Esa noche le fue imposible conciliar el sueño, no podía dejar de recordar la mirada suplicante en los ojos verdes del licántropo, había tanta soledad en esos ojos y aunque el chico no podría saber exactamente lo que era estar acompañado, en el fondo debía sentirse increíblemente solo.
Se debatía entre pensar en Dean como alguien peligroso o como alguien completamente inofensivo; su apariencia y la mirada en sus ojos no inspiraban peligro o temor, de hecho, a simple vista parecía ser un chico normal, guapo, carismático y alegre, como cualquier joven de su edad, pero dado que Bobby y su padre habían decidido encerrarlo, indicaba que no debía ser del todo inofensivo.
Pero aquel sentimiento dentro de su pecho no desaparecía, le costaba imaginar cómo sería pasar toda su vida bajo las mismas cuatro paredes, en completa soledad, aunque estuviese rodeado de lujos y comodidades; era difícil, en especial teniendo en cuenta la soledad que él mismo sentía con tan solo un día desde que Bobby y su padre se habían marchado. Era irónico el hecho de que hasta hacía unas pocas horas estuviese obsesionado con la fantasía de tener un hermano con quien hablar y divertirse, y al darse cuenta de que en realidad tenía uno (aunque no fuese su hermano de sangre) lo único que pudo hacer fue salir corriendo, tratándolo como a un monstruo… justo como su padre lo había hecho.
Por eso, al día siguiente después del desayuno, se armó de valor y de balas de plata para regresar a la celda que contenía al licántropo, dispuesto a enfrentarlo y averiguar cuán peligroso era en realidad y de paso obtener más información sobre su especie, sobre su padre, sobre su vida. Volvió a mover el mismo estante y siguió el mismo proceso antes de lograr abrir las puertas pesadas.
Los efectos de sonido de los videojuegos lo recibieron al entrar, claramente Dean había estado jugando antes de escuchar la puerta abrirse y ahora lo observaba con sorpresa, sentado frente a la pantalla.
- Nunca pensé que volverías – dijo suavemente.
- Yo tampoco – respondió Sam, cerrando la puerta tras su espalda para evitar que Dean escapara - pero debes saber que hoy estoy armado – señaló el revolver en su pantalón y tomó asiento cerca de Dean.
- Te aseguro que no vas a necesitarla, te lo dije ayer, eres familia, Sammy, y yo jamás lastimaría a mi familia.
- Por tu bien eso espero.
- ¿Si no confías en mí entonces a qué has venido? ¿para matarme?
- No, a menos que me des una razón no voy a hacerte daño. Yo… simplemente tenía curiosidad, hay tantas cosas que no me dijiste ayer y sé que Papá nunca responderá a mis dudas.
Una pizca de temor cruzó por los ojos verdes del licántropo – Papá no debe saberlo, se pondrá furioso si se entera, en especial contigo.
Sam asintió, comprendiendo que Dean tenía razón - ¿alguna vez se ha enfadado contigo?
- Cuando era niño; estaba asustado y no comprendía por qué estaba aquí, así que intenté escapar, esperé a que Papá abriera la puerta para traerme la cena y hui corriendo. No llegué muy lejos, pero Papá se asustó demasiado. Nunca antes me había golpeado y nunca volvió a hacerlo después, pero créeme que fue lo suficientemente aterrador.
Sam asintió, comprendiendo el temor de Dean hacia los castigos de su padre, pero tampoco pudo juzgar a John por atreverse a tocar al niño, puesto que estaba seguro de que sería mucho mejor darle una golpiza antes que quitarle alguna de sus preciadas pertenencias como castigo, las únicas que le daban la comodidad y la sensación de estar en casa.
- ¿Sabes? Siempre quise tener un hermanito – admitió Dean, observándolo con cariño – por eso me gustaba cuando Papá me hablaba de ti y siempre quise conocerte.
Sam tenía que reconocer que se sentía identificado con las palabras de Dean, su propia soledad le había llevado a desear lo mismo. Quería desesperadamente poder ver en Dean el hermano que siempre soñó, pero era difícil cuando no estaba presente la confianza, cuando tenía que entrar a verle sosteniendo una pistola en sus manos cargada con balas de plata, cuando dudaba que sus palabras fuesen reales.
- ¿Te sientes solo? – preguntó Sam.
- Siempre he estado solo, no conozco nada diferente, así que supongo que ya estoy acostumbrado, pero me gusta cuando Papá y Bobby vienen a jugar conmigo o simplemente a charlar, me gusta escuchar las historias de Papá, él siempre tiene algo que contar… y apuesto a que tú también, sé que cuando sales de casa te suceden un montón de cosas interesantes. Yo siempre estoy aquí, así que nunca me sucede nada nuevo, no tengo más de qué hablar salvo sobre películas o videojuegos.
- ¿Te gustaría poder salir?
- No lo creo. Tal vez no recuerdo mucho el mundo exterior, pero lo he visto todo en las películas y en los libros, y sé que no siempre suceden cosas buenas allá afuera; la gente roba, mata, tortura, en especial a monstruos como yo. Hay cazadores por todos lados y si se enteran de lo que soy, podrían matarme.
Sam sonrió, pensando que aquellos eran en parte, sólo cuentos que usaba su padre para asustar a Dean, para hacerle creer que estaba a salvo en casa y hacerle desear quedarse allí por siempre.
- No todo es tan malo como piensas, también hay cosas buenas. Apuesto a que nunca has visto el cielo, la hierba o los árboles.
- Sé cómo son, los recuerdo de cuando era niño, además los veo todo el tiempo en la televisión.
- No es lo mismo, estar afuera se siente diferente, todo se ve diferente.
- Tal vez, pero qué importa, de todos modos nunca voy a salir.
- Si nos convences a todos de que no eres peligroso, tal vez puedas salir algún día.
Dean sonrió y se ubicó en el centro de la habitación donde los rayos del sol se filtraban por el agujero en el techo, debidamente cubierto para protegerlo de la lluvia y el frio.
- Lo he intentado durante toda mi vida, pero siempre van a desconfiar de mí por lo que soy. Nunca he lastimado a nadie, cuando me transformo, siento la energía corriendo por mis venas, el deseo de correr por todos lados, pero eso nunca me ha hecho agresivo, ni siquiera cuando me enfado. Soy yo mismo todo el tiempo, pero ellos nunca lo van a entender… y sé que tú tampoco.
- Entonces déjame verte. Transfórmate aquí ahora y yo mismo decidiré qué tan peligroso eres.
Los ojos de Dean se abrieron con sorpresa y algo de temor – no sé si sea una buena idea.
- Recuerda que estoy armado, no podrás hacerme daño.
Pero eso no era lo que Dean temía, sabía con certeza que nunca le haría daño a Sam – Lo sé, nunca te lastimaría, pero… ¿puedo confiar en ti? Quiero decir, podrías asustarte y dispararme por accidente y como sabrás, no quiero morir aún.
Sam sonrió para tranquilizarlo antes de asentir – he sido entrenado como cazador, jamás le dispararía a alguien por accidente.
Y Dean no podía dudar del entrenamiento de John, sabía que si el chico afirmaba haber sido entrenado por su padre, tendría las habilidades suficientes para defenderse de cualquier cosa y no fallar nunca un tiro. Dean nunca había sido entrenado como cazador, era cierto que realizaba una rutina diaria de ejercicios, pero por alguna razón su padre se había negado a enseñarle a cazar y a llevarlo con él en sus cacerías, tal vez tenía demasiado miedo de que Dean se hiciera más fuerte y pudiese lastimarlo.
- Date la vuelta – Dijo Dean, accediendo con resignación, hallándose sin argumentos para negarse a mostrar su forma animal.
- No voy a darme la vuelta, tengo que estar alerta por si decides atacar.
El más joven sacó el arma de su pantalón y apuntó directamente a Dean, quien se estremeció al instante, pero confiaba en que Sam no le dispararía. Por otro lado, Sam tampoco parecía muy asustado, tal vez encontraba la apariencia y la personalidad del otro chico más tranquilizante que amenazadora. El arma era sólo una precaución que debía tomar.
- Bien, luego no digas que no te lo advertí – murmuró Dean, antes de darse la vuelta él mismo en su lugar.
El adolescente se sintió terriblemente incómodo al ver al otro deshacerse de cada una de sus prendas, hasta quedar completamente desnudo en su perfecto y pálido cuerpo, pero comprendía que era un paso necesario para llevar a cabo la transformación. Vio con curiosidad como el chico se ponía en cuclillas y poco a poco una gruesa capa de pelo marrón dorado comenzó a brotar de cada parte de su piel, sus extremidades se transformaron en patas y unas enormes orejas brotaron de su cabeza. La transformación no parecía dolorosa en absoluto, más bien lucía como un ritual o una obra de arte, algo realmente maravilloso a la vista.
No podía negar que el lobo era hermoso, de apariencia grande y fuerte, con unos enormes e hipnotizantes ojos verdes, su pelaje parecía ser suave y perfecto, sus colmillos blancos y afilados le daban un toque amenazante, pero no tenía miedo, el lobo no parecía querer atacarlo, en su lugar se sentó en el suelo, balanceando suavemente su cola peluda.
- ¡Es asombroso! – comentó Sam con fascinación – nunca antes había visto algo así ¿puedes entenderme?
Dean movió la cabeza en respuesta, se levantó con lentitud, temiendo asustar al chico y cuidadosamente caminó en su dirección. Dándose cuenta de que no había peligro alguno, Sam dejó a un lado su arma, dejando que el lobo se acercara, moviendo la cola de lado a lado como un cachorro juguetón.
- ¿Puedo acariciarte? – preguntó con emoción
Si pudiese hablar, Dean le habría dicho cuán rara había sonado su pregunta, pero en su lugar, movió de nuevo su cabeza, concediéndole el permiso para que Sammy sintiera la suavidad de su pelaje. El chico sonrió y pareció encantado con la sensación, acariciando el lugar detrás de las orejas de Dean, quien tampoco parecía molestarle en absoluto. Siempre había deseado un perro, además de un hermano, era emocionante saber que en Dean podría encontrarlos a ambos.
- Puedo ver que no eres peligroso. Papá y Bobby deben saberlo, no entiendo por qué les cuesta tanto confiar, no entiendo por qué te tienen miedo – Dean se recostó en el suelo, apoyando su cabeza en las piernas de Sam, relajándose ante sus caricias y sus palabras – debe ser terrible vivir aquí solo, aunque lo tienes todo debes sentir un vacío por dentro ¿verdad? Aunque eres diferente necesitas de las personas al igual que todo el mundo. Es cruel aislarte y mantenerte apartado del mundo cuando no has hecho nada malo.
… Te prometo que vendré a verte de nuevo, ahora que sé que no corro ningún peligro a tu lado, podemos intentar ser amigos… o hermanos. Yo también me siento solo a veces, por eso sería estupendo poder pasar el tiempo juntos y hacernos compañía mientras estamos aquí ¿no lo crees? Tal vez pueda convencer a Papá y a Bobby, tal vez ellos me permitan verte y te permitan salir algún día.
La pronta transformación de Dean interrumpió su monólogo, su cuerpo peludo de nuevo se volvió humano, aun reposando desnudo en las piernas de Sam, pero no parecía importarle, su rostro reflejaba una enorme tristeza en lugar de la incomodidad que debía sentir. Hubiera preferido quedarse así, en su forma de lobo un poco más, pero tenía que hablar, tenía que romper los sueños de Sam antes de que se hicieran más grandes.
- Eso no podrá ser, Sammy, por favor no le digas nada a Papá. Escucha, él me hizo prometerle que nunca me acercaría a ti o de lo contrario no tendría más opción que matarme.
- Pero no me has hecho daño – protestó el menor.
- No creo que eso le importe. Entiende, soy afortunado de estar aquí con vida. Para ellos soy un monstruo y como tal, pudieron haberme exterminado hace mucho tiempo. Pero a ti te aman y nunca te pondrían en peligro, si piensan que puedo representar un peligro para ti, no dudarán en dispararme.
Lágrimas de tristeza e ira rodaban por el rostro de Sam sin poder detenerlas, le partía el corazón ver las lágrimas de Sam cayendo sobre su rostro, sabiendo que era el culpable de ellas.
- Si eso es lo que en verdad piensan, entonces son unos monstruos, mucho más que tú.
- No hables así de ellos, han sido amables a pesar de todo y lo único que quieren es mantenerte a salvo. Te aman, Sammy, deberías estar feliz por ello. Además, no me torturan, no me maltratan, me dan todo lo que quiero, vivo tan feliz y tranquilo como un monstruo puede serlo y es gracias a ellos.
- Si Papá asumió la responsabilidad de traerte aquí, entonces debería entender que eso te convierte en su hijo tanto como yo, no debería tratarnos de manera diferente.
- Somos diferentes. Estoy bien aquí, Sammy, no te preocupes por mí – secó con delicadeza las lágrimas del chico con la yema de sus dedos. El menor sonrió ante la ternura de su gesto, buscando mostrarle que se hallaba bien.
- Lo siento, no suelo ser tan sentimental. Es sólo que… no puedo evitar verte como el hermano que nunca tuve.
- Lo entiendo – confesó Dean – es como si te conociera desde mucho tiempo atrás, aunque tal vez se debe a las historias que contaba Papá sobre ti.
Dean se puso de pie para ponerse de nuevo su ropa, aunque ciertamente, nunca solía llevar muchas prendas, ya que esto hacía mucho más fácil sus transformaciones y allí, en la soledad de su cuarto, no habría miradas que lo juzgaran, ni sentiría el frío del exterior.
- ¿Quieres jugar conmigo? – preguntó Dean, con la intensión de animar a Sam – tengo cientos de videojuegos y podemos beber cerveza.
- ¿En verdad me dejarías beber? – preguntó con emoción.
- Por supuesto, no están Papá o Bobby para impedirlo – sonrió con picardía antes de dirigirse al refrigerador, donde guardaba las botellas repletas del delicioso líquido amargo y frío que Sam a su corta edad no había tenido la oportunidad de probar.
Pasaron el resto del día jugando, riendo y divirtiéndose como nunca; charlaron sobre música, cine y literatura, incluso Dean tocó algunas canciones en su guitarra. Cocinaron juntos el almuerzo y Sam se alegró al saber que Dean comía exactamente las mismas cosas que un humano común, nada de sangre, carne humana o carne cruda. Ambos debían reconocer que nunca antes se habían divertido de tal manera; Sam nunca había compaginado tan bien con otra persona y Dean nunca había tenido tanta compañía en toda su vida. Al final ambos se quedaron dormidos en la misma cama, con un álbum de fotos en su regazo, junto con cientos de libros y discos… justo como verdaderos hermanos.
Al día siguiente, luego de comer su almuerzo, Sam creyó tener una idea brillante. Después del tiempo que había pasado junto a Dean, sabía perfectamente que podía confiar en él, sabía que Dean jamás podría defraudar a su padre ni a Bobby, ni al mismo Sam.
- Dean, escucha, quiero que salgamos esta noche – propuso con emoción, pero la reacción de Dean fue muy diferente; abrió los ojos como platos y escupió su cerveza sobre la alfombra.
- ¡Estás loco! Te he dicho que no puedo salir.
- ¿Y quién te lo prohíbe? Papá y Bobby no están en casa y yo jamás les diré algo al respecto, será nuestro secreto.
- Afuera es peligroso, Sam, no debemos. Podría pasarnos algo y no creo que sea lo suficientemente fuerte o listo para protegerte.
- Estoy seguro de que sí. Además no iremos muy lejos, sólo iremos al patio y regresaremos en cuestión de minutos. Vamos, Dean, sé que quieres hacerlo, sé que quieres ver lo que se siente estar afuera de nuevo, recordar las cosas que sólo has visto en la televisión, sentir algo diferente por primera vez en tu vida, algo que salga de la rutina.
Dean no podía negar que Sam tenía razón, siempre al ver la televisión se encontraba soñando con salir, correr por un campo bajo el sol durante horas, zambullirse en un lago, conocer el mar, visitar muchos lugares… pero nunca pensó que pudiese hacerlo algún día, siempre pensó en ello como un sueño imposible, como una fantasía. Por otro lado estaban sus temores, el miedo de verse descubierto por su padre, el miedo de defraudarlos y ser asesinado por sus manos crueles, de las que siempre había esperado amor; tenía miedo de ser atacado por alguna de las criaturas que su padre cazaba, tenía miedo de que algo malo le pasara a Sam y no tener la fuerza suficiente para protegerlo porque no era un cazador, nunca le habían enseñado como defenderse de los ataques de otras criaturas y aunque Sam ciertamente lo sabía, aún era sólo un niño, un adolescente flaco y larguirucho.
- Vamos, Dean – insistió Sam – serán sólo unos minutos y estaremos a unos cuantos metros de aquí. Estamos seguros, soy un cazador y sé cómo defenderme.
Dean se encontró asintiendo con un suspiro de resignación, no podía negarse ante la insistencia del chico y los pequeños ojitos de cachorro – de acuerdo, confío en ti.
Sam sonrió con emoción y posó sus manos en el antebrazo del mayor – verás que no vas a arrepentirte.
ooOoo
Esperaron pacientemente a que cayera la noche antes de salir, pues querían estar a salvo de las miradas de cualquier transeúnte, aunque estos fuesen poco recurrentes en los alrededores, además, Sam creyó que esto ayudaría a que Dean se adaptara al exterior con mayor facilidad, sin la luz brillante e incandescente del sol, a la cual no estaba debidamente acostumbrado.
Tomó la mano de Dean y lo condujo hacia la salida. Podía escuchar su respiración pesada y temblorosa por los nervios y la ansiedad, lo cual demostraba que Dean jamás había mentido al decir que no había salido de allí desde que tenía cinco años.
Subieron lentamente las escaleras del sótano hasta llegar a la biblioteca de Bobby, ante la cual, Dean se detuvo asombrado, pero Sam volvió a tirar de su muñeca, guiándolo hacia la salida. Dean se sorprendió al darse cuenta de que la casa era mucho más pequeña de lo que recordaba, los espacios y los objetos antes enormes para un niño de cinco años, ahora eran pequeños ante sus ojos, pero por lo demás, todo estaba igual, con excepción de algunas fotografías de Sam colgadas en la pared, las cuales John había llegado a enseñarle años atrás antes de colgarlas, siempre con un discurso de cuanto se enorgullecía de su pequeño hijo.
Se sentía tan extraño, como si su cuerpo le recordara a cada segundo que no debería estar allí, no podía dejar de temblar con emoción y temor, siendo demasiado evidente para Sam. El menor no dejaba de sentir tristeza ante la reacción de Dean, la reacción de un chico de 20 años conociendo la sala de su propia casa, tras 15 años de cautiverio.
- ¿Estás listo? – preguntó Sam, agarrando el pomo de la puerta. El mayor asintió y apretó con más fuerza la mano de Sam.
En cuanto Sam abrió la puerta, una ráfaga de viento frío golpeó el cuerpo de Dean, haciéndole temblar violentamente, pues no estaba acostumbrado a sentir frío. Afuera estaba oscuro, pero una enorme luna llena iluminaba el lugar. Dean observó la luna con una hermosa sonrisa dibujada en su rostro y cerró los ojos para sentir el viento frío golpear contra la piel de su rostro. El exterior no era tan bonito como había imaginado, pero las luciérnagas brillando en la oscuridad y el canto de los grillos compensaban todo lo demás.
- ¿Te gusta? – preguntó Sam con emoción.
- Sí – respondió – hace frío, pero se siente bien. Sin embargo… tengo que transformarme… si no te importa. En ocasiones, en especial cuando hay luna llena, mi cuerpo se llena de tanta energía que me pide transformarme para liberarla y si en lugar de eso decido retenerla, al final terminará siendo doloroso. Es el precio que debo pagar por ser un licántropo, debo mantener un equilibrio entre mi forma humana y mi forma animal.
- Entiendo y no me molesta en absoluto.
Dean sonrió con gratitud antes de deshacerse de sus prendas, esta vez Sam tuvo la decencia de mirar a otro lado mientras lo hacía. En cuestión de minutos se halló desnudo bajo el frío de la noche, dando inicio a la transformación. Sam no podía dejar de sentirse fascinado ante la presencia del lobo y su belleza, su pelo dorado meciéndose con el viento y lo grande de su cuerpo, estaba seguro de que si se pusiera en dos patas, casi alcanzaría la estatura de Sam, tal vez sería del mismo tamaño que Dean en su forma humana.
Sintiendo la energía correr por sus venas, el lobo comenzó a correr alegremente en círculos alrededor de Sam, moviendo su cola y ladrando de vez en cuando, con un ladrido grueso y profundo. Sam se echó a reír, decidiendo seguir el juego de Dean.
- ¿Quieres que te siga? - Dean ladró en respuesta y se echó a correr alrededor de la casa. Sam corrió tras él entre risas, feliz de ver al chico disfrutar de su pequeño paseo nocturno.
Las piernas de Dean en su forma de lobo eran mucho más rápidas que las de Sam, pero el chico no protestó por ello, comprendía que Dean nunca tenía la oportunidad de correr debido a su confinamiento, por lo tanto permitió que agotara toda la energía que desbordaba de su cuerpo.
Dean cayó rendido, agotado, mucho tiempo después de Sam, apoyando su cabeza peluda sobre las piernas del menor, intentando agradecer silenciosamente por tanta diversión. El más joven acarició las orejas de Dean, justo donde sabía que le gustaba, aunque Dean no pudiese admitirlo. Permanecieron así durante largos minutos, tras los cuales Dean comenzó a quedarse dormido, arrullado por las caricias de su hermano menor.
Sin embargo, no todo podía ser felicidad, no para Dean.
Sam se sorprendió cuando el lobo recostado en sus piernas levantó la cabeza con ambas orejas erguidas en un gesto de alerta. Iba a preguntarle qué le sucedía, pero el sonido de un auto al estacionarse lo impidió, encendiendo todas sus alarmas en pánico.
Ambos chicos se pusieron de pie, mirando a todos lados, buscando la manera de esconderse.
- Deben ser ellos. Por alguna razón han llegado antes de lo esperado. Tienes que volver abajo – dijo con desesperación, pero ya era demasiado tarde.
La forma oscura de Bobby seguido de cerca por John Winchester emergió entre los arbustos hallando al lobo y al chico tembloroso cuando ya era muy tarde para correr. Los ojos de John se abrieron con sorpresa y con reconocimiento.
- ¡Sam! – corrió con temor hacia su hijo, apartándolo bruscamente del lobo – ¿qué demonios crees que haces? Es peligroso.
Dean esperaba que Sam fuese lo suficientemente listo para inventar una excusa, una que pudiese salvar por lo menos al menor de la ira de su padre, pero debió imaginar que Sam no podría dejar que Dean simplemente cargara con toda la culpa.
- No es peligroso, Papá, sólo estábamos jugando – en su lugar Sam defendió al licántropo.
- Eso es lo que quiere que pienses, Sam. Maldición, hay luna llena, no sabes qué efecto pueda tener en él. Pensé que te había enseñado mejor.
- Papá, escucha, Dean no es como crees, no es un monstruo.
- Bobby – llamó John al hombre que acababa de regresar con un rifle en sus manos – dame eso y encárgate de Sam.
Sin objetar, Bobby tomó a Sam por los hombros, apartándolo del lobo como si se tratase de un monstruo sin control y musitó algunas palabras de advertencia a John antes de comenzar a alejarse. Pero Dean entró en pánico al ver el arma en las manos de John y antes de que este pudiese utilizarla para amenazarlo, el lobo dejó escapar un gemido de terror antes echarse a correr, buscando un escondite, justo como había sucedido 15 años atrás cuando aún era un niño.
- ¡Dean! – gritó John con terror en su voz, terror de perder al chico, terror de que pudiese causar daño o pudiese lastimarse de alguna manera - ¡espera! No voy a hacerte daño, sólo ven aquí – pero Dean no pareció escucharle o simplemente no creyó sus palabras.
- ¡Bobby, ven aquí, necesito ayuda! - gritó John antes de echarse a correr hacia el lugar donde Dean había desaparecido.
- Sam, quiero que entres a la casa y cierres las puertas – advirtió Bobby antes de correr para ayudar a su amigo.
Pero Sam sabía que Dean no era peligroso, sólo estaba asustado, quizás escondido en algún lugar cercano, temblando de frío y terror. No pudo evitar sentirse terriblemente culpable, puesto que él había sido quien insistió en salir a pesar de las advertencias y aunque al comienzo pensó que había valido la pena, al final lo había metido en un terrible lio, que más que despertar la ira de su padre, podría costarle la vida a su hermano. Dean había confiado en Sam, pero Sam al final no pudo protegerlo, tal como lo había prometido. Definitivamente tenía que hacer algo para remediarlo, tenía que encontrar a Dean y calmarlo, tenía que traerlo de regreso y tenía que convencer a Bobby y a su padre de que el chico no era peligroso en absoluto.
Así que desobedeciendo nuevamente las órdenes, salió de la casa en busca de su hermano, llevando consigo únicamente una linterna. Afuera ya no podía ver ni escuchar a John o a Bobby, quizás habían ido a buscar por el bosque, pero Sam con lo poco que había logrado conocer a Dean, sabía que este debía ocultarse en algún lugar cerca de la casa, ya que era todo lo que conocía en el mundo.
Decidió no gritar su nombre para no asustarlo, en su lugar caminó por los alrededores, susurrando suavemente el nombre del chico, murmurando palabras tranquilizadoras, pero el lobo no salió de su escondite. Fue un golpe de suerte el que lo llevó a notar un leve movimiento en los arbustos, cerca de la puerta trasera de la casa. Se acercó entonces con cuidado, iluminando el lugar con su linterna.
- Vamos, Dean, sé que estás ahí – pero sólo obtuvo un gruñido en respuesta, advirtiéndole que se mantuviera lejos, pero Sam lo ignoró, sabía que Dean no podría hacerle daño – tenemos que regresar, Papá y Bobby están preocupados por ti.
- "No es cierto" – pensó el licántropo, sabía que ellos sólo se preocupaban porque no lastimara a Sam ni a nadie, tenían miedo porque estaba en su forma animal, pero él por otro lado, tenía miedo de mostrarse ante ellos desnudo e indefenso en su forma humana.
- Dean, escucha, no puedes quedarte aquí por siempre, quieras o no, tienes que regresar, corres peligro aquí afuera.
- "También adentro, Papá va a matarme en cuanto me vea" – pensó el lobo, lamentando el hecho de no poder hablar. Sam debía saberlo, había visto que su padre tenía un arma.
- Dean, por favor, en cuanto más tardes en salir, todo será peor.
Pero Dean no mostraba señales de estar escuchando – oye, ven aquí – Sam intentó sacar al lobo de su escondite, metiendo su mano en los arbustos y agarrando firmemente la pata delantera del animal, el cual dejó escapar un fuerte chillido como si hubiese sido lastimado y en medio del pánico, sin darse cuenta, clavó sus enormes colmillos en el brazo del adolescente.
Sabía que Sam no lo había lastimado, pero estaba tan asustado que simplemente entró en pánico con el contacto. Apenas fue consciente de los gritos de dolor y terror del mucho, sumado al sabor cobrizo de la sangre de Sam en su boca. Nunca hubiese querido hacerle daño, pero el miedo lo poseía y ahora había lastimado a quien intentaba ayudarle.
No escuchó el momento exacto cundo John Winchester llegó para socorrer a su hijo, fue el primer disparo el que lo despertó de su estado de pánico. Se alejó del chico, sin saber por cuanto tiempo sus colmillos habían estado clavados en su brazo, entonces vio a John apuntarle con su arma, mirándolo con tristeza y una profunda decepción, tanto que lastimaba el corazón de Dean aún en su estado de pánico. Con certeza John le dispararía por haber perdido el control y haber lastimado a su precioso hijo, por esa razón se echó a correr, esta vez con la intención de marcharse y nunca más regresar.
Sam vio con horror como su hermano desaparecía entre los arbustos y sabía que esta vez podría perderlo para siempre, quería gritarle que regresara, que estaba a salvo, que todo estaría bien, que ya todos lo habían perdonado, pero no estaba tan seguro de ello, no cuando su padre sostenía el rifle en sus manos temblorosas y la sangre brotaba de su propio brazo. Su horror aumentó cien veces cuando escuchó el sonido de un disparo y el desgarrador gemido de un lobo… su padre acababa de dispararle a su hermano y todo por su culpa.
El silencio que siguió al disparo fue ensordecedor y realmente aterrador, las manos de John temblaban y Sam estaba en shock. Bobby se acercó de pronto, con la misma expresión que llevaba Sam ahora mismo.
- ¿Qué has hecho, John? – murmuró con tono acusador, casi sin aliento.
- Mordió a Sam, es peligroso, no tenía otra opción – intentó defenderse, pero la mirada en los rostros de Bobby y de su hijo nunca cambiaron.
- Lo mataste – susurró Sam, las lágrimas bañando sus mejillas, cayendo descontroladamente por su rostro.
- Tal vez… tal vez no. Bobby, encárgate de Sam, iré a buscar a Dean – o lo que quede de él, pensó con tristeza.
- De ninguna manera. Encárgate de tu hijo, yo iré a buscarle, si hay alguna posibilidad de que esté con vida, no quiero que la arruines.
Entonces Bobby se marchó a toda prisa, llevando consigo su linterna y su arma, pero no con la intención de utilizarla contra Dean, esperaba con toda sinceridad que el chico estuviese con vida, el chico que había amado como a un hijo aunque este hubiese decidido llamar "Papá" al peor de los padres. Sintió sus ojos nublarse por las lágrimas contenidas, pero no podía detenerse para lamentarse, tenía que encontrar a Dean a como diese lugar.
N/A: Agradezco a DCFE, Erika Z, Guest y SweetBitch por sus comentarios, también agradezco a quienes agregaron esta historia a sus follows y favs, me animan a continuar escribiendo, espero sigan disfrutando ;)
