Disclaimer: Cómo entrenar a tu dragón pertenece a DreamWorks, Valiente es propiedad de Disney Pixar. Esta historia sí es de mi completa autoría.
El caballo y el dragón
Menciones y confianza
Al abrir los ojos pudo ver a Angus comiendo pasto que crecía entre los árboles, junto al camino por donde llegaron (también donde había tierra, no piedrilla). Recordó la mencionada superficie, las luces mágicas que había seguido y finalmente a Chimuelo, la voz de Hiccup y su sonrisa tranquila. El agua que acarició mientras viajaba de cabeza sobre el dragón negro.
Sintió un peso en su cintura y bajó la mirada. Dormía sobre su lado izquierdo y el agua mojaba sus pies, el brazo del muchacho la abrazaba, su respiración le soplaba la nuca, que se sentía libre de los rizos al haber sido apartados. Se sonrojó sin evitarlo y el frío le caló desde los pies por el agua mañanera.
Se volteó, en un intento de despertarlo con el acto, descubriendo aparte que Chimuelo tampoco estaba donde se había quedado dormido. Los ojos de Hiccup se abrieron lentamente topándose con su mirada. Pronto apartó las manos de su cuerpo y ella sonrió con diversión, sin palabras que puedan salir de su garganta, logrando sentarse y alejarse de la orilla.
Al subir la marea por la noche les había mojado casi hasta las rodillas, ¿cómo no se dieron cuenta? Lo pensaban mientras ella se dirigía a Angus y Chimuelo salía de entre la vegetación tras ellos, con plumas saliéndole de la boca, haciéndoles notar que logró atrapar algún ave distraída.
Terminado el saludo matutino a sus compañeros, voltearon a verse todavía sin saber qué decir. Era obvio que a ella la regañarían por no regresar antes que anocheciera, pero no se preocuparía en absoluto. Lo había pasado bien. Mismo que a él le recibiría un sermón de su padre... Pero…
¿Qué se le decía a la persona con la que pasabas una noche sin hacer nada más que hablar?
—Me sorprende lo poco que eso me importa, en verdad. —Mérida asintió, como si estuviesen hablándose mentalmente, con una sonrisa leve que no se borraría ni por haber dormido en aquellas condiciones. Miró de reojo a Chimuelo y después al muchacho otra vez.
—¿Podrías…?
No fue necesario terminar para que su mano fuera presionada. Esta segunda vez fue extraña. Pasar la noche durmiendo uno junto al otro, y antes haber confesado varias cosas cargadas de pesadez para ambos, les había hecho notar un pequeño cambio. La presión en sus pechos, y el calor dulzón que sintieron al tacto, lograron que ambos desviaran la mirada y que montarse al dragón fuera algo incómodo.
Los brazos rodeándole la cintura le hicieron ruborizarse en pequeña parte, sentir su cuerpo femenino tan cerca le provocó tragar seco y morderse a propósito la lengua para no presionar los dientes. Durante la noche, en algún momento, recordaba haberla visto tantear el terreno como en busca de una manta, fue cuando le tomó el brazo y lo estiró sobre ella.
Él simplemente se le acercó más y presionó el agarre, como si fuera lo más natural, entre el sueño y adormecimiento.
El calor de la muchacha era tentador y reconfortante, le daban ganas de abrazarla. Repentinamente vinieron a su mente los labios rosados que observó antes de dormirse, y más que en abrazarla, quiso saber cómo sería besarla. ¿En qué momento su cabeza se puso a pensar tan seriamente en aquello?
Su amigo le gruñó molesto, esta vez logrando despertarlo antes que metiera la pata.
Mérida recargó la mejilla en su espalda, abrazándose más, respirando hondo el olor que pudiera llegar a sentir. Cuando menos lo notó estaban otra vez en tierra, ambos descendían y él estrechaba su mano, tenso. ¿No había sido volar con él como un abrazo indirecto? Posiblemente no lo volvería a ver y se lo habían pasado muy bien.
Antes que volteara le rodeó el cuello con los brazos, haciendo puntitas de pie y recargando el mentón en su hombro, esta vez por delante, en espera a que él correspondiera. Si al tocar su mano lo sintió tenso, ahora estaba rígido. Le envolvió la cintura para corresponder durante unos segundos y se separó, demasiado para su agitada e idiota cabeza.
La dueña de los rizos se dirigió donde Angus, dándole a Hiccup la oportunidad de examinarla en entereza. La gran cantidad de cabello y rizos, rojos como el mismísimo atardecer, el vestido verde que se ajustaba en la cintura y llevaba mojada parte inferior de la falda. Apenas notaba el carcaj de flechas y el arco colgados a la montura del caballo. Agradeció que no los tuviera encima cuando Chimuelo se le fue encima.
—Nos vemos, Mérida.
—¿Nos veremos otra vez? —Cruzó su pierna por encima del caballo, sujetando las riendas y quedando ya lista para salir. Hiccup notó en su mirada el entusiasmo, la queda ilusión por volver a pasar un rato con él (o con Chimuelo, en su defecto). Asintió solo para que la muchacha saliese cabalgando con una sonrisa en el rostro.
También para que él se elevara deprisa y le siga el paso hasta verla perderse entre los árboles frondosos, directo al reino que lograba ver desde el aire.
Su madre reflejaba a cualquier mujer furiosa por ver llegar a su niña después de las tres de la madrugada. El caso es que ella regresaba cerca de las diez de la mañana, despeinada, sin poder sacar la sonrisa y con muchas preguntas por hacer a su padre. A Elinor se le notaban las ojeras por dormir poco y su voz se habrá escuchado por todas las tierras del clan cuando la vio llegar.
—¡¿Se puede saber dónde estaba la princesa de DunBroch?!
Pero Mérida no estaba con todas las ganas de discutir, dejó a Angus en el establo y, al voltear y ver el ceño arrugado de su madre, le rodeó en un abrazo ligero antes de entrar directo a la cocina por algo de comer. La reina miró atónita a su hija mayor, suspirando profundo y recargándose en el establo mismo.
—¿Tú sí sabes lo que le pasa ahora? —Angus relinchó en respuesta.
Fergus se encontraba sentado en el comedor con los trillizos cuando su hija entró por la puerta, a pie firme y rápido, sujetó una silla y la acercó a su padre antes que éste siquiera reaccionara.
—¿Qué ocurre, hija?
—Papá, ¿alguna vez viste un dragón? —Existían pero en sus tierras ya no había, eso decían las enseñanzas que su madre se encargaba de darle. Pero su curiosidad ahora caía en si alguien cercano a ella tuvo el privilegio de ver uno de cerca, quizá así terminase de creer que no fue un sueño lo de la noche anterior o esa misma mañana.
Los juegos de los niños se detuvieron abruptamente ante las palabras de su hermana. Pronto el rey tuvo cuatro pares de ojos encima y, como si la atención le gustase poco, sonrió con grandeza, dejando la jarra que sostenía.
—Hace años, cuando era apenas un joven, mi padre nos llevó a mí y a los otros líderes a conocer las islas lejanas. Viajamos en barco por días, sintiendo cada vez el frío más crudo, fue cuando descubrimos las tierras de los invasores del mar. —Tanto la pelirroja como sus hermanos mantenían sus ojos en los movimientos que Fergus hacía al contar la historia, pues esta era una nueva y no la preferida sobre Mor'du.
"Habíamos llegado en la noche y en la isla se notaban antorchas encendidas, fuego en todas partes. Pensábamos alejarnos cuando la bestia se hizo presente en la oscuridad. —Los corazones de los niños dieron un brinco—. Era enorme y tenía dos cabezas, una de ellas nos llenó de humo mientras la otra encendía la chispa que lo prendería. —Movió sus dedos imitando una posible chispa en la imaginación de los más pequeños, intentando mantener el suspenso.
—¿Y bien? —insistió ella para que continuara.
—Saltamos al agua con el frío matándonos, nos movimos al barco contiguo y huimos mientras esa bestia era llamada por las otras. Menuda molestia, ahora que lo pienso, por suerte logré volver, tu madre me esperaba ya.
Sus cuatro hijos, a la vez, lograron una mueca de asco por la información de más, los perros entraron en ese momento y los niños, pasados unos minutos, se fueron. Mérida esperó con cierta impaciencia a que su padre dejara de atender a sus mascotas.
—Papá —le llamó, al cabo de unos minutos de meditar su siguiente pregunta—, ¿cómo están actualmente las cosas con los invasores del mar?
Jarra en mano, un trago largo y el rey Fergus sonrió levemente a su niña.
—Actualmente recibo sus notificaciones, intento una alianza con su líder para que seamos más fuertes. Los vikingos son violentos y adoran la hostilidad, pero Berk es un pueblo pequeño, que se vuelvan algo como un quinto clan no estaría mal para ninguno —suspiró al cabo de hablar.
Su hija le acompañó en la acción, aliviada, porque esperaba con todo su interior que aquella fuera una respuesta. El alivio se esfumó un poco cuando su padre se inclinó, queriendo decirle algo en voz baja.
—Además de eso, no le vayas a decir a tu madre que te lo estoy comentando. —Mérida asintió—. A ambos nos están amenazando otro grupo de invasores, quieren iniciar por aquellas tierras y acabar después con nosotros, por lo que suponemos. Es lo que mantiene a El Vasto más convencido aún de aceptar.
Un balde de agua fría le cayó encima ante el comentario. Porque eso significaba guerra y peligro, primeramente para el pueblo de Hiccup, al cabo para el suyo y los demás clanes. Significaba problemas y responsabilidades en vez de seguir en su completa libertad.
¿Por qué todo se tenía que resolver con fuego? Pasó a parecerle de lo más podrido, además, enterarse de tal cosa justo cuando pensaba haber conocido a alguien, que le interesaba seguir conociendo con sus mundos en paz, le caía peor que cuando comía demasiado.
Se despidió de su padre y se dirigió a su habitación, pidiendo en camino que le preparasen un baño caliente y ropa limpia. Al cerrar las puertas a sus espaldas suspiró, dejándose caer sentada. Todavía con tal noticia no podía evitar ver regresar la sonrisa, porque lo bueno de esto era que al menos su clan y el pueblo de Hiccup no eran enemigos como décadas atrás.
Había volado en un dragón realmente.
Significaba también que podía seguir con ganas enteras de abrazar al recién conocido en agradecimiento y volar con él todo lo que quisiera. Llevó una mano a su pecho, recordando los aleteos del viento en sus orejas que agitaban su alma vivaz. Golpetearon su puerta, anunciando que el baño estaba listo y despertándola de sus recuerdos. Se puso en pie y salió derecho allá, lo necesitaba después de que el agua salada le enfriara las piernas.
Hiccup dejó entrar a Chimuelo a su habitación solo para poder arrojarse en su cama y fingir un descanso prolongado por si su padre llegaba, teniendo en cuenta que probablemente Estoico haya ya revisado y esté buscándolo con un hacha por todo el pueblo. Se volteó quedando boca arriba. Una de sus manos viajó donde el pecho le regalaba esa agradable sensación de alivio.
Como si los bloques de hielo se hayan derretido.
Sintió entonces una necesidad absurda; quería tenerla entre sus brazos otra vez, incluso se sentía torpe por no haber hecho durar el contacto cuando se despidieron, quería agradecerle por escuchar toda su problemática. Su cuerpo se encontró frío y veía rojo en todas partes, la mueca en sus labios no salía ni aunque su amigo le mirase con ojos bien abiertos e insinuantes. Felicidad podía ser la palabra más cercana a como se sentía, porque se sentía comprendido.
Entonces la explosión le hizo saltar como si fuera un resorte, los gruñidos de Chimuelo hacia la puerta le alertaron e hicieron correr a la misma. Pleno inicio de la tarde en Berk y una bola de fuego consumía un par de casas del centro. Al llegar con la conmoción, a ayudar a aplacar las llamaradas, se topó directamente con su padre, que le dedicó una mirada cargada de resignación y tristeza.
No hubo muertos ni heridos graves, pero a lo lejos, por el mar, un barco desconocido se perdía en la neblina. No llegó a distinguirlo bien, pero se enteraría que llevaba una catapulta con la que saltaron a atacarlos, no con un proyectil a la vez, sino con tres, cuatro, cinco, los que no descubrió hasta acercarse más al puerto y adentrarse a la ciudad.
Sobrevolándola no había encontrado nada, esos sujetos debieron llevar mucho tiempo escondidos para atacar tan sorpresivamente, y también planear un plan muy efectivo para huir tan deprisa en una barcaza de ese tamaño. Su padre no se molestó en seguirlos ni en enviar gente a hacerlo, sus embarcaciones más veloces sucumbían a las llamas.
Muchos años acostumbrados a vivir sin necesidad de reconstrucciones los dejaron medianamente complicados.
—Creo que voy a aceptar el tratado con DunBroch —mencionó Estoico, ya entrada la noche, cuando ambos cruzaron la puerta de la casa abarrotados de tanto trabajo. Hiccup suspiró, pidiendo explicaciones a su padre con la mirada. Siendo éste no muy bueno con las palabras, se giró a su hijo, incómodo por hablar hasta ahora—. Nos propusieron una alianza para evitar que se apoderen de nuestras tierras, somos pequeños pero con su ayuda y la de los otros tres clanes podríamos ganar.
—Me habías dicho que nos podían atacar, pero no que lo hacían de tal forma y tan enterados. Y, por cierto, muchas gracias por decirme del tratado con DunBroch, me encanta estar enterado —dijo sarcástico, logrando un entrecejo arrugado por parte del mayor.
—¿Dónde has estado por la noche? —indagó, cambiando de tema radicalmente y tensando un poco los hombros de su hijo por eso.
—En DunBroch —respondió sin pelos en la lengua, cruzándose de brazos—. Quería, ya sabes, aligerar mi mente. Volé con Chimuelo hasta llegar a una zona de allí.
—¡¿Hasta allá?! Hiccup, le puedes provocar algo a tu dragón por tanto esfuerzo.
—Fue un viaje tranquilo y además ellos lo toleran bien, ¡hacen carreras, papá! —reclamó. Estoico se quedó en silencio, realmente se notaba cansino como para discutir sobre algo que, se hacía a la idea, no tendría razón. Cayó sentado en la silla y masajeó su frente.
Todavía así, las palabras de su padre llevaban verdad en pequeña parte, le hicieron sentir culpable. Observó a Chimuelo dormir como un ovillo en el suelo junto a su cama, roncando incluso por la energía gastada hacía un rato por ayudar a la gente. Se dijo entonces que en la mañana le traería toda la comida que encontrara.
—Por cierto, ¿no has notado que movimos tus cosas? Tu casa ya está terminada, solo faltan esos papeles que siempre haces y la cama para que puedas tener tu privacidad.
Asintió a su padre, pero definitivamente lo harían en la mañana, en ese momento quería arrojarse sobre el colchón y dormir como su buen amigo lo hacía. Sin embargo, al hacerlo, no pudo evitar verla y extrañar sentir esa confianza muda, ver los ojos azules chispeantes de alegría y sus labios rosados mostrando una de las bellas sonrisas al contarle lo vivido.
Simplemente suspiró cerrando los ojos, con el cuerpo menudo abrazándolo, en agradecimiento por un buen día, grabado en su mente.
Las tardes que comenzaron a pasar juntos se volvieron tan necesarias, cotidianas, que ni uno ni el otro podía esperar salir de sus labores para ir a despejar las cabezas a ese lugar escondido. Se cumplían un par de meses y algo más desde el primer encuentro, muchas tardes ya los rizos habían volado al viento sobre Chimuelo, y Angus, muchas veces celoso, pasado su lengua por los cabellos del vikingo de igual modo.
Mucho tiempo para apreciar la hermosa sonrisa en el rostro femenino de Mérida y sentir el cuerpo masculino de Hiccup, al abrazarlo, cuando estaban sobre el dragón.
Llegó a ver que Mérida le gustaba mucho más de lo que le llegó a gustar Astrid cuando comenzó la adolescencia, incluso. No eran sentimientos muy diferentes a la hora de solo gustar, ambas le habían llamado la atención aunque de distintas formas, al fin y al cabo, pero ahí estaba la magia y confort al pensar en Mérida y la ilusión y admiración perdidas con Astrid.
Tardes que comieron, que rieron, se mojaron e incluso jugaron hasta hartarse. Cada tarde que se hacia cargo de que ellos se miraran con ojos más abiertos, más tentadores, divertidos y confianzudos en otros términos, curiosos por parte de ella, porque nunca había tenido tales sentimientos por alguien y deseaba conocerlos a fondo.
Era por la tarde, pasado el mediodía, cuando Mérida bajó de Angus al final del mismo camino de siempre. No encontró a nadie en la pequeña playa, pero tampoco le molestó. Gran parte de ella necesitaba estar tranquila y distraerse, por eso se dignó a aparecerse allí, además de llevar ya más de un día que él no se aparecía.
Sus padres advirtieron que debía de prepararse para recibir visitas en unos días. Si lo hubieran hecho cuando apenas se levantó todo pudo estar bien, pero no, lo hicieron luego de que tropezara en las escaleras, se cayera con Angus en la entrada al castillo y sus hermanos le arrebataran los pasteles de postre en el almuerzo. Ahora con solo pensar en vestidos elegantes se irritaba.
Bajó el carcaj del caballo, junto a su arco. Sujetó una pequeña tiza y dibujó un círculo blanco en uno de los árboles que estaban al fondo. Dándole la espalda al mar, apuntó y disparó. No fue centro, tampoco cayó fuera del círculo, pero le hizo ver lo mucho que la molestia que cargaba le afectaba a la concentración.
Así mismo sujetó otra flecha y volvió a disparar, cada vez alejándose más del blanco conforme atinaba, acercándose a recoger las flechas cuando se acababan. El árbol llevaba cuatro disparos incrustados en su tronco cuando sujetó otra munición, retrocedió tres pasos, ignorando las piedras húmedas bajo sus pies descalzos.
Tensó y, al estar a punto de disparar, una ola le mojó hasta las rodillas, logrando que trastabillara y callera sentada. El disparo se perdió entre las ramas de los árboles, haciéndole bufar.
—Torpes pies. —Angus, desde donde estaba, parecía divertido por su caída, se ganó una mala mirada por ello—. Tu cállate o no te doy comida —medio le gruñó, el caballo relinchó disgustado y se volteó a seguir comiendo las hierbas que encontraba, por si acaso. Ella sonrió al gesto, no le parecía extraño que justo él le bajara los malos ánimos cuando no había nadie más.
Por cierto, seguía sentada con las olas golpeándole la espalda, llenando de peso el vestido y mojando parte de sus rizos. No le importaba, incluso hasta sentía calor. Miró al cielo cuando logró ponerse en pie, riendo por seguir tropezando de solo andar entre las piedras. Las nubes dominaban el firmamento y cada minuto que pasaba el sol se arrimaba al horizonte, escondido, haciendo parecer que la noche llegaba más temprano.
En ese instante se descubrió extrañándolo, preguntándose qué cosa hacía sola allí.
Salió del agua, levantando el vestido todo lo que podía, para caer sentada en las piedras más secas después. No tardó en sentir la superficie de su cabello y parte del vestido seco pasados unos momentos, calculaba las cuatro o cinco de la tarde, se notaba el ambiente pesado que anunciaba una tormenta.
Angus caminó por entre las piedras húmedas para acercársele, se le veía con ganas de echarse al suelo y dormir, era claro que no lo haría lejos de ella.
Al lograr acomodarse, Mérida se puso en pie y rodeó hasta quedar detrás, recargándose en la espalda, acariciando el negro pelaje sin dejar de mirar al cielo y al horizonte mientras el caballo se dormía. Un suspiro profundo y finalmente se sintió relajada, con la mejilla recargada en el lomo del animal, notando la respiración de éste.
Una mancha negra surcó las nubes cuando comenzaba todo comenzaba a oscurecer lentamente, Angus despertó y rápido se dirigió a tierra más firme, desconfiado, dejándola sobre la piedrilla sola cuando el dragón terminó de descender. Los pies del muchacho tocaron tierra ante su presencia.
—No solo llegas cuando el sol se va, también cuando está por llover —se burló. Él cayó sentado a su lado.
—Mi padre, junto a algunos de sus hombres, están camino a aquí, viene a hablar con tu padre —comentó, viéndola asentir y abrazar sus piernas para mirar al frente. Ellos eran las visitas entonces—. No fue un día tranquilo…
—No es como si te haya esperado —interrumpió, él extendió sus párpados sorprendido por la confesión tan a la defensiva—. Yo… Igual necesitaba estar tranquila.
—No quise decirlo con esa intensión —expresó, al cabo suspiró, con una media sonrisa divertida, ella estaba ruborizada y nerviosa porque en serio lo estaba esperando—. Antes de ayer, justo después que llegué de aquí, atacaron Berk otra vez, hasta la noche y por gran parte del día estuve ayudando con las reconstrucciones y después tuve que ayudar a mi padre a preparar todo para la embarcación de venida. Todavía no entiendo por qué no accede a volar para viajes largos… —giró la cabeza hacia la muchacha para verla expectante, fingiendo un exagerado interés—. ¿Hablo mucho?
Ella rió abiertamente.
—Está bien. Veamos, lamento lo del ataque, la movilización de cosas y ayuda que debiste brindar. Tu padre no va a acceder a hacerlo, es como dice mi madre: no puedes entrenar con cosas nuevas a un animal ya viejo —imitó la voz de Elinor y su postura, causándole gracia—. Mi padre me comentó lo de la alianza por los invasores hace un tiempo. Estoy segura que entre todos lograremos que se vayan.
Hiccup suspiró, haciéndole coro a un trueno que les tomó por sorpresa, únicamente para después notar cómo el diluvio nacía de entre las nubes y lo cubría todo. Suspiros resignados y sonrisas que delataban un gran "te lo dije". La muchacha se puso en pie, dirigiéndose a Angus ante la mirada de él, que creyó que se iría.
Él no se quería ir todavía, apenas llegaba.
—Ven, sé dónde resguardarnos.
Chimuelo gruñó a la lluvia antes de escuchar a Mérida y comenzar a seguirla, dejando a su compañero solo, todavía procesando lo que pasaba. Al parecer ella tampoco deseaba irse enseguida.
El caballo y el dragón se adentraron a la cueva, ansiosos por dejar de mojarse, ellos detrás, recibiendo el agua de los sacudones que los animales dieron. Chimuelo dejó al aire una nota sonora de molestia antes de ovillarse en el suelo y mirar con recelo al exterior, como si la lluvia lo hubiese enfriado u ofendido. Angus simplemente se quedó de pie por unos momentos antes de echarse en el suelo, protestando cuando el dragón escupió fuego cosa de entibiar la tierra debajo de sí.
En la entrada, ambos jóvenes miraban al exterior, sintiendo las gotas que el viento hacía entrar de a momentos, disfrutando el olor a tierra mojada y a pino fresco que también venían con él. Tan cerca el uno del otro que se rozaban los brazos, queriendo a la vez acercarse más para sentir el calor ajeno alejar el fresco que les recorría.
Fue ella quien recargó la cabeza en el hombro del chico, luego de acercársele sutilmente, para después ser rodeada por uno de los brazos masculinos. Sintieron calor, chispas brotando de cada parte que hacía contacto con el otro, ganas de mirarse para comprobar que eran de verdad y, mucho más que otra cosa, ganas de abrazarse más fuerte aún.
Mérida levantó la mirada a la par que él la bajaba. Allí estaban uno con el otro realmente. Los dedos de Hiccup se presionaron al cuerpo femenino, se acercó a esconder su rostro en el cuello blanquecino, llevando ambas manos a rodear el menudo cuerpo de la muchacha. Ella se removió para poder arrodillarse frente a él y facilitar el abrazo, llevó ambas extremidades a rodearlo por el cuello y exhaló el aire con la cara en su cuello.
Las correntadas de chispas se expandieron por el sistema del castaño, haciendo que presionara más el abrazo. El aliento tibio chocando su cuello le hizo estremecerse, hizo descender sus manos hasta la fina cintura para después ascenderlas en una caricia bien detallada, logró en ella lo que ella misma le hizo sentir por mera casualidad.
También le respiró en el cuello, Mérida sintió las piernas flaquear por eso. Hiccup elevó una de sus manos para acariciar los rizos rojos, enredándolos y estirándolos con los dedos, hundiéndolos en su consistencia. Los finos dedos de una de las manos de ella presionaban su espalda mientras la otra también se perdía entre su cuello y cabello castaño.
Nunca había estado así de cerca ni en tal contacto con un hombre que no fuera su padre. Era curioso sentirse tan a gusto y sin deseos de separarse.
El frío había desaparecido de un momento a otro, tan rápido como habían comenzado a sentirlo por la lluvia. Las manos de la muchacha fueron a sus hombros, presionándolos conforme él seguía con las caricias por su espalda y cabello, ocultando aún su cara en el cuello. Fue instintivo, al caer en la posición de su rostro, el animarse a dejar un par de pequeños besos ahí, rozando la piel suave y blanca.
Cuando la presión en sus hombros fue suficiente se separó apenas de ella, cosa de poder mirarla. La respiración era profunda y los azules orbes estaban perdidos entre confusión, deseosos aún así de seguir experimentando los sentires.
Nuevamente, ella fue quien le sujetó el rostro para unir sus labios, entusiasta y con torpeza. Hiccup llevó una mano a su mejilla mientras la otra sujetaba con firmeza su cintura, correspondiendo con fuerza, ganas. Enseñándole en aquel primer contacto lo que era un beso de verdad, profundo, deseado.
Labios rosados y suaves, otros finos y algo ásperos. Una cavidad tibia que apenas comenzaba a conocer y recorría con su lengua que nunca estuvo tan inquieta, presionando más el cuerpo de la fémina al suyo.
La inexperiencia de su ser siendo eliminada y el calor que comenzó en su vientre antes de expandirse, haciendo que se aferrarse más al muchacho.
La lluvia en el exterior pasó a ser ignorada, mascotas que dormidas se perdieron la función. Alientos que se mezclaron por primera vez esa joven noche.
Continuará…
Me alegra no saben cuánto que haya sido de tanto gusto el fic. :')
Su acercamiento ya tuvo primer contacto, se darán cuenta cuando lleguen a más que besos al momento que cambie la categoría d (?). Estos dos me encantan, tanto como Jack y Elsa (de quienes escribiré en algún otro momento). Día de publicación serían los martes entonces, quizá antes si perduran los muchos comentarios y mi musa es enteramente inspirada por eso.
Los comentarios de anónimos los responderé acá, los que lo hacen por su cuenta lo tendrán en privado, ya que se permite. ;)
DarkCarmilla: Muchas gracias por tus felicidades, espero que este capítulo te vaya a gustar también. :D
Capitan Lapicero: ¿sabes? Pensé lo mismo al releerlo un mil de veces antes de publicarlo, pero al final me sentó bien que esté como estaba, al fin y al cabo Mérida es de quienes cree en la magia y las luces la enviaron allí, más su curiosidad… XD A veces de que es mejor confiar en un extraño muchas cosas antes que en un conocido, al menos para liberar pesos.
luc123: Muchas gracias por comentar, espero que este capítulo te gusta también. :D
Un saludo a todos, nos estamos leyendo.
