Capítulo 2

Solo la voluntad de lucha logrará cambiar el mundo.

Si el Ejército del Gobierno estaba conformado por aquellos soldados reclutados de las mejores y de más alta calidad de vida de la aristocracia, unos pocos valientes de las clases pobres se alistaban al movimiento rebelde.

Como flores pisoteadas cuyos nombres nadie recuerda. Como aves caídas que esperan los próximos vientos para intentar volar de nuevo, prisioneros de la humillación, acechando al contraataque, en busca de venganza, de justicia, o tal vez de ambas, movidos por dolorosos pasados de desdicha y miseria.

Ellos eran el Ejército Revolucionario.

Christa era una excepción. Criada en una familia rica, teniendo por padre al alcalde de una próspera ciudad cercana a la capital, ¿qué tipo de desgracias podía haber tenido que soportar durante su vida una princesa?

Fue por eso por lo que se unió al Ejército de El Titán. Nunca había sido una muchacha de destacadas cualidades físicas, más bien justo lo contrario: pequeña, frágil, dependiente. Pero era justa, bondadosa e inteligente, y quería derribar esa fachada que los demás habían decidido construir por ella. No quería ser ninguna princesa.

Ni siquiera Christa era su nombre real, pero cuando se alistó en el Ejército se obligó a sí misma a despojarse de cualquier resto de su anterior vida, aunque eso conllevase cortarse la larga y rubia melena que siempre había estado orgullosa de lucir, e incluso cambiar su verdadero nombre.

Conoció a Ymir en la primera concentración del Cuerpo de Adiestramiento. Durante los entrenamientos no solían coincidir habitualmente, pues Ymir había sido colocada en los grupos más capaces, mientras que ella figuraba en los más novatos, pero eran compañeras de habitación e Ymir tuvo que aguantar asiduamente las quejas sobre lo duros que eran los entrenamientos y alguna que otra lágrima por parte de la princesita. Sin embargo, Christa nunca abandonó ni se amedrentó lo más mínimo a la hora de la verdad, siempre sonreía a todo el mundo y cualquier momento le resultaba adecuado para ayudar a los demás, pese a que muchos de ellos se hubiesen metido con ella con anterioridad. Ymir lo pasó mal cuando los hombres comenzaron a fijarse en Christa, pero la muchacha siempre parecía preferirla a ella ante cualquier cosa, y no solo porque fuesen compañeras de habitación y no le quedase más remedio. Le resultó inevitable no caer rendida ante los pies de una reina.

Durante las primeras salidas fuera de la capital a los distritos pobres, cuando Christa se vio obligada a disparar a una mujer enferma frente a los ojos de su hijo mugriento y descalzo, decidió que no podía seguir con aquello.

Fueron varias semanas las que Ymir intentó retenerla en la capital para lograr convencerla de quedarse. Fueron las mismas las que Christa rogó a Ymir que se fugase con ella, sin entender cómo era posible que aquella persona que le había dado tanto y a la que creía conocer podía seguir pensando que aquello que el Gobierno hacía era lo correcto, después de haber visto y tenido que hacer lo mismo que le habían obligado a ella. Al fin y al cabo, Christa nunca había conocido nada más allá de su cuento de hadas bajo las mentiras del gobierno.

Se escupieron cosas muy feas, pero Ymir jamás dijo nada respecto a la traición de su compañera de cuarto. A los pocos meses, Ymir apareció repentinamente y sin cómo ni por qué por Ciudad Subterránea, un distrito bajo tierra como su propio nombre indica bajo la capital del país, lugar donde tenía su base principal el Ejército Revolucionario a espaldas del Gobierno.

Entre lágrimas, besos y abrazos, pronto desapareció aquel kilométrico y profundo abismo que las había separado aquellos meses. Ninguna había cambiado su forma de pensar, pero atendieron a las opiniones de la otra y se disculparon por todos los improperios y piedras que se habían lanzado en aquel cuchitril donde habían compartido mucho más que una amistad.

Ymir seguiría formando parte del Ejército del Gobierno, y Christa de los rebeldes, pero establecieron un pacto entre ellas y con el Ejército Revolucionario por el cual se les permitiría verse a cambio de que Ymir filtrara información acerca del Gobierno que a estos pudiera serles útil (y por supuesto, que no revelaría al Ejército nada sobre ellos ni de dónde se ubicaban). A fin de cuentas, durante aquel tiempo distanciada de Christa había llegado a comprender que muchas de las medidas tomadas en las calles eran excesivas (y por eso había procurado que la asignaran únicamente como parte del escuadrón de vigilancia del fuerte militar), y que lo que más le importaba en el mundo era ella.

Era de noche. Aquel día Ymir libraba pronto, y fuera de horario laboral los soldados del Gobierno eran libres de hacer e ir a donde les placiese, pues no eran más que aristócratas corrientes y molientes, así que cada vez que el caso se daba, la chica siempre se escabullía para encontrarse con su novia donde ambas no fuesen molestadas.

Ese lugar no podía ser otro que el cuartel de los rebeldes en la mencionada Ciudad Subterránea, cuya existencia el Gobierno de El Titán desconocía completamente. Y es que aquel suburbio no era más que un distrito creado por todos aquellos de clases medias y bajas que no tenían un lugar en la superficie, ya fuera por el estricto control de la superpoblación debido a las murallas, por buscar refugio, por no poderse permitir pagar los altos impuestos, porque fuesen perseguidos por el Gobierno por diversas razones, o cualquier otro motivo similar. Por ello era que no podía haber un lugar mejor para que se instalase la élite del Ejército Revolucionario pese a las malas condiciones, por cercanía con la capital y por tanto con la fortaleza de El Titán, y por su seguridad al ser secreto para el Gobierno.

El distrito tenía un solo acceso con el exterior, que se hallaba en un estrecho callejón sin salida de algún punto poco concurrido de la capital. Por esta razón, las salidas al exterior estaban muy controladas y reguladas para no levantar sospechas acerca de la existencia y el paradero de Ciudad Subterránea, donde solía reinar una aparente paz y libertad y relativa prosperidad que conseguían contrarrestar las pésimas condiciones de vivir bajo tierra. Y es que si Ymir descubrió aquel lugar tan estrictamente protegido, fue por un mero descuido de una mujer que había perdido de vista a su hijo un día de mercado. La muchacha estuvo durante horas buscando a la madre del niño, que no debía pasar de los cinco años, sin éxito alguno, por lo que tras proponerle acompañarle a su casa por si su madre había vuelto, el niño la llevó inocentemente hasta la entrada de Ciudad Subterránea. Sin embargo, lo primero y lo único en lo que pensó al descubrir aquello, fue que se trataba de un lugar más en el que buscar a Christa. Por tanto, y al además encontrarse de lleno con que allí se asentaba la base de los rebeldes, no necesitó más pistas sobre dónde podía haber llegado a parar su amada.

Aunque en Ciudad Subterránea no existían las absurdas normas que se imponían en el exterior, sí que se había propuesto un toque de queda a la misma hora que el que se daba en la superficie, para que el bullicio del subterráneo no llamase la atención cuando afuera en las calles habitaba el silencio. Por eso, en el horario en que Ymir llevaba a cabo sus visitas a la base del Ejército Revolucionario de la capital, no había un alma por ningún lado.

Ymir la esperaba en el muro de siempre junto a uno de los recovecos de las salidas traseras del cuartel. Vestida de calle con una camisa blanca, apoyada desenfadadamente contra las pintadas de la pared, y el cabello oscuro, habitualmente recogido en una pequeña coleta baja, suelto a la altura de la barbilla. Alta, esbelta, guapa.

—Hola, preciosa —se giró hacia Christa nada más ésta materializarse a su lado, guiñándola un ojo y esbozando una media sonrisa ladeada.

Christa respondió lanzándose a sus brazos. Solo hacía tres días que no se veían, pero no podía esperar a buscar sus labios. Ymir la correspondió y la estrechó fuertemente contra su pecho, entregándose a ese anhelado beso. No obstante, la situación no permitió que la cosa se alargara tanto como les hubiese gustado.

—Tengo noticias. —Se separaron. Christa frunció el ceño, entornando los ojos con notable preocupación. —Esta tarde arrestaron a alguien en la zona que cubro. Al parecer intentaba llegar a la prisión, y estaba solo. Tenía… o sea, no han logrado sonsacarle nada, pero creen que es de los vuestros. Tenía un tatuaje en el pecho.

Christa se llevó una mano a la boca, espantada.

—¿Pero estás segura de eso? —inquirió esta —En este cuartel no nos falta nadie. Y no todos llevamos tatuajes.

—Venga ya, si hasta tú tienes uno. —Pese a la gravedad de la situación, Ymir sonrió con sorna, a lo que Christa respondió enarcando una ceja como se puede saber qué quieres decir con "hasta tú".

Como otras innumerables cosas, "decorarse la piel" estaba prohibido en el país. Por eso, como tradición, o tal vez como seña de identidad, todos o al menos la mayoría de los soldados del Ejército Revolucionario decidían tatuarse en algún lugar del cuerpo que la ropa pudiese cubrir. No hay ni que decir que en cuanto el Ejército del Gobierno divisaba a cualquiera con un tatuaje, enseguida se le tachaba de rebelde y se le mandaba directamente a juicio (en el caso de ser detenido en la capital o ciudades cercanas) para posterior ejecución. Por ello era impensable, o más bien de estúpidos, que los civiles tomaran la decisión de hacerse un tatuaje. De hecho, los tatuadores solían ser los mismos soldados del Ejército Revolucionario más mañosos o rebeldes jubilados, quienes daban garantía de no delatar a sus clientes.

—En cualquier caso tengo que informar al comandante. Aun tratándose de un ciudadano ¡no quiero que nadie muera!

Dijera lo que dijese ella, Christa era toda una reina.

Siempre impartiendo justicia, velando por el bien de los demás; solo gracias a su buena fe, Ymir había podido comprender la maldad que hay en el mundo, pero ya era demasiado tarde. Debió escaparse con ella cuando se lo propuso, y por el contrario fue su elección permanecer junto a El Titán.

—Casémonos, Historia.

No era la primera vez que Ymir le proponía algo así, pero nunca dejaría de sorprenderle. Christa se dejó abrazar y hundió la nariz entre el pecho y la clavícula de su chica. Luego se revolvió un poco, con el sonrojo aún tiñendo sus níveos pómulos.

—Te he dicho mil veces que no me llames así. —Christa sonreía, abrigada por la calidez de la risa de Ymir. Con el amor pintado en los ojos. —Y para eso mucho tendría que cambiar la sociedad. Ya sabes que está prohibido el matrimonio entre… bueno… dos chicas. Ni dos chicos. Ni…

entre personas de distintos bandos. Pero eso era más bien era una ley no escrita.

En ese momento, la pesada puerta de hierro se abrió con un estruendo contra el muro. Ambas se separaron de golpe, aunque Christa se relajó un poco al cerciorarse de que se trataba de la líder de escuadrón, Hanji Zoe. Una mujer apasionada y tal vez hiperactiva dados los hechos, y también bastante atolondrada, pero pocas mentes igual de prodigiosas debían quedar en el país. Pero si Christa tuviera que quedarse con un único adjetivo que la definiera, sería comprensiva. Humana.

Y es que aunque todos hubiesen aceptado y respetado su relación con Ymir, todavía resultaba incómodo para el personal verlas juntas, y muchas veces tampoco podían reprimir las miradas desdeñosas contra ella. Por parte de Ymir ocurría lo mismo, pero era algo que Christa sabía que no podía cambiar y que en realidad comprendía.

Sin embargo, Hanji siempre era igual de despreocupada y jamás daba lugar al malestar. Se había acostumbrado a Ymir y la veía casi como a una más, a sabiendas de quién era y de que ella misma formaba parte de los más altos rangos del Ejército Revolucionario y por ello se suponía que debía ser más estricta. Es más, Christa era consciente de que de no haber sido por Hanji Zoe, quien más puso de su parte en la conclusión de aquel pacto, tal vez ella e Ymir no habrían podido estar en ese momento allí afuera, comiéndose los morros y con proposiciones de matrimonio.

Hanji llevaba la coleta despeinada, las gafas de ver sobre la cabeza y una enorme bolsa de basura que había salido a tirar. Tuvo que detenerse y ponerse las gafas para poder reconocerlas. Saludó a Ymir alegremente, pero la dureza en la mirada de Christa le indicó que algo iba mal.

Suspiro. Sonrisa cansada.

—Pasad, anda.


Revisaron cada sala, cada dormitorio y cada rincón del cuartel antes de que todo el Cuerpo acudiera a aquella cochambrosa habitación de reuniones, de paredes de cal sucia, baldosines rotos y alguna que otra gotera.

—Estamos todos.

Todas las miradas recorrían a todos los presentes, deteniéndose especialmente en la aparentemente relajada expresión del comandante y líder de la rebelión, Erwin Smith, que permanecía sentado con los dedos entrecruzados por debajo de la barbilla, y por supuesto en Ymir, quien había dado la voz de alarma y en quien nadie confiaba.

—¿Puedes asegurar que se trataba de un rebelde? —rompió el hielo, con recelo mal disimulado, uno de los soldados.

—Ya os he dicho lo único que vi —respondió Ymir en su mismo tono y con la barbilla alta.

—¿Y si se lo está inventando?

—Tal vez el Gobierno está tramando algo contra nosotros y está de infiltrada…

—Eso, a saber si esto no es más que una jugarreta para tendernos una emboscada si ideamos un plan de rescate.

Murmullos por aquí, cuchicheos por allá. Tampoco era algo que no hubiera ocurrido nunca cuando Ymir traía noticias. Si esta se mordía la lengua era solo porque recordaba que todo aquello que estaba haciendo era lo mejor para el bienestar de Christa. No es como si a ella le importase mucho lo que le pasaba o le dejaba de pasar a un rebelde, y menos todavía si no se trataba de ningún compañero cercano o amigo de su novia. Además, si los quisiera traicionar, lo hubiera hecho ya. Tarugos que sois.

El comandante pegó un fuerte manotazo sobre la mesa alrededor de la cual se disponía todo el mundo. El silencio se hizo de golpe.

—¿Puedes contarnos algo más, Ymir? —habló esta vez Erwin, todo suavidad y enfocando en el tema —Aparte del tatuaje ¿te llamó algo más la atención? ¿Qué pasó exactamente cuando lo atraparon? ¿Dijo algo significativo sobre quién podría ser o de dónde podría venir?

—Me extrañó bastante el hecho de que fuese solo, o por lo menos eso pareció porque no hemos dado con nadie más rondando por la fortaleza o intentando entrar —colaboró la muchacha, con el ceño fruncido todavía incómoda—. Mató a los dos guardias del portón de mi zona, tan solo con un cuchillo de cocina, luego lo atraparon y se lo llevaron. Más tarde cuando lo encerraron me contaron lo del tatuaje, y yo misma fui a asegurarme, pero no pude hacerle preguntas porque estaba inconsciente; está en una celda del piso -3 de las mazmorras. Enseguida lo dieron por rebelde, así que lo mandaron ahí directamente. Supongo que mañana en el juicio se encargarán de eso.

—Si mañana es el juicio no tenemos mucho tiempo —intervino Hanji a media voz por primera vez desde que había comenzado aquel comité, dirigiéndose más bien a Erwin y a un hombre bajito que había sentado a su lado y que Ymir nunca lo había visto hablar mucho, y si lo hacía, era serio y más cortante que el acero—. Ymir, cualquier detalle es importante, haz un esfuerzo, por favor.

La chica chistó, pero hizo el ademán de intentar recordar.

—Tenía el cabello castaño y parecía bastante alto. Dijo un nombre mientras se resistía. Pero lo siento, de verdad que no me acuerdo.

Nuevamente el runrún molesto de los murmullos se apropió de la sala.

—Me parece un acto demasiado temerario como para tratarse de alguien del Ejército Revolucionario…

—Si pertenece a cualquier otro cuartel, que vayan a buscarlo ellos…

—No podemos arriesgarnos de esa forma por una mera especulación…

Erwin comentó algo con Hanji que solo pudieron escuchar ellos.

—Es cierto que sería arriesgarse mucho —opinó la mujer de gafas—, pero ten en cuenta que si ha ocurrido en la capital y el chico viene de algún cuartel de una ciudad exterior, tal vez el rescate no llega a tiempo antes del juicio. Será solo un soldado, pero no podemos abandonarnos entre nosotros de esta manera, y menos cuando precisamente no nos sobra personal.

Se quedó pensativo unos instantes para a continuación girarse hacia el hombre bajito, que en ningún momento sacó a relucir cualquier atisbo de indecisión o preocupación. Bisbisearon algo entre ellos, hasta que este último se encogió de hombros e Ymir alcanzó a leerle en los labios un "Haz lo que quieras".

Todo el mundo calló, expectante.

—Ymir, gracias por la información. Será mejor que te vayas cuanto antes. —No había esquivez en la voz del comandante, sino de verdad denotaba agradecimiento. Tras una pausa, Christa la acompañó hacia la salida. —Que toda la escuadra de Levi reúna armas. Esta noche partís hacia el exterior.


El frío le calaba los huesos, penetrando por todas sus entrañas. La humedad provocaba un desagradable olor a moho. Ni siquiera le habían servido cualquier cosa que por vomitiva que fuese pudiera comerse; para qué, iba a ser solo una noche.

Eren era todo ansiedad y frustración. Apoyado contra la pared, con las rodillas encogidas, la impotencia ardiéndole en las venas, un lado de la cara hinchado y la incertidumbre de si el gorila que lo había pateado en su propia puta casa le había roto una costilla. Tenía por manía morderse las manos cuando se ponía nervioso, por lo que llegado a aquel punto extremo, incluso las magulladuras le comenzaron a sangrar del ahínco con que se hería a sí mismo.

Desde que llegó a parar allí hacía unas horas no había parado ni un segundo de exprimirse la cabeza pensando en el modo de salir de allí, y para más inri, escapar con lo que había ido a buscar y por lo que lo habían encerrado en la soledad de aquel antro vacío.

Por desgracia, había inspeccionado cada ladrillo de la pared, cada centímetro del suelo, y no había ningún tipo de trampilla o conducto de ventilación, por lo que la única opción era hacer un agujero en el suelo con sus propias uñas o doblar los barrotes de la prisión, y ninguna de las dos habían resultado ser viables. Pensándolo en frío, el plan había estado destinado al fracaso desde el principio, pero al que se le daban bien esas cosas era a Armin.

Armin…

Aporreó de nuevo la pared, comido por la ira y las ganas de echarse a llorar. Tenía el puño amoratado y tembloroso debido al golpe. Boqueó. ¿Cómo podía ser tan inútil? ¿Así es como se suponía que debía de proteger a sus seres queridos, metiéndose él mismo en la boca del lobo?

Se negaba a morir.

Pero no le quedaba tiempo.

Era tarde y estaba soñoliento y molido tanto mental como físicamente, pero aún así, en aquel estado de vigilia, sus oídos percibieron el sonido de unos pasos pesados contra la piedra del suelo.

Asomó la punta de la nariz entra las rejas para distinguir a un guardia más rellenito que corpulento y con cara de poco avispado. Tampoco es que Eren se considerara alguien lo suficientemente atento como para cazar a las personas al vuelo, pero al menos eso es lo que quería creer.

Cuando el guardia llegó a su altura para llevar a cabo su labor, Eren se levantó con pesadez y se encaró a él contra los barrotes de la celda en una posición que pretendía ser amenazante, intimidante y confiada. Que de confiado nada, pero aquella era la última carta que le quedaba por jugar.

—Eh, gordo.


Ymir bajó al piso -3. Sudor frío. Nudo en la garganta.

No tenía por qué tomarse tantas molestias. Ni siquiera le importaba nada de todo aquello, ya había cumplido con su parte. No debería sentirse tan inquieta y nerviosa.

Pero tenía que asegurarse de que todo saliese bien si es que por algún casual a los subnormales de los rebeldes se les había ocurrido la brillante idea de meter a Christa en aquel estúpido rescate, o si ella misma se había ofrecido voluntaria.

Su tarea era sencilla, y es que no podía haber nadie allí abajo para poder dejar vía libre a los del Ejército Revolucionario, pues por mucho que le pesase al orgullo de todos ellos, sin su ayuda, las probabilidades de que tuvieran éxito en una misión que implicase adentrarse en el fuerte militar del Gobierno eran básicamente nulas. Además, quería tener algunas palabras con aquel entrometido; si no resultaba ser miembro de la rebeldía, ella misma se encargaría de llevarlo a rastras al juzgado, por todos los problemas que le estaba dando.

Chascó la lengua contra el paladar. Para su mala suerte, ya se encontraban allí dos inútiles discutiendo. No se había esforzado en aprenderse los nombres de sus compañeros; el más gordo tenía un ojo amoratado, un pómulo hinchado y un corte en la ceja del que pendía un hilo de sangre.

—¿Y aquí qué coño ha pasado? —preguntó Ymir de mala gana, todavía desde la estrechez del corredor de las escaleras.

Los dos se giraron hacia ella.

—¡Este cabrón mugroso! —chilló el guardia magullado con toda su indignación —Ha empezado a provocar y…

—…el retrasado le ha abierto la puerta para enfrentarlo —terminó el otro, no menos enrabietado.

—Es que también hay que ser gilipollas —secundó la chica. Echó un vistazo al interior de la celda, y el prisionero parecía dormido o inconsciente, también con algunos rasguños en la cara, pero al menos con mejor aspecto que su compañero.

Este volvió a quejarse todo lo que pudo y más.

—¿Acaso no se te ha ocurrido que eso es lo que pretendía? Si no llego a dormirlo se nos hubiera escapado, genio. —Ymir comprobó que el "guardia sensato" llevaba un pañuelo en la mano, deducía que impregnado con algún tipo de somnífero.

—Bueno —refunfuñó el grandote—, no habría logrado ir muy lejos de haber sido así. Total, van a matarlo por la mañana. Debí haberle disparado cuando se me echó encima.

Ymir puso los ojos en blanco acompañado de un bufido; odiaba a los hombres. Se recordó por qué había bajado allí, inventando la excusa del cambio de turno, y tras una breve disputa, los dos guardias lograron quedar convencidos. Cuando se aseguró de que ambos se habían perdido de su vista, ella misma se marchó, dejando al muchacho de nuevo solo en su celda, pues lo único que tenía que hacer era evitar que nadie bajase y para ello no necesitaba hacer compañía a aquel idiota que tampoco había resultado ser útil para darle conversación. Tampoco tenía ganas de encontrarse con las caras de perro de los subiditos de los rebeldes, así que se quedó a la entrada, metralleta en mano y mirada de lince.

Respiró hondo y maldijo para sus adentros. En qué entuertos la mandaban meterse.

Todavía quedaba mucha noche.


Corrían en parejas, con varios metros de separación entre unos y otros; la líder de escuadrón Hanji en cabeza, Petra con Auruo, Erd con Gunther, por el alcantarillado de la ciudad.

No es que no se sintiese capaz, pero Petra no podía entender por qué el comandante Erwin había decidido encomendarles a ellos aquella misión tan simple, por qué poner en riesgo al escuadrón más fuerte con que contaba el Ejército Revolucionario por algo tan irrelevante como la vida de única persona. Había reprimido a Auruo antes de salir por tener ese mismo pensamiento tan miserable y egoísta, pues ¿acaso no era ese su legado, proteger al pueblo de la tiranía de la dictadura? Sin embargo, tras meditarlo, creía excesivo tomarse tantas molestias, y si bien era cierto que ellos eran quienes tenían más probabilidad de salir victoriosos de aquello, también consideraba que sus habilidades podían ser reservadas para asuntos más… importantes. Que no estuvieran al alcance de nadie más, pues el éxito nunca está asegurado, y sería un completo desperdicio perder a los más fuertes "en vano".

Y no es que no se fiase de Hanji, porque solo tenía motivos para sí hacerlo, pero habitualmente era el capitán Levi quien dirigía todas sus misiones y ante quien respondían. No obstante, este aún estaba recuperándose de una lesión en el tobillo fruto de una mala caída durante la última guerrilla contra los soldados del Gobierno, y era Hanji quien lo sustituía.

Y es que sin lugar a dudas, si tuviera que poner su vida en manos de alguien, sería con absoluta y ciega fe en las del capitán.

—Eh, basta ya con esa actitud —le siseó Auruo, que había advertido su ceño fruncido durante todo el camino—. Y no me digas que es por el mal olor de las cloacas, y es que yo entiendo que no todo el mundo está tan cualificado como lo estoy yo, pero… —Chasquido. Ahogó un quejido. Le dolió hasta a ella, aunque ya era habitual que Auruo se mordiese constantemente la lengua. Se lo tenía merecido, por bocazas.

—Idiota —un murmullo, casi inaudible—. Te he dicho mil veces que no hables mientras corres.

—Silencio. —Esta vez fue Hanji, más seria que de costumbre. —Ya estamos.

Desde que el Ejército Revolucionario era Ejército Revolucionario, la compleja red de alcantarillado de la capital contaba con la construcción de distintos túneles que conectaban con diferentes zonas del subterráneo de la fortaleza de El Titán y que permanecían inutilizadas. Y aquella no era la primera vez que se lograban infiltrar en el fuerte, pero tampoco podían permitirse el lujo de hacerlo tantas veces como quisieran para no levantar sospechas y perder el único recurso que tenían para acceder a él en situaciones de emergencia. Es más, las veces que esto había ocurrido, o la misión había resultado un fracaso y tenían que volver con las manos vacías, o era un fracaso igualmente pero habían muerto en el intento.

El túnel que tomaron desembocaba en un diminuto habitáculo en el que no cabían más de dos personas. Al otro lado contaba con una trampilla que permitía observar el exterior, por lo que parecía un sencillo conducto de ventilación desde fuera. Todo calculado al milímetro.

La única que había estado allí con anterioridad, como es de esperar, era Hanji, en su comienzo en la rebelión, en un intento de asalto de otros muchos. De todos los que fueron, solo ella y algún otro habían conseguido sobrevivir. A Hanji no le extrañaba que Petra se preocupase. Ni siquiera ella las tenía todas consigo, a pesar de ser quien había propuesto el rescate.

—Bien, ya conocéis el plan —dijo Hanji entre susurros, una vez habiéndose asegurado de que el otro lado estaba despejado—. Ymir debe de estar por aquí. Si veis a un guardia por el pasadizo no lo matéis a no ser que os vea. Auruo y Gunther dirigíos a las puertas principales e inutilizar a los que haya allí, en el peor de los casos matadlos. Tiene que parecer que hemos entrado desde fuera. Hay que dejar el menor rastro posible por esta zona.

Petra captó el atisbo de aflicción en la mirada y la voz de la líder de escuadrón, pues sabía que, a pesar de formar parte del Ejército Revolucionario y saber a lo que iba, esta no era partidaria de matar por matar, y que pese a que aquellos soldados del Gobierno se tratasen de gente sin escrúpulos que no dudaría un segundo en asesinar a sangre fría a quien fuese si así lo creían oportuno, Hanji prefería diseñar estrategias, dirigir interrogatorios y tal vez capturar rehenes. Aquella actitud a Petra no le resultaba para nada tranquilizadora en aquel momento en que no podían permitirse replantearse principios morales.

Fueron Gunther y Auruo los que salieron primero, alejándose sigilosamente por el túnel con pistola y puñal en mano. Las dos mujeres junto con Erd lo hicieron en sentido opuesto, buscando el acceso al tercer piso bajo tierra.

Los pasos eran rápidos pero ligeros, sutiles pero silenciosos, como los de un felino, guardándose las espaldas en el trayecto. El corredor continuaba alargándose casi sin final con el repiqueteo de sus pies contra la piedra, sin rastro alguno de su compinche.


El tedioso silencio llegó a su fin cuando sintió que los ojos se le comenzaron a cerrar y los sentidos a nublársele.

Ymir se pasó una manga por la boca para retirarse un hilo de saliva y cargó el arma en alto con alarma y los músculos tensos. Los gritos, golpes y disparos reverberaban por aquellos túneles como sonidos casi fantasmagóricos, escalofriantes, y aunque todavía se podían percibir a una distancia considerable, también era verdad que se escuchaban cada vez más cercanos.

No sabía si es que los del Ejército Revolucionario habían entrado como un elefante en una ferretería o es que ella no había sido suficientemente cautelosa en evacuar de soldados aquel piso, pero con aquel revuelo no tardarían en acudir refuerzos y en terciarse las cosas.

—¡Eh! ¡Eh! ¿Qué está pasando ahí fuera? ¡Tú, gordo, ven aquí!

Golpes metálicos que no cesaban provenían de la celda de abajo e Ymir se preguntó cuánto maldito tiempo se había quedado sobada como para que el efecto del somnífero del prisionero se pasase. Qué momento más oportuno. Esto ya está empezando a tocarme las narices.

Bajó con brusquedad y el gesto encendido en cólera. Cuando irrumpió en el diminuto rellano, el prisionero calló de sopetón y por reflejo dio un paso hacia atrás, cogido por sorpresa ante la cara nueva y cubriéndose con los brazos asustado cuando esta disparó varias veces en su dirección para cargarse la cerradura de la celda.

Ymir lo agarró con fuerza por el antebrazo para sacarlo de allí, pero cuando el muchacho se liberó del momentáneo shock y su cara recuperó algo de color, comenzó a oponer resistencia, por lo visto sin importarle un bledo que su captora tuviese una metralleta cargada y echando humo.

—¡Eh suéltame, zorra! ¡No voy a ir a ningún lado hasta que no sepa dónde está Armin!

—¡¿Quieres callarte de una vez?! —Ymir perdió los estribos. Los dos tironearon violentamente. —Han venido a rescatarte, estoy de tu lado.

Pero como cabía esperar Eren no se creía ni una palabra de una persona ataviada con un uniforme de los soldados del Ejército del Gobierno, y tampoco es que supiese de nadie que tuviera interés alguno por su vida, por lo que ambos continuaron forcejeando y escupiéndose improperios.

Eren logró empotrarla contra la pared con el antebrazo en su garganta, pero antes de que pudiera reaccionar Ymir le pegó un rodillazo en el bajo vientre, provocándole una ligera convulsión hacia detrás que aprovechó para asestarle otro golpe seco en la nuca con la culata del arma. Eren cayó de rodillas, atontado, e Ymir le propinó un último y fuerte puñetazo en el lado inflamado de la cara para terminar de rematar. Eso por lo de zorra.

Con la frente y las manos sudadas, el pelo en la cara y la respiración tan agitada, Ymir no supo cómo se las apañó para conseguir colocarle una venda en los ojos y unas esposas en las muñecas, para que cuando despertara el muy imbécil no diese más problemas.

Escupió sangre y cargó con el peso muerto del chico (más alto que ella, con los pies arrastrando) escaleras arriba. El escándalo les pisaba los talones, ya podían distinguirse voces. Ymir corrió tanto como el aturdimiento, las magulladuras de la reciente pelea y el saco de patatas que se había echado a cuestas le permitieron.

De repente, sintió un intenso y punzante dolor en la pantorrilla, obligándola a hincar la rodilla de la misma pierna en el suelo.

La habían disparado por detrás. Pero qué mierdas está pasando.

—A dónde te lo llevas.

Ymir no tuvo que darse la vuelta para darse cuenta de que era la voz del soldado que estaba antes con el gordo. Dada la situación no se le ocurrió ninguna astucia que pudiera convencerles, y de verdad que lo intentó, porque si le habían disparado en una pierna había sido para frenarla porque todavía querían creer que era un malentendido. Se permitió unos segundos para coger aire, con los ojos cerrados y el corazón en la garganta esperando que en cualquier momento una bala le atravesara el cráneo.

—Te estoy haciendo una pregunta.

—¡Pero no ves que todo lo de antes ha sido una estratagema! ¡Mátal-

Se giró e hizo acopio de toda su fuerza y habilidad para darse un impulso con la pierna sana, todo a velocidad de una centella, dejando caer el cuerpo inconsciente del chico y la pesada metralleta. Se abalanzó contra los dos guardias con tal rapidez y potencia que el gordo apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que un puñal le rasgase la yugular de lado a lado, como una segunda sonrisa. Antes de que este llegase a desplomarse muerto, Ymir ya había arremetido contra el otro, el que la había disparado, pero solo consiguió que del impacto de ambos cuerpos se le cayera el arma de fuego al suelo.

Se levantó como pudo y los dos se lanzaron hacia la ametralladora, pero como Ymir se vio con todas las perder, con un chillido de agonía decidió apuñalarlo en el estómago, y para cuando los dedos del soldado se lograron cerrar en torno al gatillo, llegó una segunda puñalada en la garganta y una tercera al corazón. Recogió a Eren del suelo, y comenzó a andar de nuevo, cojeando y llena de sangre de la cabeza a los pies, con los ojos acuosos por el inhumano esfuerzo, el dolor y por las ganas de llorar.

Pasos apresurados se aproximaban a la vuelta de la esquina, y quiso darse por vencida hasta que ante ella aparecieron la loca de las gafas de los rebeldes y dos personas más que había visto alguna vez en las reuniones de estos.

—¡Ymir, pero si estás heri-

Con toda su desesperación y rabia, Ymir les arrojó el cuerpo del chico con un grito nacido de lo más hondo de sus pulmones, como quien pasa una pelota, pero como si le ardiera entre las manos. Erd lo interceptó.

—¡Ojalá y se muera cuando lleguéis a la base!

Fue Petra la que la sostuvo por los hombros antes de que a Ymir le fallaran la pierna mutilada y el sostén del cuerpo. Hanji fue después, alarmada por su lastimero estado.

—Ymir ven con nosotros —dijo Hanji—, te curaremos en el cuartel. Pero hay que hacerte un torniquete cuanto antes. —Ymir negó lentamente con la cabeza, intentando incorporarse por su cuenta aún en los brazos de Petra. —No puedes quedarte aquí, te van a delatar.

—No hay testigos si estos están muertos. —No fue más que un susurro. Tenía la boca seca; se sentía delirar. —Diré que habéis sido vosotros. Que os lo llevasteis. Van a venir… Daos… prisa.

Debían salir cuanto antes de allí, pero no podía dejar a Ymir así, no después de haberse implicado tanto en algo que no era ni problema suyo y haber salido la peor parada. Se mordió el labio inferior y con toda la prisa que pudo arrancó el bajo de la camisa del uniforme de la chica, lo enrolló en torno a su pantorrilla por encima del balazo e hizo un fuerte nudo. Apoyó con cuidado su cabeza en el muro, sin saber si Ymir había cerrado los ojos abrumada o si se había desmayado.

Erd se echó al recién llegado a la espalda, sin perder tiempo en quitarle la venda de los ojos o las esposas de las muñecas, y los tres echaron a correr para reencontrarse con Gunther y Auruo, que regresaban con algunas manchas de sangre y contusiones.

Todavía les quedaba un movido camino de vuelta.


Eren entreabrió los ojos, pero no veía nada.

No sabía qué sucedía, ni qué había pasado, ni si estaba soñando o no. Percibía que se movía, y que le dolía absolutamente cada parte del cuerpo, en especial el lado de izquierdo de la cara, que chocaba continuamente contra el hombro o la espalda de alguien que lo cargaba.

¿Me están llevando a juicio? ¿Ya se ha pasado toda la noche? Ah, ya me da igual.

Solo había claro un único pensamiento en su mente.

Armin… ¿dónde estás?


El capítulo tres tratará del encuentro de Eren con el Ejército Revolucionario (la Legión de Reconocimiento), por tanto tendrá su primer encontronazo e interacción con Levi.

Me encantaría saber que os está pareciendo de momento el fic, así que agradecería un montón que me dejarais una review :3 ¡Me animaría mucho a continuar!

Muchísimas gracias por leer, ¡hasta el próximo capítulo!

Ingrid Gyllendrak