Sus pequeñas manitas se sacudían de un lado a otro, frotándose mutuamente en una pura muestra de nerviosismo.
¿Y cómo no estar nervioso?
Toda su –corta– vida la había pasado dentro de las seguras puertas de su hogar, con su amorosa madre velando por él todos los días, mientras su padre se hallaba en el extranjero, enviando periódicamente los ingresos para mantener a su amada familia.
Pero ahora ya no estaba en su zona de confort.
Siendo guiado por la suave mano de Inko en su diminuta espalda, Izuku era carcomido por la inseguridad de si estaba bien o no estar allí.
Porque entendía que a ese jardín no iba cualquier persona.
Muchas veces su madre le había dicho genio, y ciertamente, le agradaba la sensación de ser apreciado. Pero de eso a compartir con verdaderos genios…
— ¿Izu-kun? —La dulce voz de su madre detuvo aquel murmullo que, sin percatarse siquiera, había comenzado. Una maña pasajera será, pensó la mujer, sin saber lo errada que estaba. —Ya llegamos.
Pareció tensarse hasta el cabello del pequeño, observando el edificio que se erguía frente a él.
Gracias a Dios, al entrar después de que el año escolar comenzara, no se había topado con ningún otro niño en la entrada, aunque eso significase tener que presentarse al ser la excepción del momento.
—Ma… Mamá… —Balbuceó el pequeño, aferrándose repentinamente a la mano de su progenitora.
La respuesta de ella fue una sonrisa conciliadora, buscando darle la seguridad que sabía, él no tenía.
—Todo estará bien.
Apenas alcanzó a decir eso y ambas puertas se abrieron, logrando que ambos se sobresaltaran. Izuku miraba con terror al hombre desaliñado que tenía en frente, su madre se hallaba desconcertada ante la mala presentación del profesor, a pesar de tener tan buena fama.
Por su parte, al joven profesor no podía darle más igual lo que pensara cualquiera de los dos respecto a él. Su única preocupación actual era que cada vez dormía menos.
— ¿Midoriya Izuku? —Preguntó entonces, con una voz rasposa que logró sacar de su transe a ambos de cabellera verdosa.
—… Es mi hijo. —Respondió finalmente Inko, dándole un par de palmaditas en los hombros al nombrado.
—Me imagino. —Observó a la madre primero, y luego al hijo, posando entonces su mirada en la información que tenía en la carpeta que le habían dado. —Bien, Izuku, obtuviste excelentes resultados escritos, pero no tan buenos en el área deportiva.
—No es su fuerte. —Excusó de inmediato la madre.
—Se supone… —Irrumpió nuevamente el profesor, haciendo sonar un tanto más grave su voz. —Que tendrías que entrar al curso B por ser mediados de año, pero como aún hay vacantes… —Oh, genial, tendría que cuidar otro crío más. —Correspondes a mi grupo.
— ¿Su grupo? —Preguntó un tanto desconfiada.
—Cierto. —Recordó no haberse presentado. —Aizawa Shōta. —Estiró su mano con tal de estirar la ajena, en un saludo formal.
Mientras Izuku seguía en medio de ambos, sin entender del todo de dónde había salido ese señor que parecía ser mago nivel 5, según su imaginación. Tampoco tuvo tiempo de preguntarlo, pues tras su madre y él intercambiaron un par de palabras, llegaron aquellas que tanto miedo le causaban.
—Bien, es hora de entrar al salón, los chicos deben estar despertando.
Izuku volvió a tensarse.
— ¿Despertando? —Inko se halló sorprendida.
—Es demasiado temprano como para que sirvan de algo, toman una siesta al llegar. —Explicó simplista Aizawa, encogiéndose de hombros, y ya girándose con levedad para comenzar el rumbo al que era el salón estrella.
Pero el pequeño en cuestión no se movía.
Es más, parecía querer llorar.
—No… No quiero… —Rezongó Izuku, mientras por su cuerpecito leves temblores se extendían.
—Oh, Izu-kun. —Inko ya no sabía qué hacer. Desde que le había dicho a su retoño que lo llevaría allá, lejos de la respuesta animada que esperaba, había recibido un alarido y ganas de encerrarse de por vida. —Vamos, es hora de que mamá se vaya. —Trataba de que le soltara, siempre sin forzarlo.
Aunque esos sutiles intentos de la madre por alejar a su hijo eran tan en vano como intentar mantener un helado intacto en verano.
—No quiero, en serio que no. —Seguía balbuceando Izuku, en lo que Aizawa se impacientaba. No podía dejar a esos críos sin supervisión.
—Señora Midoriya. —Entonó el profesor. —Necesitamos irnos. Ahora.
Inko captó la urgencia, hincándose al nivel de la estatura del pequeño.
—Escucha Izuku, sólo inténtalo, ¿Sí? ¡Por…—estuvo a punto de ocupar ese chantaje emocional, pero no quería hacerle eso a su pequeño por lo cual, optó por ocupar a su ídolo— por All Might!
Y el pequeño Izuku se perdió tras las puertas del jardín más excepcional del país.
