Pasaron dos días de lo que ocurrió en el aposento de Arthur. Y ninguno de los dos volvió a mencionar algo respecto a eso.
Merlín se había marchado de prisa, con el corazón palpitándole en la boca; mientras que Arthur había optado por echarse a dormir: pero había sido en vano, ya que no pudo pegar un ojo en toda la noche. Tanto que había pedido a Merlín que no lo despertase hasta entrada la tarde.
Ahora, Merlín ayudaba a Gaius con los pedidos de la gente de la aldea: pócimas para la tos, pócimas para la fiebre alta, pócimas para el mal estado; pócimas, pócimas y más pócimas. Merlín estaba harto de tantas pócimas.
Afuera se escuchaba el relinchar de los caballos, un signo de que el Rey Frederick se marcharía ya.
Merlín miró melancólico la ventana, y Gaius noto el gesto.
-Es lo mejor, Merlín. No sabes que puede aguardarte allí.
-Usted no lo entiende, Frederick me habló del espejo, Frederick sabe quien soy. Frederick también posee magia, Gaius. Quiere ayudarme, ayudarnos a todos.
Gaius dejo por un momento las hierbas y miro a Merlín.
-Muchacho, tú lugar esta aquí, con Arthur. Kilgharrah te lo dijo.
-Kilgharrah dijo que mi destino era ayudar a Arthur a hacer un buen Rey, y nunca lo sabre sí nunca sabemos quien es el traidor y como culparlo. Se oculta muy bien, Gaius. Demasiado para que yo pueda hacer algo.
-¿Y Frederick va a ayudarte con eso?
-En el banquete, cuando me senté a su lado, no fue para que me contase una historia. Me contó que sabía que yo era Emrys, y que estaba dispuesto a ayudarme en mi tarea, porque confiaba en el destino que iba a crear. Y me ofreció su ayuda: el espejo. Con él sabre que hacer. Me dirá como seguir. Serán solamente dos días. Lo del intercambio del sirviente es una tapadera.
-No sabemos sí Chauncey es confiable. – objetó Gaius.
-Lo sabemos, el viejo confía en él. Y también me ha demostrado que posee magia.
-De todos modos, Arthur no te dejara ir.
-Tengo que hacerlo, encontrar algún modo. Necesito llegar al espejo. – insistió Merlín.
-¿Y que harás después del que el espejo te diga quien es el traidor? ¿Volver a Camelot y culparlo sin prueba alguna? Te llamarán loco, Merlín.
-El espejo me ayudara.
-No sabemos sí ese espejo sirve. – Gaius volvió con sus hierbas.
Merlín lo miro enfadado.
-Usted me contó su historia. Usted me dijo que ayudaba a grandes magos a decidir sobre su destino.
-Pero nunca te conté si los ayudaba realmente o no.
-¿Y entonces? Gaius, no tenemos ningún otro hilo. Necesitamos seguir este.
-Merlín…
-Chauncey protegerá a Arthur. Serán solo dos días. Y además, tiene a los caballeros. Nada puede salir mal. – El joven hechicero tenía todo planeado. Sólo hacía falta que alguien confiase en él.
-Excepto que a ti te pase algo malo.
-Estaré protegido, Gaius. El viejo no dejara que me hagan daño.
-Confías demasiado en alguien que no conoces. ¿Sí esta aliado a Morgana?
Merlín medito aquello. Nunca se le había ocurrido, a decir verdad.
-Correré el riesgo. – dijo al final, decidido.
-Pues entonces, Merlín, debes darte prisa. El Rey ya se marcha.
Merlín le sonrío al viejo, quien le devolvió la sonrisa. Sabía que podía confiar en alguien. Sabía que el plan no era tan descabellado.
Frederick le había confiado que llegarían en un día, y ni bien estarían allí, le mostraría el espejo, pronunciaría las palabras secretas y este le debelaría con seguir con su misión. Era fácil y sencillo. Rápido, sobre todo. Y partiría luego de que tenga la solución. Sólo y a caballo, llegaría con Arthur en un día. Sólo faltaba con que este lo recibiera con los brazos abiertos cuando llegase.
Y esa visión no la tenía cómo muy probable que pase. No después de lo que iba a hacer.
Corrió escaleras abajo, a toda la velocidad que sus piernas le permitía. Cargando sólo con su ropa puesta, se abrió paso entre la gente que circulaba los pasillos, y llegó a la puerta del palacio en menos de un minuto.
-¡Esperen, esperen! – Gritó a los caballeros y al Rey.
La multitud se dio vuelta, inclusive Arthur. Dioses, sabía que esto no iba a terminar bien.
Lo hago por tu bien, Arthur. Tenedlo en cuenta, por favor.
-¿Qué quieres, Merlín? – pregunto Arthur, cuando Merlín se paro delante de él, con la cara roja por tanto correr.
-Me marcho. Decido irme con él. – contesto, tan serio y lleno de aire cómo podía.
Arthur lo miro con odio. Lo sabía, sabia que lo odiaría. Pero no podía permitirse afectarse por ello. No, no ahora.
Merlín esquivo las preguntas de Arthur y se planto delante de Frederick.
-Acepto tu propuesta, por delante de las condiciones de mi Rey. – declaró.
Frederick sonrío y le guiño un ojo.
-¡Traedle un caballo al muchacho! ¡Deprisa!
Merlín le sonrío y giro la cabeza. Arthur lo seguía mirando mal. Se acerco a el y le murmuró:
-Sé que estas enfadado, pero escucha Sire, es por tu bien…
-¿Mi bien? Pensé que había quedado en claro que tu seguridad me preocupaba, y qué, por delante de todo, eras sólo mi sirviente. Pero ahora me encuentro con que vas a marcharte, pese a todo lo que te he dicho.
Se cruzo de brazos. El morocho lo imitó.
-Estaré bien. Estarás bien. Necesito hacer esto. - dijo a prueba de toda explicación posible.
Arthur rió con aquella risa sarcástica, burlona, y por sobre todo, amarga.
-Sabes que nunca te escucho, ¿Por qué debería hacerlo ahora? Merlín, no. – volvió a tomar la misma postura que hacia dos noches anteriores: posesivo y dominante.
El hechicero cerró la boca y aguardo en silencio. Cuando diviso que su caballo venia ya ensillado, volvió a abrirla:
-Jugare tu papel entonces: yo tampoco te escuchare. – Arthur lo miro sorpresivo e hizo una mueca que no logro descifrar.
Paso cerca de él, y le dio un empujón con el brazo que logro desequilibrarlo. Luego, monto en su caballo. Arthur se le acerco a los pies.
-Merlín, no lo hagas.
El mago no lo escucho.
-Bueno, Majestad, en dos días tendrás noticias de tu sirviente. Gracias, nuevamente, por tu hospitalidad. Espero que nos volvamos a ver. – dijo el viejo Rey, no midiendo que Arthur no le estaba prestando atención.
Arthur le dedico una bajada de cabeza con respeto y una sonrisa. Luego, volvió a mirar a Merlín.
Los caballos del Rey iniciaron la marcha y desaparecieron. El rey miró por ultima vez a su alrededor y se marcho. Merlín se quedo sólo en el patio, mirándose cara a cara con Arthur.
Ninguno de los dos decía palabra alguna. Ninguno de los dos mostraba alguna muestra de arrepentimiento. Se limitaban a mirarse, por que con eso se decían todo.
Los ojos de Arthur estaban cargados de ira, pero al final, cuando volvió a parpadear para decirle unas palabras a Merlín, estaban desbordando preocupación y anhelo.
El morocho se imagino que iba a retenerlo contra su fuerza, que iba a obligarlo a entrar al castillo, pero, para su sorpresa, el rubio le susurró:
-Ten cuidado.
Merlín, ante la falta de las palabras, asintió con la cabeza y pico espuelas. Lo ultimo que noto fueron los ojos clavados de todos los caballeros, que lo miraban atentamente, y de Chauncey, que mentalmente le decía que todo iba a salir bien.
Por lo menos, había un druida en Camelot, cuyos poderes no eran tan poderosos como los de Emrys.
El paisaje cambio completamente. Donde había edificios, ahora todo se consumía por el bosque verde que limitaba las fronteras de Camelot.
Merlín alcanzo fácil y rápidamente a la caballería, porque habían reducido el paso para que le fuera más fácil encontrarlos; pero ahora, habían aumentado la marcha y todo era silencio, salvo Frederick, que hablaba de varias cosas con Merlín:
-Cuando lleguemos, te llevare en secreto hasta el espejo, y luego verás y resolverás tus dudas. Te guiara hasta tu destino.
-¿Y si no lo hace? -Merlín dudo. ¿Y sí Gaius tenía razón? ¿Y sí el viaje no era mas que una perdida de tiempo, y el viejo estaba ligado con Morgana? ¿Y si había dejado a Arthur con el enemigo?
Quería volver, y solucionar su problema por sí sólo.
Pero luego desistió de su último deseo y se obligo a avanzar. Arthur podría estar dos días sin él.
-Siempre lo hace, lo que ocurre es que hay que aprender a escuchar.
-Dígaselo a Arthur, me haría un gran favor.
Frederick prorrumpió en carcajadas. Merlín tomo nota mental de que no debía decir ningún chiste más sí no quería quedarse sordo.
-A ese muchacho le sería mejor volver a nacer.
Merlín sonrío a duras penas. No le gustaba el humor que tenía Frederick.
Estuvieron todo el viaje restante en silencio, sin intercambiar ninguna palabra, salvo alguna que otra orden.
Cerca de la tarde, acamparon. Merlín se encargo de que todos los guardias tengan sus cenas, y también se encargo de que el Rey disponga de buenas comodidades.
Al finalizar todo, él también se acostó, relajado.
Por otro lado, Arthur no estaba tan relajado. Su sirviente hacia todo lo que él pedía, sin rechistar. Y a medida que le pedía que le cuente algo sobre la seguridad de su reino, más ganas le daba de ir en busca de Merlín.
Cuando tuvo todo lo que quería, pidió a Chauncey que se retire y se quedo solo en su habitación. Opto por tirarse a la cama, pero eso tampoco ayudo. La cabeza le daba vueltas, y pensaba cada vez más en las posibilidades remotas de que Merlín pudiera volver.
¿Y si no volvía? ¿Y sí prefería la amabilidad de Frederick? ¿Y si algún grupo de bandidos lo atacaban y acababa secuestrado, sin que él se enterase, o incluso peor, muerto? Arthur no podía permitírselo. Tenía que hacer algo. Y rápido.
No le importaba lo tan inútil que fuese. No le importaba que fuese un charlatán y que diga las cosas cuando menos las tenía que decir. No le importaba que fuese un desastre de sirviente. A él le importaba que era su amigo. Y tal vez su amigo necesitaba su ayuda.
Se levanto de la cama y se cambio. Se puso también la cota de malla y una capa negra, con capucha. Y salió de su habitación.
Se dirigió al establo y ensillo su caballo. Cuando montó, se aseguro de que nadie lo estuviese espiando, y cuando salió del Reino, volvió a girar la cabeza para comprobar si alguien lo seguía. Pero estaba solo. Completamente solo, en busca de su único amigo.
El campamento retomo la marcha ni bien se ocultó el sol. Habían salido a la mañana temprano, y el Rey decía que era mejor andar de noche, donde sus guardias podían ver más. Le contó a Merlín que esto se debía a que estaban más acostumbrados a la oscuridad, por el lugar en donde vivían. Rara vez cazaban y luchaban de día, porque la luz solar les afectaba. Estar encerrados en cuevas, castillos y túneles los había acostumbrado a la oscuridad eterna.
Mientras iban avanzando con paso rápido y cauteloso, Merlín sopesaba las probabilidades con éxito que tenía de volver de una pieza a Camelot. Tendría que acordarse toda la ruta, pero con aquella oscuridad, lo único que podía divisar era las crines de su caballo. Había mucha oscuridad.
Cuando ya se estuvieron acercando a la puerta del Reino, estaba amaneciendo. Habían hecho un largo trayecto desde la noche y no habían parado nunca. Ni siquiera Merlín pudo comer. Se dijo a si mismo que antes de partir nuevamente iba a comer algo.
El paisaje había cambiando completamente. Aunque no era invierno, el clima era muy frío. Y si no hacías el trayecto desde Camelot hasta aquí en caballo, puede que la pasaras muy mal.
Los arboles estaban recubiertos por una fina escarcha, sin llegar a hacer del todo nieve. El camino real estaba recubierto por frondosos bosques, y un arroyo en cada lateral.
El castillo era un gran edificio gris, recubierto por múltiples ventanas y moho. El pueblo a su pie mostraba un aspecto depresivo, sin vida. Pero Frederick le aseguro que eso se debía a una mala cosecha.
Al llegar a las puertas, la guardia de la ciudadela dio nuevamente la bienvenida a su Rey y a los caballeros. Frederick saludo cortésmente a sus guardias y luego hizo señas a Merlín.
Se dirigió con paso lento, para no llamar mucho la atención. La guardia lo saludo sin mucha importancia y empezaron a guiar a los caballos hacia sus respectivos establos. Los caballeros se dirigían a sus aposentos.
Merlín, todavía subido a su caballo, siguió al viejo Rey por entre el pasillo lateral que estaba recubierto por una galería de arboles.
-Estamos cerca. El espejo se haya pasando el cordón de arboles.
Y era verdad: estaban cerca. Merlín pudo observar cómo una piedra en forma de cáliz se alzaba, erguida y apoyada entre unas grandes piedras, entre la espesura del bosque.
La vista era preciosa: sin igual. Y cuando llegaron allí, Merlín se bajo del caballo apresurado para situarse junto al viejo.
-¿Esto de verdad funciona? – pregunto Merlín, admirado por la magia que radiaba el espejo.
Lo llamaban "espejo" ya que el agua que contenía dentro reflejaba tu propia imagen nítidamente, pero en realidad, con las palabras exactas y seretas, develaba algo más que tu imagen. Develaba consejos y destinos, entre otras cosas.
Merlín se acerco rápidamente a él y observo los símbolos druidas que tenia tallado a su alrededor.
-¿Qué significa? – quiso saber Merlín.
-Significa: "Si conocer tu futuro es lo que quieres, abrid tus orejas y ojos debes"
Merlín asintió, tratando de seguir aquel consejo.
El viejo empezó a murmurar varias palabras raras, que Merlín no presto atención. Estaba embobado observando cómo las aguas del cáliz comenzaban a moverse y a debelarle una imagen.
-¿Qué debo hacer? – pregunto, nervioso.
Solo relájate e inclina tu cabeza hacia el cáliz. Luego, susúrrale tu nombre.
Merlín hizo lo que le dijo. No estaba seguro si iba a funcionar, pero de todas formas, lo intento.
-Emrys – susurró.
Las aguas oscuras comenzaron a moverse con un lento vaivén. Luego, el ritmo fue acelerado.
El joven hechicero no tenía ni idea como se le iba a develar el consejo; sí mediante una visión o mediante palabras, pero estuvo atento a alguna señal de cambio.
Las aguas seguían moviéndose, pero no pudo descifrar nada. Estuvo inclinado varios minutos, hasta que las cosas dentro del cáliz formado con piedras se calmaron.
Merlín alzo las cejas, a la espera. Y espero, espero, espero…
Pero nada paso.
Suspiró y se irguió nuevamente, mirando al Rey, cuyos ojos estaban clavados en Merlín.
-Abre tus ojos. – le murmuro antes de que pueda decir una palabra.
Volvió a inclinarse sobre el cáliz, esta vez poniendo sus dos manos a cada costado de la piedra. Acaricio las escrituras y abrió los ojos, como el viejo le había dicho.
Las aguas tenían un color extraño esta vez. Merlín parpadeo, pensando que estaba teniendo alucinaciones, pero no las tenía. Las aguas estaban de un color rojo.
-¿Qué significa el rojo? – pregunto.
-Peligro. – Frederick respondió como si nada.
A Merlín aquello no el gusto. Una parte de él sabía que no tendría que haber dejado a Arthur solo en Camelot. Una parte de él sabía que esto era una locura, una pérdida de tiempo. Una parte de él sabía que podría encontrar el camino hacia el traidor por sí sólo. Una parte de él sabía… que Arthur corría peligro.
Cuando trato nuevamente de apartarse del cáliz y hablar con Frederick, se le ocurrió algo. Merlín había venido por solo una cosa, y no se iba a ir sin antes saber que hacer al respecto.
-¿Qué debo hacer? – murmuró, refiriéndose al traidor.
Y el espejo le contestó. Unas palabras escritas en blanco aparecieron en las aguas rojas:
"Las cosas que tiene que pasar, pasaran. Pero no ahora. Todo se revelará a su debido tiempo. Porque ahora, joven hechicero, joven Emrys, tienes que correr. Una vida está en peligro. Estas a punto de fracasar con tu destino"
Merlín lo leyó dos veces, sin creer lo que había aparecido allí.
Se incorporo nuevamente, con el corazón palpitándole fuertemente. Y con una sola idea en la cabeza, le murmuró al Rey:
-Tengo que irme, Arthur esta en problemas. No debí dejarlo solo.
Pero cuando quiso avanzar, el Rey lo retuvo.
-Merlín, por tu desesperación de cumplir al pie de la letra con tu destino, has descuidado la vida de tu Rey. Arthur está desprotegido en Camelot, acechado por cuantos peligros sabe alguno. La verdadera razón por la que estás aquí, es para que aprendas a no descuidar a Arthur. Por esta vez, protegeré la vida de tu rey, pero debes irte ya.
Pero antes, prométeme algo: no dejaras a Arthur nunca. Siempre estarás a su lado, y nunca te le apartaras de su camino. No importa en qué situación se encuentre, sí es de vida o muerte. Siempre elegirás a Arthur por sobre todas las cosas.
-Lo prometo… - murmuró, confuso. - ¿Esto ha sido una prueba?
-Una para ver que tan bien has entendido el destino que compartes con Arthur.
-No volveré a dejarlo, lo prometo. – aseguró Merlín, asustado por lo que podría estar pasando ahora Arthur. - ¿El Rey se encuentra bien?
-Él está bien, Merlín. Pero si no partes ahora, temo que una vida este en riesgo. Tu descuido será castigado: no sé con qué, yo no puedo decirlo. Sólo predecirlo. Alguien saldrá lastimado por venir aquí. Pero, en tus manos esta su vida. O tal vez no.
Merlín asintió con la cabeza. Ya había entendido el mensaje de ambos: tenía que irse ahora. Volver a Camelot en cuanto antes.
Corrió nuevamente a su caballo, y montó, sin reparar en la notación mental de comer algo. Podía comer después.
El viejo lo observo en silencio. Y cuando Merlín se acercó para despedirse, le ofreció una espada.
-Los bosques, de día, suelen ser más peligrosos que de noche. Los bandidos se despiertan para atacar a algún descolgado. Ten cuidado.
Merlín acepto la espada a regañadientes. Él no sabía esgrimirla, pero de algo le iba a servir, en una caso extremo. Pero también contaba con su magia, y sí estaba solo, la podría utilizar libremente.
-Hubiese querido no venir aquí, por el bien de esa vida en peligro. – Merlín estaba cada vez más nervioso.
Frederick asintió con la cabeza y sonrió tristemente.
-Saluda a Arthur de mi parte, y dile que eres un buen sirviente. Pero que este trabajo no es para ti.
Merlín no comprendió, y al ver la cara de desorientado del mago, el viejo explico:
-Pues, tú vendrías aquí con el propósito de ver que buen sirviente eres. No para ver a través de un espejo mágico. No podemos decirle eso a Arthur.
-No, es verdad. – Por primera vez que pisaba aquel bosque, Merlín sonrió. – Espero que nos volvamos a ver.
-Yo también, Emrys.
Y con eso último, Merlín echo a correr.
Arthur estaba cada vez mas desorientado. Había viajado toda noche a ciegas, sin saber por dónde pisaba. Había ido al reino de ese viejo una sola vez, con su padre. Pero había sido de día, y los terrenos eran mucho más transitorios.
Ahora que el sol reaparecía, estaba de mejores ánimos, pero no lo suficiente.
Iba en busca de Merlín, su sirviente. Y en el Reino se iba a saber de su desaparición, y se iban a alarmar. Y cómo ya lo sabía, le había dejado a Chauncey una nota diciendo que iba a visitar a Frederick, pro que se había olvidado de decirle algo personalmente.
Las ramas bajas le daban molestias en la cara, mientras que el frío clima se le calaba hasta los huesos.
Estaba enfadado, muy enfadado. Y cuando encontrara de nuevo a Merlín, se iba a encargar de que nunca más le desobedeciera.
Él era su sirviente, y nadie tenía derecho a tomarlo como suyo. Y encima, lo había desobedecido delante de todos, y lo había dejado parado como un idiota. Y no se lo iba a perdonar tan fácilmente.
Sí Merlín podía traspasar todo el bosque solitario sin ningún rasguño, el mismo Arthur se iba a encargar de hacerle algunos.
Sonrió ante esa idea y continuó con su paso. A estas alturas, debería estar más cerca de lo que en realidad creía.
Merlín tomo el camino real. Lo iba a llevar más rápido, pero también sabía que iba a correr el riesgo de que lo ataquen.
Pensando en que decirle a Arthur cuando llegara a Camelot, no se dio cuenta de que se había desviado.
-Maldición.
Eso solo le podía pasar a él. Volvió a retomar el camino real, pero ahora no sabía sí estaba bien ubicado.
Se detuvo un momento y miro a su alrededor. Pero, al parecer, se había detenido mucho tiempo.
Por el lado izquierdo venía un grupo de bandidos armados; y todos tenían un solo propósito: matarlo y robarle sus pertenencias.
Decidido a huir, dirigió al caballo hacia el sur. Pero, desde ese lado, también venían dos tipos más armados.
Merlín decidió pasarlos por encima con el caballo, dado que él no era un gran espadachín y no podía usar su magia contra todos.
Mirando atrás, pero ordenando al caballo que siguiese, no se dio cuenta que empezaba la parte en donde el bosque contenía ramas bajas. Y una de ellas le dio en la cabeza.
El golpe no había sido muy fuerte, pero le basto para que lo tirase del caballo. Trato de agarrar su espada, antes de que los bandidos llegaran, pero al escuchar a otro caballo acercarse, prefirió ocultarse.
Se situó bajo el tronco de un gran árbol, mientras oía como el jinete que acababa de escuchar peleaba contra los bandidos.
Iba a asomar la cabeza, pero antes de eso, agarro la espada y comprobó si estaba afilada. Paso un dedo por la hoja, y al cortarse, sonrió, se paro, y se unió a la lucha.
No podía observar el rostro del otro combatiente, dado que tenía una capa negra ondeándole las espaldas, pero pudo adivinar que era muy buen guerrero.
Cuando un bandido noto su presencia, se dirigió a él, pero antes, Merlín utilizo su magia y lo derribo. El combatiente seguía centrado en lo suyo, por lo que no detecto al joven hechicero.
Cuando ya quedaban menos de la mitad, el combatiente se dio vuelta.
Tenía la cara empapada por el sudor, el pelo pegado en la frente y la ropa algo rajada y sucia; pero aún así, Merlín pudo saber quién era: Arthur.
La felicidad le volvió al cuerpo entero, y cuando iba a gritar su nombre, cuando iba a dirigirse a él, otro bandido se le acerco por sorpresa por un costado, se paro delante de él, y hundió su daga en el costado izquierdo de su abdomen.
Merlín sintió el frío metal atravesarle y herirle. Y supo también que le había herido un pulmón. Trato de gritar el nombre de Arthur, pero no pudo decir nada, solo estaba mirando los ojos de su agresor.
Los párpados se le caían, le pesaban mucho para tenerlos abiertos. Pero se obligo a tenerlos abiertos. Cayó de rodillas frente al hombre, con un estrepitoso ruido, y ahí fue donde Arthur se dio la vuelta, cuando por fin había terminado con el último hombre que lo había atacado.
Primero fijo su vista en el hombre con la daga, y luego, en el que estaba de rodillas. Cuando Merlín alzó la cabeza, Arthur lo reconoció.
La expresión que puso no la había visto nunca. Era entre una mezcla de terror y angustia. Un terror cómo si hubiese visto un fantasma. Un terror cómo sí todos sus miedos se hubiesen vuelto realidad.
Arthur gritó algo, pero Merlín no llego a oírlo. Notaba como la sangre se agolpaba en sus odios, impidiéndole oír mas allá que sus propios decadentes latidos.
Con las últimas fuerzas que tuvo, observo como su agresor moría herido por la espada de Arthur.
Luego, todo transcurrió muy rápido: Arthur tirando la espada sin importarle donde cayera, arrojándose al lado de Merlín, cuya herida era más grave de lo que él creía, sosteniéndole la cabeza y murmurándole que todo iba a estar bien.
Nunca había visto a Arthur en esa faceta, y eso le hizo sonreír.
-Lamento haber sido mal sirviente. – susurro Merlín, con todo su esfuerzo.
-Todavía lo eres, Merlín. Esto no es un adiós. – murmuro, con la voz quebrada.
El morocho pudo observar como las lágrimas se agrupaban en los ojos celestes de su amigo.
-¿Entonces, qué es, Arthur?
Arthur se sorbió la nariz. Obviamente, no iba a permitirse llorar frente a Merlín. Su orgullo siempre estaba presente.
-No lo sé, pero no voy a dejar que mueras.
Merlín sonrió con tristeza. Y comprendió: la vida que estaba en peligro no era la de Arthur, era la del propio Merlín. Y según las palabras de Frederick, su vida estaba en sus propias manos, pero Merlín sabía que no podía salvarse. Nunca había curado una herida tan grave, y no podía arriesgarse.
Merlín sabía: había fracasado. Era su fin.
Quiso decirle algo, sonreírle al menos. Pero no pudo. Mientras Arthur le sostenía la cabeza, Merlín se desplomo en el suelo. Y antes de cerrar los ojos, vio como las lágrimas recorrían las mejillas de su íntimo amigo.
Bueno, espero sus insultos :D
