«—Tu ceño se frunce de manera adorable cuando estás concentrada, princess.
Marinette pegó un bote de la sorpresa, clavándose la aguja por el camino y un siseo salió de sus labios a la vez que fulminaba con la mirada al silencioso intruso.
—No me des esos sustos, Chat— le riñó, modulando la voz, pues sus padres estaban durmiendo.
Él sonrió sin una pizca de arrepentimiento en su mirada y le guiño el ojo, para después inclinarse hacia ella y coger su mano herida. La examinó, asegurándose que estaba bien.
—Deberías estar acostumbrada. Por algo soy un gato, puedo escabullirme por todos los sitios sin sonido alguno.
—Creo que jamás lo haré— refunfuñó la muchacha apartando su mano con delicadeza, y se giró para seguir con su labor.
Oyó la risa divertida del gatito tras ella e inevitablemente una sonrisa surcó en sus labios, aunque se aseguró que él no la viera. Algún día le daría una lección por todas las veces que la había asustado, estaba más que segura.
—¿En qué estás trabajando ahora?— preguntó Chat Noir tiempo después, con la cadera apoyada a su lado en el escritorio y los brazos cruzados, observando curioso las hábiles manos de la joven diseñadora.
—Es para un proyecto de clase— respondió tras darle una última puntada. Cortó el hilo sobrante con la boca y tuvo que ahogar un grito de emoción para no despertar a sus padres cuando se levantó bajo la atenta mirada del héroe y extendió la tela frente a ella— ¡Tachán!
Se trataba de un vestido que no llegaba más abajo de las rodillas de color negro. Tampoco tenía mangas, sino que se ataba al cuello y un divertido cascabel se encontraba en el cuello de este, muy parecido al de...
Chat Noir alternó su mirada entre el vestido y la chica y conforme los segundos iban pasando sin decir nada, el nerviosismo iba creciendo en el interior de ella.
—¿Qué...?
—Bueno, la profesora dijo que debíamos hacer algo que nos recordara a una persona famosa e importante para el mundo— explicó avergonzada sin apartas los ojos de los suyos— Y yo pues... pensé en ti.
Una agradable sensación se extendió por el pecho del muchacho, a la cual no sabía ponerle nombre. ¿Orgullo? ¿Agradecimiento? ¿Ternura?
—Pero... ¿y LadyBug?— su voz se ensombreció. Era consciente de que todo el mundo adoraba a su compañera por encima de él, a quien solo lo veían como su fiel escudero.
Marinette no necesitó explicación. Leyó lo que pensaba en esos ojos que tanto le habían llamado la atención desde el primer momento que lo vio y se apresuró a dejar el vestido en la mesa y abrazar al joven. Este en un principio se tensó, pero no pasó mucho tiempo antes de que la peli-azul sintiera unos brazos rodear su cintura.
—LadyBug no sería nadie sin ti, Chat Noir— susurró, sabiendo que sentía cada una de sus palabras— Que te entre en esa cabecita o te lo repetiré las veces que haga falta. Tú eres igual de importante que ella, yo lo sé, pero la gente es demasiado estúpida para llegar a verlo.
—Princess...
Y sintiendo un nudo en la boca de su estómago, el chico no pudo más que apretar a la chica contra él, como si quisieran fundirse en uno solo, mientras agradecía profundamente el conocerla y tenerla a su lado.»
·
Había un inquietante silencio en el lugar, tan solo alterados por algún que otro sollozo ahogado.
Marinette Dupain-Cheng, también conocida como la súper heroína LudyBug, sentía una profunda sensación de desosiego. Por décima vez, removió sus manos en un intento inútil, donde tan solo consiguió que se abrieran aún más las heridas que se habían formado en sus muñecas por las cuerdas que la ataban. El dolor se extendió por todo su cuerpo, pero no mostró daño alguno. Su semblante, serio y neutral, estaba inclinado hacia abajo y sus ojos miraban el suelo como si fuera lo más interesante del universo.
Maldición, maldición, maldición, debo hacer algo rápido, hacía a su mente funcionar a toda velocidad, necesito salir de aquí y buscar a Tikki. Mierda, no puedo transformarme sin ella. ¿Por qué tuvo que quedarse en casa?
—Que a nadie se le ocurra ni si quiera toser— se escuchó la voz del cabecilla de los atacantes, un grupo formado por 5 personas, todos hombres, teniendo en cuenta la voz y la complexión de los cuerpos— Esto será rápidito y sin no hacéis mucho jaleo nos iremos y aquí no habrá pasado nada.
Marinette apretó los labios en una fina linea y finalmente se atrevió a alzar la cabeza, lo justo para poder ver a su alrededor. Sabía que por ahora debía pasar desapercibida y no llamar la atención, pues sino tendría todas las de perder. Aunque las ganas de destrozar a esos malditos no la dejaban, la cordura y la razón en esos instantes tenían la batalla ganada. Debía esperar a su oportunidad.
Paciencia.
En un primer momento sus ojos azules observaron a los demás rehenes, poniendo especial interés en descubrir si había algún herido. Pero estos, unas 20 personas en un conteo rápido, parecían encontrarse bien (teniendo en cuenta la situación), tan solo amordazados como ella y distribuidos en pequeños grupos por el lugar. Sus pupilas se detuvieron por un minuto en el pequeño de cinco años que hacía tan solo un momento jugaban despreocupado con el muñeco de LadyBug, que en esos instantes yacía tirando de cualquier lugar en una esquina. El pequeño, gracias a Dios, se aferraba a su madre escondida tras su espalda y de sus ojos salían silenciosas lagrimas.
Marinette admiró la templanza del pequeño y se juró, sintiendo la ira bullendo en su pecho ante la injusticia, que no dejaría que le pasara nada. Ni al pequeño, ni a nadie que se encontraba allí.
Lo juraba por su álter ego súper héroe.
Inspirando aire para calmar su emociones interiores, desvió su mirada hacia los hombres. Todos armados y mirando a los capturados en busca de algún movimiento sospechoso. El jefe, por otro lado, tenía la pistola apuntando a un hombre (el que atendía la ventanilla), mientras sostenía una bolsa de deporte y se aseguraba de que la llenaba con todo lo que tenía ahí.
Iban vestidos de negro, pasamontañas y guantes incluidos, de manera que no se veía ni una porción de piel a la vista, con tan solo una ranura para sus ojos.
¿Qué puedo hacer?, pensó por millonésima vez.
Necesitaba algún plan. Aunque sea para ganar tiempo antes de que le policía llegara.
Porque afuera habrían tenido que enterarse del sonido de los disparos... ¿verdad?
—¡Los he visto más rápido!— gruñó el hombre, apretando la pistola contra su sien. El pobre obligado sollozó por el susto y los tacos de dinero que sostenía en las manos cayeron al suelo— Maldita sea, ¡¿qué has hecho, imbécil?! ¡Recógelo ahora mismo!
—¡No me mate, por favor, no me mate!— rogó haciendo lo ordenado con premura— P-Por favor, t-t-tengo mujer e hi-hijos.
—Pues no sé yo, pero me da a mi que está noche habrá uno menos en la mesa— por el tono de voz se distinguía la sonrisa burlesca de sus labios.
Ese comentario hizo que el miedo se anidara en el interior de los demás rehenes, algunos hasta sollozaron inevitablemente.
—¡Callaos ya, mocosas estúpidas!— espetó otro de los hombres, el más cercano a un grupo donde se encontraban dos muchachas que no dejaban de llorar— Como no paréis ahora mismo juro que os atravesaré la cabeza con una bala.
—No, no, no— murmuraban acurrucándose una contra la otra.
Oh, no, musitó para ella la chica peli-azul, observando la escena impotente. Esto puede acabar peor de lo que pensaba. A estos hombres no le importará apretar el gatillo si tuviera que ser necesario... Mierda, mierda, ¿qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer?
Marinette se sintió preocupada, frustrada y furiosa. Muy, muy furiosa.
Y sabía que al igual que esos hombres no tenían escrúpulos, ella no vacilaría a la hora de proteger aquellas persona.
Su álter ego se lo ordena y ella no pensaba desobedecer esa orden.
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·
—¡Arg, camembert! Dulce y querido camembert— se relamió los labios Plagg, mientras observaba la suculenta comida que le esperaba, aunque en su humilde opinión, este tan solo era un aperitivo. Después le quedaba el plato plato principal— Venid con papi, que os quiere muuucho.
Se llevó un trozo, casi tan grande como él, a la boca, tragándoselo entero. Estaba delicioso. Un manjar de los dioses, para uno como él.
—No sé como no te puede dar una indigestión— lo miró Adrien, desde la silla del escritorio, con una mezcla entre fascinación y repulsión. De verdad, odiaba el olor de ese queso. ¿Por qué a su kwami no podía gustarle las galletitas, una fruta o las gominolas? Lo que fuera, no le importaba, mientras no soltara ese fétido aroma.
—Son miles de años de dedicación, ignorante humano— replicó el gatito negro sin ni si quiera dedicarle una pequeña mirada.
—Increíble— soltó una pequeña carcajada, sabiendo que ni aún pasando ese tiempo que decía no lo llegaría a entender. Apartó la mirada de Plagg y por decisión inconsciente esta se desvió a la enorme ventana de su habitación.
¿Cuando se hará de noche?, ese pensamiento asaltó su mente cuando se quiso dar cuenta.
Sintió como sus mejillas enrojecían tenuemente, dándose cuenta del trasfondo que había en esa interrogante y su mente viajó hasta una dulce y alegre muchacha que se había convertido en alguien muy importante para él. Habían pasado de ser compañeros de clase, alguien con quien compartía alguna que otra frase, a con quien su álter ego se sentía más a gusto y en confianza (sin contar, por supuesto, con su Lady). Todas las noches que podía escaparse (la mayoría de ellas), después de dar una rápida guardia se refugiaba en su habitación, donde ella lo esperaba para pasar unas horas llenas de charlas, risas y confidencias.
Y Adrien tenía miedo de ponerle nombre a aquello que estaba empezando a sentir, porque eso significaría traicionar a su LadyBug a quién le había declarado amor eterno.
Sin embargo, el corazón no atiende a razones y él...
Suspiró, pasándose una mano por el cabello.
¿Sería muy arriesgado transformarse e ir a visitarla?
Deseaba verla.
El día anterior no pudo ir porque una sesión fotográfica acabó tarde y cuando llegó a casa, cayó rendido, pero hoy las horas no pasaban suficientemente rápidas para que el sol se escondiera y diera paso a la luna y las estrellas, quienes llevaban con ellas miles de secretos.
Retuvo el impulso de llamar a su kwami, pues sabía que no era probable que se encontrara en su casa siendo un sábado de vacaciones de verano, así que lo único que le quedaba era esperar.
Y que laaargo se el estaba haciendo el día...
Miró al monitor de su ordenador, donde tenía el Ladyblog abierto y a su lado otra pantalla donde mostraba un canal aleatorio de la tele, ya que no le interesaba nada de lo que estaban echando.
De pronto, algo le llamó la atención. En la tele, habían detenido la programación por una noticia de última hora. Acostumbrado a anteriores veces, Adrien sonrió pensando que su tarde no sería tan aburrida como pensaba, pues había un akuma a quién capturar. Así, podría ver a su Lady y además, pasarse por la casa de Marinette como quién no quiere la cosa.
Su día había mejorado considerablemente.
Pero bueno, ahora debía centrarse en lo importante, así que cogiendo el mando, le dio voz para enterarse de lo que ocurría e ir para allá lo más raudo posible.
—... la policía anuncia que no debe cundir el pánico. Todas las salidas se encuentran en este momento bloqueadas y será cuestión de tiempo que se rindan. Ahora debemos tener fe y esperar a que todos salgan sanos y salvos...
Adrien escuchó, sintiendo una rara sensación en el pecho. Detrás de la presentadora se podía ver un gran número de coches policiales y tras ellos a gente amontonada. Parecían estar cercando un edificio, que sino se equivocaba, era un banco.
¿Quién era, esta vez, el akuma?
Sabía dónde estaba, así que debía darse prisa.
—¡Plagg!— lo llamó, sin embargo, segundos después apenas reparó en ello. De pronto, la imagen había cambiado y ya no se veía a la presentadora, sino que mostraban a los ciudadanos congregado allí. Y hubo dos que atrajeron su atención inevitablemente. Los conocía, claro que los conocía: ¡eran los padres de Marinette!— ¿Qué...?
Pero lo peor fue que no podía hacerlos pasar por meros espectadores, sino que pasaba algo, a ella le había tenido que pasar algo porque Sabine sollozaba en los brazos de su marido y éste observaba al frente con los ojos anegados en lágrimas.
No... a ella no...
Entonces, se escuchó una voz en off:
—Tenemos noticias de última hora. Al parecer los delincuentes prometen liberar a los rehenes si se cumplen sus condiciones. Recordamos que son aproximadamente unas 20 personas las que se encuentran allí dentro, desde personas mayores a un niño pequeño. Las policía nos asegura que harán lo posible para que todos salgan sanos y salvos.
—Princess...
Lo próximo que se vio fue una sombra negra, con cola y orejas, saltando por la ventana.
Bueno pues aquí tenemos el primer capítulo, que es un poco para situarnos un poco.
¿Qué os ha parecido? ¿Podrá nuestro gatito salvarla? ¿Qué tan peligroso son estos hombres?
¡Nos vamos leyendo!
