Vendría hoy, más que una pregunta era una súplica. Sí, me dije para convencerme. Siempre venía.
Verlo se había convertido con el paso del tiempo, más que en una costumbre, en una necesidad, desde cuando me sentía así, no lo sé, simplemente ocurrió, era algo natural, supongo. Él era mío, siempre lo supe, pero desde cuando había pasado a ser yo algo suyo. Quizás siempre fue así, y simplemente ahora era verdaderamente consciente.
Sí, el siempre venía. Y hoy también.
Solo de imaginar el momento en que oiría su destartalada y vieja motocicleta, por el sendero que llevaba hasta mi casa, hacía que se me estremeciera todo el cuerpo, era como si en mi estomago mis mariposas hubieran criado a su vez mariposas. Era ridículo, era Jake, mi Jake. Me había visto nacer, me había cambiado los pañales, lo cual era humillante, no puedes enamorarte de un hombre que te ha cambiado los pañales, debería existir alguna ley natural o sobrenatural al respecto. Había jugado conmigo, haciendo gala de una infinita paciencia, incluso habíamos compartido el peor momento que ha pasado mi familia jamás, cuando los Vulturis, el clan italiano y maquiavélico, que atormentaba mis pesadillas, liderados por Aro, Cayo y Marco, habían querido acabar con todos nosotros, por mi causa. Todo ello hacía que encontrarme en tal estado de nervios simplemente por que viniera a visitarme, cosa que hacía cada día, desde el mismo momento de mi nacimiento, resultara ridículo. Ridículo y frustrante. Yo tenía 10 años, el 20. Sí, ante todo era frustrante. Para él, yo era una niña, su niña, pero niña al fin y al cabo.
Céntrate, me dije, compras, tías, ropa.
Me levanté de la mesa y fui corriendo a darle un beso de despedida a papa que estaba absorto sentado frente al gran piano del salón. Cuando mama salía de caza o, a hacer alguna diligencia, él estaba conmigo, y si yo salía por ahí con las tías, o venía Jacob a visitarme, se ponía a tocar o componer alguna de sus maravillosas piezas. Papa era el mejor músico que yo había oído jamás. También tenía una preciosa voz, a veces cuando me ponía remolona para dormir, se tumbaba conmigo en la cama y me cantaba. Adoraba cuando me dormía escuchándolo, siempre soñaba cosas lindas si papa estaba allí, no había lugar para las pesadillas.
Cuando era papa el que salía, mama era la que se quedaba en casa. Yo era consciente que nunca me dejaban sola. O estaba uno u otro. Siempre tenía conmigo a uno de los dos. Tontorrones sobreprotectores.
Después de 4 horas de centros comerciales, tiendas, vestidores, haber perdido la cuenta de la ropa que me probé, de la que compramos, y un trozo de tarta de queso con arándanos, mi favorita, volvimos a casa.
Al llegar lo vi, sentado tranquilamente en las escaleras del porche de la casa Cullen, con los codos apoyados sobre sus rodillas, esperando. Esperándome a mí, tenía ganas de ponerme a gritar. Supongo que oiría el coche desde lejos, miraba en nuestra dirección. No, me miraba a mí, y allí estaban mis mariposas en pie de guerra. Su sonrisa, ingenua y sincera, me torturaba de mil formas que no puedo ni explicarme.
Frustración.
Me debatía entre salir del coche, lanzarme a sus brazos, y comérmelo a besos o esperar a que aparcáramos debidamente, y saludarle tranquilamente, quizás abrazarlo, si abrazarlo no era del todo una mala idea. Era absurdo este debate, siempre lo he abrazado. Abrazado, mordido, molestado, incluso lo he besado, siempre lo he besado, pero no como deseaba besarlo ahora.
Humillación.
Mis mariposas gritaban desaforadas por la primera opción. Pero lo más razonable, era esperar, dios, esto iba ser así siempre a partir de ahora. El amor es una condena, un calvario, no es lógico. Acaso era lógico tener 10 años y estar perdidamente enamorada de un hombre 10 años mayor que tú. Me repetía que algún día ya no sería una niña, algún día mi mente y mi cuerpo irían a la par. Algún día lanzarme a sus brazos, sería lo natural. Algún día, el no amarlo como lo amaba, sería motivo para estar en prisión. Un delito. Ojala algún día el delito fuera dejar de amarlo. Ahora, era justo lo contrario.
No, el amor es de todo menos lógico, o quizás era el destino el que se burlaba de mí. No era humana, ni vampira, no era mujer, ni era niña, ni siquiera adolescente. Era un todo inacabado, una mitad sin sentido. Un rompecabezas a medio hacer.
De nuevo frustración.
Rosalie, miró irritada en dirección a Jacob, mientras aparcaba su deslumbrante descapotable rojo al lado de la casa, y procedíamos a sacar del portabultos todas las bolsas con mi ropa. Jake nos miraba divertido, sabía que aquello era mi tortura particular. Esperaba pacientemente, ahora apoyado en la pared de entrada a la casa, con un aire de despreocupación absoluta.
Rosalie siempre se irritaba cuando veía aparecer a Jake, es decir, cada día. Jamás se entenderían, tampoco creo que quisieran entenderse, no se odiaban, pero tampoco podían soportarse. Su único nexo era yo. Gracias a eso mantenían una relación bastante cordial, cordial no era la palabra adecuada, era una relación políticamente correcta.
La relación con Alice era bastante diferente, es más creo que se caían bien, si obviamos el hecho que ambos se repelían de forma natural, o sobrenatural, si nos ceñimos a la realidad.
Cuando me dispuse a caminar hacia la casa con mis bolsas, Jacob pegó un brinco desde el porche y se puso a mi lado. No me dio tiempo ni a reaccionar, estaba pensando como saludarlo aún debatiéndome internamente entre lo que quería realmente y lo que debía querer. Me sobresalté, no porque se acercara sin avisar, es que no había previsto esa situación, y las mariposas aún dominaban mi estomago. No, ahora mismo se situaban traicioneramente en mi corazón haciéndolo latir de forma acelerada, se echo a reír, se imaginaba que me había asustado. Mejor así. Recogió las bolsas delicadamente de mis brazos con una mano, y con la otra me frotó suavemente la cabeza. Y lo hizo como lo hacía siempre, como si yo fuera una mascota entrañable. Peor aún, una niña. Su niña. La niña de tirabuzones dorados que cada mañana me miraba desde el espejo.
No pretendía asustarte cielo, que tal ha ido, te has comprado muchas cosas-, dijo mientras echaba un ojo a las bolsas con verdadero interés. –Luego me miró.
Frustación otra vez.
Decidí disimular, mandar al infierno mis mariposas, y olvidarme de todo. Le devolví la mirada poniendo los ojos en blanco y suspirando. –Ya soy libre, hasta que vuelva a crecer dentro de 4 segundos, y me quedé de nuevo sin ropa, miré a Alice y le saqué la lengua. Tenía 10 años, aún podía hacer esas cosas y que resultara simpático. Alice a su vez también me sacó la lengua, y pasó corriendo a nuestro lado muerta de risa. –Y volveríamos a ir, tenlo por seguro, no voy a permitir que mi sobrina vaya media desnuda por la calle-. Esta última frase la dijimos las dos al unísono.
Alice y Rosalie ya habían entrado en casa, apuesto que estaban desalojando mi armario, para colocar mi nuevo arsenal. Nuevo y decente tengo que añadir, por fin tengo ropa que me gusta. No, hoy no ha sido un infierno, es más hoy ha sido divertido. Me estaré pasando al lado oscuro, al final la pobre mama se quedaría sola, y yo también me convertiría en un monstruo devorador de ropa y complementos. Una mini Alice de tirabuzones dorados. En pleno trance me imaginé a mi misma como un tierno duendecillo de mejillas sonrosadas ávida por las últimas novedades en moda prett a porter.
Habéis arrasado con media ciudad. Ha quedado ropa en algún centro comercial-, preguntó Jacob alucinando. Dejé al duende de expresión traviesa. Creo que se impresionó al ver que Alice y Rosalie iban cargadas de bolsas, más las que, previamente me había recogido, y que ahora cargaba él. –te has tenido que probar todo esto,- hizo un gesto de sufrimiento, absolutamente exagerado mientras me miraba, me tuve que reír. Es duro ser mujer-,le respondí con sorna, -no todos tenemos la suerte de poder ir medio desnudos por ahí- le di un codazo en las costillas. Y crezco demasiado rápido.- Era un hecho innegable, realmente necesitaba ropa.
Entramos en casa, podía oír a Alice y Rosalie decidiendo como distribuir los estantes y la ropa. Papa se les unió, él era el encargado de mover estantes y puertas. Pobre papa.
Pero esta vez, he ganado yo-, le comenté, -me gusta lo que hemos comprado, no más lazos, ni tutú. No más rosa.- Sonreí triunfalmente. Jacob estaba registrando la bolsa y analizando la ropa, sentado cómodamente en mitad del salón. -Mola, es más cómodo. Nessie cielo, tu ropa era espantosamente cursi-, de repente levantó la vista hacia mí. Había una nota de sufrimiento en su rostro.
Me miraba como si estuviera midiendo mi reacción. Como si acabara de soltar un agravio. Tonto Jacob. – tú estás preciosa, claro, siempre lo estás…lo eres- añadió indeciso, temiendo a ver herido mis sentimientos. Bien sabía yo lo cursi y horrible que era mi ropa.
En ese momento, soltó las bolsas, se levantó y dio dos grandes zancadas hacia mi dirección. Se hecho de rodillas delante de mí, me cogió delicadamente las manos. Y las mariposas hicieron su aparición estelar, revoloteaban alegremente por mi estomago. Mi expresión de niña inocente e indiferente estaba a punto de romperse. Porqué me hacía esas cosas, no es justo. –Eres la criatura más linda y adorable que existe en el mundo, con lazos, tutú o con una bolsa de basura en la cabeza, tú ignórame, soy imbécil de nacimiento.- me sonrió inocentemente, se me derritió el corazón. La máscara de mi rostro, la de la niña de tirabuzones dorados, se agrietaba velozmente. -No seas tonto-, me puse a mirar al frente, e intenté hablar con total normalidad, -odiaba esa ropa, no era cursi, era absolutamente hortera, de todos modos es lo que tiene vivir con gente que ha nacido en el prehistórico.- le replique. Al terminar la frase ya no me temblaba la voz. Le pegue un pequeño empujón. Me miró feliz.
Él también era la criatura más linda de mi universo.
Se levantó y me frotó delicadamente la cabeza, como hacía siempre. -Quieres salir a jugar, podemos echar una carrera- me miró retándome -puedo dejarme ganar-. Lo miré ofendida. Falsamente ofendida. Lobo arrogante.
Puedo dejarme ganar…- le imité a modo de burla, –menos lobos, caperucita-, dije señalándole con el dedo índice, para a continuación poner las manos en jarras, y una expresión muy digna, alzando la cabeza. – yo también soy rápida, puedo ganarte perfectamente, no necesitas perder a propósito-. No, no podía, era rápida, eso estaba claro, pero no era tan rápida como él. Era orgullosa. Jacob estaba explotado de risa enfrente de mí.
Si le quieres ganar- respondió mama mientras descendía elegantemente el tramo final de las escaleras, -vas a tener al menos que comer algo. Marear cereales y un pequeño trozo de tarta no se considera ni desayuno ni almuerzo, y te desmayaras en mitad del bosque-.
Salí corriendo hacia la escalera, -mami- casi estaba gritando de la emoción, -no te esperaba tan pronto,- pegue un salto hacia ella y me cogió en el aire, me abrazó con fuerza. –mi niña hermosa, mi tesoro, cómo te he echado de menos. Comencé a relatarle los hechos del día muy apresuradamente, tanto, que llegó un momento que ni yo misma me entendía, así que extendí mi mano hacía su cara, y se lo mostré. Mama esperó divertida, viendo las imágenes. Vio que me lo había pasado realmente bien de compras, se alegró. Quité la mano de su rostro antes que pudiera ver, mis patéticas frustraciones amorosas con su mejor amigo. Ya era humillante sentirlo, no podría soportar hacerlo público.
Bells- saludó Jacob desde el salón, -qué tal todo, buena caza espero- y le guiñó un ojo a mama, - bueno como siempre-, dijo mientras nos acercábamos donde se encontraba Jacob, yo aún en sus brazos. Alimentarse era una cuestión de necesidad más que un placer para mama. -Os echaba mucho de menos, dijo mirándome dulcemente. Claramente se refería a papa y a mí.
Vais a ir a correr por ahí- preguntó mama, mientras me depositaba en el suelo. –Bueno, se apresuró a decir Jacob, -será mejor que vayamos antes a comer algo, dijo mirando a mama, supongo que era su modo de pedirle permiso para llevarme a comer. -Cómo es eso que no has comido nada.- esto iba por mí. Jacob siempre se preocupaba mucho, si comía o si no comía, si crecía más o menos, cualquier absurda nimiedad que pudiera afectarme lo más mínimo era el mundo para él. –No me apetecían los cereales, no me gustan demasiado-, dije a modo de disculpa. –Pero te gusta la pizza no. Jacob Black me conocía. Le sonreí. –También podemos ir de caza, si lo prefieres.- No, no lo prefería especialmente. -Está bien, llévala a comer, pero que no se haga de noche.- señaló mama.
