pública. Leo salió del quemador a toda prisa. Cuando llegó, lo hizo al mismo tiempo que sus hermanos y las O'neil. La gente se apiñaba alrededor del centro de la plaza, donde unos agentes golpeaban a varios chicos, humanos y mutos, entre los cuales se hallaba Rafael.
Los tres hermanos quisieron intervenir, pero las O'neil y otras personas del quemador se los impidieron, deteniéndolos con todas sus fuerzas; los tres hermanos solo escucharon el tiro con el que acababan con las vidas de cada uno de los conspiradores, incluyendo la de Rafael.
La gente empezó a dispersarse. Los hermanos, destrozados, quisieron llevarse el cuerpo de Rafa, pero la señora O'neil los detuvo, pues los agentes de la paz cargaron con los restos de los rebeldes, llevándolos al Edificio de Justicia. Ella hizo que Abril y las personas del quemador se llevaran a los muchachos mientras averiguaba como reclamar el cuerpo. Tras horas de espera, la mujer volvió a la casa Hamato con el alma en el suelo, disculpándose con los chicos; según le habían dicho, los agentes de la paz se deshicieron de los cadáveres, pues no era posible que "unos conspiradores" tuvieran siquiera la dignidad de un entierro.
Rafael se había perdido para siempre.
Leo sacudió la cabeza suavemente, tratando de no pensar más en aquellos tristes recuerdos. Dejó la bolsa de Rafael en su sitio y tras tomar el arco, las flechas y el cuchillo, emprendió el camino que él sabía, podía llevarlo a conseguir buenas presas. Cazaría algunas cuantas cosas pequeñas, nada que llamara mucho la atención, después de todo ese día estaría más vigilado que otros, no sería bueno arriesgarse con algo muy grande y llamativo.
Tras algunas horas volvió a la veta, llevando algunos conejos en su saco. Después de dejar algunos en casa de las O'neil, se dirigió a la suya, donde sus hermanos ya se hallaban laborando, preparando el desayuno y el agua para bañarse antes de ir a la ceremonia de la cosecha, pues siendo un evento que se televisaba a todo Panem, el gobierno exigía que todos los chicos debían ir luciendo bien, por lo que las escuelas e incluso la mina y otros negocios no laboraban ese día.
-Buenos días.-Saludó, entrando a la casa.
-¡Llegaste!-Exclamó Mickey, corriendo a abrazarlo; Donny lo recibió con una gran sonrisa; siempre era bueno verlo llegar de las cacerías, y no por lo que pudiera traer, sino por el hecho de que no le habían descubierto y llevado al Edificio de Justicia.
-Vienes hecho un asco.-Dijo Don al verlo más de cerca; su hermano se encontraba lleno de tierra y sudor.-El agua está lista, Mickey y yo ya nos bañamos; apresúrate para tomar el desayuno.-
-De acuerdo, no me apresures.- Replicó el chico, sonriendo; algunas veces Donatello parecía fungir como una mamá gallina muy preocupona que siempre andaba detrás, acarrereando a los polluelos. Vio cómo se acercaba a Mickey, regañándolo por el tiradero del cuarto; riendo, Leo entró en la habitación que tenían reservada para la tina de madera donde solían tomar el baño.
Después de ducharse, salió y desayunó con sus hermanos. Miguel Ángel aún se veía algo nervioso, por lo que Don y Leo se la pasaron hablando de diversos temas para distraerle; desgraciadamente era algo que no servía de mucho, ya que si bien lograban distender un poco el ánimo de los tres, la realidad venía a golpearles de nuevo con el pasar de las horas; a mediodía debían estar en la plaza pública para la ceremonia de la cosecha, y no debían llegar tarde a menos que quisieran ser castigados, por lo tanto, la agradable sobremesa del desayuno no debía prolongarse mucho; debían recoger la mesa, terminar de asearse y vestirse lo más "elegante" posible.
Antes del mediodía salieron de casa y se encaminaron hacia el centro del distrito; en el camino se encontraron con Abril y su madre, que al verlos les saludaron con una sonrisa que pretendía ser alegre; no era de extrañar, ellas tenían el mismo miedo que Miguel Ángel, porque si bien el nombre de la chica no se hallaba en la urna tantas veces como el de Leonardo, si había caído en la necesidad de vez en cuando de anotarse por teselas y el riesgo, bien que mal, era más elevado que el de otras personas económicamente más afortunadas.
Llegaron en silencio a la plaza, donde ya comenzaba a congregarse la gran multitud del resto del distrito frente al Edificio de Justicia. La plaza se hallaba rodeada cámaras televisivas y enormes pantallas de alta definición donde se proyectaría lo más relevante del evento; ante el Edificio de Justicia, una construcción enorme, blanca y de arquitectura sencilla, se hallaba montado un escenario con escaleras a los lados; sobre este habían tres sillas, un micrófono y dos pilares donde se colocarían las urnas con los nombres de los niños del distrito doce.
La Señora O'neil abrazó fuertemente a su hija, y tras darle un beso en la frente la dejó avanzar; luego abrazó a cada uno de los Hamato, deseándoles suerte a todos, para luego reunirse con el resto de los adultos que quedaban al margen de la plaza, del otro lado de la alambrada que la separaba del resto del distrito.
Abril y los tres chicos se acercaron a la mesa de registro donde varios agentes tomaban los nombres de los que iban llegando para luego tomarles una muestra sanguínea del dedo. Cuando los cuatro terminaron el trámite, se reunieron con el resto. Abril abrazó a cada uno de sus amigos, deseándoles suerte antes de ir a reunirse con las chicas, ya que eran separados por género. Leo, Donny y Mickey se ubicaron entre un grupo de chicos, algo lejos del escenario; a estas alturas los nervios de todos, en especial los del menor de los Hamato, se hallaban a flor de piel.
Varios minutos después comenzó la ceremonia. El alcalde del distrito salió del Edificio de Justicia, acompañado de una mujer humana de ropas estrafalarias, altos tacones de aguja y cabello rosa; Effie Trinket, la representante del Capitolio, encargada todos los años de nombrar a los elegidos de la cosecha y llevarlos hasta su destino final en la gran ciudad; tras ella, de aspecto perdido y sombrío, apareció Haymitch Abernarthy, el único ganador de los juegos que tenía el distrito doce, y que por ende, desde entonces, se había convertido en el mentor de los tributos de ese lugar; aparentemente este año no venía tan ebrio como solía aparecer en ceremonias anteriores, algo que por lo menos era de agradecerse.
El alcalde pronunció el discurso que daba cada año en esta ceremonia; discurso que hacía referencia a la guerra de "los días oscuros" y el "tratado de la traición" que hacía referencia a como, por haberse rebelado, los distritos debían pagar con la entrega anual de dos niños como tributos. Al terminar con el protocolo, cedió el micrófono a Effie, quien con una inmensa sonrisa se plantó frente a este para dar inicio al sorteo.
-¡Felices juegos del hambre!- Dijo la mujer en tono jovial y festivo, aunque obviamente, la gente no respondía en lo absoluto.-Y que la suerte, esté siempre de su lado. Sé que están ansiosos por comenzar así qué no los haré esperar más.-Añadió con una risita y un chillido de emoción.- ¡Las damas primero!-
Al decir esto, los tres hermanos, sin pensarlo, se tomaron las manos entre ellos y miraron hacia donde se hallaba su amiga; inconscientemente solían hacer el mismo gesto cada año, temerosos de escuchar que la nombraran. Effie Trinket se acercó a una pecera enorme que un empleado había colocado en uno de los pilares frente a ella; metió su mano, la cual apareció en las pantallas que rodeaban la plaza, y la hundió entre los papeles que ahí se encontraban. Cuando la retiró llevando uno de ellos, los chicos aferraron aún más sus manos mientras que la señora O'neil agarraba la reja de alambre que rodeaba el lugar, temerosa de escuchar el nombramiento.
-Bien, nuestra afortunada elegida del distrito doce es...- Dijo Effie melódicamente mientras desenvolvía el papel para luego leer con solemnidad.- ¡Belle Thompkins!-
Al oír esto, los hermanos suspiraron aliviados aflojando su agarre y la señora O'neil miraba al cielo agradecida. De entre el grupo de mujeres salió una chica con apariencia de gato, una mutante de aproximadamente dieciséis años, delgada y no muy alta; su cuerpo se hallaba cubierto de un pelaje cobrizo con algunas tenues líneas oscuras. La chica, temerosa, avanzó hacia el escenario y subió hasta quedar a lado de Effie, quien la recibió como si la joven hubiera ganado la lotería.
-Yo la conozco...-Murmuró Miguel Ángel a sus hermanos.- Va en mi grupo.- Dijo refiriéndose a la escuela, pues los tres chicos iban en clases distintas y tenían compañeros diferentes. Leo sintió una punzada en el pecho al pensar que alguien, en cierto modo, cercano, había salido sorteado quizá para no volver a verle nunca más.
Tras recibirla, Effie volvió al micrófono.-Muy bien, ahora, alguna voluntaria para tomar el lugar de Belle.- Dijo, siguiendo el protocolo de la cosecha, pues siempre que se elegía a alguien como tributo, se debía preguntar si alguien de su género y en el rango de edad elegible, deseaba tomar su lugar; claro, eso casi nunca ocurría, por lo menos no en lugares como el distrito doce, a comparación de los distritos uno y dos en los cuales desde pequeños se preparaba a los chicos para ese día, aunque prácticamente no era legal, pues todos los tributos debían llegar sin entrenamiento; sin embargo, ese era un secreto a voces que el Capitolio solía permitir porque esos chicos daban mayor emoción a los juegos y elevaban las apuestas; la gente solía llamarles "profesionales" y todos ellos parecían ansiosos por participar, por lo que, cuando se pedía un voluntario para suplir a un elegido, muchas manos y voces se elevaban de manera atropellada.
Pero en el doce, esta vez, fieles a sus costumbres tácitas, nadie ofreció su vida por Belle. La joven ya se lo esperaba, sin embargo se notaba el terror en su mirada; Effie sin embargo, sin hacer mucho caso al respecto, pasó a la siguiente parte de la ceremonia.
-Muy bien... entonces ahora pasemos con los varones.- Se dirigió a la otra urna, ubicada en el pilar cercano al primero; metió la mano en la pecera mientras los ojos de todos en el distrito observaban, estáticos; la gente contenía la respiración al tiempo que la mujer desenvolvía el papel y se acercaba al micrófono.
-Miguel Ángel Hamato.-
De repente, la sangre de Leonardo, Donatello, Abril y la señora O'neil se les fue a los pies. Mickey, aun pasmado, deslizó su mano de entre la de sus hermanos, pues pese a no estar aferradas aun las tenían tomadas, y avanzó lentamente para salir de entre la fila de los chicos, sintiendo las piernas pesadas y la cabeza aturdida, incapaz de reaccionar a algo más.
Esto parecía una pesadilla... Leo sentía la sangre regresando a su cabeza de golpe, aturdiéndolo por completo. No... Ver a Mickey en los juegos... pensar en verlo ahí, a merced de los demás... sería como ver morir a Rafael otra vez.
Y él no iba a permitir eso.
Cuando Mickey había llegado al camino que se formaba entre el grupo de chicos y chicas, Leonardo y Donatello salieron tras él de manera intempestiva, gritando a viva voz negativas que sonaban ininteligibles. Los agentes de la paz se acercaban a ellos para ponerlos en orden; de repente, Leo alzó aún más la voz, gritando.
-¡Me ofrezco voluntario!-
Y lo hizo justo cuando Donny hacía lo mismo, pero la voz del mayor ahogó la de la otra tortuga en ese instante.
Toda la gente les miraba impactados; las cámaras yacían sobre ellos proyectando sus rostros en las pantallas. Donny y Mickey miraron a su hermano mayor con horror. El primero tomó del brazo a su hermano mayor, girándolo para encararlo.
-¡No, yo iré en su lugar!-
-Lo haré yo.-Sentenció Leonardo con seriedad.
-¡No puedes hacerlo!-Gritó Donny.-¡Yo soy quien iré en su lugar!-
-¡Lo haré yo y te callas! ¡Es una orden!- Exclamó Leo a su vez, mirándolo de manera fija y autoritaria, algo que intimidó a su hermano a fin de cuentas, pues nunca lo había visto así.
Miguel Ángel, que había escuchado todo, avanzaba a paso veloz al escenario; jamás dejaría que sus hermanos intercambiaran su lugar con él, no les dejaría morir por su culpa.
Sin embargo, Leo lo había alcanzado y tomándolo del brazo le detuvo; el niño se giró y miró a su hermano, a quien los agentes de paz ya rodeaban para escoltar al escenario; Aquella visión fue shockeante para el pobre niño, pues inevitablemente, la imagen de Rafael vino a su memoria, cuando fue llevado por aquellos agentes a la plaza justamente para ejecutarlo.
Como harían con Leonardo.
Leo subió al escenario acompañado de sus custodios mientras Mickey gritaba y luchaba por alcanzarlo. Donny y Abril le tomaron por la espalda para detenerlo y alejarlo de ahí, aunque obviamente, Donatello no solo debía luchar con su hermanito en ese momento, debía luchar también consigo mismo.
-¡Excelente! Aunque aún no había llegado al momento de pedir voluntarios.- Dijo Effie con emoción recibiendo a la tortuga que fue colocada a su lado por los custodios.- Veo que también eres de su especie... ¿Cuál es tu nombre, muchacho?-
-Leonardo Hamato.- Replicó el chico lacónicamente.
-Ya veo, ¿es tu hermano, verdad? Es increíble, realmente deben quererse mucho, ¡eres el primer voluntario de este distrito desde... bueno, desde siempre!- añadió aun emocionada.- Bien, ¡Denle un aplauso a Belle Thompkins y Leonardo Hamato, los tributos del distrito doce!-
Sin embargo nadie aplaudió; tan solo veían abrumados, tratando de reponerse de aquella dolorosa escena. La ceremonia terminó y tras esto, Effie Trinket, el alcalde y Haymitch, entraron al Edificio de Justicia, acompañados de los dos chicos que iban escoltados por aquellos agentes armados.
Abril, Donny y Mickey, miraban a su amigo y hermano perderse en el interior de aquel lugar, sintiendo un gran vacío en el corazón.
