Los personajes pertenecen a J.K. Rowling... yo solo me divierto escribiendo ésto (sin intención de lucrar, claro)
II. Arder…
A la mañana siguiente bajó temprano a comer el escuálido pedazo de pan que le tenía como desayuno Tía Petunia. Se notaban realmente molestos los Dursley, entre acotaciones ilógicas que había hecho mirando aquella erupción en las noticias la noche anterior, y esos gritos en su pieza prácticamente cada noche. Pronto llamarían a algún sanatorio o algo por el estilo para que lo vinieran a buscar, claro, si no fuera por que habían otros locos, que eran tan locos como él, y que Vernon Dursley esperaba que se llevaran a ese chico, que tanta molestia y anormalidad a sus vidas les aportaba, de una vez por todas.
Se paró apresuradamente, y salió en su auto, tenía que hacer unos trámites y firmar unos acuerdos de su cada vez más grande empresa de taladros, posiblemente aquello le tomara todo el día. Dudley aún estaba en su habitación durmiendo.
Al contrario de lo que ya venía siendo usual para ese verano, ese día Jueves había amanecido particularmente caluroso, por primera vez en bastante tiempo los rayos del sol impactaban con prepotencia sobre toda superficie.
Harry se disponía a subir rápidamente las escaleras, cuando la Tía Petunia lo atajó a tiempo en el rellano.
- ¿A dónde crees que vas? – La caballuna Señora Dursley lo fulminaba con la mirada al pie de la escalera, acentuando su ya evidente expresión de disgusto. – ¡Hoy hay muchas cosas que hacer, como limpiar la casa y cortar el césped!
No respondió, ante esto Petunia le lanzó un trapo y le gritó "¿QUÉ ESPERAS?". El chico estuvo la mayor parte del día limpiando la casa bajo la atenta mirada de su tía, la que le hacía sacar brillo una veintena de veces a los muebles, el piso y todo lo que se le ocurriera. Una vez terminada la limpieza, Harry comió unos trozos de zanahoria que su tía le había dejado en la mesa, mientras ella picoteaba su almuerzo, arroz y un poco de carne con muchas ensaladas verdes. El chico se encontraba exhausto, pero sabía que quedaba más. Al rato después fue a cortar el pasto y a arreglar el jardín, bañado en sudor, no había ni un alma en la calle, ni en las ventanas observaba algún curioso vecino.
Dudders venía rimbombante por la calle, seguramente había golpeado a otro par de niños, Harry, sin percatarse, entraba extenuado al vestíbulo del número 4.
- ¡Eh¡Oye, raquítico! – Gritó su abominable primo. Se había sobresaltado un poco pero exhalando un suspiro siguió su camino, no quería pelear, menos ahora que estaba desfalleciendo. – ¡Lustra mis zapatos, se me ensuciaron un tanto!
Big D se colocaba ahora frente al joven Potter, al momento que éste susurraba mordazmente, "Cállate, pequeño cerdito de mamá".
- ¡Vamos! – Continuaba su primo, y procesando el próximo insulto en su pequeño cerebro. – ¿Así tratabas a Sirius?
El chico ardía en furia, se apoyo en el marco de la puerta, exhausto, irascible, intentando controlarse, no desfallecer ante las burlas de un inepto como Dudley, quién nunca había pasado por lo que él cada año tenía que afrontar, nunca sabría lo que es perder a sus padres. Se agitaba, sin percatarse de lo que ocurría en el ocaso del día, en la calle, en el grito de temor de su primo, hasta que un golpe lo sacó de aquel estado.
- ¿QUÉ SON ESOS¿NO SON DEMENTADOS? – Le gritaba desesperado su primo, recordando las descripciones que le había dado Harry cuando les había explicado a los Dursley lo del ataque el año pasado.
El rechoncho Dudders ya se metía en la cocina corriendo a los brazos de su madre, que lo recibió con los brazos abiertos, gritando con su hijo.
- ¿QUÉ ESPERAS¡HAZ ALGO HARRY! – Fuera de sí ambos Dursley.
Reaccionó a los gritos, y atinó a mirar por la ventana, tardó en volver en sí al ver lo que había en la calle. Ya oscurecía, o al menos el día se apagaba rápidamente, y quizá lo mismo pasaba con las estrellas. El sudor que lo cubría se congeló, poniéndole los pelos de punta. Eran figuras encapuchadas, muchas, que bajaban flotando, otras en… ¿escobas?
- ¡¿MORTÍFAGOS?!... ¡DEMENTORES! – Exclamó pasmado, seguro que era una pesadilla, se pegó la cara contra la ventana para ver si era su imaginación, pero no, el golpe dolió.
¿Qué hago¿QUÉ HAGO¡¿QUÉ DEMONIOS HAGO?! Recorrió el tramo desde la ventana hasta el living, pensando a mil por hora, mientras su cuerpo temblaba y su respiración se entrecortaba escuchaba los gritos histéricos de los Dursley que lo instaban a actuar. Mientras afuera alrededor de una docena de mortífagos bajaban de sus escobas, y desenfundaban sus varitas rápidamente, mirando alrededor, algunos con máscaras, los menos sin ellas. Dementores, cerca del doble, escoltaban a los primeros, yéndose rápidamente en picada hacia las casas aledañas, dispuestos a absorber todas las almas que pudieran.
El chico no podía usar magia, si no sería sancionado, aún así¿Qué podía ser útil contra más de una veintena de figuras macabras, matando y destruyendo a diestra y siniestra las cosas que se pusiesen a su paso?
Lleno de impotencia, comenzó a idear algo, gritó a los Dursley que salieran de la ventana, y se escondieran en el otro extremo de la casa, que mantuvieran silencio. Alcanzó a distinguir gente que salía de las casas, corriendo, gritando, algunos eran aturdidos, otros lanzados lejos, por algunas partes se escuchaban explosiones, y varios eran rodeados de dementores. Tenía que apartarse de la ventana, quería hacer algo, salvar a esa gente, pero sería inútil, en esas condiciones el se convertiría prácticamente en un muggle más. Sabía que lo estaban buscando, tenía que ganar tiempo, salvar lo que fuera posible, las ideas se acumulaban fugaces en su cabeza. Algo que vio en aquel momento lo hizo despegarse de la ventana y gritar con desesperación, unas cuantas casas más allá una anciana salía a la calle, seguida de un montón de gatos, la Señora Figg, acompañada de un hombre calvo de aspecto descuidado y que la urgía a esconderse, Mundungus Fletcher. No quería saber que es lo que les sucedería, pero ya lo intuía, si no se apuraba seguramente morirían.
Delirante, irascible y lleno de impotencia corrió a su cuarto apresurado, sintió el cansancio del día, que sumado a su deplorable estado en nada lo ayudaba, buscó en cualquier lugar fuerzas para reponerse, al tiempo que revolvía entre sus cosas escudriñando su habitación. Ahí estaba, el espejo, trizado, esperaba que funcionase, recordando unas palabras que hace 2 semanas en King Cross no le hicieron mucho sentido, pero que ahora si tenían coherencia, "SI TIENES PROBLEMAS PÉGANOS UN GRITO"… Eso hizo Harry, agarrando el espejo con ambas manos, gritó con fuerza "ALASTOR MOODY"… no ocurrió nada, y sin esperar más, pues los gritos y explosiones se escuchaban cada vez más cerca… "ALBUS DUMBLEDORE", nada… Hasta que recordó a su padrino, y después otro rostro, su pecho se estremeció… "REMUS LUPIN".
Al instante apareció la cara preocupada de Remus en el espejo, se veía más viejo que nunca, su pelo entre cano y castaño, ojeras inmensas.
- ¿QUÉ OCURRE HARRY? – Dijo presto Lupin.
- ¡DEMENTORES! – Desesperadamente respondió el joven mago, las palabras salían de su boca, ni siquiera las pensaba. - ¡MORTÍFAGOS¡DUNG Y SRA FIGG, RÁPIDO!
- ¡VAMOS PARA ALLÁ! – La cara de su antiguo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras ahora no era la única que estaba al otro lado del espejo, pues también se veían partes de otras (que reconoció como miembros de La Orden del Fénix), desesperadamente pegadas entre sí, como peleándose por ocupar el espejo.
Y sin más todos los rostros desaparecieron. Las explosiones se hicieron más estridentes, cercanas, al frente del número 4. Los gritos de Dudley y Tía Petunia eran más audibles que nunca. Lívido, Harry bajó las escaleras, agarró su varita fuertemente con la mano derecha.
Al bajar, tres dementores entraban por una ventana abierta, dirigiéndose raudamente al interior. El instinto le dictaba que hacer, ya no pensaba y tampoco sentía su cuerpo, no le convenía, si no al poco tiempo cedería ante el cansancio, la desesperación, y ya sabía que vendría, nada más.
"FERMAPORTUS", comenzó a bloquear ventanas, puertas, intentar una especie de barrera para ganar tiempo. Los dementores se le acercaban, los mortífagos estaban en casas aledañas. "¡EXPECTO PATRONUM!", un destello plateado y luego un ciervo barrió con los dementores. "¡AHÍ ESTÁ, EL CHICO!", gritando maldiciones por lo bajo, se apresuró a sellar la casa, lo habían descubierto. "IMPEDIMENTA", "DESMAIUS", "EXPELLIARMUS"… un sin número de rayos blancos, amarillos, rojos y de todos los colores cruzaron el primer piso de la casa, al tiempo que Harry se resguardaba tras la mesa esquivando maldiciones para ver como los hechizos golpeaban de lleno a los mortífagos que se habían alcanzado a filtrar.
Sabía que lo peor estaba por venir, pero al mismo tiempo cada segundo que pasaba, era tiempo que le daba a la Orden para llegar. Mantenía la varita en alto hacia las paredes de la casa, con expresión de un tremendo esfuerzo en su rostro, así la casa estaría sellada, no sabía por cuanto tiempo, no tardarían en penetrar nuevamente. ¿Cómo sabían su ubicación¿Qué había pasado con el hechizo protector?... Puso su mente en blanco, ahora atar cabos no serviría de nada.
Un minuto, ya sentía la fatiga, "¡VAMOS¿CÚANTO TARDARÁN?". Madre e hijo estaban abrazados, sorprendidos por la habilidad mágica de Harry, seguramente era la primera vez que agradecían que la magia existiera. Escuchó un golpe en una ventana, lejos del lugar donde se concentraban los mortífagos. Detalle irrisorio, una lechuza grande y parda había chocado contra un costado de la casa, sosteniendo ahora en su pico una carta de color rojo. "Seguramente ya me expulsaron de Hogwarts", pensó. Abatida la mensajera del Ministerio emprendió el camino de vuelta.
Puertas, ventanas, la casa entera retumbaba, el chico ya no aguantaría demasiado, pero sostenía su varita en alto, decidido, y de ella salía un gran haz de luz azul que rodeaba puertas, ventanas, paredes, los bordes interiores de la casa, procurando darle algo de tiempo a La Orden, procurando no más muertes por hoy.
Segundos habían pasado de la llamada de Harry, y la Orden se hallaba reunida en La Madriguera, ya el cielo se hallaba oscuro y las estrellas brillaban notoriamente.
Alguien se había infiltrado en Grimauld Place, o bien Kreacher había revelado ciertos secretos a los mortífagos, pero lo cierto era que ya no podrían ocupar el antiguo cuartel general por lo que la mesa del comedor se encontraba abarrotada de gente, pelirrojos por todos lados, caras de angustia, de desesperación. Hermione con los ojos llorosos, intentando tranquilizar a Ginny, que estaba más pálida que nunca, con un abrazo, y a Ron, explicándole que si bien había que actuar con rapidez era necesario elaborar un plan. El menor de los pelirrojos, que había crecido bastante, instaba al resto a reaccionar rápido, amenazando con que tomaría el mismo parte en el asunto si nadie asistía a su mejor amigo con rapidez, al mismo tiempo que deambulaba de un lado a otro murmurando palabras incoherentes.
- ¡Harry está en peligro! – Gritaba fuera de sí un hombre lobo de aspecto demacrado.
- ¿Aún no me han explicado lo que ha ocurrido? – Dijo calmadamente un hombre pálido, de pelo negro grasoso. - ¿Potter, en peligro? Ese chico siempre quiere llamar la atención.
Miradas asesinas cruzaron de todos lados para concentrarse sobre aquella persona que había emitido tan indeseable comentario.
- ¡CÁLLATE SNAPE! – Ésta vez no había sido Remus, si no que Tonks, la joven aurora llevaba el pelo de un rojo intenso, cambiando a un negro opaco y viceversa. Efectivamente la desesperación se manifestaba plenamente en su aspecto. Arthur y Bill Weasley sostenían con fuerza a Remus para que no se abalanzase sobre Severus.
Fred y George, los siempre alegres gemelos ahora intercambiaban miradas sombrías, nerviosas, mientras asistían a su madre, que se había desmayado al oír a Harry por el espejo.
Al cabo de dos minutos de gritos de distintas partes, especialmente de Remus, quién se había vuelto mucho más irritable y deprimido desde la muerte de su amigo, Dumbledore alzó la vista y repasó rápidamente junto a los presentes el plan.
Se iban a dividir en distintos grupos, uno de apoyo al interior de la casa (Tonks, Bill, Charlie, Dedalus Digle, Hestia Jones, Emmeline Vance), y otro de choque, en donde los más capacitados inmediatamente se ofrecieron para el trabajo (Ojoloco, Kingsley, Remus, Arthur, y unos 5 aurores que estaban presentes). Por otra parte Fleur, ya que Molly estaba inconciente, se encargaría del orden en La Madriguera, Hermione y el resto de los Weasley se quedarían ahí también.
El director dirigió una mirada seria a Snape, y le dijo tranquilamente, "Ya sabes que hacer", ante la sorpresa de todos, éste tan solo se dedicó a asentir y salió apresuradamente de los terrenos de la casa para luego desaparecer. Lo mismo hicieron todos aquellos que en aquel momento se disponían a rescatar al chico.
La casa retumbaba, el aún mantenía la varita en alto, con el rostro crispado, utilizando las últimas fuerzas que le quedaban. Quizá todo acabaría luego, para bien o para mal. Temblaba completamente con el sudor recorriéndolo por completo, la garganta le escocía. Ya habían pasado más de 5 minutos desde que gritará por el espejo, y tras las figuras oscuras que rodeaban la casa, algunas lanzando hechizos y otras congelando el aire, la noche ya se había cernido completamente sobre Privet Drive.
Como si todo hubiese conspirado en su contra, parecía que las cosas no podían seguir empeorando, el día caluroso, Tía Petunia y la limpieza, Dudley y sus burlas, luego los dementores y mortífagos, La Orden no llegaba.
Y de repente lo sintió, ya se lo temía, era lo peor en las condiciones en las que estaba. No era necesario divisarlo a través de la ventana, ni buscarlo (sus ojos entre cerrados por el esfuerzo). La cicatriz le ardió como nunca, la cabeza se le iba a partir, al tiempo que una voz retumbaba dentro o fuera de su cabeza, ya no importaba. Aquel grito cáustico, agudo, frío, y más excitado que nunca, "¡TE TENGO!". Las figuras encapuchadas se disolvieron, se divisaban lejos de la casa, que tan solamente se mantenía en pie por el esfuerzo del chico.
Sucumbió, el dolor era demasiado. Todo pasó en cámara lenta. La varita se le soltó de las manos, las cuáles acudieron automáticamente a su cabeza y un grito de dolor salió de su boca, cayó de rodillas, apenas podía ver. El hechizo que protegía a la casa se rompió, al tiempo que el techo y mitad de la casa fueron arrancados. Escuchó un rugido desgarrador de ira, ya no sabía si era él quien estaba gritando o Voldemort, todo era muy difuso. Las figuras encapuchadas se abalanzaban directamente hacia el número 4, pero no hacia él, sino que hacia otras que se encontraban dentro de los restos de la casa. Vio rayos de un montón de colores, había gente peleando, magos.
Entre toda la confusión una mano lo agarró fuertemente del hombro, y lo levantó. Vio la cara de una mujer, y su pelo… su pelo cambió de color a un rojo intenso, de repente todo pareció volver a cobrar sentido, a través de los ruidosos estallidos.
Los miembros de La Orden del Fénix, sobrepasados en número, estaban en plena batalla con los mortífagos y dementores. Un montón de figuras enmascaradas eran despojadas de sus caretas y caían al suelo. Explosiones. Gente con túnicas de diverso colorido también salía despedida. Voldemort intentaba sacarse a Dumbledore de encima para dar con el chico, pero le era imposible, el duelo entre ambos era muy igualado.
Harry recobró la compostura, se arrastró por el suelo y cogió su varita para apoyar al grupo que luchaba en lo que quedaba de la casa. Exhausto divisó a Vance y Digle en el suelo mientras que el resto peleaba arduamente. Desarmó a dos mortífagos desde su posición, alcanzó a esquivar un rayo para segundos después sentir una fuerte punzada a un costado del estómago, su varita se deslizó fuera de alcance. Atinó a llevar su mano al lugar que había sido herido, sintió el calor de la sangre, se había enterrado un trozo de madera y su camisa se bañaba de un tinte escarlata.
La situación era crítica, el grupo de choque en las afueras de la casa estaba siendo doblegado, Kingsley estaba tumbado con otros 3 aurores en el suelo, inconscientes, Arthur sangraba del brazo copiosamente. En Dumbledore se notaba el cansancio, mientras que Voldemort observaba ansioso a su contrincante.
Harry jadeaba impotente, sentía como poco a poco se desvanecía, y la encarnizada batalla estaba claramente a favor de Voldemort. Más rayos, y gente muriendo. En un intento desesperado de salvarse había puesto en peligro a miembros de La Orden. Si sobrevivía a esto, y a otro le tocaba morir, él no se lo perdonaría, no soportaría cargar con la culpa.
De la nada salieron tres mortífagos, el chico sucumbía inconsciente, cuando por el rabillo del ojo la vio. Todo ocurrió en un segundo. Tonks caía al suelo, de espaldas, con la mirada perdida. El tiempo no se movió, nada pasó y ella estaba quieta, petrificada. Harry a unos pocos metros, a pocos instantes de la inconsciencia pudo ver que no respiraba.
Algo lo golpeó pesadamente, una sensación sobrecogedora. Se desvanecía y fuerzas ya no lo quedaban, pero sabía que era más que eso… algo más terrible que su propia muerte, y lo había presenciado ya en dos ocasiones… ¿Por qué no él, y así todo se acabaría pronto¿Por qué siempre se salvaba de éstas?
Harry sintió sus manos calientes y palpitantes cubiertas de su sangre. La visión se le nublaba y los ojos se le cerraron. Sintió algo ardiendo en su pecho. Quería salir de ahí, quería retroceder el tiempo, preferiría haber muerto hace mucho, hace más de 15 años. La garganta le escocía más que nunca, y el último atisbo de conciencia que tuvo fue una mezcla de sentimientos, pero por sobre todos cólera.
Dején comentarios, críticas o sugerencias plz... ;)
