Venga va... la segunda parte.
Aviso de que es más larga que la anterior y que hay más texto de lo normal (raro en mí, lo sé, lo sé)
Enjoy!
Clarice caminaba varios metros por delante de Ardelia; la conversación con Crawford la había alterado demasiado y no quería exaltarse con su amiga.
Las celdas estaban completamente en silencio; tras la juerga de la pasada noche, todos habían aprendido la lección y ni uno de los reclusos de la mazmorra se atrevió a mirarlas cuando atravesaron el pasillo.
A diferencia del resto de las visitas, la celda de Hannibal se encontraba completamente a oscuras. Clarice se paró frente a la puerta blindada mientras que su amiga prefirió quedarse fuera de la zona de visión del doctor, aunque eso no fuera problema para él a la hora de notar su presencia.
—Veo que hoy viene acompañada, Clarice —su suave voz sonó desde el fondo de la celda—. ¿Tiene miedo Jackie Boy de dejarla sola conmigo una vez más?
—Ardelia me ayudará a elaborar su perfil, doctor Lecter. Espero que no le importe —respondió ella.
—¿Acaso debería molestarme su presencia, Clarice? ¿Su amiguita es una perra guardiana a la que Crawford ha encomendado la misión de protegerla? —preguntó Lecter. El tono de su voz sonaba más bajo de lo normal y Clarice entendió que debía encontrarse tumbado en la cama.
—Es una buena estudiante, doctor Lecter —dijo Clarice mirando a su compañera—. Me será de ayuda con el test que usted debe...
—¿Test? —preguntó él con cierto aire de despiste—. ¡Oh! ¡Por supuesto! Su test. Ese burdo instrumento con el cual quiere perfeccionarme.
—No es mi test —se apresuró a corregir Clarice. Lecter rió desde dentro de su celda.
—Por supuesto que no lo es —a pesar de la oscuridad, Clarice sabía perfectamente que Hannibal estaba mirándola fijamente en ese preciso instante—. Usted es muchísimo más inteligente que el agente que preparó esas preguntas.
—Doctor Lecter, anoche…
—Dejó olvidada su cartera, lo sé; pero lamento informarla de que no la tengo en mi poder. Chilton se hizo con ella cuando vino a verme esta mañana —segundos después, la luz blanquecina iluminó toda la celda. Hannibal cerró los ojos ante el repentino fogonazo y bajó la cabeza.
—Doctor Lecter… —Clarice lo había visto. Había tenido tiempo suficiente, antes de que Hannibal bajara la cabeza para ver los golpes de su cara. Tenía un pequeño moratón en el ojo derecho y varias marcas por las mejillas.
—Es el precio por hacer un favor a un cachorro federal —respondió sonriendo con amargura; clavando sus ojos en los de Starling.
Ardelia, quien al ver la claridad se había acercado a la puerta, miraba al doctor con la misma perplejidad que su amiga. Tanto el labio inferior como la ceja, estaban partidos y presentaban sendos regueros de sangre reseca, aun sin limpiar, que mostraban el camino que esta había tomado horas atrás.
—Doctor Lecter —repitió Clarice pegando sus manos a la puerta—. Hablaré con Chilton. Esto es…
—Agradezco su gesto, Clarice, pero dudo que sirviera para algo más que para otra tanda de tiernas caricias de Chilton.
—Pero esto no se puede consentir, doctor Lecter —Ardelia notó el tono de preocupación en la voz de su amiga y se alarmó al pensar que, quizás, los periódicos no iban tan desencaminados con sus burdas insinuaciones.
—Barney ha cuidado de mi de una manera muy eficiente. De no haberme sido denegado el acceso de agua en mi celda, estoy seguro que, incluso, me habría ayudado con las heridas.
—¿Le han cerrado el agua? —Hannibal no dijo nada. Clarice se giró hacia su amiga—. ¿Crees que esto es correcto?
—Clarice…
—¡Por amor de Dios, Ardelia! ¿Una institución psiquiátrica que maltrata a los reclusos? —respondió completamente fuera de sí.
—No sabemos que ocurrió, Clarice, pudo hacérselo él mismo —Hannibal se echó a reír y las dos chicas le miraron.
—Es obvio, futura y astuta agente Mapp, si no fuera por el hecho de que me hubiera resultado imposible realizarme ciertas lesiones. Por eso de la distancia de miembros y velocidad.
—Pudo hacérselas chocando contra cualquier elemento de la celda —repuso Ardelia dando un paso al frente—. La mesa, la estructura de la cama...
—¿Sin sacarme un ojo? Disculpe, pero, lo dudo —Clarice esbozó una leve sonrisa; ella estaba ya acostumbrada al mordaz tono del doctor. Ardelia por el contrario se sintió ofendida ante tan sutil ataque.
—Es médico. Usted mejor que nadie sabe que impacto es el necesario para… —respondió rápidamente tratando de ganar un punto en aquella batalla.
—Que sea médico y conozca modos de autoinfligirme daño no significa que desee hacerlo —dijo Hannibal con una gran sonrisa que hizo que la herida de la boca se abriera de nuevo—. No soy masoquista.
—Esas heridas tienen que ser curadas —dijo Clarice atajando la discusión—. Voy a buscar al doctor Chilton.
—Doctor… —musitó Hannibal entre risas.
—Ardelia, ¿haces el favor de avisar al enfermero de la entrada?
—Solo conseguirás otra bronca por parte de Crawford.
—No será necesario que ninguna de las dos acuda en busca de Barney —anunció Hannibal—. Este hombre parece tener un dispositivo; cuando se le menciona, aparece sin más —sonrió.
Las dos chicas seguían mirando al doctor cuando los pasos de Barney comenzaron a resonar por la galería. Clarice sonrió levemente y Hannibal la guiñó un ojo en respuesta.
—Señorita Starling, buenas tardes —saludó el hombre al llegar a la celda. Miró a Ardelia de arriba abajo y tras un breve examen, tendió su mano con una gran sonrisa—. Veo que tiene compañía esta tarde.
—Es mi compañera Ardelia Mapp. Me ayudará para agilizar el trabajo.
—Es un placer.
—Barney —Clarice se dirigió al enfermero una vez que este y Ardelia habían terminado de saludarse—. ¿Por qué el doctor Lecter tiene sangre en la cara? —el hombre parecía contrariado ante la pregunta de Clarice. Disimuladamente echó una ojeada a la cámara que apuntaba a la celda de Lecter y se giró para salir del campo de visión.
—Al doctor Lecter se le han restringido algunos privilegios.
—¿Puedo preguntar el motivo? —Barney negó.
—Eso deberá preguntárselo al doctor Chilton. Yo solo hago lo que me mandan.
—¿Le parece normal el trato que el doctor ha recibido? —Barney se mordió con fuerza los labios y apretó los puños hasta que los nudillos comenzaron a tornar blanquecinos.
—Traté de curar al doctor…
—¿Vio cómo se hizo esas heridas? —el enfermero miró el rostro de Hannibal.
—Cuando… —de nuevo su mirada se posó en la cámara; dio un par de pasos hacia su derecha y se apoyó contra la pared—. Cuando entramos en su celda para limpiar los restos de sangre de Jason, Chilton me pidió que atara al doctor y que saliera de la celda.
—¿Chilton se quedó a solas con Lecter?
—Al parecer, quería hablar con él sobre lo ocurrido con Jason y… con usted.
—Que considerado por su parte —respondió resoplando.
—Desconectó las cámaras.
—¿Y qué dijo después de abandonar la celda de Lecter? Porque es obvio que se dieron cuenta de que algo había ocurrido, ¿no?
—Él… —Barney dudó unos instantes.
—¿Si?
—Él dijo que el doctor Lecter le atacó —musitó tan bajo que la última palabra apenas fue audible para el resto.
—¿Disculpe, Barney? Creo haber oído que el doctor Lecter atacó a Chilton —Barney bajó la mirada avergonzado y asintió—. Atado a la camilla y todo, ¿le atacó?
—Eso dijo.
—Eso si es curioso —rió Ardelia.
—Hay que curar a este hombre.
—Lo siento, señorita Starling, tengo órdenes de…
—Avise ahora mismo a Chilton y dígale que si no quiere una investigación interna, proporcione material para curar las heridas del doctor Lecter.
—No deja que nadie entre… —Clarice se acercó peligrosamente al enfermero. A pesar de que este la sacaba varias cabezas, el hombre no pudo evitar sentirse intimidado por aquellos azules ojos llenos de furia.
—Nadie va a curar al doctor Lecter, señorita Starling. Si quiere, cuando sea trasladado al aeropuerto, puede llevarse tiritas y mimarle todo lo que desee durante el trayecto —Clarice se giró asqueada cuando escuchó la voz de Chilton. El hombre, con su petulante sonrisa dibujada en el rostro, permanecía parado frente a la celda de Sammy, fingiendo sacar brillo a uno de los barrotes.
—Abusar de un interno encadenado —respondió Clarice—. Eso quedará perfecto junto al diploma de doctor del que carece —Ardelia y Barney miraron sorprendidos a Clarice, y Hannibal, aunque en apariencia continuaba igual de calmado, no pudo sentir una punzada de orgullo al escuchar las palabras de la chica.
—Me he cansado de su insolencia y de sus visitas, señorita Starling. No veo que haya sacado más provecho que el de poner cachondo al buen doctor, y no creo que eso la valga para nada dada la situación, ¿cierto? —Chilton sonrió regocijado—. Al menos si tuviera posibilidad de un encuentro cara a cara sacaría algo de beneficio —saboreó la frase palabra por palabra; ni siquiera parpadeo. Clarice sacudió la cabeza y se cruzó de brazos.
—Se sorprendería usted de lo que se consigue con educación, doct… señor Chilton —los ojos de Clarice brillaron con maldad. Hannibal distinguió ese primer destello de rebeldía que la joven comenzaba a experimentar—. Cure a este hombre inmediatamente si no quiere que de aviso a mis superiores.
—Es mi hospital, señorita Starling. Mi hospital, mis reglas.
—No se si sabrá que golpear a los presos, sea de quien sea el edificio, es un delito.
—Me atacó —dijo con indiferencia—. Fin de la conversación.
—Y dígame, señor Chilton, ¿alguien va a creerse que usted solito pudo con el doctor Lecter? —Ardelia contuvo el aliento al ver la cara de Chilton. Barney no hizo el más mínimo movimiento—. Todo el mundo sabe, incluido usted, que de haberse enfrentado a este hombre, a estas horas su rostro habría variado considerablemente. Ese argumento es totalmente insostenible —Chilton apretó los dientes con rabia y sin dejar de mirar a Starling, se dirigió al enfermero.
—Barney.
—¿Señor?
—Traiga material médico y cure al doctor Lecter —musitó.
—En seguida, señor —Barney dirigió a Clarice una amable sonrisa de gratitud.
—Disfrute de sus últimos momentos con su amado, señorita Starling. Estaré encantando de perderla de vista de una vez.
—El sentimiento es mutuo, señor Chilton —respondió una sonrisa de superioridad—. Por cierto, tengo entendido que, muy gentilmente, guardó el material que dejé olvidado anoche. Sería un placer que me lo devolviera ahora mismo.
Antes de que Chilton la devolviera su cartera, Clarice ya sabía que esta había sido inspeccionada por el responsable del hospital; cuando tuvo en sus manos todos los papeles, lo confirmó. Chilton no habría desaprovechado esa oportunidad de ganar puntos gracias a los estudios de otras personas; con los suyos propios no había tenido suerte alguna y aquella era la única manera de obtener méritos.
Para desgracia de Chilton, Clarice se había ocupado de encriptar sus apuntes de tal modo que si caían en manos ajenas, no tuviera manera de encajar los plasmados pensamientos de la joven. Hannibal, a pesar de no haber podido leer el contenido, sabía que Clarice se las había ingeniado para ocultar la información entre las frases aparentemente inconexas de sus informes. Había visto la cara de alegría de Chilton al recoger el maletín y como esa alegría había ido desapareciendo poco a poco conforme sus ojos volaban por los folios. Después pudo comprobar en primera persona la rabia de Chilton.
Hannibal no le había dado el gusto de oírle quejarse o de derrumbarse ante los brutales golpes que le propinó en la soledad de la celda. Había recibido cada uno de ellos sin inmutarse, como si no hubiera dolor en su cuerpo. Aquello enfureció más a Chilton y continuó golpeándole hasta que se dio cuenta de que se le había ido de las manos. Cansado y sudoroso, Chilton se había puesto de nuevo la chaqueta y había abandonado la celda bajo la arrogante sonrisa del doctor Lecter. Solo cuando el director del hospital hubo desaparecido, Hannibal cerró los ojos y dejó escapar un largo y dolorido suspiro.
Después se había hecho la oscuridad en al celda, Hannibal pudo escuchar los gritos de Chilton hacia Barney cuando el enfermero trató de curar las heridas del doctor. Tras aquel altercado, el silencio absoluto volvió a reinar en la mazmorra.
Hannibal pensó durante un largo rato en lo ocurrido y trató de que ninguna de las imágenes entraran en su maravilloso Palacio. No odiaba a Chilton, sentía lástima por él; sabía que tarde o temprano, la vida del director estaría en sus manos y le era imposible odiar a una persona que sabía que iba a matar. Sin embargo, el sentimiento que sentía hacia Jason era mucho más fuerte que el odio. Aquel violador sin escrúpulos no solo había terminado con la vida de jóvenes e inocentes mujeres; había atacado y puesto sus viciosos ojos en lo más sagrado para el doctor: Clarice Starling. Desde el incidente de Miggs, nadie más había vuelto a sacar lo peor del doctor Lecter. Se arrepintió de haber dejado con vida a su compañero de pasillo.
Clarice caminaba nerviosa de un lado a otro de la habitación. Crawford la había informado minutos antes que el FBI no requería de su ayuda en el caso de Buffalo Bill. Tenía que dejar que la rabia circulara libre, había estado a un paso de resolver el rompecabezas que Lecter la había ofrecido, sabía que un último esfuerzo habría bastado para llegar al fondo del asunto y encontrar a Catherine; pero había sido vetada en el último momento. En el momento más interesante y más inoportuno.
Su compañera, irritada, trataba de encontrar la manera de que la chica parara y se pusiera a estudiar de una vez. Los exámenes estaban cada vez más cerca y aunque ella tenía de sobra todo aprobado, temía por la continuidad de su amiga en su mismo curso; pero la mente de Clarice estaba muy lejos de los exámenes. Todo lo ocurrido la perturbaba como nada antes había conseguido hacerlo. Desde hacia varios años, su sueño había sido ingresar en el FBI y honrar, así, la memoria de su difunto padre. Él había luchado por los mismos ideales que pensó encontraría en el FBI y creyó que se sentiría a gusto bajo su fuerte moral. Quería luchar también por las injusticias; se matriculó pensando que eso es lo que haría toda su vida, sin embargo, todo aquel bonito cuento de hadas había estallado frente a sus ojos como una pompa de jabón.
De cara al exterior, el FBI presentaba un aspecto fuerte y seguro; en su interior estaba todo completamente podrido. En apenas dos días había visto que para sus superiores, el fin justificaba cualquier medio y que si daba un paso en falso, no tendría respaldo.
La idea había paseado por su cabeza sin que ella la hiciera mucho caso; Clarice no quería enfrentarse a ella, pues sabía todo lo que conllevaría el verla, entenderla y madurarla; pero cuanto más pensaba en como el FBI había hecho oídos sordos a su explicación del estado de Lecter, la idea más se acercaba al centro de su atención… hasta que, por fin, la miró de frente.
Él había asesinado brutalmente a varias personas, había burlado la pena capital alegando trastornos mentales y había sido confinado en los sótanos de un hospital. Su mente era tan brillante como macabra y eso fascinaba a Clarice. Desde su primer encuentro había sentido la necesidad de saber más del doctor Lecter, de comprender su personalidad. A su lado se sentía completamente perdida; pero con una seguridad que nunca antes había conocido. Dejó de lado sus sentimientos agarrándose con fuerza a sus marcados ideales; trató de enterrarles en lo más profundo de su propia persona, sin saber que, cuanto más hondo les escondía, más cerca de ella tenía al doctor Lecter.
Ahora que ya no podía salvar la vida a la hija de la senadora, tenía que salvar la suya propia y la de Hannibal Lecter. No tenía mucho tiempo antes de que Chilton se hiciera de nuevo con la total custodia de del doctor y sabía que una vez de regreso a la mazmorra, él tendría que pagar por todo lo que Chilton no consiguiera.
—Chica, como no te pongas a estudiar, lo llevas claro para mañana.
—Me iré a Memphis en unas horas, Ardelia —respondió lanzándose sobre el colchón.
—De eso nada, cariño. Tú mañana te vas a sentar a mi lado en el aula y vamos a hacer el examen, y lo vamos a aprobar.
—Dee, mañana no iré al examen.
—Se ha terminado, Clarice. Te han ordenado que abandones el caso de Buffalo Bill. Crawford ha reconocido tu gran labor y lo tendrán en cuenta, lo sabes.
—Catherine Martin sigue viva en algún lugar, Ardelia. Lecter lo sabe y yo se como conseguir esa información —Ardelia miró a su amiga con compasión y suspiró.
—Vas a ser una gran agente, Clarice, de las mejores que tendrá el FBI; pero necesitas dar unos pasos más antes de poder patear culos a tu antojo.
—No van a saber tratarle.
—Lecter actúa en beneficio propio, Clarice. Poco le importa la vida de Catherine Martin.
—Me ha estado mostrando el camino, quiere que llegue sola al final y…
—Clarice —sonrió Ardelia con cariño—, deberías estudiar para el examen de mañana.
—Lo siento, Dee.
—Vas a hacer una locura, muchacha. Vas a tirar por la borda un futuro prometedor. Deberías tener en cuenta las palabras de Brigham.
—Él hará de ti una buena agente —Clarice se abrazó a su amiga.
—¿De ti no?
—Ardelia, escucha —dijo tirando del brazo derecho de su amiga para que se sentara junto a ella en la cama—, todo lo que yo pensaba que encontraría en el FBI, todo lo que deseaba tener y por lo que he estudiado… no existe. No puedo entregar mi futuro a una institución que no me reportará nada.
—Eso es absurdo…
—Esto no es lo mío, Dee. Quizás sea tarde, pero me he dado cuenta de que el FBI no es para mi.
—¿Y qué es para ti? —Clarice guardó silencio y Ardelia abrió los ojos aterrorizada—. No. No, Clarice, eso no.
—No puedo trabajar para alguien que duda de mi lealtad, que solo ve los crímenes que quiere ver.
—Él es un asesino —musitó.
—Él es un ser humano, Ardelia y como tal, tiene sus derechos. Derechos que le han sido vetados —negó con la cabeza—. No puedo permanecer impasible, no puedo mirar para otro lado y continuar formándome… haciéndome una de ellos.
—Debo entender que también estás en contra mía…
—De igual manera que respeto tu decisión de convertirte en agente, acepta tú la mía de no seguir ese camino.
—¿Y qué vas a hacer, Clarice? ¿Qué harás ahora?
—Soy joven —sonrió—. No tengo la vida perdida, Dee.
—Dime que te volveré a ver —rogó Ardelia al borde de las lágrimas. Clarice sonrió y se abrazó a ella con fuerza.
—Nos volveremos a ver, Dee. No sé cuando, pero nos volveremos a ver —se giró hacia la mesilla de noche y abrió el cajón superior para sacar una carpeta. Ardelia observó sus movimientos con impaciencia—. ¿Puedo pedirte algo?
—Clarice…
—Eres la mejor futura agente que conozco —sonrió con tristeza—. Si hubiera continuado en el FBI, habría seguido estudiando el caso del doctor Lecter —bajó su mirada a la carpeta y suspiró—. Quiero que guardes esto, Ardelia. Es material muy importante y, no sé si algún día podrá servirme de ayuda.
—¿El historial de Lecter?
—Me gustaría que lo tuvieras y, que siguieras lo que yo empecé.
El reloj digital marcaba las dos y trece minutos cuando Clarice se levantó de la cama y en completo silencio cogió sus cosas y se aproximó a la puerta del dormitorio. Dirigió una última mirada a su amiga, quien dormía profundamente tras una agotadora sesión de estudio. No sabía si aquella era la elección correcta; pero era su elección.
La calle estaba completamente desierta, el único que continuaba despierto era el vigilante nocturno, que no se asombró al ver salir a Starling en su viejo Ford Pinto. La chica saludó con la mano al pasar frente a la garita y este la devolvió el saludo con una gran sonrisa. Sería la última vez que Clarice Starling estuviera en Quantico.
El doctor Lecter sería trasladado a Memphis a media mañana, aun faltaban varias horas para ese momento, lo que daría tiempo a la chica para llegar a la ciudad con tranquilidad. Sabía que se enfrentaba a varias horas de viaje en su inestable coche; pero confiaba en que no la diera ningún problema grave que la hiciera retrasarse.
Miró su reflejo en el espejo retrovisor y comprendió que estaba completamente sola en aquella cruzada. Era demasiado lo que se jugaría con aquella acción; pero estaba completamente convencida y segura de que lo haría.
A esa misma hora, en la última celda del Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore, el doctor Lecter se mantenía despierto. No era el sueño lo que conseguía mantenerle desvelado; él había aprendido a vivir la noche. Los silencios que esta le ofrecían eran pequeños soplos de libertad. Hannibal dormía durante el día, cuando sus compañeros se agitaban nerviosos dentro de sus celdas. Sabía como bloquear su mente para que los sonidos pasaran desapercibidos; trasladarse a su Palacio era algo más que distraer su atención, era viajar a otro lugar, salir mentalmente de su cuerpo y poder descansar en un sitio tranquilo y acogedor. Su cuerpo podía seguir tumbado en el estrecho catre de la celda durante horas; pero su mente hacia increíbles viajes.
Bueno, pues nada... esto es todo por hoy. Mañana más, mejor y más bonito, ¿okey dokey?
RW y MP para lo que han sido hechos. Los comentarios y privados de mala intención les rastreo y el hígado de el/la/los/las artífice/es me lo como con habas y un buen Chiantí.
