Capítulo 2
"¿Legolas? ¿Qué miras?"
El joven príncipe del Bosque Negro lanzó un profundo suspiro mientras se daba la vuelta, poniendo los ojos en blanco.
"Arwen, ¿podrías hacer el favor de dejar de seguirme?"
La hija de Elrond le devolvió la mirada sin pestañear, con los ojos enormes y llenos de curiosidad.
"¿Por qué?"
"Porque no me gusta."
"¿Por qué no?"
"Porque eres una chica."
Arwen ladeó la cabeza, sin sentirse insultada.
"¿Y por qué te molesta eso?"
Legolas suspiró de nuevo, esta vez más fuerte.
"Debido a que una niña no hace lo que yo voy a hacer ahora."
"Oh –ella todavía parecía confundida-. ¿Y qué es eso que vas a hacer?"
"No voy a decírtelo" –cruzó los brazos sobre el pecho y le lanzó la mirada más firme que pudo. Pero Arwen era cabezota.
"¡Vamos, Legolas! ¡Dímelo!" –lo instó emocionada, estrechándolo entre sus brazos.
"¡De ninguna manera! –respondió con una mueca-. ¡Suéltame!"
"No hasta que me cuentes lo que vas a hacer. Será mejor que me lo digas pronto o… eh… ¡te daré un beso!" –advirtió Arwen, sonriendo ampliamente mientras se acercaba más.
Alarmado, Legolas dio rápidamente un paso atrás.
"¿Darme un beso? ¡Ughhh! ¡Eso es asqueroso!"
Para su sorpresa, el rostro de Arwen se arrugó. Sus labios empezaron a temblar mientras las lágrimas llenaban sus grandes ojos azules. Legolas se apresuró a pedir disculpas.
"Perdóname, Arwen. No quería decir que fueras asquerosa. Solo quería decir… err… bueno, yo…"
El joven príncipe se removió, culpable, al ver las lágrimas corriendo por las suaves mejillas de Arwen. Puso un brazo alrededor de sus delgados hombros y la animó torpemente para que dejara de llorar.
"No, no. No llores más. Te dejaré que me beses, pero no ahora, ¿vale? Tengo mejores cosas que hacer."
"¿Y qué es?" –preguntó ella, sollozando.
"¿Ves ese carruaje de ahí?"
Señaló dicho artilugio, que estaba en medio del patio trasero. Una yegua marrón estaba enganchada al mismo preparada para tirar de él, pero que esperaba pacientemente mientras tres sirvientes quitaban varios sacos de harina y fruta de la parte de atrás para llevarlas a las cocinas, pues eran ingredientes importantes de la fiesta cercana. Los trabajadores, sin embargo, no se habían percatado de los dos elflings que los observaban desde detrás de los arbustos a cien yardas de distancia.
Arwen asintió, sollozando.
"Voy a conducir ese carruaje" –declaró Legolas con orgullo.
Casi de inmediato, Arwen dejó de llorar. Sus lágrimas desaparecieron y sonrió de oreja a oreja, haciendo que Legolas se preguntara si había fingido el llanto.
"¡Genial! –gritó, aplaudiendo alegremente-. ¡Yo también quiero!"
"¡Shhh! –Legolas le cubrió rápidamente la boca con la mano-. No grites. ¿Y cómo que tú también?"
Arwen le apartó la mano. Estaba prácticamente saltando de alegría.
"¡Yo también quiero conducir ese carruaje! ¿Puedo? ¿Puedo, Legolas?"
"¡Claro que no! –Legolas puso los brazos en jarras, negando con la cabeza-. Es peligroso. No sabes conducir un carruaje."
"¿Y tú sí?"
"Sí sé. He conducido uno dos veces."
Sin que nadie se enterara, por supuesto, añadió mentalmente. Si el rey supiera lo que su hijo menor había hecho no se permitiría ningún otro carruaje en palacio. Jamás.
"¿Me puedes enseñar, Legolas? –Arwen se apoyó en él, entusiasmada-. ¡Por favor!"
Era difícil para Legolas negarle algo, especialmente cuando ella seguía mirándolo con esos ojos de cachorro. Se retorció cuando Arwen le apretó el brazo.
"¡Oh, está bien! –cedió finalmente, lanzando los brazos al aire-. Pero tienes que hacer todo lo que te diga, ¿entiendes?"
Arwen chilló de alegría, causando que Legolas tirara de ella hacia abajo cuando uno de los criados se dio la vuelta al oír el ruido.
"¡Silencio! –susurró Legolas-. ¡No podemos dejar que nos descubran o nos mandarán a nuestras habitaciones!"
"Está bien, está bien. Lo siento –murmuró Arwen-. Entonces, ¿cuál es el plan?"
"El primer plan es quedarnos en silencio –respondió observando el coche a través de los arbustos-. Y entonces, cuando los siervos entren para tomar algo en el descanso, corremos hasta el carruaje y le damos un par de vueltas a la plaza. Tenemos que dejarlo en el mismo sitio antes de que ellos salgan, así nadie se enterará."
"¿Cuántas veces has dicho que has hecho esto?"
"Dos veces."
"¿Y nunca te han cogido?"
Legolas sonrió.
"Soy bastante escurridizo."
"Me imagino" –sonrió también Arwen.
Dicho esto, se escondieron allí, como un par de espías en un reino enemigo hasta que el cielo brillaba lleno de miles de estrellas. Justo después de la cena, Keldarion y los gemelos salieron con Linden para comprobar con el comandante las medidas de seguridad dispuestas para el festival.
Thranduil estaba ahora en el salón con Elrond y Celebrian, después de dejar a su hijo menor en la cama. El rey de Mirkwood debería haber sabido por sus pasadas experiencias que Legolas no se quedaría allí mucho tiempo. Y los padres de Arwen deberían haber imaginado que su hija igualmente traviesa, escaparía de la vigilancia de su niñera.
"¡Oh, mira, se han ido!" –anunció la pequeña un rato más tarde, cuando los tres criados desaparecieron en la cocina.
"Lo sé, lo he visto. Ahora quédate detrás de mí" –dijo Legolas mientras abría camino, atravesando los arbustos. Arwen obedeció, con el rostro radiante de emoción.
Ahogando sus risitas, los dos niños se acercaron al carruaje y se subieron con cuidado. La yegua alzó la cabeza y se movió ligeramente. Legolas tomó las riendas, intentando que Arwen permaneciera en silencio, pero ella no dejaba de reír alegremente.
"¡Oh, esto va a ser divertido!" –exclamó.
Legolas la miró.
"¡Quédate en silencio o te dejo aquí!"
Arwen sonrió.
"No te atreverías. Además, ¿por qué tenemos que estar en silencio? Esta cosa hará más ruido que yo."
"Está bien –Legolas puso los ojos en blanco y luego sonrió-. ¡Muy bien, allá vamos!"
Sacudió las riendas con suavidad y la yegua bien entrenada se movió, obediente. Arwen chilló un poco alarmada cuando el carro se movió con un poco de brusquedad hacia adelante. A continuación, aplaudió alegremente mientras Legolas condujo la yegua en un trote constante para darle la vuelta a la plaza.
Sentado junto a Arwen, Legolas iba tan derecho como era capaz, sacando pecho, orgulloso. Ya que tenía público, quería presumir un poco. No todos los días un joven príncipe del Bosque Negro era capaz de conducir un carruaje con una bonita doncella como compañía.
"¡Más rápido, Legolas! ¡Más rápido!" –instó Arwen, moviendo los puños en el aire.
Legolas la miró de reojo con desaprobación.
"Ya vamos bastante rápido."
Ella suspiró en respuesta y se puso en pie.
"¡Oh, dame eso!"
"¡Oye!" –gritó el príncipe sorprendido cuando Arwen le quitó las riendas de las manos.
"Siéntate y déjame conducir."
"Pero…"
"Dijiste que me enseñarías, ¿recuerdas?"
"Oh, está bien –Legolas se encogió de hombros y se sentó de mala gana-. No cojas las riendas muy fuerte, a la yegua no le gusta. Solo mantenlas estables."
Siguió dándole algunos consejos mientras Arwen conducía por la plaza, pero no le llevó mucho tiempo para aburrirse del paisaje.
"Vayamos a la parte delantera, Legolas" –sugirió, llevando ya a la yegua hacia el sendero que iba hasta el patio frontal.
"¡Que no! –Legolas se levantó e intentó quitarle las riendas-. Tenemos que dejar ya el carruaje antes de que vuelvan los siervos."
Arwen se resistió.
"No seas quejica, ricitos de oro. Solo siéntate y disfruta del paseo."
"Arwen…"
"¡Hiaa!" –gritó ella agitando las riendas con fuerza. La yegua relinchó y aumentó la velocidad, llevando el carruaje como si fueran perseguidos por un Nazgûl de Mordor.
"¡Aaah!" –gritó Legolas cayendo hacia atrás en su asiento por el impulso repentino. Frotándose el trasero dolorido, miró enfadado a su compañera del crimen que se reía a carcajadas con el pelo largo volando al viento.
"¡Oh, esto es muy divertido! –se regocijó Arwen, sonriendo ampliamente-. ¿No puedes sentirlo, Legolas? ¿Sientes la libertad y la emoción por la velocidad?"
Sacudiendo la cabeza, Legolas también tuvo que sonreír, pues también podía sentirlo.
"Ahora sabes por qué me gusta conducir esta cosa, pero te sugiero que frenes un poco. No queremos chocar con nada."
Arwen hizo un puchero, pero hizo lo que le dijo. Tiró suavemente de las riendas, pero para su consternación, la yegua corrió más rápido.
"Vamos, calabaza. Reduce la velocidad –se quejó-. Vamos directamente hacia esos árboles."
"¡Lo estoy intentando! –replicó Arwen, entrando en pánico mientras luchaba con las riendas-. ¡Pero este caballo no me hace caso!"
Igualmente alarmado, Legolas cogió las riendas, gruñendo en voz baja sobre la estupidez de elfas y yeguas.
"Tranquila, chica. ¡Whoa! Más despacio, más despacio" –tiró y tiró intentando tranquilizar a la yegua, pero con su conducción inexperta solo consiguió asustarla más en vez de apaciguarla.
"¡Legolas, haz algo!" –chilló Arwen mientras se acercaban cada vez más a los árboles.
"¡Lo estoy intentando!" –gritó en respuesta, deseando haberse quedado en su cama durmiendo lejos de Arwen y la yegua.
"¡Legolas!"
No hay tiempo de parar, pensó mirando con horror la ordenada fila de pinos que tenían cada vez más cerca. La yegua había decidido salir corriendo directamente hacia ellos. Ella podría pasar entre ellos, pero el carro era otra historia.
"¡Salta, Arwen!"
"¿Qué?" –dijo, incrédula, sin creer que Legolas sugiriera tal cosa.
"¡Salta o chocaremos!"
"Pero no puedo…"
Sin más palabras, Legolas la cogió de la mano y saltó. Un segundo después, la yegua se metió entre los árboles, con el carruaje tras ella. Su relincho estridente recorrió el aire a la vez que se escuchaban romperse los tablones de madera. También se oyó a dos niños gritando de miedo.
Y entonces todo se quedó en silencio.
Qué locos estos elflings. Quiero aclarar de paso que en el futuro no habrá romance Legolas/ Arwen, la autora es fiel a los libros en ese aspecto, solo son los típicas bromas infantiles ;)
