Capítulo 2: Niñera malvada

La mañana del siguiente día era tranquila en contraste con la anterior. Un silencio placentero invadía toda la mansión, pareciendo que no se movía ni un solo pelo dentro, una extraña paz. Aunque, a pesar de que se había limpiado el desastre con la bestia, aún quedaban vestigios de este, como el gran agujero en la entrada del laboratorio. Fuera de esto, todo asemejaba estar bien, tal a lo acostumbrado.

El demonio color ceniza dormía plácidamente en su habitación, con la niña al lado suyo, en las mismas que él. Como que fuera su reflejo en talla pequeña. Algo tierno de ver desde una perspectiva humana, con un afano ambiente, hasta que... se comenzó a sentir un hedor en el aire, y no uno que el mayor estuviera provocando.

-Agh… - comenzó a despertar, sintiendo el aroma.- ¿Qué rayos es ese olor?

Miró a la niña y olisqueó un poco a su cercanía.

-Aish, no me digas que… - colocó la mano en su frente, con una mueca de disgusto.- ¡NO PUEDE SER!

El amo de la maldad llamó a gritos a su ayudante, cuales retumbaron por todo el lugar. El chico acudió al instante de lo furiosa que se escuchó el tono de su voz. Cuando llegó a la recámara, percibió el apestoso olor que ahora se había convertido poco menos que en el oxígeno de esta.

-¿De dónde sale esa… pestilencia, señor?- dijo, tapándose la nariz.

-¡De ella! ¡Hace algo!- le ordenó el jerarca.

El ayudante la observó detenidamente y de forma inmediata descubrió la causa del problema.

-Creo que está emanando de ahí, señor.- señaló hacia, lo que parece obvio, su pañal.

-¿Y qué? ¿Se descompuso?

-¡No, señor! Solamente hay que cambiarle el pañal.

Ahí Black Hat había comprendido, la bebé había realizado sus "necesidades orgánicas".

-¡¿Y por qué el olor es tan pestilente?!

-No lo sé, señor… supongo que, al almuerzo grande, desecho grande.

-¡AGH! ¡NO TE QUEDES AHÍ PARADO! ¡DESHAZTE DE ESO! – le gritó enojado.

-¡S-SÍ señor! – chilló el otro.

El subordinado buscó una máscara antigases en su laboratorio y realizó la fétida tarea con suma rapidez, antes de que a su jefe le diera un ataque de nervios y se desquitara con él. Al terminar, se había deshecho del origen del desagradable aroma, pero no del aroma mismo, se había impregnado en todos los rincones de la mansión, y ahora esa era la amenaza.

En estos momentos, el lugar con más aire fresco en la propiedad era fuera de ella.

-¡Ya le cambiaste el pañal! ¡¿Por qué diablos sigue ese olor ahí?! – preguntó el demonio con la pequeña en brazos, al borde de la ira.

-¡No lo sé s-señor!... pienso que es por su naturaleza… de demonio.

-¡¿Estás insinuando que viene de mí?! – le gritó aún más furioso.

-¡C-Claro que no, oh mi señor B-Black Hat! ¡Sólo que…! – se atemorizó el pobre.- ¡Podría venir de su ascendencia de súcubos!

-¡No vuelvas a mencionar esa aberrante especie! ¡Y ELIMINA ESE OLOR DE UNA VEZ! ¡QUIERO ENTRAR LUEGO A MI CASA! – le amenazó, estallando en cólera.

Corrió hacia la mansión más rápido que Speedy González y se puso al teléfono. Buscó velozmente entre la lista de contactos alguien que le pudiera servir, antes de que le llegara la hora. Entre ellos apareció un cliente que, por casualidades de la vida, tenía un pequeño negocio de perfumes y aromatizantes, y lo citó a venir, aprovechando que le debía un favor a la corporación. Al cabo de un par de horas de fumigación, el lugar ya era respirable de nuevo.

-Ya era hora.- habló el gran señor, mientras entraba a su majestuosa casa. Observó molesto a la culpable de todo este lío y le gruñó, con intención de regañarla. - ¿Tienes en cuenta el desastre que acabas de causar? ¡¿Sabes cuál es el costo de interrumpir mi sueño malévolo?! ¡CONTÉSTAME!

Jill no le prestó mucha atención a su progenitor, lo miró sí, de reojo. Estaba más preocupada de jugar con sus dedos que de recibir el reto.

-Eem… señor, no puede hablar.- mencionó el único ser humano ahí.

-Agh… ya lo sé.- respondió el otro en un tono amargo.

-Y, si no le molesta… - habló con algo de temor.- Le recuerdo que sigue en pijama, señor…

-Eso también lo sé.- rezongó con el ceño más fruncido.- Encárgate un rato de ella, voy a vestirme. – le ordenó el ente maligno, dirigiéndose a su habitación. –Y prepárame el desayuno.

Al entrar a esta, cerró la puerta roja y se apoyó en ella, resoplando del cansancio, No había ni siquiera comenzado la jornada y ya había ocurrido una catástrofe hedionda.

Dio unos pasos adelante y chasqueó los dedos. Una nube negra lo rodeó por unos segundos y por arte de magia tenía puestas sus ropas habituales; la camisa roja escarlata, la corbata negra, el chaleco gris entallado y los pantalones finos, al igual que sus mocasines. El gorrito a rayas que usaba para dormir había sido remplazado por un bombín negro. Luego, se acercó a un perchero que estaba al lado de un gran armario de madera oscura, que se veía muy fino como el resto de la habitación, y tomó de ahí su abrigo negro y el clásico sombrero de copa. Se los colocó, mirándose al espejo, sonrió con su acostumbrada actitud vanidosa, mostrándose galante y atractivo, como él lo consideraba, pero, había algo fuera de lo común en su reflejo. Su rostro se notaba agotado, como si le hubieran quitado toda su juventud, según él, y no le fue mucho de su agrado.

Nunca pensó que sería tan difícil cuidar de un bebé, menos que le llegara de la nada y que hubiera heredado sus genes. Imaginaría que sería mucho más fácil si fuera humano, pero no, no lo era.

¿En qué momento se le ocurrió quedarse con ella? Ah, claro, cuando se comió la tremenda bestia y pensó que le sería de utilidad. Para colmo, ella tiene el destino del universo y de su fortuna en sus manos.

Soltó un gruñido de disgusto y después salió de la recámara.

Fue a la cocina y vio que su desayuno ya estaba listo en su asiento. Un café muy amargo y una tostada muy quemada con un huevo revuelto era todo lo que comía a esa hora, al lado del plato se encontraba el diario del día.

-Señor, tenemos un problema.- le dijo el asistente.

-¿Qué pasa ahora?- preguntó con su ronca voz, mientras se sentaba en su lugar y tomaba el diario.

-La pequeña Jill tiene hambre…

-¿Y qué esperas para darle de comer?

-Ese es el problema, señor. Le he mostrado todo lo que tenemos y… no le gusta nada.

-¿Qué quieres decir con eso? ¡Algo tendrá que comer! ¡No solo bestias gigantes!

-B- Bueno… es que y-ya no sé qué d-darle… señor.- contestó con temor.

-¡Más te vale que le encuentres algo! ¡SI NO TÚ SERÁS EL DESAYUNO!

-¡Y-YA NO SÉ Q-QUÉ HACER, P-POR FAVOR NO ME M-MATE!- se cubrió con los brazos el pobre chico.

-Agh… - suspiró el demonio.- Abre ese baúl de ahí.- le señaló.

El otro fue enseguida a cumplir la orden. El baúl tenía una llave puesta en la cerradura, lo abrió y salieron una especie de vapor con una sensación de que ahí se encerraban almas perdidas. Miró el contenido y se percató de lo que parecían ser… "alimentos".

-Busca una botella con un líquido blanco, esa es leche de un Chupacabras. Ve si le gusta.- habló su jefe con la vista en el diario.

El ayudante encontró dicha botella y la sacó, cerrando el baúl. Parecía que su contenido brillaba con un aura fluorescente de color azul. La sirvió en un biberón que había comprado el día anterior, como le había encargado su amo, y se la dio a la niña.

-Señor. ¿De dónde saca estas cosas?

-No te importa, ahora hace tu trabajo, animal.- le dijo en seco, tomando un sorbo de su café.

Jill miró el biberón con extrañeza por esa luz fluorescente que emanaba, pero lo tomó y comenzó a beber de todos modos. No se quejó ni pareció rechazarla, así que parecía que estaba conforme con la bebida.

-Señor, estaba pensando que podría realizarle un examen médico. Así tendríamos más información de su… especie, y nos sería más fácil cuidarla.

-¡Al fin dices algo sensato!- exclamó el mayor, aunque sin mucho interés.- Haz lo que tengas que hacer, y rápido. Quiero terminar mi desayuno.

-Sí señor.- respondió el asistente.

Partió al laboratorio y en unos minutos volvió con una carretilla de metal, llena de instrumentos médicos.

-Bueno, comenzaré con un análisis de sangre.- mencionó sacando una jeringa de la carretilla.- Era preferible que fuera en ayuna, pero ya que estamos…

-Sí, ya, hazlo rápido. ¿Quieres?- le apuró el ente.

El chico esperó un poco a que la bebé terminara de tomarse la extraña leche y después le quitó el biberón. Ella no encontró para qué rechistar, pues estaba satisfecha. El otro tomó delicadamente su brazo y acercó la aguja hacia ella.

Jill se dio cuenta y no encontró para nada divertido lo que el subordinado estaba haciendo.

"GRUUNCH"

-¡AAAAAAAAAH!- gritó desesperadamente él. La niña, sin saber cómo, había hecho crecer los dientes afilados de toda su mandíbula y lo mordió como mecanismo de defensa.- ¡SUÉLTAME! – la criatura se había agarrado de su brazo y no llevaba como soltarse, sacudiéndose para todas partes.

-Inútil.- murmuró el jerarca. Tomó a la demonio y de un tirón la retiró del brazo del incompetente subordinado.- ¡Mejor ve a hacer tu trabajo en el laboratorio, tenemos clientes que atender!

El otro fue corriendo enloquecido a curarse ese brazo en el laboratorio, angustiado, prometiéndose no salir de ahí en todo el día. Tomó alcohol, algodones y vendas, luego practicó el proceso de curación. Misteriosamente, fue una herida superficial, la bebé no alcanzó a penetrar algún músculo. Extraño, puesto a que con tal fuerza pudo sacarle el brazo, pero se llevó un susto de muerte de todas maneras. Después de este percance, ahora le tenía un gran temor a esa niña, al igual que a su jefe. Era tan monstruosa como él, quizás en qué diablos se convertiría cuando creciera.

Por otra parte, Black Hat y Jill seguían en la cocina, sentados, mirándose el uno al otro. Uno con recelo y la otra, sólo porque sí.

-Eres bastante… sorprendente. – le mencionó el demonio ceniza. Estaba bastante intrigado por la curiosa aparición de todos sus dientes, en tal solo unos segundos.

-Ma… - al parecer intentaba decirle algo.

-¿Disculpa?

-Ma… maa…

-Sí dices "mamá" te asesino.

-Mal… ¡Maldad!

De pronto, Black Hat abrió los ojos del asombro. ¿Era lo que creía?

Había dicho su primera palabra, y era "maldad".

-Espera… dilo de nuevo.

-¡Maldad! ¡Maldad! ¡Maldad! – ahora no paraba de decirla.

-No es posible…

No podía creerlo, había presenciado la primera palabra de la niña, y eso le producía una sensación… ¿Cálida?

No era lo mismo que pensaba cuando Jill se comió a la bestia. Ahí creía que le había encontrado algún beneficio del cual sacar provecho, alguna excusa para retener a la criatura y que no destruyera el mundo entero. Pero, ahora… era un sentimiento, un sentimiento de… ¿aprecio? No, no era aprecio, era más bien… cariño.

Lo hacía sentir extraño, lo hacía sentir… bien, y estaba de a poco rellenando el agujero negro en su interior.

No, no, no. ¿Cómo el gran Black Hat podría sentir algo así? ¡Era completamente estúpido! ¡Qué una bebé dijera algo tan simple como "maldad" no podía causarle algo así!

¿O sí?

-Quien lo diría.- sonrió él con… ¿Ternura? – Qué curioso, acabas de sorprender al ser más maligno y perfecto en el universo. Tal vez, sólo tal vez, nos podríamos llevar muy bien.

Jill también le sonrió, con una genuina sonrisa de bebé.

Una sonrisa que le hizo darse cuenta de las estupideces que estaba diciendo.

-¡¿PERO QUÉ ESTOY DICIENDO?! – exclamó completamente avergonzado.- ¡¿QUÉ ESTOY HACIENDO?! ¡ES UNA BEBÉ, UNA SIMPLE BEBÉ…! – respiró profundamente, intentando calmarse.– Seguro es una confusión, sí, sólo eso… ¡Sólo estás usando tus poderes para dominarme!

Pero… ¿Qué poderes?

Eso iba a averiguar lo antes posible.

Llamó por segunda vez a su asistente de manera estridente, este también acudiendo al instante.

-¡Quiero que le hagas un análisis completo a esta bebé! ¡Y qué sea lo más rápido posible!

-Pero… señor.- lo interrumpió el chico, algo nervioso.

-¡PERO NADA! ¡HAZLO AHORA! – colapsó en una transformación grotesca.

-¡S- SÍ SEÑOR! – vociferó, aterrorizado por completo. Tomó a la niña y corrió velozmente al laboratorio.

~o~

El subordinado estuvo investigando a Jill toda la tarde, tanto, que recién a la caída de la noche pudo terminar todos los exámenes. Le hizo un análisis médico completo, con rayos-x, electrocardiogramas, pruebas de sangre y de ADN, todo con tal de poder controlar a la monstruosa niña de una vez por todas. Y lo hizo a pesar de las múltiples lesiones que recibió.

Tocó la gran puerta del despacho de su amo y entró al escuchar un "Pasa" del otro lado.

-Señor, ya están listos todos los exámenes.- dijo con una carpeta en sus manos, mientras el demonio dejaba de un lado el libro que estaba leyendo.

-Perfecto, léeme los resultados.

-Bueno, para empezar, ella tiene cuatro meses de vida. Posee una estructura ósea parecida a la de un ser humano, y sus órganos también lo son. No parece tener ninguna enfermedad o alergia conocida.

-¿Podrías apresurarte y llegar a la explicación de por qué es tan monstruosa?

-A eso voy señor.- continuó.- Según las pruebas de ADN, tiene las necesidades básicas de un ser humano, como comer, dormir y… bueno, ya sabe.- mencionó, haciendo un ademán como refiriéndose a los desechos.- También tiene una apariencia irresistiblemente tierna, lo que podría dominar a cualquier ser viviente y someterlo a su voluntad. Además puede volar, cuenta con unas pequeñas alas. Todo esto viene del lado de su madre.

-¿Y del mío?- preguntó el ente con una voz algo siniestra.

-Pues… puede transformar cualquier parte de su cuerpo en la figura que desee, incluso podría transformarse en otro ser si lo desea. También puede tele transportarse, pero a pequeñas distancias, y puede personificar bestias grotescas cuando tiene un mal genio, o cuando tiene hambre.

-Y todo el caos de esta mañana, ¿Por qué fue que pasó?

-Eem… - se puso bastante nervioso, le temblaban las manos y comenzaba a sudar frío. La información que estaba por decirle podría molestarle al jerarca.- Bueno… la razón por la cual hizo aparecer tan rápido sus dientes es por la naturaleza explosiva…

-¿Explosiva?- habló con un tono de ultratumba, levantándose de su silla y acercándose al empleado.

-S-Sí s-señor, e-ese det-talle v-viene de u-usted…

-¿Y qué más?- siguió interrogando, caminando turbia y lentamente hacia él. Cada paso que daba era más amenazante que el anterior. Más oscuro y más tenso para el pobre chico.

-Y-Y e-eso incluye s-sus p-pestilent-tes desechos, s-señor…

-¡¿QUÉ?!- se molestó él.- ¡Mis genes no podrían generar tal desastre!

-¡T-tiene una e-explicación, señor!- chilló el chico.- V-verá… sus genes parecen aumentar al doble sus comportamientos de lactante… en todo sentido.

-¡PERO NO PUEDE SER POSIBLE!

-¡E-ESO ES T-TODO LO Q-QUE PUDE IINVESTIGAR, SEÑOR!- gritó, temiendo por su vida.

-¡¿Eso es todo?!- exclamó, luego resopló muy fuerte viendo que no podía esperar nada más del humano.- Es suficiente por hoy, ahora vete.

-Sí señor- dijo y se dirigió a la puerta.- Por cierto, Jill ahora está durmiendo en su cuna, por si quiere verla…

-Lárgate de una vez, ¿quieres?

El ayudante salió y cerró la puerta. Después se dirigió al laboratorio.

Black Hat se quedó ahí parado, con la mirada en el piso y dudando. Tenía el deseo de ir a ver a la bebé. Sus ideas le comían el cerebro, pensando si debería hacerlo, y si se arrepentiría después. Si sólo esa acción podría cambiarlo todo, arruinar por completo su existencia, o simplemente no significaría nada. Tal vez no era realmente necesario, no, seguro la despertaría y causaría otro gran lío. Además. ¿Por qué ir a verla? Es sólo una simple bebé. No tenía necesidad ni ganas de relacionarse con ella.

Pues, al final fue.

Entró a la nueva habitación de la demonio en silencio, procurando no despertarla. Se acercó hacia la oscura cuna con sábanas rojas, nervioso de lo que podría ocurrirle en ese momento, de lo que podría sentir y de lo que podría pasar de ahora en adelante.

Ahí estaba ella, durmiendo con una plácida expresión que la exhumaba de cualquiera de los crímenes que había cometido hoy en la mansión, como si el mismo Lúcifer la hubiera arropado y le hubiera leído un cuento diabólico.

Black Hat sintió la misma sensación cálida de la mañana. Ese extraño aprecio, o respeto... o un no sé qué, cual no sabía definir. Y con más intensidad a cada segundo que pasaba. Algo que su instinto y mente de villano intentaba contenerle. Le decían que debía irse de ahí de inmediato, pero no. Él quería estar ahí, quería percibir ese sentimiento tan difícil de describir, quería mirarla, quería… estar a su lado.

Deseaba verla crecer, presenciar los primeros pasos, su primera travesura malvada, cuando fuera por primera vez a la escuela y el profesor lo citara por un mal comportamiento; algo que le enorgullecería; incluso deseaba ver cuando trajera algún pelmazo a la casa que gustaba de ella o algo así.

Era un sentimiento más gran que el estúpido impulso que sintió cuando se comió a la bestia. Y sólo había una manera de comprobarlo.

Estiró su mano y acarició su mejilla, palpando su suave y delicada piel.

Y listo, ya estaba hecho, lo había comprendido.

Black Hat iba a ser su padre.