2
Esto suena como una canción de infancia
Candy Andrey arrastró las maletas hasta llegar a su habitación, jadeando y cansada como nunca. El colegio era hermoso, grande y elegante, pero su servicio malo como el infierno. Los elevadores no servían y nadie del personal se ofreció a ayudarle con su equipaje.
Con dificultad abrió la puerta de su nueva recámara, cayendo al piso sin remedio al tropezarse con su propio bolso.
—Diablos —maldijo, levantándose para sacudirse—, pero al menos ya estoy aquí.
Alzó los ojos verde esmeralda, encontrándose con la imagen de su recámara. Era amplia y bonita, con una cama en el centro, las paredes revestidas de blanco con dibujos purpuras de flores y mariposas, una mesita de noche construida a base de caoba, el armario, un escritorio y la gran ventana que resultó ser la entrada al balcón.
Sí, vivir ahí no sería una mala experiencia.
Soltando un suspiro, se dedicó a desempacar. Colocó su computadora portátil en el escritorio, gracias al cielo se permitían llevarlas, pero el Wi-Fi se cancelaba hasta las diez de la noche. Puso algo de música en YouTube, Taylor Swift. En su clóset estaban guardados tres uniformes formales y dos deportivos, seguramente incluidos en la inscripción. La tía abuela Elroy pagaba mucho dinero para que sus nietos estudiasen en el San Pablo.
Mientras colocaba cuidadosamente sus blusas, vestidos y pantalones en el armario, Candy no pudo evitar pensar en lo que fue de ella después de haber sido adoptada por los Andrey.
Los problemas no terminaron ahí, claramente. Algo que no estaba bien visto por la alta sociedad eran los niños huérfanos, bastardos, como se les llamaba comúnmente. Y era una de ellos, así que siempre, sin importar el lugar en el que estuviera, existiría alguien que la humillaría.
La abuela Elroy al principio despreciaba a Candy, llegó a odiarla por la amistad que forjó con sus sobrinos. Creyó que los influenciaba negativamente, que por su culpa su rebeldía crecía más y más, cuando el único favor que le hizo fue crear a chicos increíbles, divertidos y con valores. Les mostró el lado bueno de la vida.
Se negó rotundamente a la adopción de la chica como parte de la familia, aunque no tenía voz y voto cuando fue William quién lo autorizó. Envenenada por Eliza y Niel, no le quedó más remedio que creer que Candy sería la razón por la que los Andrey fracasarían.
Fue todo lo contrario.
Es duro aceptar a quién no conocemos, pero con el tiempo Candy White logró ganarse el cariño de la familia y sus raíces. La chica, con encanto natural, amabilidad atrapante, ingenio agudo y belleza podía derretir hasta el más duro de los corazones, incluido el de la señora Elroy.
Días antes de partir a Londres, la llamó a su oficina. Pensó que se trataría de un sermón, pero al notar la expresión cariñosa de la mujer, sus defensas se derribaron.
— ¿Me llamó, tía abuela? —Había preguntado con todas las buenas intenciones del planeta.
—Así es, Candy. Cierra la puerta y siéntate frente a mí, por favor —pidió educadamente. La joven obedeció sin decir una palabra.
Ahí estaba ella, imponente como siempre, el cabello oscuro cubierto de canas, recogido en un moño apretado que fruncía sus facciones dolorosamente. Sin embargo, esa vez sus ojos parecían distintos, humanos.
—Bien —murmuró Candy por lo bajo, nerviosa por encontrarse en ese lugar tan macabro.
—Sé que te estarás preguntado por qué te llamé. Como sabes, partirás a Londres muy pronto —ella resistió el impulso de responder con una frase sarcástica a eso, pero no convenía cuando estaban a punto de hablar civilizadamente—. Bueno, espero que obtengas todos los éxitos que te esperan en ese lugar.
—Gracias, ojalá sea de esa manera. Confío en mi capacidad, pero aún más en el poder de dios.
—Claro, sin él las fuerzas humanas pierden valor. Es por eso que me gustaría darte la bendición para que tengas un buen viaje.
—Eso sería asombroso —inclinándose, recibió la consagración por parte de Elroy. Al terminar, para su sorpresa, la mujer depositó un beso en su mejilla, dándole un cálido y apretado abrazo.
—Perdóname por todo el daño que te he causado, Candice
—Usted no tiene nada de que disculparse.
—No; déjame terminar —la atajó con ternura—, en estos seis años he sido la persona contraria a la que se esperaba de mí. Te he tratado de una forma que no mereces, Candy, y estoy arrepentida por eso.
—Mientras admita sus errores, para mí sigue siendo la misma señora honesta y llena de educación que conozco.
—Me enorgullece tu manera de pensar, Candice. Ahora me doy cuenta de quién eres y en lo que te has convertido. Entiendo el motivo por el que mis sobrinos te consideran tan especial.
Candy se rio, encantada por el rumbo que estaba tomando la conversación.
—Stear, Archie y Anthony son solo un encanto. Los tres creen que el mundo entero es un terrón de azúcar.
—No lo asegures, querida. Y bienvenida a la familia —agregó, levantándose para rebuscar algo en su cajón—, para demostrarlo, quiero que tengas algo.
—No se preocupe, no es necesario nada, de verdad.
—Pero deseo hacerlo. Los muchachos tienen una reliquia cada uno, ahora te corresponde, como heredera de los Andrey.
La chica guardó silencio cuando la mujer le extendió una caja forrada en terciopelo purpura, como las capas de los reyes. Sus ojos le pedían que la abriera, así que lo hizo.
Se encontró con algo que le robó la respiración. Una preciosa gargantilla, cubierta de diamantes que brillaban con intensidad. Al sostenerla entre sus dedos se dio cuenta de lo pesada que era. Y además hermosa.
—Dios santo… no puedo aceptarla. Es demasiado.
—Es justo lo que mereces. Perteneció a la abuela de William, un recuerdo de los Andrey.
—Entonces será imposible que yo pueda conservarla. Muchas gracias, pero no. Debió obsequiársela a Eliza —dijo, intentando devolverle el objeto—, ella tiene la sangre de la familia.
—Pero no el corazón.
En la habitación de su internado, Candy sostuvo el collar contra su pecho, prometiendo guardarlo con toda la seguridad que pudiera encontrar.
Distraída por sus pensamientos, no se percató de los insistentes toquidos en su puerta.
—Adelante —exclamó, guardando su regalo en una caja y metiéndolo en el fondo de la gaveta de su ropa interior.
—Permiso —dijo una castaña de mediana estatura, usaba gafas de montura negra que ocultaban dos preciosos ojos marrones, le sonrió sinceramente—. Me alegra que por fin llegaras.
—Sí, hola. Soy Candy White Andrey, es un placer. Entra, por favor.
—Claro. Mi nombre es Patricia O'Brian, pero prefiero Patty —le explicó, su voz era tímida y baja—. ¿Me permites sentarme un momento?
—Por supuesto. —Le señaló la silla de su escritorio.
—Vivo en la habitación de al lado. La hermana Gray me pidió que te acompañara mientras te acostumbras a esto.
—Oh, gracias. Me alegra que seamos vecinas.
—A mí también. Estaba tranquilamente en mi recámara, cuando de pronto escuché a Taylor Swift y supe que apareciste.
—Increíble, ¿la conoces? Es una de mis cantantes country favorita, y además compuso una canción para la película de mi libro preferido, Los Juegos del Hambre.
— ¡Safe and sound! —Gritó—. Cristo bendito, amo esa trilogía.
—Lo sé, es como mi pan de cada día y soy cien por ciento tributo. Hazme las preguntas que quieras para comprobarlo.
—Te creo. Y si eres hunger, puedes olvidarte de tu cabeza —sonrió Patty, comenzando a relajarse—. Linda habitación, por cierto.
—Sí, está bastante bien, me gusta.
— ¿Y qué te ha parecido el colegio hasta ahora?
—La verdad es que no he visto nada, con eso de que acabo de llegar y casi me rompo el cuello intentando subir el equipaje.
— ¿Acaso Owen no te ayudó? —Preguntó Patricia.
—No. ¿Quién es?
—El "conserje" —explicó entre comillas—, aunque ese título le queda demasiado grande. Ya lo sabrás.
—Imagino que sólo duerme, come y refunfuña.
—Exacto —apuntó riéndose—, ¿seguro que no lo conoces, Candy?
—He visto un millón de Owens flojos y gruñones en mi vida como para conocer su comportamiento. ¿Y le pagan bien?
—Mejor que a los maestros, creo.
—Entonces, ¡al diablo la escuela! Mejor dediquémonos a ser conserjes.
—Es un mejor plan de vida.
Las dos chicas se carcajearon hasta lagrimear. Patty se ofreció a ayudarla a desempacar. No llevaba muchas pertenecías, la tía abuela Elroy le enviaría el resto cuando fuese a Londres en su viaje anual para visitar a sus sobrinos.
Patricia era realmente agradable y sencilla. Nada de pretenciosa y sabía que decir en el momento preciso, además de ser una amante de los libros. Habían leído las mismas novelas, cuentos y ensayos, aunque en ocasiones llegaron a estar en desacuerdo con respecto a los triángulos amorosos.
Candy supo de inmediato que podía confiar en ella. Le contó cosas sobre su vida en Chicago y de los muchachos.
—Así que de verdad eres novia de Anthony Brown. Pensé que sería mentira —comentó la morena.
—Es que sí es mentira. Somos familia adoptiva, como te he dicho.
—Lo lamento, creí que lo eran. Él siempre habla de ti, de su novia que vivía en Norteamérica y que pronto asistiría a este colegio… que la ama y no puede existir sin ella.
—Eso no quiere decir que sea yo —replicó la rubia, negándose a aceptar los sentimientos escondidos de Tony.
—Me parece demasiada coincidencia que existan dos Candy Andrey.
— ¿Dijo mi nombre?
—Ajá. Y antes de que lo olvide, todos creímos que lo decía en serio, siempre rechaza las insinuaciones de Eliza Leagan.
— ¿QUÉ? ¿¡ELLA ESTUDIA AQUÍ?! ¿NO EN MILÁN? —Grito Candy, poniéndose roja de repente e hiperventilando.
—Llegó hace un mes y no se le ha despegado a tu novio.
—No es mi novio.
—Lo que sea, tu primo. ¿Te cae mal?
—Me choca, hemos tenido algunos problemas grandes desde que nos conocemos. Parece querer arrancarme la cabeza cada vez que me ve —se encogió de hombros.
—Que feo.
—No te preocupes: le correspondo a sus sentimientos y con mayor intensidad.
—Te entiendo. Me cae verdaderamente mal, con ese porte de niña rica presumida.
—A veces tengo el impulso de arrancarle un poco de ese horrible pelo rojo de arpía.
— ¡Candy! —Protestó Patty, aunque en ese punto ya se estaba ahogando de la risa.
—Y a todo este rollo, ¿te llevas bien con mi familia?
—Supongo, son muy amables, pero no frecuento tratos con Archie y Anthony, sin embargo con Stear somos muy cercanos. Es súper divertido y jodidamente inteligente.
—Le encanta construir cosas e inventar objetos que terminan explotando la mayor parte del tiempo. De hecho, cuando cumplí doce años, me llevaron un pastel enorme a casa, pero él decidió hacerlo más grande. A veces es un estúpido: le introdujo uno de esos objetos con los que inflas llantas de camiones.
—No. ¿Y qué paso después?
—Terminó malditamente explotando en mi cara y en los invitados. La abuela Elroy lo castigó y le quitó los videojuegos.
— ¡Oh, santa madre! —Gritó Patty, arrastrándose de las carcajadas junto con Candy al pensar en la cómica escena.
—En ocasiones cuesta creer que sea el primer lugar en aprovechamiento y tenga reconocimientos en química, física y matemáticas —admitió su prima, limpiándose los labios.
—Me quitó el primer puesto, ahora soy la segunda mejor en Londres.
—Deberías estar saltando en una pierna, si yo tuviera ese promedio, me regalan una semana de compras en París.
—Stear me comentó que eres muy inteligente.
—Te daré un consejo, Patty: No creas todo lo que él dice. Un noventa y siete por ciento de ello es falso. ¿Vamos a comer? Me muero de hambre.
En clase de literatura universal, Terrence Grandchester no podía evitar sentirse fastidiado. La materia le encantaba, pero sus compañeros eran tontos y aburridos, haciendo bromas insulsas sobre cosas que ni siquiera comprendían.
Se dedicó a dibujar en su libreta, ignorando a las chicas que intentaron hablarle erróneamente. Tenía la mesa libre, su anterior compañera se había ido a Japón.
—Buenas tardes, chicos —dijo la profesora Eloise, entrando tan jovial como siempre—. Espero que estén de buen humor hoy. He aquí una nueva alumna que se nos integra, Candice White Andrey, de los Estados Unidos. Un aplauso para ella, por favor.
El muchacho levantó la mirada, intrigado por ese nombre tan peculiar. La visión lo dejó boquiabierto.
Apenas la había visto el día anterior, domingo. No mantuvo la esperanza de reencontrarse con ella tan rápido.
Sin embargo ahí estaba frente a él, tan hermosa como una visión etérea, convirtiendo al insípido uniforme del colegio en algo majestuoso. No parecía asustada por estar al frente de la clase, mantenía la cabeza en alto, firme igual que una guerrera.
—Ve a sentarte con Terrence, por favor —terminó Eloise, una vez que la ronda de aplausos cesó.
De repente, los ojos verdes de la chica se encontraron con los azules de él, haciendo contacto, sacando mil chispas.
Y ella hizo algo inesperado.
Le sonrió.
Acercándose a Terry, ignoró los cuchicheos de sus compañeros, totalmente idiotas. Casi se tropezó con la mochila de uno de ellos, pero logró recomponerse, con la cara roja de vergüenza. Era algo torpe.
— ¿Ya la viste? Es una tonta —susurró una chica unos metros alejada, pero Terrence logró escucharla perfectamente.
—Bueno, no sería mala idea que alguien le pasara la lista de lectura a Candy; querida, esta semana estamos leyendo poemas de Alfonsina Storni. ¿La conoces?—Le preguntó Eloise.
—Sí, he leído algo de ella.
—Bien. Entonces comiencen a leer en sus lugares y discutan las ideas que tienen con el compañero de al lado.
En ese corto tiempo, Terrence tomó una gran decisión que quizás después lamentaría: se haría el duro e indiferente. Mostrar los sentimientos, se dijo mentalmente, sólo sirve para que te destrocen el corazón.
Aunque esa chica le encantara, no podía mostrarse vulnerable.
—Eh… disculpa. ¿Podrías poner la hoja en el centro para que la leamos juntos?
—Comienza tú, yo escucharé —le ordenó él, colocando el trozo de papel en sus manos.
Candy junto sus cejas, en obvio desacuerdo.
—Mira, lee una estrofa y después te seguiré con la siguiente. ¿Quieres que comience?
—Me da igual.
La chica tomó eso como un sí. Cogiendo aire en sus pulmones, se dispuso con la lectura:
Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada
Terrence tardó un rato en reaccionar. La voz de Candy era poderosa y sin titubeos, clara como el agua, esplendida, majestuosa, la clase de voz que no encuentras en cualquier lugar.
También quería impresionarla:
Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba. [2]
La preciosa rubia sonrió, contenta con el resultado.
—Oye, hasta podrías ser actor —lo halagó sin saber el efecto que esas simples palabras provocaron en él.
—Es la idiotez más grande que he escuchado —refunfuñó en respuesta.
Terminaron el poema en medio de una nube de ensoñación. Candy fue la primera que se atrevió a hablar de nueva cuenta.
— ¿Acaso no es hermoso? Y tiene una verdad increíble, aunque de primera instancia resulta algo difícil de comprender.
—Por supuesto, ¿qué esperabas? No te va a decir con simpleza de que se trata; la autora utiliza metáforas y palabras engañosas.
—Lo sé, sí que le entendí, ¿y tú?
—Soy extraordinariamente inteligente.
—Tienes un ego enorme. No me digas, genio, ¿entonces de qué trata?
—Me parece que es obvio, incluso para ti. ¿Sabes en qué año nació Alfonsina?
—Sí, en 1892 y murió en 1938, ósea que el poema tiene mucho que ver con el contexto social, ¿cierto?
—Cierto. En aquella época, el machismo era algo que se veía con buenos ojos. Los hombres éramos el género fuerte, los que dominaban.
—Ajá, y se les daban más privilegios, derechos y menos rectitud por ser hombres, podían hacer lo que quisieran, incluso sexualmente hablando.
—Exacto. Y a las mujeres se les trataba con injusticia, servían únicamente para estar en sus hogares, sirviéndonos y acatando ordenes de nosotros…
—… criando hijos, haciendo quehaceres muy al estilo de Blancanieves.
Terrence asintió, soltando una risita.
—Eso trato de explicar. Y el tema principal es la virginidad, en esos siglos, si una mujer no era casta hasta el matrimonio, se consideraba un sacrilegio. Y, el hombre del que habla Alfonsina en el poema, quiere que ella sea perfecta: pura, hermosa, sin mancha alguna.
—Sí, sí. Y otro tema de la poesía es la hipocresía. ¿Cómo puede él pedirle perfección cuando ha cometido tantos errores? Es medio puto…
— ¿Puto?
—Sí, y además exigente, se comprueba en un párrafo.
—Entonces hemos terminado aquí. Virginidad, gente hipócrita y machista —dijo Terrence, escribiendo en su libreta—, ahora cuando Eloise nos pregunte, responderemos de la mejor manera.
—Estoy de acuerdo.
—Así que eres la señorita pecas —dijo cambiando abruptamente de tema. La adolescente tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reírse.
—No me llamo así, te lo dije en el aeropuerto. Soy Candice White Andrey, para tu información y no es como que te importe.
—Tienes razón: no me importa. Para mí eres señorita pecas, hermana de los monos.
—Y para mí no serás más que un aristócrata presumido, arrogante y fanfarrón.
—Ah, así que al final descubriste quién soy. Dime, pequeña, ¿comenzarás a tratarme diferente?
—Oh, por supuesto, su majestad. ¿Quiere que le haga una reverencia? —Ironizó ella, con un gran toque de burla en sus palabras.
—Estaría bien para variar. La mayoría me besa los pies y se arrodilla ante mí cada vez que me ven.
—Eso quisieras, pero sigues siendo el mismo chico que conocí en el aeropuerto, sólo que ahora te crees un rey.
—Probablemente lo sea.
—No, eres un duque, todavía no alcanzas ese título.
—Aún.
—Aún.
—Y antes de que lo olvide; ahora que he descubierto que eres una orgullosa Andrey, has entrado en mi lista negra.
—Vaya, qué miedo. ¿Por qué?
—Odio a tu familia.
—Y nosotros a ti.
—Candy, Terrence. ¿Terminaron ya? —Inquirió Eloise, mostrándose divertida con la escena.
—Hace un rato, ¿quiere que se lo demostremos? —Ofreció ella.
—Sería genial; acérquense los dos y así los evalúo. De acuerdo a lo que digan podrán salir a almorzar, ¿qué les parece?
Luego de hacerles unas cuantas preguntas a ambos, decidió que era, por lejos, lo mejor que había escuchado en semanas. Se ganaron puntos extras para las pruebas finales y la posibilidad de comer antes que todos los demás.
—Escuché que los lunes son días de pizza, ¿no te parece asombroso? Ayer fue domingo y la cafetería estaba cerrada —inició la conversación una animada Candy. Sin embargo, su compañero caminaba lejos y parecía ignorarla.
—Vaya, que tragedia.
—Espera, ¿a dónde vas?
—No seas entrometida y ve a comer algo.
—Hey, acompáñame. Somos los únicos que estamos fuera de clase y no quiero estar sola —dijo, corriendo para alcanzarlo.
—Las cocineras estarán contigo, y quizás algún friki si tienes suerte.
—No seas sangrón. Vamos —y sin esperar respuesta, lo cogió del brazo, halándolo consigo.
—Oye, ¡¿qué haces, tonta?!
—Ir a la cafetería, idiota. Los dos, para eso están los amigos.
Amigos. Una palabra que para Terrence carecía de significado, hasta ese momento. Así fue como dejó de resistirse.
Luego de comprar sus alimentos, se sentaron en una mesa al lado de la ventana, desde donde se podía contemplar todo, el campo de beisbol y la piscina.
—La escuela es enorme, pero parece tan asfixiante. —Suspiró Candy.
—Es una prisión para niños ricos disfrazada de colegio. Aquí venimos los hijos de personas que están lo suficientemente ocupados con sus vidas como para considerarnos un estorbo.
—Anda, no es verdad.
—Sabes que sí. ¿Por qué otro motivo estaríamos aquí?
—La educación es extraordinaria.
—Existen institutos privados que no son internados —apuntó él.
—Tal vez. Aunque… pensándolo bien, nunca estaré segura de si la educación fue la verdadera razón por la que la abuela nos envió a mí y a mis primos aquí.
— ¿Abuela? ¿Qué hay de tus papás?
—No tengo. Vale, tal vez sí que los tuve alguna vez, pero no los conozco. Supongo que sabrás un poco sobre la historia del reciente miembro de la familia Andrey.
|—Me contó mi tío sobre una chica que el señor William adoptó… Mierda, ¿eres tú?
—Esa misma.
—No puedo creerlo. El mundo es verdaderamente pequeño.
— ¿Verdad que sí? Ahora sé lo tuyo y tú lo mío: eres un Duque asquerosamente rico que no desvela su identidad a la primera, y yo una chica huérfana en un internado para millonarios.
—Aguarda, ¿viviste en un orfanato?
—Sí
—Que feo.
—No lo es. Se llama El hogar de Pony y es lo mejor que he conocido en mi vida. Nunca fue malo o difícil estar ahí, con mis cariñosas madres, las mujeres que nos cuidaban y tantos amigos como puedes imaginar. Ahí nunca se estaba solo. Ni entonces ni ahora.
—Tienes suerte.
—Quizás. He encontrado gente buena en mi vida, personas que estoy orgullosa de conocer. No me arrepiento de nada o maldigo lo que me ha tocado pasar, después de todo, las cosas ocurren por algo. Como en el vídeo de The Reason, de Hoobastank.
—Lo he visto, es asombroso —asintió distraído—, ¿y nunca te sientes deprimida por tu verdadera familia?
—A veces no puedo evitar sentir nostalgia, desasosiego e impotencia. Pueden estar muertos, en prisión o agonizando en algún lugar. Trato de no crearme ideas que me destruyan.
—Te envidio.
— ¿Por qué? Yo no soy una inglesa millonaria.
—Eres una heredera americana, y no es eso a lo que me refiero. No a lo material, pecas.
— ¿Entonces a qué?
—Conoces el amor. Sin importar quién te lo ha brindado, estás consciente de lo que es.
—Apuesto a que tú también.
—Existen diferentes tipos de huérfanos.
—No sé a qué te refieres.
—Pues dejémoslo así. No quiero hablar de eso —esquivó, torciendo la cara—, y no hablaba de nada en concreto.
—No te creo.
—No lo hagas.
—Ah, y no estás solo.
—Cito a Green Day: I walk a lonely road, the only one that I have ever know. [2]
—Deja de bromear, lo digo enserio. Nadie camina solo en esta vida. Todavía existen personas que valen la pena.
—Puede ser.
Ambos guardaron silencio un momento, totalmente perdidos en sus pensamientos, hasta que Candy susurró:
—Esto suena como una canción de infancia.
— ¿Qué? —Preguntó Terrence, confundido y desubicado.
—Son tranquilizadoras. Incluso cuando las escuchas años después, siendo un adulto, son capaces de brindarte paz.
—Ya veo. Justo ahora se siente así: calma y plenitud.
—Totalmente.
—Por supuesto.
—Por supuesto.
—Candice White Andrey, ¿qué diablos estás haciendo?
El momento quedó estancado cuando un muchacho alto y rubio se apareció frente a ellos, tan enojado como si le hubiesen hecho algún daño enorme.
Miraba a la chica, muy herido y ofendido. Se notaba la tensión en el aire y la canción de infancia quedó hecha trizas.
—Anthony. Hola. Justo ahora estábamos hablando, nos interrumpiste.
—Grandchester —escupió el chico.
—Brown.
—Tony, ¿qué quieres?
—Salí temprano de mi clase de matemáticas. ¿Y tú? No habrás hecho novillos, Candy. Sería decepcionante.
—Claro que no. Acabamos primero la actividad de literatura y nos permitieron venir a comer.
— ¿Qué? ¿Acaso quieres controlarla, Anthony? No es una niña —replicó el otro, haciendo un esfuerzo por no golpearlo.
—Evito que ella cometa locuras de las que después se arrepienta.
—Estoy bien, no te preocupes. ¿Podrías dejarnos…?
—No. Absolutamente no, ¿olvidas lo que te dijimos Stear, Archie y yo? ¿Y lo que nos dijiste?
—Lo recuerdo. Dije que los amo y no tienen derecho a decidir sobre mi vida y lo que ocurre con ella, pase lo que pase.
—Candy.
—Tony.
—Como sea, yo me voy. Fue delicioso verte de nuevo, señorita pecas.
—Hasta pronto, mocos malcriado.
—Te veré después —murmuró poniéndose de pie. Como tentando su suerte y probando a Anthony, tomó la mano femenina y depositó un casto beso en esta.
—Grandchester, largo de aquí.
—Adiós, niño bonito.
Candy lo contempló retirarse, con las manos en los bolsillos y la mochila colgando detrás de él. Aunque no quería enfrentarse a Tony, no le quedó más opción que hacerlo.
— ¿Tienes hambre? Yo me compraré otro trozo de pizza, con uno solo no me basta y en cualquier momento darán la campanada —se levantó de su asiento, corriendo hacia la barra.
—Aguarda. ¿Qué estabas haciendo con ese chico?
—Platicar.
— ¿Por qué?
—Porque me cae bien, supongo…. ¿Podría darme una de peperoni? Gracias. —Contestó a la empleada, recibiendo el plato y esperando a que Anthony pidiera su comida.
—No debería "caerte bien," ¿sabes?
—Sin embargo así pasa —susurró mientras caminaban a su mesa—. Igual, todavía no me ha invitado a drogarme, así que está todo bien.
—No es gracioso, Candy.
—Lo sé, pero no tienen que preocuparse por mí. Al final, Stear, Archie y tú son mis primos, mis queridos hermanos y los amo más que a nada. Siempre los elegiré a ustedes, serán primero ante todo.
— ¿Lo prometes?
—Sí —respondió ella, mirándolo directamente a los azules ojos.
—Bien, entonces intentaré dejarte en paz.
—Que así sea —bromeó la rubia, sentándose a su lado.
—Te quiero mucho, Candy.
—Te quiero más, Tony.
Y el muchacho se conformó con eso. Por ahora.
[1] Tú me quieres blanca. Alfonsina Storni.
[2] I walk a lonely road, the only one that I have ever know. –Camino por una calle solitaria, la única que conozco. (Boulevard of broken dreams).
N/A
Hola, amigas fanfictioneras (¿qué dije?) Espero que este segundo capítulo les guste, Terry y Candy se están acercando un poquito más *levanta las cejas sugestivamente*, nuestro querido Anthony es un celosillo, pero luego sabrán lo que ocurrirá.
Mil gracias por los reviews, no saben lo feliz que me hace, y a todos los escritores, saber que mi trabajo les gusta. Gracias, gracias, nunca me cansaré de decirlo.
Fati-Chan.
