Los personajes ni la trama es mía, lo único que me alegra es que lo disfruten.
¡Orale! Que padre que la historia haya tenido una buena aceptación, si es que les sorprendió una Alice monja jeje, pues asi es más padre la variedad de personalidades, ok, ya no las entretengo más… disfrútenlo.
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La Novicia Inocente
Capítulo 2
Nada más salir del bosque, sir Jasper Whitlock tiró de las riendas para detener a Flame, su caballo de batalla. Estaban a poca distancia del convento de St. Anne's. Y aunque nunca había estado allí, sabía dónde se encontraba gracias a la cruz que coronaba la torre del único edificio de piedra que había en los alrededores. En algún lugar, un gallo cacareó.
Jasper se cubrió los hombros con la capa que llevaba y gesticuló para que su tropa, una docena de hombres a caballo, se detuviera detrás de él.
—Este debe de ser el lugar —dijo él, dirigiéndose a su amigo, sir Peter de Asculf.
Peter asintió y ambos se tomaron un momento para observar el terreno y valorar la posibilidad de que la tropa sufriera un ataque. Era cierto que iban armados y a caballo, pero eran los odiados invasores y no podían permitirse bajar la guardia ni un instante, ni siquiera aunque no se viera ni un alma en los alrededores.
Sólo Peter y Jasper, los dos caballeros, llevaban una cota de malla protectora bajo la capa. Para el resto de los hombres, el coste de dicha prenda hacía que estuviera fuera de su alcance. Si Jasper hubiera sido un hombre rico, habría equipado al resto de su tropa con aquella prenda, pero no lo era. Sin embargo, no deseaba perder a ninguno de sus hombres, y para ello se había asegurado de que tuvieran más recursos que los básicos. Bajo la capa, cada hombre llevaba una túnica de cuero acolchado y todos llevaban un yelmo con protección para la nariz, buenas espadas y grandes escudos.
El convento estaba rodeado por una valla de madera y por la curva de un río que se adentraba en el bosque. Junto al convento, en la misma extensión de tierra, se hallaba un pequeño pueblo de humildes casas de madera. Jasper se preguntaba qué se habría construido primero, el pueblo o el convento. Estaba casi seguro de que el convento. Probablemente estuviera lleno de mujeres aristócratas no deseadas y el pueblo se creara a su alrededor para proporcionarles sirvientas.
Las casas tenían el tejado hecho con láminas de madera. Un grupo de gallinas picoteaba en el barro que había entre dos casas, un cerdo se rascaba contra el poste al que estaba atado. Un perro salió de una de las casas y, al verlos, comenzó a ladrar. De no ser por aquellos animales, el lugar parecería desierto, pero él no se dejaba engañar.
Suponía que los habitantes estarían escondidos. Él habría hecho lo mismo en su lugar.
Había dejado de llover hacía media hora, mientras Jasper y su tropa recorrían el camino entre los árboles. El cielo estaba nublado y el viento del norte acariciaba con fuerza sus mejillas y sus labios.
Las mejillas y los labios eran las únicas partes de su cabeza que estaban expuestas a los elementos. Su cabello rubio estaba oculto bajo el yelmo, y el protector para la nariz ocultaba sus rasgos. Bajo la cota de malla, Jasper llevaba la prenda de cuero acolchado, además de la camisa de lino y la ropa interior. Sus botas y sus guantes también eran de cuero, sus pantalones de montar y sus medias de lana. Aquél día, Jasper había decidido ponerse la malla corta, de forma que, para disgusto de Peter, sus piernas quedaban desprotegidas. Jasper estaba dispuesto a tender un puente de unión con la población sajona, pero Peter, un normando, desconfiaba de ellos y por eso se había protegido de pies a cabeza.
El camino de barro que pasaba junto al convento estaba lleno de surcos y pisadas.
—Parece que ha habido bastante movimiento por aquí —dijo Jasper. Frunció el ceño y se preguntó si su explorador estaba en lo cierto al decir que su futura esposa, lady Bella Brandon, también se había dirigido hacia allí. Era posible que tuviera una pariente allí, una hermana, o una prima. Después de la batalla de Hastings, había reinado mucha confusión y la información que tenía era muy vaga.
Jasper se fijó en que la valla de madera que rodeaba el convento ofrecería poca resistencia a cualquiera que se propusiera entrar. Al pensar si lady Bella todavía estaría en St Anne's, frunció el ceño. No le gustaba el objetivo de su viaje, obligar a una mujer a que se convirtiera en su esposa lo dejaba con un amargo sabor de boca. Pero era un hombre ambicioso y el duque William le había ordenado que hiciera todo lo que estuviera en su mano para conservar aquellas tiernas. Puesto que eso incluía unirse en matrimonio con una mujer noble, lo mínimo que podía hacer era conocer a la chica. Dios sabía que él tenía pocos motivos para regresar a Bretaña. Además, en Wessex la gente tenía más razones para odiar a los hombres del duque William que en otro lugar, ya que seguían siendo leales a Harold, el usurpador sajón, había sido su conde durante más de una década antes de que robara la corona que le correspondía al duque William. No iba a ser fácil para Jasper cumplir con la tarea de mantener la paz para el duque William en aquella parte de Wessex. Pero lo haría. Con o sin la ayuda de lady Bella.
Sospechando del hecho de que no hubiera ningún habitante del pueblo, Jasper se debatía entre el temor de sufrir una emboscada por parte de los sajones y su deseo de no parecer un invasor al acercarse al convento a buscar a la mujer que se convertiría en su esposa. Ordenó a sus hombres que se ocultaran de nuevo entre los arbustos. Varios de sus compatriotas aprovechaban la confusión reinante para saquear los pueblos a voluntad, y eso era algo de lo que él no quería que lo acusaran. Puesto que Bretaña ya no le ofrecía ningún atractivo, su intención era asentarse allí y crear un hogar. Luchar con mujeres indefensas y atemorizar a la población local no era parte de su plan.
Tras quitarse el casco y colgarlo de la perilla de la silla de montar, Jasper retiró la cota de malla que llevaba. Su cabello rubio empapado en sudor se le había pegado a la cabeza. Con una mueca, se pasó los dedos entre el cabello y dijo:
—Daría cualquier cosa por un tomar un baño. No estoy en condiciones de presentarme ante una dama.
—Yo preferiría algo de comer —contestó Peter—. O una noche de buen dormir. Juraría que no hemos comido, ni dormido bien desde que salimos de Normandía.
—Cierto —Jasper se frotó la barbilla. Aquella mañana había encontrado un momento para afeitarse, pero eso había sido todo en lo que había consistido su aseo.
—Tienes buen aspecto —dijo Peter con una sonrisa—. Suficiente como para impresionar a lady Bella.
Jasper miró a su amigo con escepticismo y se sonrojó.
—Oh, sí. Se quedará tan impresionada que saldrá corriendo en lugar de mirarme —se bajó del caballo y miró a Peter por encima de la silla de montar—. Como bien sabes, todavía no le he hecho una proposición formal. A pesar de los deseos del duque William, primero quiero ver si nos llevaríamos bien. No me casaría ni con la mismísima duquesa si no hiciéramos buena pareja.
Peter lo miró un instante y dijo:
—Admítelo, Jasper, quieres impresionar a esa mujer sajona.
—Si ella no está aquí, me temo que impresionarla no será fácil.
—Ya. Pero si consigues casarte con ella podrás impresionarla todo lo que quieras.
Jasper frunció el ceño y se volvió mascullando. Después, tiró de la cincha de la montura de Flame para aflojarla.
—Jasper, no me digas que esperas encontrar el amor otra vez. Siempre fuiste débil con las mujeres…
Jasper se volvió en silencio, guió a Flame bajo los árboles y ató las riendas a una rama. Peter lo siguió a caballo.
—Deja de molestarme y haz algo útil —le dijo Jasper—. Ayúdame con la malla.
Peter desmontó del caballo.
—Es así, ¿verdad? —continuó preguntándole con las manos en las caderas —. Después de lo de María, sigues queriendo casarte por amor…
—Mis padres discutían mucho cuando yo era pequeño —dijo Jasper, mientras soltaba su espada y la dejaba a un lado—. Yo espero algo mejor.
—Sé realista, hombre. Tú y yo sabemos que hemos venido para apoyar a William en su legítima petición de la corona inglesa. ¿Qué heredera sajona nos aceptaría, a ti o a mí, de forma voluntaria? Lo más probable es que nos consideren asesinos de sus padres, hermanos, amados…
Jasper se encogió de hombros.
—Sin embargo, confiaba en ganarme algún respeto.
Peter negó con la cabeza y observó, divertido, cómo Jasper trataba de hacer lo imposible… Quitarse la cota de malla sin ayuda.
—Te has convertido en un soñador. El golpe que te diste en la cabeza cuando llegamos te ha alborotado el cerebro. ¿Y por qué, en nombre de todo lo sagrado, te quieres quitar eso? Aquellas mujeres piadosas que hay allí… —Peter señaló hacia el convento—. Aquellas dulces sajonas a quienes quieres impresionar, podrían clavarte un cuchillo en el costado. Sobre todo si supieran que tú fuiste el caballero que agrupó a sus compañeros bretones cuando rompieron sus filas…
—No obstante, puede que Bella Brandon esté allí, y no quiero conocer a mi damisela vestido para luchar —dejó de forcejear con la cota de malla y miró a Peter con media sonrisa—. Quítame esto, ¿quieres?
—Oh, te escoltaré, pero no me eches la culpa si terminas convertido en un pincho sajón.
Jasper levantó los brazos por encima de la cabeza y se inclinó. Peter agarró su cota de malla y tiró de ella, dejándole a Jasper la prenda acolchada que llevaba debajo. Aliviado, Jasper se enderezó y movió los hombros.
—¿Vas a quedarte con eso puesto? —le preguntó Peter.
—Sí, no soy tan optimista.
Sin el yelmo y sin la cota de malla, Jasper tenía un aspecto más accesible. En lugar de un fiero guerrero parecía un joven alto, de anchas espaldas y cabello rubio. Con ese semblante y sus ojos verdes, contrastaba con su amigo Peter, quien todavía mantenía el yelmo y la malla protectora. Jasper se abrochó de nuevo el cinturón donde llevaba la espada. Tenía los dedos largos y llenos de cicatrices. Y en la palma de su mano derecha, las callosidades indicaban que había tenido largos enfrentamientos con la espada.
—Me alegra ver que todavía tienes algo de sentido común.
—Suficiente como para saber que no podemos hacer que esas mujeres se distancien de nosotros más todavía. Lady Bella debe dar su consentimiento para casarse conmigo. Recuerda, Peter, necesitamos un traductor. Ninguno de nosotros sabe más de una docena de palabras en inglés —sonrió Jasper—. ¿Me esperarás?
—Por supuesto.
—Mantén ocultos a los hombres y a los caballos mientras yo exploro los alrededores. Puede que ahora no haya nadie en la calle, pero no es de extrañar. Es posible que los habitantes del pueblo se hayan escondido al vernos llegar. Gritaré si te necesito.
Peter asintió.
—Al menor indicio de problema.
—Sí —tras un saludo, Jasper se colocó la capa sobre los hombros y se dirigió hacia el camino que llegaba hasta el pueblo.
El camino estaba lleno de surcos embarrados y alguien los había cubierto con paja para intentar que dejara de ser un lodazal.
Jasper miró hacia el cielo y, al ver que se aproximaban las nubes, se abrigó mejor con la capa. Con cautela, se detuvo a la entrada del pueblo. Se fijó en las huellas que habían dejado los caballos en los que él y sus hombres habían llegado. Se percató de que también había huellas de otros caballos más pequeños, posiblemente los que llevaría una dama anglosajona y su ayudante.
Las huellas iban directas a las puertas de la valla del convento. Después, desaparecían. No había ninguna huella en sentido contrario, lo que indicaba que, a menos que hubiera otra puerta en la valla, aquella mujer todavía estaría dentro.
Justo en ese momento, se abrieron las puertas del convento. Jasper se escondió detrás de la pared de la casa más cercana. Por la puerta de la valla, salió una monja. Vestida con un hábito oscuro y un velo corto, la mujer llevaba una cesta cubierta con un paño. Se dirigió hacia el pueblo, apresurándose hacia una de las casas de madera. Tras ella, volvió a cerrarse la verja del convento.
Jasper consiguió sortear las casas que había junto al camino y no perder a la monja de vista. Cuando la mujer llamó a la puerta de la casa, él estaba en la parte de atrás. Sólo tenía que encontrar un hueco entre los tablones para…
Por dentro, la casa era muy similar a las de los campesinos de Bretaña. Básicamente, una habitación grande con chimenea central. A un lado del fuego, una lámpara colgante iluminaba el lugar. De las vigas, colgaba una ristra de cebollas y de champiñones secos. Y al otro lado de la habitación, Jasper podía ver una cortina de tela de arpillera. Detrás de la cortina, alguien que parecía una mujer, gritaba de dolor.
Cuando llamaron a la puerta, se oyó que corrían la cortina. Apareció un hombre joven y desgarbado, con la espalda encorvada y el ceño fruncido. Al ver a su visitante, el hombre exclamó:
—Lady Alice, ¡Gracias a Dios que habéis recibido mi mensaje!
A pesar de que tenía un acento marcado, Jasper fue capaz de comprender sus palabras.
La monja se movió para dejar la cesta en el suelo de tierra y colocó las manos frente al fuego un instante.
—¿Va todo bien con Bertha, Ulf?
La persona que estaba detrás de la cortina, supuestamente Bertha, gritó de nuevo. Dos niños pequeños, un niño y una niña, salieron de entre las sombras y se colocaron junto al joven.
—Os pido disculpas por no haber venido antes —dijo la monja.
—Lady Alice, por favor… —el joven la tomó de la mano para guiarla, demostrando con su manera de actuar que la orden del convento de St. Anne no era de clausura.
«Es extraño que se dirija a la monja llamándola lady», pensó Jasper. Sin duda, las viejas costumbres prevHaroldían durante mucho tiempo, sobre todo si aquel hombre la había conocido antes de que ella se metiera a monja.
Tras oírse una serie de gemidos y jadeos, lady Alice se metió tras la cortina.
—Bertha, cariño, ¿cómo te encuentras? —oyó Jasper.
Se oyó un murmuro a modo de respuesta. Otro gemido.
Entonces, la monja habló de nuevo. Jasper sólo comprendió las palabras Ulf, y luz. Al instante, Ulf salió de detrás de la cortina y sacó una vela de una caja. Después, Jasper oyó que le pedían agua en sajón.
Ulf entregó un cubo a los niños y regresó junto a la cortina. Cuando lo echaron de allí, agarró un taburete y se sentó. Tenía los dedos entrelazados con tanta fuerza, que Jasper podía ver el brillo de sus nudillos. Ulf miraba fijamente hacia la cortina y se mordisqueaba los labios. Cada vez que se oía un grito, él se encogía.
A pesar del abismo que había entre ellos, Jasper tenía un cierto sentimiento de camaradería hacia aquel hombre. Si María no hubiera fallecido durante su embarazo, él habría tenido que pasar por la misma situación que estaba pasando aquel hombre. Sin embargo, el dolor que había sufrido había terminado. Quizá Peter bromeara acerca de que él quisiera encontrar el amor en su nueva prometida, pero Jasper no era tan ambicioso. Afecto, sí. Respeto, por supuesto. Deseo… ¿por qué no? Pero ¿amor?
Ulf había empezado a morderse las uñas, y miraba con desesperación hacia la cortina.
«¿Amor?» Jasper negó con la cabeza. Nunca más. Había sufrido lo bastante como para que le durara varias vidas…
Más gemidos. Jadeos. Un grito. Un murmullo. Y así. Ulf con las manos entrelazadas.
Los niños regresaron con un cubo de agua y la vertieron en una olla para ponerla al fuego.
Más gemidos. Más jadeos.
Jasper estaba a punto de retirarse para ir a buscar a Peter con la intención de entrar en el convento cuando un sonido nuevo llamó su atención. El llanto de un recién nacido.
—¡Ulf!
La monja Alice apareció de detrás de la cortina con una sonrisa. Se había quitado la capa y el velo, y se había arremangado el hábito. Por primera vez, Jasper pudo verle la cara.
Era una mujer extraordinariamente hermosa, con ojos grandes, mejillas sonrosadas y rasgos normales, pero era su cabello lo que hizo que se le cortara la respiración. Sor Alice tenía el cabello muy largo y, a la luz del fuego, parecía castaño. Normalmente, las monjas llevaban el cabello corto, pero aquella no. Una trenza gruesa y brillante caía sobre su hombro.
Jasper experimentó un sentimiento de nostalgia y frunció el ceño, sorprendido de que una monja provocara en él una atracción tan poderosa.
Con un gesto de impaciencia, casi como si supiera que Jasper la estaba mirando, sor Alice se retiró la trenza del hombro y estiró la mano. Jasper no tuvo dificultad para adivinar el significado de sus palabras.
—Vamos, Ulf. Ven a conocer a tu nuevo hijo.
Con cara de alivio, Ulf se metió detrás de la cortina y la cerró.
La monja de cabellos oscuros se acercó a hablar con los niños que estaban junto a la chimenea. Debió de preguntarles algo acerca de la comida, ya que la niña asintió y le mostró una hogaza de pan y una olla con caldo.
La monja sonrió de nuevo y, tras recoger su velo, se lo puso de nuevo. Jasper la observó y tuvo que contenerse para no protestar por el hecho de que ocultara al mundo aquella preciosidad.
Cuando la monja terminó de vestirse y se puso la capa sobre los hombros, Jasper ya se había marchado, enfadado consigo mismo por cómo había reaccionado al verla. Retrocediendo por el sendero que había detrás de las casas, regresó junto a su tropa.
No había descubierto nada acerca de su prometida errante, lady Bella Brandon, pero sí que necesitaba mejorar su dominio de la lengua inglesa. Cómo podría convertirse en noble si ni siquiera podría conversar con su pueblo. Ya muy cerca del bosque, negó con la cabeza, como si quisiera borrar de su mente la imagen persistente de una monja con una preciosa cabellera oscura.
Empezaba a anochecer cuando Jasper y Peter se dirigieron a caballo hasta la verja del convento. En el mes de noviembre los días eran muy cortos, y eso significaba que Jasper y sus hombres tendrían que pedir permiso para pasar la noche allí.
Jasper tenía el corazón acelerado. Era la primera vez que hacía una incursión en el terreno de las mujeres de alta alcurnia, ya que él procedía de una familia humilde y María sólo era la hija de un mercader. Estaba nervioso porque sabía que su futuro en Wessex dependía del resultado de lo que allí sucediera, igual que sucedió cuando se unió a sus compañeros bretones en Hastings.
—¿No puedo convencerte para que te quites la malla, Peter? —preguntó Jasper—. No has de temer que te claven un puñal en las costillas. Estamos en tierra sagrada.
Peter negó con la cabeza.
—Asustarás a las mujeres…
—Lo dudo —dijo Peter, desmontando del caballo—. Las monjas pueden ser unas arpías… como yo bien sé.
Jasper llamó a la puerta.
—¿Por qué?
Peter se encogió de hombros.
—Mi madre. Cuando mi padre la dejó para casarse con Eleanor, mi madre se fue a un convento. Se llevó a mi hermana Elizabeth con ella. Cuando iba a visitarlas, Elizabeth me lo contaba todo. Créeme, Jasper, en los lugares sagrados suceden cosas impías.
Jasper le habría hecho más preguntas pero, en ese momento, se abrió el ventanuco de la puerta y se encontró mirando el rostro arrugado y los ojos marrones de la tornera.
—¿Sí? —preguntó ella, mirándolo con recelo.
—¿Habláis francés, hermana?
—Un poco.
—Soy enviado del duque y necesito hablar con la superiora.
—Cuando habláis del duque, ¿os referís al bastardo normando?
Jasper contuvo la respiración. Era cierto que William de Normandía era bastardo, su madre era la hija de un curtidor que había captado la atención del duque, pero pocas personas se atrevían a llamarlo así. Le resultaba sorprendente oír aquella palabra en boca de una religiosa. Miró a Peter.
—Te lo dije —murmuró Peter—. Aquí podríamos encontramos cualquier cosa. Nos odian. Todo este país nos odia.
Jasper apretó los dientes. El duque le había encargado que se asegurara de que en aquella parte de Inglaterra se mantuviera la paz y, por muy difícil que fuera, haría todo lo posible por no decepcionarlo.
—Ya veremos. Fue el rey Harold quien rompió el juramento, no nuestro señor, por muy bastardo que sea —miró a la monja fijamente—. El duque William es mi señor feudal, y debo hablar con vuestra superiora.
La monja miró hacia las nubes que había al oeste, tras las cuales el sol estaba bajando hacia el horizonte.
—Es casi la hora de las vísperas. La madre Heidi estará ocupada.
—No obstante, hermana, hablaré con la superiora. Estoy buscando a lady Bella de Brandon, y me han informado de que ha venido a St Anne.
El rostro desapareció y tras cerrarse el ventanuco, se oyó descorrer un cerrojo. Al momento, se abrió la puerta despacio.
—Por aquí —dijo la monja, y a pesar de que no dominaba el francés, su voz denotaba ironía.
Jasper y Peter la siguieron hasta una pequeña habitación donde los hicieron esperar un rato.
—Como temía —dijo Peter—, las dulces hermanas son unas arpías.
El frío del invierno traspasaba el suelo de tierra y sólo una vela iluminaba el lugar. Junto a ella, sobre la mesa, también había una campanilla. Jasper sentía lástima por las monjas que debían pasar toda su vida allí. Si el resto del convento era como aquella habitación, el lugar sería frío, húmedo y lúgubre.
Al cabo de un momento apareció una monja oronda que llevaba las manos ocultas en las mangas del hábito. Sus ropas eran de color morado, en lugar de color negro. Llevaba una cruz oscura colgada del pecho, adornada con gemas de colores. Evidentemente, dentro de aquel convento no todas las monjas vivían haciendo penitencia. Aquella mujer, por su vestimenta, era de una familia noble sajona y no parecía privarse de nada.
Jasper dio un paso adelante.
—¿Madre Heidi?
—Señor —contestó la madre superiora en sajón.
—Me llamo Whitlock —dijo Jasper—, y he venido en busca de lady Bella de Brandon. Tengo que acompañarla de regreso a Brandon Hall.
La madre superiora miró a Jasper y después a Peter, reparando en la cota de malla que él llevaba. Después, miró de nuevo a Jasper y asintió. Forzó una sonrisa pero no dijo nada.
—¿Lady Bella de Brandon? —repitió Jasper con paciencia—. ¿Está aquí?
Estaba gastando saliva inútilmente. Era como si la superiora no pudiera oírlo. Aunque continuaba asintiendo y sonriendo, su postura era rígida y su sonrisa forzada. Además, miraba a Peter fijamente.
—Tiene miedo —dijo Jasper.
—Sí —contestó Peter.
—Deberías avergonzarte por asustarla. Te lo dije, Peter, no les gusta que lleves puesta la cota de malla.
Sin arrepentirse, Peter sonrió bajo el yelmo. La superiora dio un paso atrás.
—No comprende ni una palabra de lo que estás diciendo —dijo Peter.
Jasper blasfemó en voz baja y miró a la superiora.
—No estoy tan seguro —murmuró—. Puede que trate de ponernos obstáculos —dio un paso adelante, hacia la monja—. Lady Bella de Brandon… ¿Está aquí?
La madre superiora miró a Jasper durante un instante, agarró la campanilla y la hizo sonar. Inmediatamente, la guardesa del convento apareció en la puerta.
Las mujeres intercambiaron unas palabras en inglés, de entre las cuales, Jasper sólo fue capaz de comprender una.
«Alice». La imagen de una mujer delgada con una larga trenza oscura apareció en su cabeza.
La guardesa se apresuró para salir de la habitación. Al cabo de unos momentos, se oyeron pasos en el pasillo. Se abrió la puerta y entró una monja muy joven con una lámpara en la mano.
Jasper sintió un nudo en el estómago.
Alice.
Al lado de la vestimenta de la superiora, su hábito no era más que una tela fina, y la cruz, un simple adorno de madera. Sin embargo, el porte de sor Alice haría que la aceptaran en cualquier lugar ya fuera un castillo o un establo. Era delgada y caminaba derecha, con la cabeza bien alta, pero sin desdén.
Jasper se fijó en lo joven que era, y en que ni el griñón, ni el velo, ocultaban su belleza. De rasgos finos, cejas arqueadas, nariz pequeña, labios curvados. Sus ojos azules cubiertos por densas pestañas…
Con la respiración entrecortada, Alice entró en la habitación.
Aunque la madre superiora no le caía bien, siempre obedecía sus deseos, ya que la madre Heidi tenía un temperamento variable y un poder absoluto sobre sus inferiores. Tras hacerle una pequeña reverencia, Alice se volvió hacia los dos hombres. Uno de ellos debía de ser el caballero bretón del que le había hablado Bella. La idea de que aquel hombre hubiera participado en la muerte de su padre y de su hermano hizo que se le formara un nudo en el estómago. Al sentir que una fuerte emoción se apoderaba de ella, trató de controlarse.
Al ver que uno de los hombres llevaba puesta la cota de malla, sintió un sudor en la espalda. Puesto que llevaba el rostro oculto tras el yelmo, ella era incapaz de ver su expresión. Pero por su postura, parecía un hombre seguro de sí mismo. Aquél debía de ser sir Jasper Whitlock.
Tratando de que no le temblaran las manos, Alice se contuvo para no salir corriendo y dejó la lámpara sobre la mesa. Una simple mirada al acompañante del caballero bastó para que lo catalogara como su escudero. Sí, sin duda era el escudero. Por eso llevaba una túnica de cuero y no llevaba armadura.
El escudero era tan alto como el caballero, y muy atractivo. También era educado, puesto que cuando sus miradas se encontraron, él hizo una reverencia. Al ver que la llamaba lady Alice, murmurando, ella se sorprendió. Sólo los habitantes del pueblo, como Ulf, la llamaban por su viejo título. Dentro del convento la llamaban novicia, o simplemente, Alice.
—Alice, hacedme de traductora, por favor —dijo la madre superiora en inglés—. Estos hombres han venido por orden del duque normando…
Alice estuvo a punto de protestar, ya que la madre Heidi hablaba francés casi tan bien como ella. La madre Heidi también provenía de una familia noble, y aunque no tuviera una madre normanda, como Alice, entre la aristocracia anglosajona se comprendía bien el francés normando.
«Tranquila, Alice», se dijo. «Piensa en el pequeño Emmett, quien necesita tu ayuda. Estos hombres son la manera que tienes de llegar a él. Deja a un lado el temor, la rabia, y los sentimientos de venganza. Sea como sea, debes conseguir que estos hombres te ayuden a cuidar del pequeño Emmett. Eso es lo que importa…».
—Como deseéis, madre Heidi —Alice entrelazó los dedos y se obligó a sonreír al caballero.
Su escudero dio un paso adelante.
—Lady…, es decir, hermana Alice… Estamos buscando a Bella de Brandon. Mis hombres me han dicho que está aquí. Me gustaría hablar con ella.
El escudero se acercó a ella un poco más. Alice quien en los cuatro años anteriores había tenido escaso trato con hombres, aparte de alguno de los habitantes del pueblo, como Ulf, encontró desbordante su presencia. Tenía los ojos verdes, y era difícil apartar la vista de él. Su rostro, de rasgos marcados, era agradable pero perturbador. Llevaba el cabello corto y, como la mayoría de los normandos, iba recién afeitado. La mayoría de los habitantes de su pueblo llevaban barba y cabello largo. Alice pestañeó al ver que bajo la capa se ocultaban unas anchas espaldas. Y su boca… ¿qué hacía mirándole la boca?
Al percatarse de que él la miraba con la misma intensidad, Alice se sonrojó.
—¿Bella Brandon? —dijo Alice despacio—. Me temo que llegáis demasiado tarde.
—¡Diablos!
La madre Heidi lo miró fijamente y Alice se mordió el labio inferior, esperando a que la superiora reprendiera al escudero por haber blasfemado. Sin embargo, la madre Heidi no dijo nada y continuó fingiendo que no hablaba francés.
El escudero miró fijamente a la madre superiora y Alice se percató de que él sabía tan bien como ella que hablaba francés. El caballero permanecía un poco más atrás, apoyado contra la pared de madera, aparentemente satisfecho de que su escudero hablara por él.
—¿Ha mencionado lady Bella a dónde se dirigía? —preguntó el escudero.
—No —la mentira salió de su boca con facilidad. Alice tendría que hacer penitencia por ello. Estaba dispuesta a hacer cualquier tipo de penitencia con tal de que aquel caballero no encontrara a su hermana. Y si pudiera hacer algo para asegurar que su hermanito también estuviera a salvo…
—¿No tenéis idea alguna? —preguntó el escudero—. Lady Bella os habrá dicho algo. Pensé que quizá tuviera alguna pariente aquí. ¿A quién vino a visitar? Me gustaría hablar con ella.
Alice lo miró directamente a los ojos.
—Vino a visitarme a mí.
—¿Y eso por qué?
—Porque lady Bella de Brandon es mi hermana, y…
—¿Vuestra hermana? —la agarró por la muñeca—. Pero… Yo… No sabíamos que tuviera una hermana.
Tratando de liberarse, Alice miró disgustada al caballero que estaba apoyado contra la pared, y que actuaba como si todo lo que estaba sucediendo no tuviera que ver con él.
—¿Acaso os sorprende que vuestro duque no tenga un conocimiento adecuado de las tierras que ha invadido y de su gente? —contestó ella. Se mordisqueó el labio, consciente de que si quería encontrar la manera de proteger a su hermano, no debía enfrentarse a aquellos hombres—. Bella también tenía un hermano —dijo con tono moderado—. Hasta la batalla de Hastings. Ambas lo teníamos —observó los dedos que le rodeaban la muñeca—. Me hacéis daño.
El escudero dio un paso atrás y la soltó.
—Os pido disculpas —la miró a los ojos—. Y siento la muerte de vuestro hermano.
—Y la de mi padre… ¿Sentís esa muerte también?
—Sí… La muerte de cualquier buen hombre es una pérdida. Oí que vuestro padre y vuestro hermano fueron hombres leales. Puesto que murieron en Caldbec Hill, defendiendo a su señor, no cabe ninguna duda.
—Oh, fueron leales —dijo Alice, y trató de disimular el tono de amargura de su voz—. Pero ¿qué valor tiene la lealtad cuando se está muerto? —las lágrimas se agolparon en sus ojos y se volvió para tratar de recuperar la compostura.
—Quizá —dijo el escudero—, deberíais culpar a Harold de Wessex por lo que sucedió en Hastings. Fue él quien hizo un juramento solemne al duque William acerca de que la corona de Inglaterra debía pertenecer a Normandía. Fue él quien faltó a su palabra. Fue su deshonra. Lo que sucedió después yace a las puertas del invasor Harold y no a las de mi señor, William.
Puesto que la madre Heidi tenía la costumbre de guardarse para sí las pocas noticias que llegaban al convento, el conocimiento de Alice acerca de lo que sucedía en el mundo era limitado y apenas comprendía lo que el escudero estaba diciendo.
Se fijó en cómo el caballero se separaba de la pared, se quitaba los guantes y el yelmo. Después, retiró la cota de malla, dejando su cabello castaño al descubierto, y sonrió. El caballero responsable de la muerte de sus familiares se encontraba delante de ella. Igual que su escudero, era un hombre joven, quizá no tan atractivo, pero bien favorecido…
Alice jugueteaba con el cordón de su cinturón mientras observaba su transformación y, de pronto, recordó lo que Bella le había sugerido en broma. No era una idea que le hiciera demasiada ilusión, puesto que, de poder elegir, ella habría elegido al escudero.
Las palabras de Bella todavía retumbaban en su cabeza.
«Sir Jasper Whitlock… Y te lo cedo, porque yo no lo quiero». ¿Podría hacerlo? «Por mí, no», pensó Alice, mirando al caballero. Pero ¿por su hermano y por el pueblo de su padre? Enderezó los hombros.
Lo haría. Por su hermano… Debía hacerlo…
—Apresuraos, Alice —intervino la madre Heidi en inglés—. Cuanto antes se marchen estos indeseables, mejor.
—Sí, madre —dijo Alice con tono sumiso. Pero no tenía prisa, puesto que con cada minuto que pasaba, Bella tenía más tiempo para escapar.
El escudero la miró con sus ojos verdes y el ceño fruncido.
—¿Vuestra hermana no os dijo a dónde se dirigía?
—No.
—¿Juraríais eso sobre la Biblia?
—Sobre la tumba de mi padre —Alice forzó una mentira.
El escudero se volvió y miró al caballero esbozando una sonrisa.
—Peter, amigo mío, parece que mi futura prometida se ha esfumado.
Alice contuvo la respiración y miró al hombre que estaba más cerca de la pared.
—No… ¿No sois sir Jasper?
—Yo no —el caballero miró al hombre que Alice había confundido con el escudero—. Sir Jasper Whitlock está a vuestro lado, hermana Alice. Yo me llamo Peter… sir Peter de Asculf.
—Oh —Alice tragó saliva. Sonrojada, recordó su plan. Su corazón comenzó a latir con fuerza, algo que no había hecho cuando había pensado en sir Peter—. Os pido disculpas, sir Jasper. Os he confundido… Pensé que sir Peter erais vos, puesto que llevabais la cota de malla y…
Sir Peter soltó una carcajada.
—Por Dios, Jasper, eso te enseñará a no quitarte la armadura. ¡Te ha confundido con mi escudero!
—Os pido disculpas, señor —dijo Alice, deseando que se la tragara la tierra. Miró a sir Jasper y comprobó que la miraba divertido. La mayoría de los hombres, habrían considerado un desaire su confusión. Respiró hondo y continuó—. Sir Jasper, tengo una sugerencia…
—¿Sí?
Alice entrelazó los dedos y agachó la cabeza.
—Me preguntaba… —se aclaró la garganta—. Necesitaréis un intérprete, puesto que mi hermana no está en casa. No hay mucha gente que hable vuestro idioma… y mi madre, mi difunta madre, era de origen normando.
Sir Jasper se cruzó de brazos.
—Me preguntaba… —Alice miró a la madre Heidi—. ¿Si consideraríais la opción de llevarme a mí? Conozco a la gente de Brandon, y confían en mí. Podría mediar…
El hombre que su hermana había rechazado permaneció en silencio y la miró con detenimiento.
—¿La madre Heidi lo permitiría? ¿Qué hay de vuestros votos? ¿De vuestros deberes en el convento?
—Todavía no he tomado los votos definitivos. No soy más que una novicia.
—¿Una novicia?
—Sí, señor. Lo veis… Mi hábito es de color gris, no de color negro. Mi velo es corto y mi cinturón todavía no está anudado para simbolizar los tres votos.
—¿Los tres votos?
—El de pobreza, el de castidad y el de obediencia, señor.
Él estiró la mano y la sujetó por la muñeca.
—¿Y estaríais dispuesta a regresar a Brandon Hall para hacer de intérprete?
—Si la madre Heidi me lo permitiera.- Jasper Whitlock sonrió y Alice sintió un nudo en el estómago. Debía de ser hambre. Se había saltado la comida del mediodía como penitencia por haber roto el retiro espiritual, y después, mientras atendía a la esposa de Ulf, no había tenido tiempo. Estaba hambrienta.
—La madre Heidi lo permitirá —dijo él, con la seguridad de un hombre acostumbrado a que obedecieran sus órdenes.
No del todo satisfecha con el acuerdo, Alice respiró hondo. Pensó en aquellos soldados aterrorizando a los habitantes de su pueblo, descubriendo al pequeño Emmett. Puesto que sus padres habían fallecido y Bella no estaría allí, ¿quién iba a protegerlo? El miedo y la tensión se apoderaron de ella.
—Una cosa más, señor…
—¿Sí?
—Puesto que mi hermana se ha marchado, me preguntaba… Me preguntaba… —se sonrojó al pensar en lo que estaba a punto de decir.
—¿Sí?
—Yo… Yo… Me preguntaba si me tomaríais a mí en su lugar.
—¿En su lugar? —frunció el ceño y le soltó la muñeca.
Alice dejó de mirarlo y bajó la vista al suelo.
—Sí, sir Jasper, me preguntaba si os complacería tomarme a mí como esposa en lugar de a Bella.
Durante un momento, todos permanecieron en silencio.
—¡Alice! ¡Por favor! —exclamó la madre superiora, olvidándose de que había fingido no saber francés.
Sir Peter soltó una carcajada.
Jasper Whitlock dio un paso atrás, y Alice se percató de que la propuesta de matrimonio lo había pillado desprevenido.
Durante un largo instante, él la miró a los ojos, como si Sir Peter y la madre superiora no estuvieran allí. Ella se contuvo para no enfriarse las mejillas con el dorso de la mano, y se esforzó para no desviar la mirada. Jasper inclinó la cabeza y la sujetó de nuevo por la muñeca.
—Madre Heidi —dijo él, volviéndose hacia la superiora—. Necesito a esta mujer. Y, puesto que todavía no ha pronunciado los votos, deduzco que no habrá ninguna objeción.
Alice se fijó en los dedos que la sujetaban y reparó en las callosidades provocadas por la espada. El corazón le latía con fuerza, y era consciente de que Jasper Whitlock no se había dignado a contestar a su propuesta.
No se casaría con ella.
Él la miró y le preguntó:
—¿Estáis segura de querer regresar con nosotros para hacer de intérprete?
—Sí, señor —contestó, percatándose de que aquélla era la única respuesta que él iba a darle. Deseaba que fuera su intérprete.
Él esbozó una sonrisa y aflojó los dedos sobre su muñeca.
—Muy bien.
Alice le devolvió una sonrisa, contenta porque al menos podría conocer a su hermano.
—¡Novicia Alice! ¿Es que no tenéis decoro? Que una hija menor y sin dote, que lleva cuatro años preparándose para convertirse en una esposa de Cristo, os ofrezcáis con ese descaro… —indignada, la superiora miró al caballero que estaba junto a Alice—. Sir Jasper, perdonad su impertinencia. Sólo puedo decir que aún es joven. Hemos intentado domar el carácter entusiasta de Alice Brandon y creía que habíamos hecho algún progreso, pero… —la madre superiora se dirigió a Alice—. Debéis dejarnos a solas, novicia. Y será mejor que hagáis penitencia de rodillas por haberos comportado de manera impertinente ante sir Jasper. Repetid el Ave María veinte veces, y aseguraos de no comer pescado este viernes. Tomaréis pan y agua hasta que os arrepintáis de vuestras palabras.
Alice se movió para marcharse, pero Jasper Whitlock no le soltó la muñeca.
—Sir… —Alice trató de liberarse.
—Un momento —dijo él.
La madre Heidi gesticuló con impaciencia.
—La joven no tiene dote, señor.- Alice se irguió con un respingo de orgullo e intervino.
—Sí la tuve. Recuerdo muy bien que mi padre os donó un cofre con monedas de plata.
—Lo invertimos en algunas mejoras de la capilla y de la valla que serviría para evitar que entraran extraños —dijo con veneno en la voz—. Ya veo que no nos ha servido de nada.
—Y la cruz del altar —añadió Alice—. Mi padre también la donó —alzó la barbilla y miró a la superiora a los ojos.
Sir Jasper se colocó delante de ella y le susurró.
—¿No tenéis dote?
Alice sintió que se le aceleraba el corazón.
—Tranquilizaos —murmuró él y la soltó. Con cuidado, le desabrochó y le quitó el velo.
Ningún hombre le había tocado jamás la vestimenta y Alice, azorada, tragó saliva y dejó que él le soltara también el griñón. Sir Jasper llevó la mano tras su cuello y le agarró la trenza, colocándosela sobre el hombro.
Alice se estremeció, avergonzada.
La madre superiora los miró enojada, e incluso sir Peter protestó.
—Jasper…
Pero Alice sólo tenía ojos para el hombre que tenía delante, el hombre que le acariciaba el cabello con la mirada de sus ojos verdes. A pesar de que él ni siquiera la rozaba, ella apenas podía respirar.
—No tenéis dote —repitió él, sin dejar de mirar su cabello—. Pero tenéis suficiente riqueza para cualquier hombre.
—¡Sir Jasper! —la madre superiora dio un paso adelante—. Basta ya de bromas indecorosas. ¡Soltad a mi novicia inmediatamente!
Él levantó las manos para mostrarle que no estaba sujetando a Alice, sin apartar la mirada de la joven.
Durante un instante, Alice se sintió halagada. No podía entender que un caballero bretón, un invasor, pudiera considerar tomar como esposa a una mujer sin dote. Un hombre como aquél debería esperar que el matrimonio aumentara su riqueza.
Al ver que ella seguía mirándolo, él esbozó una sonrisa. Después dio un paso atrás y Alice pudo respirar de nuevo.
La expresión de la superiora habría asustado al demonio. Alice no sabía qué pasaría con ella, pero no le importaba, ya que en los ojos de Jasper Whitlock veía que él la llevaría a Brandon.
¡Regresaría a casa!
Y no sólo podría asegurarse de que alguien cuidara de su hermano, sino que vería Brandon otra vez. De pronto, se le humedecieron los ojos. Brandon Hall no sería lo mismo sin su familia, pero volvería a ver a Esme y a Carlisle, y a Edmund y a Wat. Y Loki, el sabueso de su padre ¿seguiría vivo? ¿Y su poni, Cloud?
La idea de recorrer de nuevo los campos y los bosques donde Bella, Felix y ella habían jugado de niños, hizo que sintiera una fuerte presión en el pecho. Pestañeando, y confiando en que el caballero bretón y su acompañante no hubieran notado su debilidad, Alice permaneció dócilmente a su lado.
—¿Cuánto tiempo necesitaréis para poder marchar? —le preguntó el caballero. Antes de continuar, miró a la superiora—. Como mi intérprete.
—Pero, sir Jasper —la madre Heidi miró hacia la puerta y vio que había oscurecido—. El sol ya se ha ocultado. ¿Cabalgaréis durante la noche?
Él esbozó una sonrisa.
—Madre Heidi, ¿nos estáis ofreciendo vuestra hospitalidad? Estoy de acuerdo en que está demasiado oscuro para viajar esta noche…
—Bueno, no… Quiero decir, sí… Por supuesto.
Alice nunca había visto a la madre Heidi tan descompuesta, y tuvo que contener una sonrisa.
—He venido con una docena de hombres, además de sir Peter y de mi persona.
—Podéis quedaros en esta habitación —dijo la madre superiora con tono cortante—. ¿Alice?
—¿Sí, madre?
—Ocupaos de lo que necesiten —le ordenó con una gélida mirada—. Y, sir Jasper, aseguraos de que os marcháis con vuestra gente antes de que la campana llame a la primera oración de la mañana. Esto es un convento, no una hospedería. Sir Jasper, podéis dejar vuestro donativo en el cepillo que hay en la capilla.
Agarrándose las faldas del hábito, como si temiera que le contagiaran algo, la madre superiora salió de la habitación.
—¡Santo cielo, qué mujer! —dijo sir Peter, mientras dejaba el yelmo sobre la mesa—. Como si quisiéramos quedarnos en este agujero más tiempo del necesario.
Sir Jasper se pasó la mano por el cabello.
—Sí. Pero es mejor pasar aquí la noche en lugar de arriesgarnos a viajar en una noche sin luna.
Alice recogió del suelo su velo y su griñón y se dirigió a la puerta con timidez.
—Iré a buscar leña para encender el fuego, y pediré que os traigan la cena.
Tras esas palabras, Alice salió de la habitación. Nunca había conocido a un hombre como aquél, pero era cierto que, recluida en el convento, no había conocido a muchos hombres. Mientras cerraba la puerta, recordó que al día siguiente se marcharía de allí. Podría cuidar de su hermano y, con un poco de suerte, podría entretener al caballero para que no buscara a su hermana. Al recordar cómo la había sujetado, se frotó la muñeca y frunció el ceño.
Sir Jasper Whitlock no era un hombre que cediera con facilidad pero, por el bien de su hermana, Alice confiaba en que él se olvidara de Bella para que ella tuviera tiempo suficiente para escapar.
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Hola… ¡ay pobrecito Jasper! Se le murió la mujer, pero bueno ahora veremos que sigue, ¿Por qué no encontró a Bella jeje? Nos vemos en el siguiente…¡Ay Alice se va a "sacrificar" por su hermana jeje! No pus a mi me gustaría sacrificarme asi jeje, y para que vean que no todas las monjitas son buenas…
Nos leemos en el siguiente
